Dios se muere

18 ene. 2007


Hoy, a oscuras en esta habitación, con la cara hinchada de tanto llorar, gimiendo como un animal salvaje caído en una trampa, como un cachorro que ha perdido a su madre; hoy, rezo por Dios.

Se está muriendo.

Desde los templos de todas las religiones, se seguirán escuchando oraciones y letanías, medallas y amuletos se continuarán vendiendo, como si nada hubiera cambiado. El Infierno ocultará la noticia, y de ese modo impedirá que las campanas toquen a muerto. No habrá luto, nadie podrá dar la nueva: “Dios, enfermo, se muere”.



Jugada maestra la de hacer creer a todos que sobre este mundo hay dioses buenos y justos que tienen algún poder sobre él.


¿Quien iba a creer en ellos con tan solo encender el noticiario de cualquier cadena de televisión o abrir un diario? Todavía peor, ¿quien creería en ellos cuando al levantarnos por la mañana vemos las cadenas salvajes que nos cuelgan a todos del cuello, y cómo nos revolvemos semejantes a perros rabiosos a lo largo del día, en nuestros trabajos o con nuestras familias?


Dios es un pobre viejo, enfermo, que se muere, que nunca ganó su batalla contra el Mal, del que se burlaron contando a todos que era el Creador del Mundo, mientras agonizaba olvidado y hambriento en una habitación a oscuras.


Entre tanta algarabía, mi silencio carece de un lugar en el mundo.


No soy humilde, ni mansa, ni por ser la última me dejarán entrar la primera. No hay reino del Señor, ni en el Cielo ni en la Tierra.


No soy capaz de trasmitir cuánto dolor coge en un sólo día.


Recuerdo que...


Me sentía pequeña y cansada, muy cansada. En muchas ocasiones, a lo largo del día, acudía al baño y me encontraba llorando sin pensar. Me quedaba quieta mirando al suelo y, mientras orinaba, veía como las lágrimas bajaban de mis ojos por el hueso de mi nariz; se quedaban colgando en la punta un segundo y caían al suelo blanco. Cuando había terminado, me colocaba la ropa, y sin mirarme en el espejo, salía de nuevo como si nada hubiera pasado.


Hubo un momento en que las palabras dejaron de acudir primero a mi boca y después a mi mente. ¿Qué sentido tiene hablar cuando no puedes decir lo que sientes?


Me escuché pensando en círculos, tenía la sensación de ser una locomotora que ha perdido su conductor y corre desbocada a punto de descarrilar.


Una y otra vez, recuerdos del pasado se cebaban con el presente, era difícil pensar coherentemente. El dolor no mata, pero te anula, te deja vivo pero ya nunca vuelves a ser el mismo.


Sollozar en la ducha tiene ventajas. Primero las lágrimas no caen sobre el rostro seco, de esa forma se puede ignorar lo que está ocurriendo. Después nadie te oye los hipos desde fuera porque el agua hace demasiado ruido. Cuando sales y te miras al espejo los efectos devastadores en la cara son menos y puedes seguir el día como si nada hubiera pasado.


Dejé de mirar atrás cuando caminaba. Cayó hasta el último puente por donde yo había cruzado. Seguí adelante, primero un pie y después el otro, así llegué hasta aquí.


Ahora no hay retorno, ¿pero para qué querría volver yo del sitio del que vengo?

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