Vecinos

8 ene. 2007


Cuando era pequeña la imagen de los vecinos estaba representada por la señora del tercero derecha.

Cuando salía a la escalera llorando porque me daba miedo estar sola en
casa, ella me acogía en la suya, me daba galletas y un muñeco olvidado de sus nietos. Yo le tiraba la basura de paso que llevaba la mía. Ella andaba pendiente de mis padres, sus cumpleaños y enfermedades.Si no tenías en casa huevos, sal o pan, siempre podías contar con ella.

En la
actualidad los vecinos son enemigos, escudriñando tras las mirillas de sus casas. Si te saludan cordialmente al verte es algo inaudito. Lo normal es que cierren la puerta deprisa, o entren atropelladamente en el ascensor pulsando frenéticos el botón de su piso, para no verte y evitarse así un "buenos días".

Las reuniones de vecinos suelen estar tan
vacías como el Congreso de los Diputados. Ni tan siquiera va el presidente, y no es de extrañar.

Se discuten cosas como que los perros
no pueden montar en el ascensor porque se les cae el pelo.
Y digo
yo: ¿Al vecino del primero con su alopecia galopante --no te preocupes Carlos, tu mención será anónima--, también le obligamos a subir andando --aunque no le vendría mal, que está un poco fondón--?

"Perros no" dicen
ellos, pero sí niños que pintan las paredes, dan patadas a las mismas, tiran petardos en el patio, rompen las farolas jugando al futbol --e incluso sin jugar al futbol--, y se pasan la semana gritando a pleno pulmón. Son criaturas del señor que tienen todo el derecho al vandalismo y que nadie se meta con ellos porque te denuncian por malos tratos --sigue dando por culo con la moto con el tubarro raspado, majete--.

Y la música... Ahhh, la música. Una de las cosas que me
fascina de los vecinos es su espiritu por compartir la música que escuchan con el resto de la humanidad --si la SGAE supiera: he montado un mercadillo con las grabaciones del reggeton del vecino de abajo y los "exitos de ayer y hoy del heavy metal" del tipo de al lado, incluso hago mezclas con los carraspeos del abuelo del otro lado--.


Del invento
de los cascos no han oído ni hablar --eso es pa los pilotos y los soldaos--. Y es que mal gusto musical puede tener todo el mundo, pero querer compartirlo de forma tan orgullosa...

En nuestra Comunidad se
produce un efecto curioso: cada vez que un vecino se queda encerrado en el ascensor --cosa que ocurre muy amenudo-- los vecinos desarrollan una sordera temporal, ya que nadie parece oir los alaridos del afectado; por más espeluznates que estos sean.

Un día de estos nos encontraremos
el cadaver de alguno dentro --pero tampoco pasa nada, se aparta y ya está--, tiempo al tiempo.

Lo de mover muebles, cerrar puertas
enérgicamente, y las carreras de atletismo a las doce de la noche merece una mención aparte. La primera vez que oí esos ruidos pensé que había comprado una casa embrujada --aunque al final sí que resultó haber fantasmas, pero de los otros--. Estaba por llamar al padre Karras cuando me percaté de que las voces no venían del inframundo, sino del piso de abajo. Y mi vecino es enfermero, no pregonero.

Y cuando uno
trata de arreglar todas estas circunstancias hablando civilizadamente con ellos, resulta que empiezan a contarte que la culpa la tiene el cha cha cha --el CHAvacano CHAval del segundo DereCHA--, que le tiene manía; y que por eso él o ella, hace esto, porque fulanito hace aquello; y fulanito hace lo de más allá, porque menganito hizo lo de más acá.

Así hasta el Genésis, que al final está claro que la culpa la
tuvieron Adan y Eva, que no supieron convivir con las serpientes.

Luego
está el otro tipo de vecino, aún peor: aquel que va de matón y ni ganas que tiene uno de averiguar sí sólo es fachada o va de verdad. A ese le vienen las amistades de madrugada, le llaman a uno al telefonillo porque o bien sus amigos no se saben el abecedario --ni los números del 1 al tres, ya puestos--, o tienen una mala leche que te cagas, o llevan tal curda que no ven ni las letras.

Cuando llegan todo son gritos y
sonidos onomatopeyicos --más espeluznantes que los del, ya fenecido, atrapado en el ascensor--, que no dejan lugar a dudas que allí va a haber de todo menos conversación --lo que me soprende es que sepan como darle al botón para encender la música y al de subir el volumen--.

Así
que, es en ese momento cuando uno piensa cuánto costaría una casita de madera en medio del campo. Algunos vecinos se deciden y llaman a la policía, con lo que al día siguiente, el afectado decide llamar también porque: "la lavadora de la señora del vecino que les llamó ayer porque yo molestaba centrifuga demasiado rápido" --¡que le quiten puntos!--.

Y
es el cuento de nunca acabar. Los altercados por el aparcamiento son cosa singular. En el pueblo donde vivo, los dueños de casas bajas que no pagan vado se creen con el mismo derecho que aquellos que sí pagan --eso de los vados debe ser algo relacionado con los ríos, o es un impuesto pa extranjeros--. Así que, si se te ocurre aparcarles delante puede ocurrirle de todo al coche: rayajos, embellecedores arrancados, espejos retrovisores caídos... ¡una vez hasta movieron un coche de sitio!

Mientras estás aparcando, las señoras corren disimuladamente un
visillo --a veces se han quedado con el en la mano-- para verte maniobrar, lo que siempre me recuerda las películas de suspense de los años cincuenta. Suspense que se acrecienta cuando el señor de turno se queda parado delante de tí, con los brazos en jarras --yo no aparcaría ahí, muchacho--, mirando como aparcas --joder, que dan ganas de salir y preguntarle si estoy aprobado--.
Pánico te da dejar al pobre automóvil
allí sólo, a pesar de todas las alarmas del mundo.

Si pienso que un
bloque de vecinos es un microcosmos, preferiría vivir en un yoghour --los l-casei inmunitas parecen gente maja--



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