Un suspiro por una inhalación... 2041-VII parte

17/01/2010

De Lothian-La Bestia del Klaan; Stacia de Lothian; Lea Tuatha Dé; Avijai Zamir; Arsen de Lothian

Stacia y Arsen, dos caras de una misma moneda. O dos monedas con una sola cara, con la cruz borrada. Stacia lleva rato enfrascada en un monólogo con intentos de diálogo fracasados. Avijai la escucha, arrebujado en su manta, dentro de lo que en su día fue un flamante coche, y que ahora se ha convertido en una tienda de campaña improvisada.

Stacia se hace demasiadas preguntas, eso piensa Avijai. A su edad, cualquier pregunta es como un brusco empellón. Y la Ley del Universo dice: "Un tirón por un empujón, un suspiro por una inhalación", o eso había leído… ¿en los libros de Hobb? Pudiera ser… Ahora poco importaban los escritores y sus poemas.

Stacia tenía una obsesión y Avijai había sido la segunda persona con la que la había compartido. Arsen, por supuesto, había sido el primero. Había algo de siniestro en esos dos gemelos. Esa unión silenciosa y profunda de sus almas, le recordaba a las raíces que los árboles desarrollan en la selva. Una maraña de brazos vivos en los que puedes llegar a asfixiarte.

El era viejo y apenas recordaba cual era su misión, si es que alguna vez tuvo alguna. Pero ella, oh, ella: Stacia era como un lobo atrapado en un cepo, se mordería la pata hasta desangrarse y morir antes de darse por vencida.

Stacia creía saber que tenía una misión, pero no era capaz de entender exactamente en qué consistía. Por supuesto, Avijai se había abstenido de decirle que eso era peor que no tener ninguna. Tenía la firme convicción que, a las mujeres, cuánto menos se les diga de lo que se piensa, más fácil resulta convivir con ellas. No era machismo, sólo supervivencia.

Los números y los relojes digitales. Sí, así como suena: demencial. ¿Y si cada vez que miras un reloj la hora que te encuentras es: 22:33, 10:10, 11:22… Stacia acumulaba relojes. En cada muñeca le había contado tres, por lo menos. Y lo peor de todo es que él había terminado por obsesionarse también. El, que se había negado a someterse a la tiranía de los relojes se descubría, ahora, mirando de reojo sus muñecas. Cada vez que se encontraba con esos pares de números iguales, o en serie, pegaba un respingo absurdo.

Stacia estaba casi convencida que aquello no era casualidad, tenía que poseer algún sentido oculto. Avijai le propuso que llevara la cuenta de todas las veces que miraba el reloj, y que de ese total, descontara cuántas veces se encontraba con esa situación.

Por alguna extraña razón, el resultado obtenido desafiaba todas las leyes de la probabilidad, con lo que Stacia sólo se reafirmó en su convicción: estaban recibiendo un mensaje subliminal del Universo, y no eran capaces de descifrarlo.

Avijai decidió que había peores locuras que aquella, y resolvió no darle demasiada importancia. Por supuesto, era sólo supervivencia. A fin de cuentas —se dijo así mismo—, si la chica había escrito en el pasado uno de esos blogs, eso era mucho peor con diferencia.

—¿Por qué se repiten los números?

—Bueno, no se repiten, van sucediéndose… antes o después tiene que producirse esa combinación.

—Ya, pero ocho de cada diez veces que los miro están así.

Avijai se permitió levantar las cejas en un signo de hastío. Sólo porque era de noche, y el gorro que llevaba le tapaba la frente. La valentía está sobrestimada.

—Quizá te están avisando de que un hecho que ya ha sucedido se va a repetir, y así puedas cambiarlo con una decisión diferente.

—O que ese mismo hecho se está produciendo en otro lugar al mismo tiempo.

—Es bastante melodramático y superficial… Suena a aquellas películas de ciencia-ficción de los noventa, con pretensiones pseudo-científicas y místicas.

Silencio. Avijai estuvo seguro que había conseguido encoger unos centímetros sin haberse comido ninguna galleta del País de las Maravillas.

—¿Siempre eres tan dañino?

Avijai negó suavemente con la cabeza e intentó poner su expresión más inocente, esperando que el miedo le dilatara las pupilas y estás dieran más veracidad a su mentira. Se dio cuenta de que estaba sudando.

—Yo soy viejo, y un poco loco, no me tienes que hacer caso. ¡Qué voy a saber yo de esas cosas!

—Bueno, yo soy joven e idiota, al menos eso dice tu cara… Y seguramente sea cierto… ¿Crees que estoy desquiciada?

—No —. Avijai se dio cuenta al momento que había contestado demasiado aprisa. Error.

—Ya, entiendo… ¿Qué hora será?

—Deja que mire tu muñeca. Las 20:20.

—Uhm…

—Sip…

—¿Intentamos dormir un poco?

—Será lo mejor, querida. Buenas noches.

—Que descanses, Avijai… ¿Mañana cogeremos la carretera?, ¿o iremos por el camino que vimos cuando llegamos?

—Ah… ¿qué hora sigue siendo?

—Las 20:20.

—Espera a que sean las 20: 21 y lo decides…

Avijai compuso una sonrisa lamentable y Stacia tuvo un escalofrío.

… … …

Arsen mira el reloj de su muñeca: las 20:20, tiene que decidir si mañana atacarán uno de los fuertes del Klaan. Se siente empujado. ¿Quién estará dando un tirón?

Lothian mira el reloj de su mesilla: las 20:20, no está seguro de donde tiene que concentrar su ejército. ¿Dónde será el siguiente ataque de la Miasma? De golpe, toma una decisión.

Lea se sienta ante el abismo y escucha. Deja escapar un suspiro.

Stacia no es capaz de conciliar el sueño, sale del coche y se queda mirando las estrellas. Mañana irán por el camino, dejarán la carretera. Coge aire, una inhalación.

La causa...

16/01/2010

Durante este año el tiempo que he dedicado a escribir ha sido --con diferencia-- menor que el de años anteriores, sin duda esta es la causa...


Con la pelota a todas partes... y
vigilando el fuerte...


Haciendo amistades...

Hasta nuestra sombra pasaba calor...

Gracias a todos los que me esperáis entre entrada y entrada... Muchas gracias...


Más allá del tiempo, sólo silencio...

09/01/2010

Art borrowed from deviantart.com

31 de diciembre del 2009

Las puertas de emergencia se abren y cierran una y otra vez de forma automática. Iván se imagina a un fantasma aburrido poseyéndolas y la sola idea le arranca una fugaz sonrisa. Los copos de nieve se cuelan veloces entre sus rendijas; se los figura compitiendo entre sí, haciendo carreras para ver cual de ellos llega más dentro del hospital. Alguno ha conseguido posarse sobre la manga de su bata para, fútilmente, derretirse al momento.

Tener guardia el último día del año no es el mejor plan para un interno residente lejos de su hogar, no señor. Quizá el haber discutido con la Jefa de Área sobre las condiciones laborales haya contribuido a esta situación. Iván esboza una mueca amarga e inconscientemente se encoge de hombros, necesita sacudirse de encima el enfado y el frío. Ese gesto se ha convertido casi en un tic , una forma como cualquier otra de demostrar su impotencia ante el mundo que le rodea.

Está ante la máquina de café cuando oye unos gritos y un llanto tal que piensa que ha entrado un cuadro grave por urgencias. Pero inmediatamente descarta la posibilidad: de haber sido así le habrían llamado al busca.

Decide ir a ver que ocurre, y con paso tranquilo, sigue la línea verde pintada en el suelo que orienta a los pacientes hasta las consultas. Su mirada se pierde en la espiral que forma la leche sobre el café mientras remueve con la cucharilla.

Y entonces la ve. La mujer está sentada y se dobla hacia delante como si la afectara un agudo dolor de abdomen. Sostiene la mano izquierda con la derecha como si se hubiera cortado, con extremo cuidado, para que nadie la toque. La rodean dos enfermeras, un vigilante de seguridad y una doctora malhumorada.

Iván mira a su compañera y levanta las cejas de forma inquisitiva. La mujer se acerca a él deprisa, aliviada al verle.

— ¿Puedes hacerte cargo?

Iván la mira y nuevamente se encoge de hombros.

— ¿Qué le ocurre?

—No lo sé. Se ha cortado el dedo, o eso dice porque no nos deja mirarlo, pero no sangra, lo único que hace es mascullar y llorar.

—Un ataque de ansiedad. ¿Y los de psiquiatría?

—No les encuentro. Estarán afuera fumando. ¿Te haces cargo o no?

Iván evita mirarla, de hacerlo hubiera visto su rabia, así que desvía los ojos y asiente con la cabeza. La mujer echa a andar con paso enérgico, sin darle las gracias.

— ¿Dónde está su historial médico?

La mujer sin volverse le grita:

— ¿Qué historial? ¿No te he dicho que no nos deja ni acercarnos?

Iván suspira, todavía con el café en la mano se acerca a la mujer y se sienta a su lado, tiene la precaución de dejar un asiento entre los dos. Mira al de seguridad y a las enfermeras y les despacha con un gesto de la cabeza.

La mira de soslayo, en silencio: una mujer de unos cuarenta años, quizá algo menos, no puede precisarlo. Tiene los ojos cerrados, los aprieta con fuerza, está seguro que es su forma de evitar que se abran y tener que ver lo que la rodea. Se mueve hacia delante y atrás, mientras las lágrimas salen de forma descontrolada acompañadas de sonidos guturales. Tendría que conseguir que tomara diazepam o lorazepam, de esa forma en media hora estaría todo resuelto. Suspira involuntariamente, y al escucharle, la mujer frena en seco, se gira extraordinariamente rápido y le mira a los ojos.

Iván se sobresalta y derrama el café sobre su bata. Se pone en guardia, con los enfermos psiquiátricos hay que tener precaución, nunca sabes cuando van a convertirse en una amenaza física. Pero, cuando la mira a los ojos, comprende que no es el caso. ¡Oh, dios mío, cuánto dolor! En breves instantes, repasa el manual de psiquiatría y comienza el protocolo.

—Hola, soy Iván, medico de este hospital. ¿Cual es su nombre?

La mirada de la mujer le encoge desde la nuez hasta las tripas: le recuerda a su madre cada vez que la llamaban del colegio para que fuera a buscarle al despacho del director. Bien, eso no había funcionado. ¿Cuál era el siguiente paso? Observa que una de las enfermeras le está mirando de reojo desde su puesto. Puf.

— ¿Puedo ayudarla en algo?

La mujer sonríe dolorosamente. Ahora le recuerda a su abuela, cuando él le hablaba sobre los Reyes Magos y del largo viaje que realizaban desde Oriente para traer sus regalos. Puede ver las arrugas entorno a sus ojos y piensa que quizá se ha equivocado con la edad.

—No lo sé.

Ah, por fin, ahí estaba, había establecido contacto.

— Soy médico.

— Eso ya me lo ha dicho antes.

Iván la mira atentamente. ¿Qué clase de respuesta es esa en un paciente con un ataque de ansiedad? ¿Sería esquizofrenia? No, no cuadraba en el perfil. ¿Y qué demonios hacía ahora? Pero ella se le adelanta.

—Me he cortado un dedo.

—Entiendo. ¿Puedo verlo?

La mujer asiente, silenciosamente extiende su mano hacia él. Ahora le recuerda a su hermana pequeña, cuando se caía de los columpios en el parque y le llamaba a gritos para que la ayudara. Extraño.

Sólo tiene un pequeño rasguño. Iván se arriesga con la siguiente pregunta.

—Bien, no parece grave, se lo puedo curar. ¿Ha venido sola?

La mujer deja caer la mano sobre su regazo, baja la mirada al suelo, la desenfoca y de nuevo, como si alguien hubiera apretado un botón, comienzan las lágrimas. Le caen chorretones por toda la cara. Error. Iván comienza a ponerse nervioso.

—Bien, no importa. Tranquila. ¿Me acompaña para que pueda curarla?

Ella no hace ningún movimiento por seguirle, al contrario, reanuda suavemente el balanceo: adelante, atrás. Está perdiéndola de nuevo. Y hace algo que el manual indica explícitamente que no se haga nunca: se levanta y extiende su mano, se la ofrece, para que ella le agarre. Con el rabillo del ojo, ve como la enfermera niega con la cabeza y se dirige rápidamente hacia él. Iván piensa: vamos, rápido, sólo tienes una oportunidad.

La mujer alza la cabeza y extiende la suya, aferrándose con fuerza. Un náufrago, una tabla de madera.

Iván tira de ella para levantarla y le da la espalda a la enfermera. Parece que la mujer comprendiera qué está ocurriendo porque le sigue sin decir ni una sola palabra.

Al llegar a la altura del ascensor las puertas se están cerrando, Iván grita al camillero para que les espere. Se cuelan dentro. A sus espaldas oye a la enfermera maldecir. El camillero mira a Iván y este, por toda respuesta, encoge los hombros. El hombre se baja en la siguiente planta dejándoles solos. Es entonces cuando se da cuenta de que aún sostiene su mano, se siente incómodo, fuera de protocolo, la mira a los ojos y le recuerda a su primera novia, cuando paseaban de la mano por el patio del colegio. La suelta bruscamente y por un instante está seguro que va a desplomarse allí mismo, pero las puertas se abren, y la sensación desaparece. Han bajado al depósito. ¡Oh, bien, es justo lo que necesitaba, un lugar acogedor!

En la sala hay dos cuerpos cubiertos. Ambos se quedan mirando las sábanas blancas, como si de un momento a otro alguno de los cadáveres pudiera levantarse y hablar. Iván piensa que no están en Halloween, sino en nochevieja, y ese argumento absurdo, le tranquiliza.

La mujer se deja caer en una silla, se la ve agotada, desvía la mirada hacia el reloj de pared en el centro de la habitación. Falta un minuto para las doce de la noche.

— ¿Tiene uvas?

Por un momento Iván no entiende la pregunta, luego niega lentamente con la cabeza y le sonríe.

— ¿Querría tomar una pastilla e intentar dormir un rato? Puedo llamar a quien usted quiera, para que vengan a buscarla.

—Tengo que irme...

— ¿Por qué vino al hospital?

—Me había cortado...

— ¡Pero si no es más que un rasguño!

—Me dolía… Creí que me desangraría... Por dentro...

—Necesita ayuda, por favor, hágame caso.

—Todos la necesitamos. Y mientras sus comisuras se curvan en una sonrisa compasiva las campanadas comienzan a resonar sobre sus cabezas.

— ¿Le queda tiempo, señor?

Iván no entiende la pregunta, se encoge de hombros mientras zarandea la cabeza y frunce el ceño.

— ¿Tiempo?

— Sí, para escuchar.

Cuando va a replicarle oye unas voces por el pasillo, cree que es la enfermera con el vigilante de seguridad. Maldice para sus adentros, se vuelve hacia la mujer y con los ojos le pide silencio. Ella asiente. Sale para encararse con ellos. Falsa alarma.

Vuelve a la habitación pero la mujer no está. No lo entiende. ¿Dónde puede haberse metido? Recorre la habitación con la mirada y el corazón le da un vuelco cuando descubre tres cuerpos cubiertos en lugar de dos. No puede ser. Despacio, se acerca al cadáver que minutos antes — está seguro— no estaba ahí. Con cuidado levanta la sábana, pero es el rostro de un anciano el que descubre. Ahora, más rápidamente, se acerca a los otros dos y les destapa: nada. ¿Cómo se le ha podido pasar por la cabeza que pudiera ser ella?

Sube corriendo a la planta de emergencias y la busca desesperadamente.¡Ha perdido una paciente! ¡Dios, le van a despedir! Todo el mundo se está abrazando, el nuevo año ha comenzado. Intenta hablar con el vigilante de seguridad, pero es una tarea imposible.

Sale a la calle, mira entre las filas de coches aparcados, incluso se agacha para mirar por debajo ¿Pero dónde se ha metido?

De pronto nota que una mano le agarra del brazo y le zangolotea.

— ¡Iván, despierta, Iván! ¡Pero hombre te has perdido las campanadas! Mírate, te has quedado dormido al lado de la máquina de café.

La doctora, las enfermeras, y el vigilante se ríen. Le dejen las uvas en un vaso de plástico al lado.

Iván coge su abrigo y sale a la calle. Cierra los ojos y se tapa los oídos con las dos manos. Escucha. El roce de la luna contra las nubes, el viento sacudiendo las copas de los árboles, a kilómetros de distancia el bramido del mar, en el bosque los lobos aullando sobre una colina, el ciervo agitando sus orejas mientras tensa sus músculos preparado para la huida, el oso removiéndose sobre las hojas de su cueva, un águila alcanzado su nido en la cumbre. Iván atiende. Y entonces, lo oye: el silencio. Aún le queda tiempo.

¿Quién anda ahí? 2041- VI parte

27/09/2009




Muro de Adriano


Arsen está rodeado por varios círculos humanos. Delante del fuego, los niños, sentados en el suelo con las piernas cruzadas y los ojos fijos en él. Detrás sus madres, con los más pequeños en brazos, la mirada pendiente en los mayores, reclamando su silencio. Más allá los hombres, perdidos entre las sombras, fumando cabizbajos, somnolientos.

Al principio sólo eran unos pocos, y las historias eran inocentes cuentos. Con el tiempo se convirtió en el vehículo que mantenía vivo el pasado, su historia. Quizá deberían haber mandado a los niños a la cama, quizá; pero hubo un acuerdo tácito y silencioso de que ese pudor no tenía cabida en el mundo que les había tocado vivir.

Arsen abre un viejo libro, encuadernado en piel, de páginas amarillentas. Nadie sabe que está escrito en él. Mejor así. Si descubrieran que las páginas están en blanco quizá el ritual nocturno perdería su magia.

Arsen carraspea y comienza su relato...

La sangre sobre la nieve es más roja. Y la de una niña de quince años aún más. O eso pensaba el inspector Zacarías Villanueva, a punto de jubilarse y con un asesinato entre las manos la noche más fría del invierno.

Cuando le despertaron, en medio de la madrugada, estuvo a punto de decir que estaba resfriado, pero pudo más su absurdo sentido del deber.

Se tiró de la cama, encendió un cigarrillo y salió en pantuflas a la calle. Cuando quiso darse cuenta era demasiado tarde. Ahora soportaba estoico las burlas del forense y el juez. Hasta le había parecido ver un dedo acusador de un vecino congregado alrededor del cordón policial. Si por Villanueva fuera no habría series de policías en la televisión.

Se encogió de hombros y pensó: ¡Y qué más da! Quince días y podré ir descalzo si quiero. Suspiró, tiró el cigarrillo y apunto estuvo de aplastarlo con la zapatilla.


Sede del Klaan

De Lothian entra despacio en la habitación de su hijo. Lleva entre las manos un viejo libro, encuadernado en piel, de páginas amarillentas. Se acerca a la cabecera y escucha el sonido de su respiración. En ese momento el chico abre los ojos y le sonríe. El maestro asesino del Klaan retira el pelo de la frente de su hijo y se sienta a su lado. Padece una enfermedad congénita. Está inmovilizado en la cama desde que nació. De Lothian inventa historias para él. No sabe de donde le viene la inspiración, pero cada noche abre ese libro en blanco y comienza a relatarle en voz alta las historias que recuerda del pasado. Durante quince años no ha faltado una noche a su cita.


Al agacharse junto al cadáver, oyó como sus rodillas crujían. Soltó por lo bajines una maldición. Se puso los guantes y, con delicadeza, apartó el cabello de la cara de la muchacha.

Nunca pensaba en sus nombres. Inspeccionó la ropa, las heridas defensivas en las manos, el rimel corrido por las lágrimas. Le preguntó al forense por la hora de la muerte.

Descubrió un tatuaje bajo la cadera. "Estoy viejo", pensó. La idea de que un hada risueña y angelical anduviera cerca de la ingle de la adolescente le pareció perturbadora.

Luego se apartó de la escena del crimen y miró alrededor. ¿Cuánto tardarían en localizar a los padres? Fue a sentarse al coche y dejó la puerta abierta, alguien le trajo un café.

¿Que habría sido esta vez? ¿Una pelea de novios?, ¿un intento de violación, ¿un atraco? La vida y la muerte en manos de un malabarista ciego. Arriba, abajo, suspendidas en el espacio al mismo tiempo.


Muro de Adriano

Las madres han mandado a los niños a la cama. Los que quedan son huérfanos. Arsen levanta la cabeza y mira hacia las estrellas. Tiene la sensación de estar siendo observado. Como si él mismo formara parte de un libro, y un ávido lector permaneciera asomado a las páginas de su vida.

Un agente le trajo a un vagabundo que merodeaba por los alrededores.

--¡A ver, tú! ¿Qué me puedes decir? ¿Viste algo que nos ayude?

--¡Pero jefe! ¡Si usted tampoco tiene zapatos! ¡Jodía anda la cosa cuando a los maderos no les da el sueldo ni pá ir calzaos!

Villanueva suspiró e hizo como que no veía las risitas de su compañero.

Del interrogatorio no sacó nada en claro. Sin embargo, estaba convencido que de esa noche se llevaría un resfriado de los que dan para una semana en cama. Se le pasó la idea por la cabeza de que uno de sus juanetes se hubiera congelado por la helada.

El sol comenzó a apuntar maneras al amanecer. A la luz del día la nieve sangraba.

Oyó el chirrido de una frenada y supo lo que se avecinaba. Una mujer y un hombre se acercaron, escoltados por dos policías. Al llegar a su altura se detuvieron. Uno de los agentes hizo un gesto imperceptible con la cabeza a Zacarías.

--Buenos días, señora, señor. No queremos que se alarmen. Sólo necesitamos de ustedes una identificación rutinaria. Dejó pasar unos segundos. ¿Su hija, por un casual, lleva tatuada un hada en la cadera?

La mujer cerró los ojos y los apretó con fuerza. El hombre la atrajo hacía si y rodeó sus hombros. Asintió.

Zacarías Villanueva miró al suelo. Aquella mujer iba en zapatillas.


Sede del Klaan

De Lothian cierra el libro, apaga la luz y permanece en silencio junto a su hijo. Mira las estrellas y, por un momento, tiene la sensación de que puede dejar de ser De Lothian: la Bestia del Klaan, y convertirse en un hombre cualquiera. No sabe como le haría sentir algo así. Mira fijamente hacia la noche, como si pudiera pedirle cuentas a alguien que estuviera mirándole desde el Otro Lado.


La Tierra, antes del 2041

Zacarías Villanueva llega a casa y se quita las zapatillas húmedas. Se sienta ante su escritorio, abre el viejo libro de cuero y páginas amarillentas y comienza a escribir en él con una pluma mojada en zumo de limón.

2041-5ª parte Multiverso

13/09/2009


"Todos tenemos alguna experiencia de la sensación, que nos viene ocasionalmente, de que lo que estamos diciendo o haciendo ya lo hemos dicho y hecho antes, en una época remota; de haber estado rodeados, hace tiempo, por las mismas caras, objetos y circunstancias; de que sabemos perfectamente lo que diremos a continuación, ¡como si de pronto lo recordásemos!"

Dickens, Charles (1991). Personal History of David Copperfield. Time Warner Libraries.


Muro de Adriano, 12 de Septiembre de 2041

Mientras Arsen ve marcharse a Picto, siente que no es la primera vez que han mantenido esa conversación. Eso es imposible, y aún así, no puede quitarse la sensación de encima. Cada uno de los gestos, de las palabras que han dicho, parecen producto de la repetición: como el ensayo de una obra de teatro.


Chicago, Illinois, 1893

Nikola Tesla logra transmitir energía electromagnética sin cables, construyendo de este modo el primer radiotransmisor.



New York, Estados Unidos, 1901

El Dr. Tesla afirma que sus equipos han recibido una señal codificada mientras se encontraba en su laboratorio. Como aún no existen las estaciones de radio, la única explicación es la comunicación interplanetaria. A raíz de este hecho escribirá un artículo titulado "Hablando con los planetas". Tesla comenta con Mark Twain el "deja vú" que segundos antes de producirse la señal había experimentado.


Redding, Connecticut, 21 de Abril de 1910

Samuel Langhorne Clemens, más conocido como Mark Twain, muere consumido por la tristeza ante la súbita muerte de su hija Jean. De toda su descendencia solo una de ellos le sobrevive. Un mes después de su muerte, Clara Clemens, se dirige en plena noche a un hotel de New York para reunirse con Tesla, amigo de su padre.

Cuando entra en la habitación, las ventanas están cerradas a cal y canto, hay papeles esparcidos por el suelo, la cama está desecha, la puerta del baño abierta. La mujer ve su propio reflejo en el espejo del lavabo y un escalofrío le recorre la espalda. Siente un fuerte y desagradable "deja vú".

Entrega a Tesla un sobre cerrado, con la letra de su padre y, sin mediar palabra, abandona la habitación.

Años después, durante un paseo, Tesla sufre un ataque y cae inconsciente al suelo mientras recita el Fausto de Goethe. Cuando vuelve en sí, lo primero que dice es que ha visto y hablado con Twain. A continuación exclama ufano que ha descubierto el problema de su motor eléctrico: "¡Es el campo magnético rotativo lo que lo mueve!".


Nueva York, Estados Unidos, 7 de enero de 1943.

Nikola Tesla fallece sólo en un hotel. Agentes del gobierno incautan todos sus papeles. La justificación es la Seguridad Nacional. Sus documentos nunca fueron desclasificados. El agente al mando, Theodore Barry, tiene la sensación de haber vivido ya ese momento cuando sostiene frente así los últimos apuntes de Tesla.


Edimburgo, Escocia, 1960

Andy Nimmo, vice-director de la British Interplanetary Society se dispone a dar un discurso para dicha organización acerca de la interpretación "varios-mundos", de la física cuántica que se había publicado en 1957. Mientras repasa sus apuntes entre bastidores, observa que los cordones de su zapato izquierdo están sueltos. Se agacha, pero al hacerlo, pierde el equilibrio y da unos cuantos pasos en falso. Eso le salva la vida. Un foco se ha desprendido y ha caído en el sitio donde el se hallaba apenas unos segundos antes. Mientras todos le rodean y le preguntan como está, tiene la sensación de haber vivido ya ese momento.

Andy Nimmo acuño el término "multiverso": "un universo aparente, una multiplicidad de universos que se combinan para ser el universo entero".


Massachusetts , Estados Unidos, 16 de junio de 2008

Adam Frank entrevista al cosmólogo Max Tegmark para la revista Discover Magazine.

Max Tegmark habla de su idea de que "todo un universo puede que no fuera más que un dodecaedro, una figura de 12 lados que ya los griegos describieron hace 2500 años...(...). Dice que se entusiasmó con la idea de que el universo no fuese en realidad más que un objeto matemático.

Adam Frank le pide que explique los universos paralelos. Oye la voz de fondo de Tegmark diciendo que "cada uno de nosotros tiene un gemelo en una galaxia que se encuentra a una distancia de alrededor de 10 elevado a 1028 metros de aquí.(...) En un espacio infinito, incluso los hechos más improbables tienen lugar en algún sitio. Existen infinitos planetas habitados que contienen gente con el mismo aspecto, nombre y recuerdos que nosotros, y que ejecutan cualquier permutación posible de las decisiones vitales que hayamos tomado."

Frank asiente, mientras contempla a Erika Larsen preparar el escenario para la fotografía que encabezará el reportaje. Quiere salir con ella, pero aún no se ha atrevido a pedírselo. Escuchando a Tegmark piensa si habrá algún universo donde Adam salga con Erika y formen una pareja feliz. O todo lo contrario. Quizá sea un tremendo error.


España, 13 de Septiembre del 2008

Adrian Baños Couso escribe en su blog "Estudiar física": "el cerebro, una de las grandes incógnitas de la ciencia, podría ser capaz de viajar entre estas dimensiones transmitiéndonos imágenes de ellas, lo que nosotros traduciríamos como imaginar. Asimismo, esas ocasiones en las que dices “ésto ya lo he vivido”, puede deberse a una corriente de antipartículas que en su viaje hacia el pasado hayan estacionado en tu cerebro, transmitiéndole la información de un modo “x”.


New York, Estados Unidos, Lunes 18 de abril de 1983

Jiddu Krishnamurti está en New York. Ofrece dos conferencias en el Felt Forum del Madison Square Garden, y asiste a un seminario organizado por el Dr. David Shainberg.

Lea le observa atentamente desde la última fila. Al término de la charla, permanece al fondo, de pie, mientras el recinto se vacía. Krishnamurti ve los ojos de la mujer ahogados en lágrimas. Baja del escenario, lentamente, y se acerca con suavidad a ella.

Silencio...

Silencio...

Silencio...

"Sin duda alguna, con absoluta certeza, existe un área donde el pasado no proyecta ninguna sombra, donde el tiempo --pasado, presente y futuro-- no significa nada." Del Diario III de Krishnamurti.


Sede del Gobierno del Klaan, 12 de Septiembre de 2041

De Lothian contempla su imagen en el espejo. El traje de gala con las medallas le resulta innecesario pero sus asesores han insistido. Ha pedido estar unos momentos a solas antes de la recepción.

Tiene que acabar con la insurgencia de la Miasma como sea, de lo contrario peligrará su cabeza. Para el Klaan todos son "material fungible".

Cuando va a coger el vaso de agua, este resbala de sus manos y cae al suelo hecho pedazos. De Lothian sabe lo que va a ocurrir a continuación: su mujer entrando precipitadamente en la estancia, los criados apresurándose a recoger los trozos de cristal, Stacia mirándole implacable desde el quicio de la puerta. Sabe que el "deja vú" no es más que un solapamiento entre los sistemas neurológicos responsables de la memoria a corto plazo, y aún así no puede evitar que la piel se le ponga de gallina.


IV parte De costuras y remiendos

26/08/2009


Arsen de Lothian (Edimburgo 1999 — Muro de Adriano 20??) Se le considera el ideólogo de la Miasma, aunque algunos contemporáneos ( véase Thomas Burns "La Rebelión de la Miasma") vieron en el más una figura poética e idealizada que la mente pensante que organizó la sublevación contra el Klaan en los hechos comúnmente conocidos como "Noche Aciaga" en 2049, y su posterior resistencia a manos de los insurgentes.


Tomo VI - La Guerra Perdida de Evan Trevanian


Cuando Stacia llegue al Muro de Adriano no me encontrará. Puede que pasen meses o años, pero —al final— su voluntad la conducirá hasta mí. Sólo hay un problema, insignificante: el hombre que tendrá ante sus ojos se habrá convertido en un completo desconocido. Intento imaginarnos juntos después de tanto tiempo, y en cada ocasión terminamos de la misma forma: ella gritando, yo tapándome los oídos, y su voz haciendo estallar un espejo en el que contemplo un Arsen roto, hecho pedazos. Un Arsen de Lothian oscuro, vacío, henchido de aquello que más teme.

Me ofrezco voluntario para las guardias nocturnas. Todos piensan que soy un héroe. Eso me avergüenza. Me consume.

Durante la noche, las tinieblas hacen que mis pensamientos parezcan menos sombríos. No hay contraste. Cada uno de ellos asemeja a una prenda mal confeccionada. Soy un sastre de manos temblonas, cortando y cosiendo en una frenética carrera contra reloj. Al terminar y ver el resultado, enloquecido, los deshago, y vuelvo a coser una y otra vez, pinchándome, sangrando, dejando mi huella roja sobre cada uno de ellos.

Enhebro mi cordura con un hilo desecho, con la esperanza de hallar algún sentido.

Vivo a costa de los sueños que una vez forjé, y que ahora me resultan imposibles de creer. Pero miento bien. Y los demás, cuando me escuchan, sueñan. Es por eso que aún me permito vivir, a pesar de mi impostura.

La noche es fría, despejada. Arsen de Lothian tiene la piel de gallina, se ha negado a coger una prenda de abrigo esperando evitar el sueño. Debe permanecer alerta. Alza la cabeza y distingue a Scorpius: brillante, onírico. No es capaz de asimilar que en el año 4000 A.C. los sumerios pudieran contemplar ese mismo cielo. Al ser humano se le escapa el Universo, demasiado paño para tan torpe sastre. De Lothian piensa "pequeño, pequeño, insignificante, banal, todo nuestro sufrimiento".

Un lobo aulla, unos pasos se acercan sigilosos, Arsen suspira.

—Si no mueres un día...

—Mueres otro...

—Arghhh, por dios bendito, ¿quién tuvo la ocurrencia de ese santo y seña!

—Hum... creo que yo... me pareció trascendente.

—¡Y una mierda! No he oído tamaña sandez en mucho tiempo, chico.

—¿Qué te trae por aquí, Picto? Dime...

—Ah, Arsen, siempre directo al grano. ¿Un poco de whisky?

—Sabes que no bebo. Venga, suéltalo y vete.

—Admiro tu cortesía, muchacho, en serio. Bah, tranquilo, me esfumo rápido. Te traigo noticias: ha regresado un comando del sur, diezmado, corren rumores de grupos armados que se están oponiendo al Klaan. Dicen que se dirigen hacía aquí.

—¿Son fiables las fuentes?

—Ya sabes como va esto... les hemos practicado la Cuarentena, pero el Klaan les entrena cada vez mejor para superar nuestros interrogatorios.

—¿Se sabe quién es su líder?

—Una mujer.

Arsen cierra los ojos y contiene la respiración. No, tan pronto no —piensa—, aún no estoy preparado, jamás lo estaré.

—¿Su nombre?

—Stacia, de la tribu Eburonian.

Arsen ahoga una exclamación.

—¿Qué quieres decir con eso de "tribu"?

—Ni puñetera idea. No preguntes. Por lo visto se han unido en tribus, para organizarse, comunicarse y distinguirse entre ellos.

De Lothian permanece en silencio, el corazón se le desboca, de seguir así tendrá que volver a coserlo antes de que amanezca.

—¿Y sabes que es lo mejor?

—No quiero imaginarlo...

—La tal Stacia dice que te conoce, que cuando os encontréis te dirá de que forma podemos poner fin a la guerra.

Quiere decir algo, pero la boca se le queda abierta en un rictus de sorpresa. Su abuela le hubiera dado un sopapo para traerlo de vuelta.

—¿Muchacho?

—¿Si?

—¿La conoces?

Vacila unos segundos. Es mi hermana, mi hermana gemela—, contesta.

Ahora es el turno de Picto de abrir la boca y cerrarla antes de que le entre cualquier mosca.

Nunca fuimos héroes-2041-3ª parte

08/08/2009

Así en la tierra como en el cielo Andrés Palma

Hay quien dice que lo más difícil es dar el primer paso, ponerse en marcha. No estoy de acuerdo. Levantarte y echar a andar un día tras otro, sabiéndote vencido es el verdadero reto.

El Muro de Adriano quedaba a más de mil quinientos kilómetros de distancia. Las posibilidades de que Arsen siguiera con vida eran prácticamente nulas. El Klaan obligaba al ejército a patrullar el exterior del Muro. Muchachos de apenas quince años se parapetaban en tanques, disparando antes de preguntar.

El Klaan cometió un error. Despojó a la Miasma de toda oportunidad, de toda esperanza. Para aquellos que nada tenían que perder, morir se convirtió en su victoria. Quisieron creer que alcanzarían la "Otra" vida revestidos de gloria. Para mí, también de desesperación. Pero... ¿quién soy yo para juzgarles? Sus incursiones contra el Muro eran salvajes, suicidas, pero consiguieron su propósito: pusieron nervioso al Klaan.

Estábamos en guerra. Nos convertimos en soldados a la fuerza. Pero no formábamos parte de ningún ejército.

Todo valía. Era la forma de actuar del Klaan. Ahora era nuestro turno. Si queríamos sobrevivir teníamos que deshacernos de nuestros prejuicios y convertirnos... ¿en qué exactamente?

Nuestros peores instintos salieron a flote. Conseguir comida y agua era una tarea titánica, diaria, desalentadora. Constantemente veía cuerpos entre los escombros de las ciudades. Las ratas daban buena cuenta de ellos. Aunque no solo ellas. El canibalismo dejó de ser una profanación y se convirtió en una fuente de alimento cuando no tuvimos nada que llevarnos a la boca. Cualquier esquina era buena para dejarse caer y comenzar a morir.

¿Cómo se mantienen las promesas hechas a uno mismo? Con dificultad, sin duda. Con fracasos y mentiras.

No quiero engañaros. Maté, robé, traicioné; sólo para mantenerme con vida. El miedo me convirtió en una bestia ciega. Quería llegar al Muro de Adriano, tenía que ver a Arsen y contarle lo que había descubierto. No podía dejar que nada, ni nadie se interpusiera en mi camino.

Cada una de las personas que se arrastraba por el planeta tenía una historia igual o mejor que la mía para justificar sus actos. Nunca fuimos héroes, ni nada remotamente parecido.

Me violaron. Supe que poco tenía que hacer ante ese hombre de metro ochenta, rodeado por su pandilla: armados, enloquecidos, hambrientos. Le dejé hacer. Se confió. Acercó su cara a la mía. Le sonreí. Despacio, llevé mis labios a su cuello, abrí la boca y le clavé los dientes. El primer mordisco apenas se llevó un poco de carne, pero no solté. El segundo, rasgó músculo y alcanzó las venas. Tiré de ellas hasta que reventaron. ¡La sangre estaba tan caliente..! Cogí el arma de su cintura, le utilicé de escudo y disparé a los otros tres desde el suelo. Necesité varios disparos pero el factor sorpresa jugó a mi favor.

No fue fácil matarles, no era una buena tiradora. Me quité al gordo de encima, y rematé de cerca uno por uno a cada uno de ellos. Cuando terminé me temblaban las piernas. La boca y el pecho empapados de sangre. Lo primero que pensé fue si el hijo de puta tendría alguna enfermedad que pudiera contagiarme. Creo que por eso me acerqué y a pesar de estar muerto, le descerrajé un tiro en los huevos. Luego registré sus bolsillos y me llevé todo lo que pude.

Quise llorar. Pero no pude. O no me lo permití.

Levanté la cabeza y vi la luna asomando por entre las ruinas de la bóveda de una antigua iglesia. Y entonces le vi. Estaba sentado a los pies de lo que en su día fue el altar. Recuerdo que lo primero que pensé es que debía haber presenciado todo y no había sido capaz de mover ni un dedo en mi ayuda. No me equivoqué.

Tenía una barba grisácea que le caía sobre el pecho, sucia y enmarañada como su pelo. Mantenía los brazos cruzados, mientras se balanceaba adelante y atrás. No pude ver sus ojos. Pero podía olerle. Apestaba.

Se levantó despacio y vino hacia mí. Me sorprendió que pudiera andar porque estaba extremadamente delgado. Era como un saco de huesos, todo pellejo. Se quedo a medio metro, mirándome fijamente, en silencio. Estaba llorando. Me había robado mis lágrimas. Le dí la espalda y eché a andar.

Al poco escuché unos pasos que me seguían. No me giré. Supe que a partir de ahora tendríamos un camino que recorrer juntos. ¿Por qué? Esa es la parte de la historia que necesitaba contarle a Arsen. Eso era lo que había descubierto.

Era tan viejo que podría haber sido mi bisabuelo. LLamádle Avijai.