¡Tierra a la vista!

4 ene. 2007



Estaba en medio de aquel mar quieto, espeso, que rumiaba su descontento. Tenía ante mi una brújula, un mapa de navegación, y un catalejo. Poseía todos los instrumentos necesarios para avanzar pero era incapaz de decidir cual sería mi rumbo. Era como si me hubieran cosido los dedos y no fuera capaz de señalar con el índice mi destino. Mi lengua estaba pastosa, y mis labios resecos se habían cerrado como si algún cemento los hubiera sellado.

Mis lágrimas se habían quedado a mitad de camino, partiendo del lagrimal, navegando por mis mejillas, pero sin llegar a precipitarse por la cascada de mi mandíbula. Todo mi cuerpo poseído de una calma chicha.

El cielo se había conjurado con la mar para parecer del todo invisibles, confundiéndose entre ellos, dando al infinito el sabor de la sal. Dónde empezaba uno y dónde acababa otro era un misterio.

Sin estrellas que me guiaran, sin sol que me iluminara, no era más que un naufrago a la deriva.

En algún momento tuve una tripulación, estoy casi segura de eso. Pero no sé qué paso con ellos. No recuerdo haberlos visto partir, ni tampoco morir. No hay cuerpos tendidos en cubierta, y los camarotes están desiertos, sólo huele a moho.

No tengo hambre, sin embargo el sueño me vence de rato en rato y mis piernas se quejan por permanecer tanto tiempo inmóviles.

Quizá este muerta y no me haya dado cuenta. Pero no lo creo, me duele demasiado el alma. Es como si mi corazón fuera un muñeco vudú, y los alfileres le hubieran clavado al mástil de este barco.

Hubo un tiempo en el que el mar era amante y compañero y la mar, madre y amiga. Un tiempo en el que salir a navegar era lo único que deseaba, que sabía hacer para vivir.

Hoy parece que estas aguas oscuras serán mi húmedo sudario. O no.

Oigo pasos detrás de mí, la madera cruje, y una respiración apenas audible llega hasta mi consciencia.

No soy capaz de ningún movimiento, veo la sombra de unas botas que me rodean hasta quedar frente a mí. El hombre se agacha y queda en cuclillas, observándome.

Mueve sus manos hacia mi rostro, y seca con sus dedos una de mis lágrimas. Frunce el ceño pero no pronuncia palabra alguna, sólo me mira.

Ahora ha cogido mis manos, y ve como la sangre seca se extiende sobre ellas, los dedos cosidos entre sí, los agujeros en la piel. Saca un puñal y rasga el hilo que les inmoviliza. Mis dedos se liberan.

El hombre se ha levantado ahora y creo que espera que yo también lo haga, pero no tengo fuerzas.

Me da la espalda y otea el horizonte, de pronto puedo oler una brisa fresca que viene de lejos, corriendo hacia las velas.

Se sienta sobre un barril, saca un pequeño trozo de madera de su bolsillo y con su puñal empieza a darle forma. No parece tener prisa.

No sé cuanto tiempo he permanecido en este estado, ni sé quien es el hombre, pero sé que ha traído consigo el viento, y el barco navega ahora, aunque ignore con qué rumbo.

Me levanto y camino hacia proa, despacio, convaleciente, incrédula ante el movimiento del barco.

El hombre camina detrás de mí, parece que quiere asegurarse que estoy bien. Se queda a mis espaldas, justo a un paso.

Las nubes han vuelto, hay pájaros que sobrevuelan el horizonte, y el sol se ha separado del mar para subir al cielo. Parece que amaneciera.

Cierro los ojos, no puedo creer que siga con vida. El hombre me da el muñeco que ha hecho, una muñeca vudú.

--Es hora de irse.

Yo asiento y tiro por la borda la muñeca, que flota, se encarama sobre las olas, y gira rauda navegando con un rumbo fijo.

--Has tardado mucho en venir.

--No creí que existieran aún barcos.

--Yo no creí que existieran aún piratas.

Las velas se hinchan prestas, y el destino iza su bandera.



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