Evia -I

21 ene. 2007


Evia entra en el portal, cargada con bolsas, alza la cabeza hacia la escalera, suspira y comienza la penosa subida. Hace veinticinco años las leyes obligaban a instalar un ascensor en todas las casas a partir de un número de pisos. Hoy en día esos mismos ascensores, quietos y oxidados, se han convertido en la casa de algún hombre o mujer. Evia siempre teme que alguna noche se desplome esa caja de acero, y arrastre a su inquilino hacia el fondo.

Las paredes de la escalera están llenas de mugre, desconchones, y huelen a moho. Va parando en cada rellano porque se queda sin respiración. Escucha música, gritos de una discusión, un golpe seco, y después silencio. Cierra los ojos, y cuando los vuelve abrir decide que subirá hasta arriba de un tirón.

Cuando casi esta llegando oye como una puerta se abre, chirría, nota una sombra que asoma por la barandilla. Evia levanta la cabeza, pero la figura desaparece bruscamente. Se oye cómo se cierra una puerta.

Por fin llega a su puerta casi sin aliento, y antes de que pueda llamar, Musashi le abre la puerta.

--¡Deberías haberme llamado! No puedes subir tú sola todo ese peso.
--¿Y cómo te llamo? El contestador automático está roto de nuevo, lo han quemado. ¿Querías que gastara una moneda en una cabina?
--Hecho en falta los móviles.
--¡Quién recuerda ya eso! Ayúdame a descalzarme, por favor.
--Podías haber subido sin las bolsas, yo habría bajado. No quiero que te hagas daño.
--Si dejo las bolsas solas en el portal , no creo que duraran ni un segundo. El portal estaba abierto, alguien ha forzado la cerradura. No te preocupes, estoy bien. Lleva las bolsas a la cocina, ahora voy yo.

Evia cuelga su abrigo en el perchero y entra en el salón. Allí todo es paz. Parece un jardín, está lleno de plantas que con los años fueron creciendo y acomodandose a ese lugar. La luz entra por todas las ventanas, Evia se coloca debajo del gran tragaluz y deja que los rayos de sol le limpien la cara. Nota un ruido a su espalda, se gira y ve a Musashi apoyado en la puerta sonriendo.

--¿Hoy nos toca comer?
--Veamos...es posible. Al menos algo de arroz seguro que tenemos. Ella camina hacia él y los dos ancianos se abrazan en silencio.

Mientras calienta el agua, Evia recuerda cómo ha sido el día. Lo peor es el regreso a casa, cada día tiene más miedo por si no puede volver. En las estaciones de tren han retirado las luces de los andenes. Las personas se reunen en grupos de conocidos, mirando siempre por encima del hombro. Evia prefiere estar sola, no confía en nadie. Ve luces a lo lejos, y comienza a colocarse, haciéndose un hueco para poder subir. La empujan, se pisan unos a otros, hay insultos pero lo peor es cuando el tren no para en su línea y frena varios metros más adelante. Entonces se produce la estampida en medio de la oscuridad. Todos salen corriendo, temiendo perder el tren. Evia también corre, cargada con las bolsas, y mientras lo hace llora desesperada, tiene que subir sea cómo sea, tiene que llegar a casa, junto a él.

--¿Estás bien?
--Claro, sólo dormía de pie, no te preocupes.

Musashi se acerca y le acaricia el pelo canoso, le besa la frente y hunde su nariz en su cuello.

--Me gusta como hueles. Me voy a la habitación a seguir trabajando, llámame si necesitas algo.

Evia asiente y sonríe. Le duele la pierna, al subir al tren alguien la golpeó y casi le hace caer. El olor dentro del vagón era insoportable, todos de pie, porque hace años que quitaron los asientos para que cogiera más gente. Afortunados los que encuentran un sitio en la pared.

Y los que encuentran un sitio en el autobús, ella ya es vieja y no puede correr mucho, cargada menos. Cuando fue a subir al autobús ya estaba lleno, le tocó subir la cuesta andando, a oscuras. No hay farolas encendidas, el gobierno dijo que se gastaba mucho en luz. No le da miedo, sólo teme tropezar con los adoquines levantados, o con eso hoyos que parecen trampas mortales. Pero ya está cerca de casa y es lo único que importa.

Siglo XXI, Europa, mundo desarrollado.

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