Últimas horas

2 ene. 2007

Las laderas de esta tierra forman parte de mi alma. Y a mi alma la han erosionado sus piedras, lluvias, vientos y sequías con las que el tiempo me ha deseado enseñar.


Desde esta habitación blanca, desde esta ventana, puedo ver como el sol se pone de nuevo sobre ellas, y como oscurece el rostro cansado de mi madre.

Hace un mes que mi casa es este hospital, que el olor de mi pelo y mi piel es el de la enfermedad. Mis comidas son las de una insípida,apresurada cafetería. Mis noches delirios entre el sueño y la vigilia, recostado en un sofá.


Nadie menciona aquí la muerte, y quizá por eso mismo no soy capaz de sostener otro pensamiento. Cuando llega la noche se apagan las luces, las voces de los familiares y conocidos se pierden por los pasillos, presurosos y aliviados cuando el ascensor se abre. Se produce el cambio de turno de las enfermeras, los televisores se apagan.


Salgo a oscuras y miro el horizonte de ese tremendo pasillo en silencio. Podría irme a casa, pero no quiero, no dejaré que mi madre reciba sola a la muerte. Sola tiene que irse, pero yo la veré partir, yo la despediré.


Creo que nadie entiende que hago aquí con una enferma que apenas me reconoce. Sin embargo, por cada minuto que el dolor la deja abrir los ojos y sonreírme,la soledad se vuelve recompensa.


Es mi madre, es mi inicio y pasado, es y fue mi presente, es y será también mucho de mi futuro. Cuando ella muera estaré un poco más cerca de mi muerte, tendré una herida, y no será como las demás, esta no cicatrizará. Estaré obligado a vivir con su ausencia, a aprender de ella, a masticarla en la comida, y a vencerla en el sueño.


Cuando una persona a la que amamos sale de nuestra vida, apenas nos damos cuenta al principio. Su falta nos parece algo transitorio, circunstancial, reversible, como si de un momento a otro volviéramos a oír su voz o a ver su rostro mirándonos. Pero irán pasando los días y cuando suene el teléfono nos daremos cuenta al descolgar, que nunca podrá ser ella quien nos llame. La buscaremos con la mirada por la casa pero nos encontraremos con su sitio vacío. Cuando hagamos solos, aquello que hacíamos con ella, cuando al ir por la calle nos parezca verla y a pesar de lo absurdo e imposible, nuestro corazón se acelere y apretemos el paso para pasarla y mirarla la cara. Cuando conozcamos a alguien que nos la recuerde, y al principio nos encojamos, y un nudo —el de siempre— se haga más grande en la garganta, y mientras pasen los minutos y la oigamos hablar, veremos como la ilusión desaparece y tomaremos conciencia de la amarga pérdida.


Unas veces nos encontraremos comparando a cualquiera con ella, buscando vestigios de su alma, como un gesto de la mano, una risa, o una mueca que se hubieran podido reencarnar y meter en el cuerpo de otro a través de una puerta trasera.


En otras ocasiones nos parecerá que lo hemos superado y que podemos vivir sin volver a verla, hasta que una expresión, el tono de una voz, una canción nos la recuerden y retrocedamos a sentirnos solos sin ella.


Algunos piensan que si estoy aquí día y noche es porque no tengo una esposa e hijos, porque no tengo vida propia y me aferro a la de mi madre. Claro que me sujeto a mi madre, ¿quién sino ella me ha agarrado en cada caída?


A mi madre nunca tuve que explicarle con palabras cuando y como me golpeaba la vida.Cuando yo abría la puerta de casa ella ya se estaba levantando del sofá y se encaminaba a la cocina para prepararme la cena, inclinaba discretamente la cabeza y me miraba.


Sin preguntas, porque yo era un hombre, y ella una madre, pero las respuestas salían solas de mi boca. No hizo falta que se metiera en sus cosas porque no entraba en las mías: era una madre de las de antes, a golpes de silencio y amor me protegía.


Hoy me siento culpable, pienso en todas las ocasiones que dejé pasar sin abrazarla, sin preguntarle por ella misma; sin atreverme, por un ridículo pudor, a decirle cuánto la quería. Aunque más que culpable, en realidad, me siento un perdedor: no me atrevo a contar cuanto he desperdiciado de su compañía.


Mi padre llama por teléfono, me pregunta si estamos bien los dos, le digo que sí, que cene y descanse.Vuelve a mencionar de forma vaga que no debería quedarme todas las noches con ella, yo me despido hasta mañana y él no insiste. Hablamos poco entre los dos, tampoco lo hago con mi hermano. La enfermedad de mi madre, su próxima y anunciada muerte se ha convertido en un conocimiento que eludimos cada día cuando nos vemos.


Y yo, sólo, me enfrento a un único deseo: que no muera. Lo que intento es que se sienta protegida, hacerla saber que no está sola, que yo estoy aquí, con ella.


Una vez estuve a punto de casarme, pero todo acabó antes de lo que yo hubiera imaginado. Ella solía recriminarme mi falta de compromiso, y yo me cansé muy pronto de su compañía, de su continua presencia en mi vida. No sufrí mucho, más bien me sentí redimido cuando me dejó. Como si se me hubiera dado una oportunidad más y me hubiera librado de algo que ni yo mismo entendía. Mi madre sólo me dijo que no había llegado mi momento.


No se si tendré ese momento, esa necesidad de descubrir, conocer y poseer a alguien. Quizá me parezca enfermizo estar enamorado, quizá me dé miedo estarlo. Es posible que haya amado y me lo haya estado negando.


Recuerdo una tarde en compañía de amigos. ¡Todos me veían tan feliz y enamorado! Y después de dos meses ella terminó con la relación. Todos parecieron lamentarlo mucho por mí, ¡se nos veía tan bien juntos! Después de aquello acompañe una tarde a mi madre al médico, creo que fue la única que no me dio sus condolencias, apenas hablamos del tema. Parados delante de un semáforo ella se giró, se quedó fijamente mirándome y me preguntó: “¿Te sientes el mismo que antes?” Yo abrí los ojos con sorpresa y porque no comprendía bien que es lo que ella me preguntaba. Al fin entendí, y le dije que claro, que quizá estaba un poco desconcertado, un poco desilusionado, pero que yo seguía siendo el mismo de siempre, riéndome le contesté que incluso mucho más.


Entonces sonrío y me dijo: “Eso es que no estabas enamorado”. La interrogué en silencio, echó a andar y mirando hacia el frente me contestó. “Cuando amas a una persona nunca vuelves a ser el mismo, para bien o para mal, algo desde el fondo cambia y lentamente va subiendo a la superficie. Tardará meses o años, pero al fin te darás cuenta.”


Creo que tenía razón, las pocas personas a las que amamos cambian nuestro mundo, lo llenan o lo vacían, le dan color o lo dejan en blanco y negro, pero nunca nos dejan indiferentes ante nosotros mismos.


Intento dormir en este incómodo sillón pero sólo consigo dar vueltas y pensar. Me acerco a la cama y cojo su mano, apenas se despierta, pero me siento bien por estar aquí y ahora con ella.


La vida son momentos que se superponen unos a otros, pisándose en espiral, de todos ellos cuando muramos apenas unos cuántos habrán significado algo. Quiero decidir sobre esos paréntesis, sobre esas paradas en el monótono ir y venir de cada día. No deseo encontrarme con las manos vacías solo por no haberme atrevido a coger algo con ellas. Me siento uno y muchos a la vez, cada oportunidad de vivir que pierdo me deja con un fantasma de mi mismo a las espaldas.


Sé que he vivido más de la mitad de mis días, que he apurado cada uno de los placeres que se me ofrecían pero a pesar de ello estoy sediento. He hecho muchos kilómetros andando en círculos, y al parar ahora me siento desorientado.


Vendrá un día cercano en el que no hará falta que duerma más noches en este hospital. Habrá un último y estrecho abrazo, mi garganta estará seca y no hablaré para no llorar, no delante de los demás.


Y después de dos o tres días habrá que regresar al quehacer diario, se impondrá la rutina. Me encontraré un día conduciendo en mi coche y sin estar siquiera pensando en ella, las lágrimas —solas—caerán de mis ojos. La comisura de mis labios se habrá curvado un poco más hacia abajo. Tardaré más en reírme, aunque ni tan siquiera me dé cuenta. La vida me importará menos y la consumiré más aprisa.


Y quizá también llegue un día “mi momento”. Y cuando escuche a ese alguien pronunciar mi nombre será como si nunca antes me hubieran llamado. Cuando me mire y me hable, mi paso será más ligero, me parecerá que soy más fuerte, más capaz e invulnerable. Cuando la mire el corazón me latirá más aprisa de lo que yo quisiera, me quedaré en blanco sin saber bien cómo hablarle. La miraré a hurtadillas, cuando nadie se dé cuenta. Conoceré los más absurdos celos, y sus enfados serán la causa de mi tristeza. De entre todos será ella la que me conozca, dará igual cuánto quiera ocultarle, siempre me delataré desnudo ante su presencia.


Y quizá pueda amarla o quizá la pierda, pero de una cosa estoy seguro, ella marcará un antes y un después en mi existencia.

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