Stacia y Arsen, dos caras de una misma moneda. O dos monedas con una sola cara, con la cruz borrada. Stacia lleva rato enfrascada en un monólogo con intentos de diálogo fracasados. Avijai la escucha, arrebujado en su manta, dentro de lo que en su día fue un flamante coche, y que ahora se ha convertido en una tienda de campaña improvisada.
Stacia se hace demasiadas preguntas, eso piensa Avijai. A su edad, cualquier pregunta es como un brusco empellón. Y la Ley del Universo dice: "Un tirón por un empujón, un suspiro por una inhalación", o eso había leído… ¿en los libros de Hobb? Pudiera ser… Ahora poco importaban los escritores y sus poemas.
Stacia tenía una obsesión y Avijai había sido la segunda persona con la que la había compartido. Arsen, por supuesto, había sido el primero. Había algo de siniestro en esos dos gemelos. Esa unión silenciosa y profunda de sus almas, le recordaba a las raíces que los árboles desarrollan en la selva. Una maraña de brazos vivos en los que puedes llegar a asfixiarte.
El era viejo y apenas recordaba cual era su misión, si es que alguna vez tuvo alguna. Pero ella, oh, ella: Stacia era como un lobo atrapado en un cepo, se mordería la pata hasta desangrarse y morir antes de darse por vencida.
Stacia creía saber que tenía una misión, pero no era capaz de entender exactamente en qué consistía. Por supuesto, Avijai se había abstenido de decirle que eso era peor que no tener ninguna. Tenía la firme convicción que, a las mujeres, cuánto menos se les diga de lo que se piensa, más fácil resulta convivir con ellas. No era machismo, sólo supervivencia.
Los números y los relojes digitales. Sí, así como suena: demencial. ¿Y si cada vez que miras un reloj la hora que te encuentras es: 22:33, 10:10, 11:22… Stacia acumulaba relojes. En cada muñeca le había contado tres, por lo menos. Y lo peor de todo es que él había terminado por obsesionarse también. El, que se había negado a someterse a la tiranía de los relojes se descubría, ahora, mirando de reojo sus muñecas. Cada vez que se encontraba con esos pares de números iguales, o en serie, pegaba un respingo absurdo.
Stacia estaba casi convencida que aquello no era casualidad, tenía que poseer algún sentido oculto. Avijai le propuso que llevara la cuenta de todas las veces que miraba el reloj, y que de ese total, descontara cuántas veces se encontraba con esa situación.
Por alguna extraña razón, el resultado obtenido desafiaba todas las leyes de la probabilidad, con lo que Stacia sólo se reafirmó en su convicción: estaban recibiendo un mensaje subliminal del Universo, y no eran capaces de descifrarlo.
Avijai decidió que había peores locuras que aquella, y resolvió no darle demasiada importancia. Por supuesto, era sólo supervivencia. A fin de cuentas —se dijo así mismo—, si la chica había escrito en el pasado uno de esos blogs, eso era mucho peor con diferencia.
—¿Por qué se repiten los números?
—Bueno, no se repiten, van sucediéndose… antes o después tiene que producirse esa combinación.
—Ya, pero ocho de cada diez veces que los miro están así.
Avijai se permitió levantar las cejas en un signo de hastío. Sólo porque era de noche, y el gorro que llevaba le tapaba la frente. La valentía está sobrestimada.
—Quizá te están avisando de que un hecho que ya ha sucedido se va a repetir, y así puedas cambiarlo con una decisión diferente.
—O que ese mismo hecho se está produciendo en otro lugar al mismo tiempo.
—Es bastante melodramático y superficial… Suena a aquellas películas de ciencia-ficción de los noventa, con pretensiones pseudo-científicas y místicas.
Silencio. Avijai estuvo seguro que había conseguido encoger unos centímetros sin haberse comido ninguna galleta del País de las Maravillas.
—¿Siempre eres tan dañino?
Avijai negó suavemente con la cabeza e intentó poner su expresión más inocente, esperando que el miedo le dilatara las pupilas y estás dieran más veracidad a su mentira. Se dio cuenta de que estaba sudando.
—Yo soy viejo, y un poco loco, no me tienes que hacer caso. ¡Qué voy a saber yo de esas cosas!
—Bueno, yo soy joven e idiota, al menos eso dice tu cara… Y seguramente sea cierto… ¿Crees que estoy desquiciada?
—No —. Avijai se dio cuenta al momento que había contestado demasiado aprisa. Error.
—Ya, entiendo… ¿Qué hora será?
—Deja que mire tu muñeca. Las 20:20.
—Uhm…
—Sip…
—¿Intentamos dormir un poco?
—Será lo mejor, querida. Buenas noches.
—Que descanses, Avijai… ¿Mañana cogeremos la carretera?, ¿o iremos por el camino que vimos cuando llegamos?
—Ah… ¿qué hora sigue siendo?
—Las 20:20.
—Espera a que sean las 20: 21 y lo decides…
Avijai compuso una sonrisa lamentable y Stacia tuvo un escalofrío.
… … …
Arsen mira el reloj de su muñeca: las 20:20, tiene que decidir si mañana atacarán uno de los fuertes del Klaan. Se siente empujado. ¿Quién estará dando un tirón?
Lothian mira el reloj de su mesilla: las 20:20, no está seguro de donde tiene que concentrar su ejército. ¿Dónde será el siguiente ataque de la Miasma? De golpe, toma una decisión.
Lea se sienta ante el abismo y escucha. Deja escapar un suspiro.
Stacia no es capaz de conciliar el sueño, sale del coche y se queda mirando las estrellas. Mañana irán por el camino, dejarán la carretera. Coge aire, una inhalación.
Stacia se hace demasiadas preguntas, eso piensa Avijai. A su edad, cualquier pregunta es como un brusco empellón. Y la Ley del Universo dice: "Un tirón por un empujón, un suspiro por una inhalación", o eso había leído… ¿en los libros de Hobb? Pudiera ser… Ahora poco importaban los escritores y sus poemas.
Stacia tenía una obsesión y Avijai había sido la segunda persona con la que la había compartido. Arsen, por supuesto, había sido el primero. Había algo de siniestro en esos dos gemelos. Esa unión silenciosa y profunda de sus almas, le recordaba a las raíces que los árboles desarrollan en la selva. Una maraña de brazos vivos en los que puedes llegar a asfixiarte.
El era viejo y apenas recordaba cual era su misión, si es que alguna vez tuvo alguna. Pero ella, oh, ella: Stacia era como un lobo atrapado en un cepo, se mordería la pata hasta desangrarse y morir antes de darse por vencida.
Stacia creía saber que tenía una misión, pero no era capaz de entender exactamente en qué consistía. Por supuesto, Avijai se había abstenido de decirle que eso era peor que no tener ninguna. Tenía la firme convicción que, a las mujeres, cuánto menos se les diga de lo que se piensa, más fácil resulta convivir con ellas. No era machismo, sólo supervivencia.
Los números y los relojes digitales. Sí, así como suena: demencial. ¿Y si cada vez que miras un reloj la hora que te encuentras es: 22:33, 10:10, 11:22… Stacia acumulaba relojes. En cada muñeca le había contado tres, por lo menos. Y lo peor de todo es que él había terminado por obsesionarse también. El, que se había negado a someterse a la tiranía de los relojes se descubría, ahora, mirando de reojo sus muñecas. Cada vez que se encontraba con esos pares de números iguales, o en serie, pegaba un respingo absurdo.
Stacia estaba casi convencida que aquello no era casualidad, tenía que poseer algún sentido oculto. Avijai le propuso que llevara la cuenta de todas las veces que miraba el reloj, y que de ese total, descontara cuántas veces se encontraba con esa situación.
Por alguna extraña razón, el resultado obtenido desafiaba todas las leyes de la probabilidad, con lo que Stacia sólo se reafirmó en su convicción: estaban recibiendo un mensaje subliminal del Universo, y no eran capaces de descifrarlo.
Avijai decidió que había peores locuras que aquella, y resolvió no darle demasiada importancia. Por supuesto, era sólo supervivencia. A fin de cuentas —se dijo así mismo—, si la chica había escrito en el pasado uno de esos blogs, eso era mucho peor con diferencia.
—¿Por qué se repiten los números?
—Bueno, no se repiten, van sucediéndose… antes o después tiene que producirse esa combinación.
—Ya, pero ocho de cada diez veces que los miro están así.
Avijai se permitió levantar las cejas en un signo de hastío. Sólo porque era de noche, y el gorro que llevaba le tapaba la frente. La valentía está sobrestimada.
—Quizá te están avisando de que un hecho que ya ha sucedido se va a repetir, y así puedas cambiarlo con una decisión diferente.
—O que ese mismo hecho se está produciendo en otro lugar al mismo tiempo.
—Es bastante melodramático y superficial… Suena a aquellas películas de ciencia-ficción de los noventa, con pretensiones pseudo-científicas y místicas.
Silencio. Avijai estuvo seguro que había conseguido encoger unos centímetros sin haberse comido ninguna galleta del País de las Maravillas.
—¿Siempre eres tan dañino?
Avijai negó suavemente con la cabeza e intentó poner su expresión más inocente, esperando que el miedo le dilatara las pupilas y estás dieran más veracidad a su mentira. Se dio cuenta de que estaba sudando.
—Yo soy viejo, y un poco loco, no me tienes que hacer caso. ¡Qué voy a saber yo de esas cosas!
—Bueno, yo soy joven e idiota, al menos eso dice tu cara… Y seguramente sea cierto… ¿Crees que estoy desquiciada?
—No —. Avijai se dio cuenta al momento que había contestado demasiado aprisa. Error.
—Ya, entiendo… ¿Qué hora será?
—Deja que mire tu muñeca. Las 20:20.
—Uhm…
—Sip…
—¿Intentamos dormir un poco?
—Será lo mejor, querida. Buenas noches.
—Que descanses, Avijai… ¿Mañana cogeremos la carretera?, ¿o iremos por el camino que vimos cuando llegamos?
—Ah… ¿qué hora sigue siendo?
—Las 20:20.
—Espera a que sean las 20: 21 y lo decides…
Avijai compuso una sonrisa lamentable y Stacia tuvo un escalofrío.
… … …
Arsen mira el reloj de su muñeca: las 20:20, tiene que decidir si mañana atacarán uno de los fuertes del Klaan. Se siente empujado. ¿Quién estará dando un tirón?
Lothian mira el reloj de su mesilla: las 20:20, no está seguro de donde tiene que concentrar su ejército. ¿Dónde será el siguiente ataque de la Miasma? De golpe, toma una decisión.
Lea se sienta ante el abismo y escucha. Deja escapar un suspiro.
Stacia no es capaz de conciliar el sueño, sale del coche y se queda mirando las estrellas. Mañana irán por el camino, dejarán la carretera. Coge aire, una inhalación.












