DESPUÉS DE LA MUERTE

23 ene. 2016





Hora: 2:30 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Sinaí

El médico de la UCI se prepara para desconectar a Margaret Clarins, y retirarle el soporte de respiración asistida.

Sus hijos y nietos la rodean, el cansancio y la tristeza – a partes iguales—hacen estragos en sus rostros. Y, por supuesto, el no confesado alivio.

Margaret ha sufrido una larga convalecencia. Eso le ha permitido despedirse de todos sus seres queridos, y también pensar sobre lo que le aguarda más allá de su muerte.

Es creyente. Así que de una u otra forma, espera que la luz al final del túnel le traiga paz y el reencuentro con aquellos que se han ido antes que ella.

Sin embargo, el pequeño guisante negro y arrugado de la incertidumbre, se instala en su mente, rebotando de sinapsis en sinapsis, antes de entrar en coma.

Hora: 5:50 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Kingdom.

Jeremy Clevers, de tan sólo veintiocho años de edad, acaba de morir de leucemia. Junto a él, su madre. No hay padre, nunca lo hubo, tampoco hermanos.

La madre apenas ha abandonado la habitación durante las últimas semanas. Aún ahora, es incapaz de moverse de su lado, y sigue apretando con fuerza la mano de su hijo. Siente miedo. ¿Qué será de él ahora?

Jeremy, esperaba que con la muerte llegara el Final. Un destino sin futuro para los muertos.

La enfermera jefe, Tracey Majors, se ha sentado en la taza del WC, la puerta abierta mientras llora angustiada por ese chico, por su madre, y por sus hijos a salvo en casa. Por ahora.

Hora: 6:15 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Rawson-Neal

En la habitación 1313, Ernest Bass ha muerto repentinamente de un ataque al corazón. La mujer con la que estaba manteniendo relaciones sexuales llamó a Urgencias y le dejó solo en la casa.

Cuando la ambulancia llegó al domicilio, Bass había entrado en parada cardiorespiratoria.

El Sr. Bass creía en el Infierno. De hecho, estaba convencido de vivirlo cada día de su vida en la Tierra.

...

Margaret parpadea. La consciencia vuelve a ella despacio, fragmentada, dejándole un regusto amargo en el paladar, a bilis.

Finalmente, consigue con esfuerzo entreabrir los ojos, pero es como si le hubieran echado un colirio, y lo que ve es a través de una cortina de agua.

Un chico joven y un hombre de mediana edad la rodean. El joven está arrodillado junto a ella, y le sostiene la mano. Al menos eso cree, porque no es capaz de verse el cuerpo, es más una sensación.

El hombre mayor está de pié a su lado. Tiene una actitud defensiva, al acecho de algún peligro inminente.

Esta no era la idea de la Otra Vida.

—¿Dónde estoy?

Ernest Bass se gira y la mira con lástima. Nuevamente, no está segura, es sólo una corazonada. La mano de Jeremy la sujeta con más fuerza.

Quiere cerrar los ojos y volverse a perder en ese fundido que experimentó cuando la desconectaron de las máquinas.

Una Voz, alta y áspera, desde detrás de ellos, les interpela:

—¿Están listos? Tienen que avanzar. Está prohibido permanecer aquí.

Margaret reacciona ante el tono de autoridad que durante tantos años ha obedecido. Sin saber cómo consigue ponerse en pie.

Bass y Clevers se colocan cada uno a un lado, y echan a andar al unísono. Están en un túnel, o algo parecido, y al final hay una luz blanca.

¿Por qué no siente esa paz de la que tanto ha oído hablar durante su vida? Las piernas le flaquean.

—No se detenga, por favor. No sabemos que nos harían de desobedecer. Es Bass, susurrándole al oído.

—Mi nombre es Ernest, y el chico se llama Jeremy. Estamos muertos. Bueno, al menos eso creíamos antes de que aparecieran las voces ordenándonos que camináramos hacia la Luz. Nos han dicho que al llegar allí nos explicarán nuestro próximo destino… y tarea. ¡Por dios Bendito, “Tarea”!

—¡Shsss! ¡Baje la voz estúpido!—, dice un hombre anciano que camina con un grupo de cuatro personas a escasos metros por delante de ellos.

Ahora Margaret cae en la cuenta de que están rodeados por un río humano, que en pequeños grupos, avanza hacia la Luz.

No lo hacen porque se sientan atraídos, sino porque la Voz que suena dentro de sus cabezas se lo ha ordenado.

Siente miedo y se marea. Jeremy la sostiene y le sonríe.

—¡Vamos no puede ser tan malo! Después de lo que hemos vivido ¡¿Qué más nos puede pasar?! Si ya estamos muertos…

Ella asiente, pero sólo para agradecerle al muchacho su buena intención. Jeremy sólo pretende calmarla. O quizá, convencerse a sí mismo.

Un bebé llora en los brazos de una mujer. Bass se vuelve para localizar el llanto. 
Una mujer asiática lo arrulla desesperada:

—¡No es mío! ¡El bebé no es mío! Me obligaron a cogerle…

Bass no se atreve a seguir mirando, gira la cabeza de nuevo al frente y disimula un escalofrío. Se dirige a los otros:

—¿Y si esto es el Infierno?

—¡Oh Señor!—, exclama Margaret. —¿Por qué una mujer como yo tendría que ir al Infierno? ¿O este joven? No sé lo que habrá hecho usted en su vida, pero le aseguro que no merezco ninguna plaza en un infierno.

Bass se encoge de hombros, dolido.

—Hay algo que no va bien… ¿No lo sienten?

Y es verdad. Margaret, Jeremy y Ernest saben que algo va mal, muy mal.

Sin que sea necesario decir nada, los tres comienzan a caminar más despacio. Se colocan, con disimulo, al final del río humano, en un extremo.

De pronto, surge una vocecilla a sus espaldas:

—¿Ustedes también se han dado cuenta, cierto?

Pillados por sorpresa, se sobresaltan. Miran a su alrededor, buscando al dueño de esas palabras. Un pequeño hombrecillo, un enano, vestido con esmoquin y con chistera, les sonríe. Está recostado, indolente, en una pared que ellos no son capaces de ver. Entre sus manos  una baraja de naipes con la que juega.

—Si siguen caminando les atraparán.

—¿Usted sabe que hay al otro lado?—. Es Jeremy el primero en hablar, no puede disimular el temblor en su voz.

—¿Otra Vida?—, sonríe el hombrecillo, dejando ver una boca repleta de dientes de oro.

De la chistera saca una tarjeta de visita, y se la ofrece a Margaret, que la coge con renuencia por una esquina.

—Por si alguna vez precisan de mis servicios…

Con un movimiento rápido —como un Drácula de las películas en blanco y negro—, se rodea con su capa negra de forro rojo y desaparece. No se oyen aplausos.
Los tres se miran asustados, no pueden hablar, saben que les escucharían. Bass se acerca despacio a Margaret.

—¿Qué pone en la tarjeta?

La mujer niega con la cabeza, le cuesta leer la caligrafía.

Servicios Definitivos: Muerte Sin Resurrección”
Jacques Valmont.
Tres palmadas para ponerse en contacto con nosotros.
(Cerrado festivos).

Jeremy no puede evitar una carcajada nerviosa, seca.

—¿Y ahora qué?—, pregunta Bass.

De pronto se escucha un chillido proveniente del final del túnel. En dirección contraria a ellos viene un muchacho corriendo, apartando a manotazos a las personas que le bloquean el paso.

—¡Huyan, huyan de aquí, dense la vuelta, ya!

Súbitamente cae al suelo desplomado. Un muñeco de trapo sin serrín. Sigue hablando lentamente, palabras sin sentido, como un enfermo de Alzheimer desesperado por encontrar las palabras que un día supo.

Los tres han quedado parados a escasos metros del chico. Se acercan unos a otros en silencio y se agarran con fuerza. Ninguno quiere quedarse sólo.

Jeremy gira la cabeza hacia atrás, solo Oscuridad. Delante la Luz. A los lados una marea humana caminando en silencio. No hay horizonte, ni cielo sobres sus cabezas.

—¡Qué extraño, no se ven animales! ¿No os habéis dado cuenta?—, es Bass el que habla. Se ha quitado su chaqueta y, con delicadeza, la ha puesto sobre los hombros de Margaret.

—Habrá que ir hasta el final, hijos. Sea lo que sea que allí nos aguarde, habrá que afrontarlo.

Y echan a andar, Jeremy y Margaret cogidos del brazo, y Bass justo detrás de ellos.

No saben cuánto tiempo llevan caminando, no tienen hambre ni sed, pero están cansados. Están a punto de entrar en la Luz.

Ahora la gente, de forma automática, se coloca en fila india. Bass va el primero, le sigue Margaret, y el último Jeremy.

Ernest Bass da un paso más y desaparece repentinamente de la vista de Clevers.

La mujer se vuelve con lágrimas en los ojos, saca del bolsillo de la chaqueta la tarjeta del mago y se la da a Jeremy, mientras le aprieta con fuerza la mano. Le mira a los ojos desesperada.

—No corras, sal de la fila en silencio. Cuando te encuentres de nuevo con la gente caminando en grupos, hazte a  un lado y llama al Enano. Ve con él.

—¿Qué has visto? ¡Dime!

—Nunca se acaba.

—¿El qué? ¿Qué no se acaba?

—El Miedo.

Le da un empujón con firmeza sacándole de la fila. Jeremy la ve desaparecer ante sus ojos. En silencio.

Jeremy Clevers, de veintiocho años, que apenas disfrutó de su vida, va en busca de un mago que le ofrece una muerte sin retorno.

Después de dar las tres palmadas el enano se aparece a su lado, como en un número barato de prestidigitador de feria. Jeremy no puede contener los sollozos. Piensa en su madre.

El hombrecillo se quita su capa y la coloca con delicadeza sobres los hombros caídos del joven.

Siente compasión.

--¿Sabes? Necesito un ayudante, el último no era muy bueno con la sierra.

El chico levanta los ojos y sonríe. El mago le tiende la mano y con inusitada fuerza le levanta.


La madre de Jeremy, en la Tierra, por primera vez en meses después de su muerte, puede dormir sin pesadillas.

SOBRE LO QUE ESPERAMOS DEL AMOR

5 ene. 2016


Embracing  by Jack Vettriano

 Agosto, amparados bajo una parra cargada de uvas del calor. El abuelo pelaba pipas cuidadosamente, y yo las devoraba. En silencio, porque con tan sólo bostezar se secaba la garganta.

Hacía tiempo que me rondaba por la cabeza la GRAN  pregunta, pero no me atrevía a hablarle de ella. Sin embargo, aquella quietud me dio valor para averiguar.

Y le pregunté por el AMOR. Susurrando, como si fuera parte pecado, parte secreto. Se encogió de hombros y con el suspiro que dio se le salió el corazón del pecho, casi entero, dejando un pequeño resto desde el que se confesó.

-¿Y qué podría decirte yo del Amor? 

Y lo más curioso es que nunca llegué a saber si me hablaba de la abuela o de otra mujer. Ni nunca se lo pregunté.

-- Acudir a una cita con ella era como abrir  un paraguas de papel de fumar bajo un aguacero. Necesité muchos años para comprender que nada me mantendría seguro mientras la amara. Siempre mojado a causa de tanta pasión.

Y también descubrí que aunque me pareciera imposible el amor puede llegar a acabarse, y da igual lo mucho que hayas amado, porque un buen día --o más bien un mal día-- te descubres seco.  La arena del desierto avanzando  implacable hacia tu corazón.

--No me gusta cómo suena, abuelo…

--Lo sé….¡Depende de tantas cosas…! Es lo que siempre te repito, el mundo no es en blanco o negro… ¡Ojalá!

Torcí las comisuras de los labios hacia abajo, y él se apiadó de mí.

--¡Oh Altea!, también es tierno, y si no vas con cuidado se deshace entre las manos. Brilla como una atracción de feria en una noche de verano, y sabe a algodón de azúcar o a helado de vainilla y caramelo.

Te permite nadar bajo el agua sin aguantar la respiración, sonreír sólo por la calle mientras recuerdas su beso, cantar mientras friegas los cacharros o tartamudear si ella, su mirada en ti fija.

--¿Y cómo sabes si es el “verdadero”?

Todavía hoy recuerdo como encogió los ojos y me miró fijamente.

--No creo que exista el amor verdadero, niña. Sólo Amor, tu amor… A veces aciertas, a veces pierdes. A veces héroe,  a veces mendigo… pero siempre en el Amor, por Amor, a causa del Amor…

De nada sirven las recomendaciones, las lecturas, la experiencia, la prudencia…si amas tropiezas y vuelas. O podríamos decir que la altura del vuelo te hace tropezar.

--No sé si quiero amar…

Y él  abuelo  primero sonrió, y lentamente fue  ensanchando su sonrisa hasta que irrumpió en una sonora e insultante carcajada.

Me ofendió muchísimo… y eso le hizo reír más aún.

¿Cómo es posible que no exista un abuelo así…? Uno que te hable de los misterios de la Vida…

Nunca olvidé aquella conversación, en los duros momentos que vinieron la rememoraba una y otra vez. Fue en una de aquellas aciagas noches que el futuro me deparaba en la que soñé…

Estaba desnuda, tumbada sobre un verde campo de fresca hierba y una bandada de cuervos me sobrevolaba.

Me levanté y caminé despacio, con los cuervos a mi espalda, desplegados cual  capa sobre mis hombros. Un reloj de arena de la altura de dos personas, se hallaba en medio de un claro, en lo profundo del bosque.

Llegué hasta él, y como si de aire se tratara, lo traspasé. Me quedé allí dentro, de pie. Mientras veía como la arena caía sobre mi cabeza, y cubría mis pies.
Alrededor del reloj  los cuervos volaban frenéticos en círculos.

Mi cuerpo dividido en dos,  del ombligo para abajo el pasado,  del ombligo para arriba el futuro. Y el presente  un orificio estrecho, oprimido entre esos dos bulbos.

Cerré los ojos, los graznidos cesaron y dentro de mi sueño, soñé..
Allí estaba El.

En la cama me bajaba la camiseta y subía mi pantalón para taparme los riñones.

Después de una discusión acorazado en su silencio, iba al baño descompuesto.
Atrapaba mi cara entre sus manos y me besaba despacio en la boca y los ojos.
Buscaba una y otra vez mis gafas o mis llaves por toda la casa.

Al despertar cada mañana de madrugada, lo primero que me daba y pedía era un beso. Y después me preguntaba…. ¿has dormido bien?...

Me ofrecía su pecho para que reposara la cabeza y espantara --gracias a él-- mis angustias desbordadas.

Después de los años, al llegar a casa salía a recibirme, apresurado y con un abrazo.

Abrí de golpe los ojos y grité. El sueño había acabado. ¿Dónde estaba él?

Los cuervos cayeron de golpe al suelo. Los bulbos de cristal estallaron en pedazos.

Salí corriendo, y pequeños fragmentos de cristal se me clavaron en las plantas de los pies.

Chillé.

Los troncos de los árboles se doblaron hacia atrás  como si un calor intenso pudiera fundirles cual oro.

El sol se precipitó en caída libre hacia el horizonte, y la oscuridad gobernó.
Los planetas eran canicas en la mano de un viejo demente.

¿Dónde estaba El?

Invoqué en mi memoria al abuelo. Pero una parte de mi mente se rió de mí ¿Qué abuelo?

Y entonces sentí su mano, agarrando mis hombros, levantando mi cuerpo, y llevándome en brazos.


Y desperté.

EL REY MONO

1 ene. 2016

TODAVÍA NO…



El derviche gira sobre el suelo de mármol, sus pies pisan las baldosas blancas y negras, como en un tablero de ajedrez. Es un planeta sin órbita.

A su alrededor, un rabino da vueltas meciéndose con una Torah entre las manos. El baile hipnótico levanta un suave viento que hace ondear el Talit.

En dirección contraria, un monje budista reza sus mantras con un rosario entre las manos. El naranja de su hábito deslumbra al derviche que cierra con fuerza los ojos.

Su cabeza, inclinada a un lado, parece a punto de descolgarse.

El rabino y el monje son las manecillas de un reloj averiado, cada una girando en direcciones opuestas. Alterando el tiempo.

Delante de ellos, un trono engalanado de rojo terciopelo y pan dorado. Un mono, indolente, se sienta en él, al tiempo que balancea sus piernas al ritmo de las oraciones.

Parece aburrido.

A un lado del trono hay instalado un stand de un banco online. Detrás de él, de pie, una mujer mayor se afana entre papeles y un portátil. Para conservar su trabajo tiene que conseguir al menos un cliente.

La mujer mira con evidente nerviosismo a los tres místicos y elude los ojos lascivos del Rey Mono.

No suena música alguna, pero para el derviche no parece ser un problema.

Un Cardenal sale de detrás del trono. Con sigilo, se coloca a la derecha del Rey y se inclina para susurrarle al oído.

El mono se revuelve al sentir el calor de su aliento fétido, y le muestra, en señal de advertencia, los dientes. El otro respinga y se coloca dos pasos por detrás. Con el susto ha dejado caer la correa que rodea el cuello del Rey.

De pronto, se levanta de un salto, se quita la corona y la capa de armiño, y las tira al suelo profiriendo un grito.

La corona cae a los pies del rabino, tropieza con ella y está a punto de caer.

La mujer aprovecha la confusión, y se acerca a él.

--¿Estaría interesado en abrir una cuenta  con “nosotros”? Va a ahorrarse mucho dinero. Le daré de alta ahora mismo, es muy sencillo, sólo necesito algunos datos…

--¿Quién sois “vosotros”?...

La mujer parpadea nerviosa, se encoge de hombros y vuelve presurosa a colocarse detrás del stand.

El monje budista alcanza al rabino y choca con él.

--¿Ya es la hora?, le pregunta.

El derviche para súbitamente y exclama confundido:

--¡¿Porqué estoy tan cansado?!

Se desploma de lado, y la cabeza golpea con fuerza contra el suelo. Su dentadura postiza sale despedida por los aires y el  Rey Mono la coge al vuelo. El hombre, abochornado, llora sin consuelo.

El Cardenal ha aprovechado para sentarse en el trono, pero al Rey no parece importarle. Se ha acercado al bailarín y le consuela meciéndole suavemente, a la vez que intenta colocarle de nuevo sus dientes.

La mujer del banco aprovecha la confusión para llamar la atención encendiendo un árbol de Navidad de plástico. Luces centelleantes y música de un villancico envuelven el salón.

--¡Ahora por Navidad regalamos una olla rápida al abrir su cuenta! Y enseña unos dientes blanqueados en exceso.

El rabino suspira agotado, el monje le coge del brazo y le sonríe.

--Ya queda poco, aguante.

De detrás del trono irrumpe majestuoso un caribú. Con un movimiento rápido y preciso arremete con sus astas contra el trono, tirando al suelo al Cardenal. Este sale rodando, y el Rey Mono no puede dejar de chillar mientras se  agarra la tripa y ríe.

El caribú avanza lentamente hacia el árbol de Navidad, lo huele desconfiado y resopla frustrado. Gira la cabeza y clava sus grandes ojos negros en la mujer.

Con otro golpe tira al suelo el adorno navideño y la música cesa.

La mujer se hace pis encima, el caribú mueve el hocico y resopla. El fuerte olor humano le inquieta.

Se gira dignamente hacia el Rey Mono y este se inclina en una florida reverencia.


Hoy no vendrá el Mesías. Déjense morir en paz.

HISTORIAS QUE NO QUEREMOS CONTAR

24 dic. 2015




Ahora tengo tiempo para escribir. No es algo que me resulte grato, pero como mi abuela decía “ten cuidado con lo que deseas porque puede convertirse en realidad”. Me fastidia mucho que tuviera razón.

Soñé con ser una gran escritora. Apenas terminé cincuenta páginas de un relato.

Soñé con ser una heroína que rescatara al mundo de su miseria. Mantener a raya –mal que bien-- mis miedos fue lo más valiente que he hecho.

Soñé, soñé, soñé.

Sufrimos cuando aquellos que amamos nos decepcionan, o dañan. Sin embargo, no solemos contarle a nadie como nos sentimos cuando somos nosotros mismos los que nos defraudamos.
Muchas noches, mientras me quitaba el maquillaje delante del espejo, he recordado las películas kitsch de los años cincuenta, donde las lágrimas de un viejo payaso emborronaban su maquillaje.

Al fondo, el lamento triste de una trompeta.

¿Cuántas personas tuvieron, tienen, tendrán  su reconocimiento del fracaso, del absurdo?

Quizá al volante de un coche en un atasco. O de pie, zarandeados por el autobús o el metro.

Puede que a la salida del colegio de los hijos.

En la sala de espera de un médico.

O me equivoco –como tantas veces—y esas miradas perdidas que a veces encuentro, no significan nada. Sólo eso, están perdidos, viviendo en un laberinto transparente de plexiglás. Si fuera de cristal, quedaría el recurso escénico y romántico, de romperlo en mil pedazos y escapar.

Quiero hablaros de un abuelo perfecto. De  un padre también.

¿Pero es verdad que eran así?  O simplemente necesito que sean así.

¿Importa?

La abuela Petra decía que hacerse tantas preguntas sobre la vida  sólo delata la incapacidad de vivirla. La gente que tiene razón se suele hacer desagradable al trato.

Estaba tan empeñada en perderle el miedo a la muerte,  que me quedé solo con la parte del miedo.

Quiero que mi abuelo Benigno exista. Quiero tener una foto en blanco y negro de él en mi salón, y contar apasionantes y hermosas historias de él.

Quiero que haya habido otoños en los que nos hayamos sentados juntos en un parque,  con unas castañas calientes en un cono de papel. Quiero que él me haya  susurrado el secreto de la Vida.

¿Es eso tan malo?

¿Por qué todo aquello que tememos se convierte en realidad, mientras que aquello que amamos se queda en un simple sueño?

Esta no es la historia que había pensando contar.

FORTUNATA

20 dic. 2015

                                                                                 

CAPITULO III

FORTUNATA



Antes de este incidente, hubo otro que marcó la vida de mi abuelo. Mi tía Fortunata, la segunda de sus hermanas, se suicidó.

Antes de hacerlo pasó la escoba y la fregona a toda la casa. Limpió el horno, y vació la nevera. Colocó la ropa en los armarios y tiró  la bolsa de la basura. Cuando la policía entró, dijo que no había estado antes en una casa más reluciente que aquella.

La tía Fortunata, a la que sólo conocí por fotos e historias, colgaba de la viga del salón. Con sus dos zapatos de cordones bien atados --para que no se le soltara ninguno--, un poco de carmín en los  labios y  mejillas, y el moño lleno de laca -- ni un pelo suelto--, parecía que fuera a encontrarse  con un pretendiente en su primera cita.

El primero en llegar fue mi abuelo Benigno. Todavía colgaba inerte. Se sentó en un taburete, apartado a un lado, mientras veía a la policía como bajaban el cuerpo. El abuelo me contó que mientras esperaba allí, sintió que menguaba tanto que el traje le quedaba dos tallas grandes.

Recuerdo que mientras me contaba la historia de Fortunata, clavaba una tapa a un bonito zapato de tacón de aguja. El sonido de su voz sonaba ahogada, como si de un momento a otro fueran a fallarle las cuerdas vocales. Afuera, el otoño, en connivencia con el viento, arrastraba hojas y personas.

Me dijo que al verse a solas con ella, no supo qué hacer. Siguió sentado en el taburete,  y al cabo de un rato, se levantó, buscó en su joyero y le colocó sus pendientes preferidos. Con un suspiró intento sacudirse de encima la negra pena.

La tía Fortunata nunca tuvo una oportunidad. La vida no le dio mucho de sí. Era como si llevara una prenda remendada, tomada prestada para vivir. Y curiosamente, cuánto más generosa se mostraba, el destino más tacaño se revelaba con ella.

Tuvo dos novios, el primero la volvió loca, de tanto amor que le  dio. Un mal día, la abandonó. Partió rumbo a Marruecos, con una francesa que había conocido, y ni una carta de despedida le dejó. Las dos primeras semanas, me contaba mi abuelo, siguió con su vida como si nada hubiera pasado. Confiaba en que regresaría, y ella estaba dispuesta a perdonar.

Cuando se dio cuenta que eso no pasaría, en medio de una comida, con la familia alrededor, se levantó, se fue a su dormitorio, se puso el camisón, y se sentó al borde de la cama, con los pies descalzos. Canturreaba por lo bajines una vieja canción.

Intentaron consolarla, uno por uno, o todos a la vez. Fue en vano. Estuvo así tres días, y tres noches. Hasta que mi abuelo entró al cuarto día a punto de salir el sol. Descorrió las cortinas y abrió la ventana. Cogió sus pies descalzos y los hizo entrar en calor. La vistió como si de una niña pequeña se tratara, la peinó lo mejor que pudo, y la dejó de pie, cual marioneta, en el centro de la habitación. Luego, se desnudó él, se descalzó, y se quedó al borde de la cama, meciendo sus pies.

Pasaron así una hora. Fortunata entendió. Salieron de la habitación juntos. Sin embargo, el abuelo me dijo que ella dejó una parte de sí, allí dentro. La mujer que salió con él, no se había hecho más fuerte, sólo comprendió que era posible andar con muletas.

El segundo novio, fue un vecino buscado por mi bisabuela, con la intención de casarla como fuera. Una tarde, mientras paseaban por el parque, la tía Fortunata –vaya usted a saber porqué— le dijo que no podía concebir hijos. El tipo tardó menos de una semana en cortar con ella. Cuando mi bisabuela se enteró, montó en cólera. ¿Por qué has mentido? ¿Por qué? ¡Ahora todos los hombres creerán que eres estéril! Y por respuesta, la tía Fortunata tomó su abrigo, y se fue al parque a echar pan a los patos. Allí la encontró mi abuelo. Compró una bolsa de pipas, y se congelaron  de frío los pies. Una vez más la trajo de vuelta a casa. No por mucho tiempo.

Mi bisabuela hubiera esperado que la tía se hubiera hecho monja o misionera, vamos que hubiera desaparecido de la historia familiar de una forma digna. Sin embargo, Fortunata se dedicó a vivir en soledad, y para aquellos tiempos eso estaba muy mal visto. Iba a los cines sola, y al principio se le acercaban tipos con las peores intenciones. Pero una sola mirada de ella bastaba para desanimarles. No era airada, ni amenazadora, tan sólo eran unos ojos sin vida. Como los de una merluza en la pescadería.

Un buen día encontró un gato abandonado, le trajo a casa, le dio leche de beber, y le dejó dormir en su cama. A la mañana siguiente, cuando abrió la puerta, salió corriendo y no le volvió a ver.

Dos días antes de suicidarse, el abuelo recogió una carta a su nombre del buzón. Sin prestarle demasiada atención, se la entregó.

Cuando recogían sus cosas para donarlas a la parroquia, descubrió la carta. Tres folios, con letra pequeña, sin escatimar una sola  línea. Hasta que no llegó al final, no entendió. La tía Fortunata, se escribía a sí misma.  A nadie más encontró para decirle lo que sentía.


Descubrió muchas más. Las guardó  hasta el final de sus días. Y ahora las tengo yo. Y el secreto de mi familia.

TRES TRISTES TIERRAS

8 nov. 2015

Al cabo del tiempo, las flores se cansaron de tomar el sol, de mojarse con la lluvia, de ser aplastadas por pies humanos o pezuñas animales. Hastiadas de ser. Y la Tierra se secó. Parda llanura, coronada por escuálidas nubes, salpicada de pequeñas tumbas donde antes descansaban sus raíces”.
(Crónicas de Altea, Tres Tristes Tierras)

Tres  tristes  Tierras. Tres puñados de arena. Y esta historia comienza.

                                              CAPITULO I  TIERRA VERDE


BENIGNO

El Diablo se ríe de las pocas personas buenas que a su paso encuentra. Gusta de azuzarlas con mil y una calamidades para que renuncien –no de Dios—sino de sí mismas.

Con mi abuelo lo intentó a lo largo de toda su vida. No sabría decir si lo consiguió. Eso se lo llevó a su tumba, como la paternidad de mi padre, o su supuesto romance con la pelirroja escocesa. Lo que sí puedo asegurar es que sufrió de continuos reveses que ninguna de sus acciones –aparentes—justificaba.

Un día le vi con un libro abierto, oculto entre los zapatos y el pegamento que usaba. Zapatero remendón. Creo que pensaba que no era bueno para el negocio que un hombre tan humilde leyera, y menos aún filosofía.

Eché una mirada de reojo, aparentando indiferencia, mayor torpeza era difícil de contemplar.
Sonrió  y se apiadó  de mí.

--¿Has leído lo que pone ahí?

Negué, muda, con la cabeza.

--¡”Que Dios ha muerto”! Un tal Nietzsche. Cada vez que lo pronuncio  siento la necesidad de lavarme la boca.

 Y dicho esto sujeto un tachón entre sus labios, mientras clavaba la suela de una bota.

No respondí. Me removí inquieta en el taburete de madera. Miré a través de la ventana del escaparate. La lluvia obligaba a los transeúntes a improvisar ridículos gorros de papel.

Me mordí el labio.

--¿Y quién perdonará mis pecados?

El abuelo dejó suspendido el martillo a medio camino. Alzó la cabeza y dejó vagar la mirada por encima de mi cabeza. Tuve la impresión de que a mis espaldas se extendía un universo infinito.
--¿Son muchos, querida?

Me tomé mi tiempo para contestar, porque parecía la típica pregunta trampa que me realizaba mi abuelo con voz meliflua pero de consecuencias insospechadas.

--Creo que no… No lo sé… ¿cuántos son muchos, abuelo?

No esperé contestación. Dejó escapar un suspiro y continúo con su trabajo.

Aquella noche me costó conciliar el sueño más de lo normal. Pensé que si Dios no existía no habría nadie para castigarme por mis pecados, y hacer novillos no conllevaría una enfermedad mortal.
Me pregunté: ¿si Dios ha muerto, lo habrá hecho también el Diablo?


Luego recordé, sin embargo, los lamentos de las vecinas del barrio, cuando decían que este mundo iba cada vez a peor y que cuando eran jóvenes no se veían esas cosas. Nunca llegué a enterarme bien de qué cosas eran esas porque el abuelo o la abuela se las ingeniaban de un modo u otro para que no me enterara. Pero por los movimientos de cabeza que se  hacían las unas a las otras, debía de ser algo muy, pero que muy malo. Y el nuevo novio de la Marisa, la del número 12, segunda planta, secretaria, debía ser como poco el lugarteniente de Satanás.




CAPITULO II
PETRA

Mi abuelo, Benigno, tenía siete hermanos. Cuatro chicas y tres chicos. A mi abuela, Petra, siempre le pareció que su suegra era demasiado fecunda. Cuando discutía con él --por lo bajines, entre fogones-- rumiaba maliciosos comentarios sobre el tema. Discutía ella, porque mi abuelo nunca le seguía la corriente. Se quedaba callado, mirando el plato de lentejas, y cuánto más rápido hablaba ella, más despacio comía él. Estoy segura de que eso la sacaba de quicio, y tengo la sensación de que a él le divertía enormemente. Puede que incluso sintiera algo de placer.

                Mi padre envidiaba esa capacidad. Él, por el contrario, se dejaba arrastrar por la abuela y tenían acaloradas y absurdas discusiones donde siempre ganaba ella. Ya fuera por el chantaje emocional con lágrimas de cocodrilo, a las que recurría cuando se veía perder terreno, o por la mirada torva y furibunda cuando los argumentos le daban la razón.

No sé cuántas a novias dejó mi padre antes de casarse con mi madre por su causa. Por lo visto, todas le parecían mal y poca cosa. El abuelo lo achacaba a que como sólo habían sido capaces de engendrar dos hijos, la posibilidad de que una “frescaza”  cualquiera les arrebatara el corazón,  apartándolos de su lado, sería una tragedia irreparable.

--Benigno, sólo dices sandeces. Era su respuesta cuando él le hacía partícipe de esos pensamientos.

Al final mi padre pudo casarse gracias a la intervención del abuelo. Mi padre había ido al taller a suplicarle su ayuda una tarde. Y cuando esa noche se sentaron a la mesa, Benigno miro a Petra a directamente a los ojos, sin coger siquiera la cuchara, y dejando que la sopa se enfriara.

--Si no dejas que el chico se case, te habrás quedado sin hijo.

La abuela bajó la  vista, y comenzó a doblar la punta de la servilleta una y otra vez. Frunció tantos los labios, que el abuelo dijo que de aquella le había salido su primera arruga de la vejez.

Arrugó el entrecejo y levantó la cabeza dispuesta a plantar cara, pero no sé que vio en los ojos del abuelo, que se quedó con la boca abierta, y después la cerró apretando los labios con rabia.

Suspiró, dejó rodar una lágrima -- el abuelo me dijo que  sólo una-- y le dejó allí con su sopa fría. No les habló durante una semana. Las camisas  tuvieron más arrugas de lo normal. Y  en un accidente, los pantalones preferidos del abuelo se quemaron bajo la plancha, pero Padre pudo casarse con la mujer que amaba.

Una vez le pregunté a mi madre que creía que el abuelo habría estado dispuesto a hacer para darle tanto miedo a la valkiria de la abuela Petra. Mi mamá sonrió, me apartó el flequillo y me dio un beso en la frente.

                --¡Pero dime!

Creo que mamá se planteó la posibilidad de esquivarme pero se dio cuenta que iría con la pregunta a toda la familia, de forma que…

                --El abuelo llevaba puestos los zapatos de calle,  y los calcetines sin agujeros.

En un primer momento pensé que se estaba riendo de mí. Al poco, entendí. Me fui a mi cuarto, y no salí de allí en toda la tarde, mientras dejaba vagar mi mirada por el libro de Pollyanna. Cuando mi padre apareció para llevarme a cenar, estuve a punto de hacerle la pregunta, la gran pregunta: ¿Tanto quería el abuelo a mi padre para abandonar a la abuela Petra? o ¿tan poco quería a la abuela que aquello le hubiera servido de excusa?

Con el tiempo llegó la respuesta.