Un futuro muy corto, casi un presente nada más.

30 ene. 2007


Evia despertó muy pronto, aún no había amanecido. Con cuidado se levantó de la cama y fue hacia la cocina. Calentó un poco de agua caliente y utilizó un sobre de té ya usado. Se sentó, con la taza caliente entre las manos y cerró los ojos. Le costaba respirar, era como tener una piedra de cantos afilados subiendo y bajando por su pecho. Penso en Musashi, y en lo cansado que le veía últimamente.

Él no quería preocuparla, así que callaba todo aquello que pudiera perturbarla; pero sus ojos no mentían. Un par de viejos con un futuro muy corto, casi un presente nada más.

Ella le había ocultado las últimas noticias del médico. Se estaba muriendo. ¿Lo habría adivinado él?

--¿Qué haces despierta?
--¡Me has asustado! No te oí levantarte... no podía dormir.
--Ven a la cama, y deja de dar vueltas a lo que quiera que estés pensando.
--Ahora voy, acuestate.

Tenía miedo, y era un miedo con vida propia, como un ser vivo. No por su muerte, sino por abandonar a Musashi, dejarle sólo en aquel infierno. ¿A dónde iría todo aquello que había sentido, pensado? No volvería a verle, no podría tocarle, ni escucharle nunca más. Ella formaría parte de la Nada, del oscuro vacío. La vida es absurda. Oyó que Musashi la llamaba de nuevo, sonrió y fue hacia la cama. Se acurrucó junto a él y cerró los ojos.

--Musashi, hoy he pensado en visitar a Ariane. Iré un rato por la mañana, y para el mediodía ya estaré aquí.
--¿Quieres que te acompañe?
--No, no es necesario. Sé que te aburre ir. Estaré bien.


No recordaba la última vez que visitó a su hermana Ariane. Los días se volvían racimos de uvas, apretados unos contra otros, con apenas menudas diferencias, mismo sabor. Ariane era su única hermana, su hermana mayor.

Caía una lluvia fina, engañosa, que al cabo de unos minutos te había empapado. Evia llevaba un paraguas, negro y grande, con un agujero en la parte de atrás, al que Musashi le había puesto un parche. Caminaba sorteando los agujeros, los desperdicios se concentraban en las esquinas a causa del viento. De las alcantarillas estancadas subía un hedor viciado, intentó contener la respiración pero sus pulmones no se lo permitieron. Habían tirado unos contenedores de basura, y los coches habían formado un atasco al intentar ir marcha atrás. Al pasar a su lado pudo ver el nerviosismo en los conductores, en cualquier momento podían asaltarles. Alguien que viajaba en coche en esos días suponía dinero seguro, las bandas no dejarían pasar la oportunidad.

Cuando llegó al portal de Ariane estaba agotada, antes de llamar se recostó en la puerta y tomó fuerzas, no quería que la viera así. Pulso el timbre, y escuchó los pasos de su hermana venir hacia la puerta.

--¿Pero cómo te presentas sin avisar, y si no hubiera estado?
--¿Y dónde ibas a estar vieja gruñona?

Se abrazaron, y Evia la retuvo junto a su pecho, y la apretó fuerte. Sintió ganas de llorar, apoyó su cabeza en el hombro de ella. Se sintió pequeña, sabia que desde fuera se veía a dos viejecitas de pelo gris manteniendo el equilibrio en un abrazo. Pero desde su pecho sólo sentía a dos pequeñas hermanas compartiendo su silencio. Cuando se separaron una lágrima había escapado a su control y corría rapida por su rostro. Ninguna de las dos dijo nada, es como si no la hubieran visto.

--¿Quierés un café?
--¿Tienes café?
--Sí, lo trajo Remo el otro día. Y no me preguntes de dónde. No tengo ni idea.
--Bien, hazme un café de contrabando, entonces.

Hablaron de menudencias, y dejaron que las horas pasaran suaves, remolonas, con risas y sin prisas, como si el tiempo les hubiera concedido una tregua y se hubiera echado a dormir. Hasta que Ariane le preguntó.

--¿Se lo has dicho a Musashi?
--¿Que me muero? No, claro que no.
--Deberías decírselo.
--Eso no va a cambiar nada. Sólo le hará daño antes de tiempo.
--Tiene derecho, Evia.
--No quiero que sufra. Su dolor convertiría el mío en desesperación. Es egoísta por mi parte, lo sé.

Se quedaron calladas, mirando al fondo de sus tazas, el silencio saturado de recuerdos.

--¿Recuerdas, Ariane, cuando nos dijeron que mamá se moría? Las dos nos hicimos las fuertes, no queríamos entristecer a la otra.

Sabía que, por el contrario, Musashi y Remo habían sido los depositarios de la desesperación que sintieron. Se recordó abrazada a Musashi, llorando como lobo herido. En pleno verano, con las ventanas abiertas de la habitación y llegando hasta ella el ruido de la calle. No tenía sentido. A dos metros la vida continuaba como si nada pasara, mientras que detrás de unas paredes parecía que el mundo se resquebrajaba irremediablemente. No había lugar para la ira, sólo para la desolación. Un sentimiento primitivo de abandono, la madre muere y sus crías quedan huérfanas.

Musashi la había sujetado en silencio, y dejó que su pena escapara del corazón a través de los quejidos. La cara se le terminó hinchando, y los ojos estaban abultados y rojos. Recuerda que sólo podía pensar una cosa: "no quiero que mi madre se muera". Cándido y elemental deseo. Ahora le tocaba a ella.

--Tengo que irme, Ariane. ¿Vendrás a verme?
--¿La semana que viene te parece bien?
--Sí, muy bien. ¿Cómo está la pequeña?
--Tu sobrina está bien, organizandome la vida cada vez que viene.

Las dos sonrieron. Ariane se quedó viendo como bajaba las escaleras y la saludó con la mano. Hasta pronto.


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