Ya queda poco

24 ene. 2007

La vida con el paso de los años se estrecha, y el cuerpo --para compensar-- ensancha. O eso le parecía a Evia. Recordaba todos aquellos futuros que se abrían ante ella cuando era jóven, y el tiempo parecía infinito, jugando siempre a su favor, como si nunca fuera agotarse. Ahora, ya vieja, sabía que el único camino por recorrer era el que le llevaba a su muerte.

Estaba parada delante de la puerta, con su abrigo de paño y su bufanda de lana, esperando a que Musashi se pusiera su chaquetón y se fueran.

--¿No tendrás frío sólo con eso?
--No.
--¿Seguro?
--Sí.
--No entiendo como no tienes nunca frío, eres ya muy viejo para no tenerlo.
--Bueno, ya sabes que tú eres "neverita" de pies fríos.
--Eso parece un nombre indio.
--Así sea. Vida, ¿nos vamos?
--Cuando usted desee, caballero.

Bajaron la escalera despacio, apoyándose el uno en el otro, con algún que otro gruñido de Musashi, y ladeos de la cabeza de Evia. LLegaron pronto a la estación, aún faltaban unos minutos para el tren. Se sentaron en un banco de metal, apretados, y cansados. Al fondo se oía el ronronear ásmatico de un autobús, detrás de las vías se levantaba una fábrica abandonada.

Unos árboles pelados dejaban ver un letrero donde ponía: "C&A Pensos Cocetrado". "Piensos concentrados", pensó Evia, las letras debían haberse caído hace tiempo porque no había rastros de ellas por el suelo. Dirigió su mirada a la fábrica, las puertas de entrada en algún momento grises, ahora estaban completamente oxidadas. Un cartel amarillo, torcido y escrito a mano, decía que se vendía. En la parte delantera sólo quedaba un cristal con vida, el resto había sucumbido al viento y las pedradas. El edificio trasero tenía el tejado de uralita, las paredes marrón oscuro a causa de la herrumbre, en lo alto había un tubo que debió hacer las funciones de chimenea, que ahora se balanceaba con el viento.

Evia era incapaz de recordar cuándo el edificio había tenido vida. Tenía la sensación de que siempre había estado a punto de venirse abajo. Pero no terminaba de hacerlo. Un edificio anexo de piedra, tenía en todo lo alto una pintada con la "A" anarquista. Se preguntó cómo habrían subido los chicos hasta allí arriba.

--¿Estás bien, Evia? Deja que te ayude, ya viene el tren.
--Allá vamos, querido.

Musashi la miró y sujetó con fuerza, se puso delante para evitarle empujones y con su mano la agarraba como si fuera una niña pequeña. Musashi consiguió una esquina de pared, así podría ir recostada. Evia se acomodó sobre su hombro y cerro los ojos. Musashi permaneció despierto, alerta. De vez en cuando la besaba la frente, y se preguntaba cuántos más años resistiría así. Evia era mayor que él, estaba enferma, y el mundo la entristecía demasiado, lo sabía. Ella se acurrucó junto a él, y movío los pies.

--Se me duermen las piernas.
--Ya queda poco, aguanta.
--¿Cuánto queda?
--Poco. Intenta dormir, ya te avisaré.

Musashi vió desfilar ante sus ojos explanadas pardas, marcadas por poblaciones de chabolas cada cierta distancia. Basura, allá donde mirara había basura. Un niño unos metros más atrás comenzó a llorar, la madre apenas intentó calmarle. El marido iba a su lado, y le cogió el bebe entre los brazos para que ella descansara. Iba sin afeitar, con un jersey por todo abrigo, y unos zapatos con la suela despegada. Musashi pensó que tenía que entrarle mucho frío y agua por ahí.

Evia despertó y miró a la pareja. Sintió pena por el niño. ¿Qué clase de vida le esperaba?. Musashi siguió su mirada y adivinó lo que estaba pensando. Ellos no habían tenido hijos, no habían querido. Musashi no había sentido nunca esa necesidad, y Evia no podía enfrentar el dilema de concebir un hijo sólo para satisfacer alguna carencia afectiva. El mundo que tenía para ofrecer a su hijo era un espacio condenado. ¿Con qué derecho, o excusa, sujetaría a un ser humano a una existencia que a ella misma siempre le costó sobrellevar, incluso en los mejores tiempos? Ahora, al mirar a ese niño en el tren, supo que no se había equivocado.

El tren comenzó a frenar, y los pasajeros se iban incorporando y haciendo una fila apresurada delante de las puertas de salida. Nuevamente Musashi actuó de escudo. Y ella se dejó llevar mansamente. Bajaron a trompicones del vagón y se unieron a la masa de gente que arrítmicamente se encaminaba hacia las salidas.

Musashi sacó entonces una cuerda, con dos lazos y un nudo corredizo. Metió su muñeca por una de ellas y pasó la de Evia por la otra. Eran sus esposas, cuando iban al Centro, siempre se ataban. Era la única manera de no perderse entre la multitud. Entrelazaron las manos con fuerza, se miraron y asintieron.

El Centro era como el ojo de un huracán. Había que caminar despacio y con fuerza, si no quería que la propia inercia del grupo te llevara a un punto desconocido, sin retorno. Allí sólo vivían más parias como ellos y fuerzas de seguridad. Nadie sabía dónde vivían los Usurpadores. Musashi recordó que habían ido desapareciendo poco a poco y nadie se percató. Un día una noticia decía que el Ministerio X había sido trasladado, sin especificar la nueva localización. Al cabo de unos meses pasaba lo mismo con otro organismo, y así hasta desaparecer todo contacto. Con ellos habían desaparecido también sus familias, cualquiera que tuviera una buena posición no vivía ya en el Centro, ni en cualquier otra ciudad. Se habían esfumado.

En la TV se podía ver a los políticos en mítines, reunidos con otros dirigentes, en avión viajando a otro país, pero nadie sabía dónde estaban realmente. Lo mismo ocurría para las clases altas, sus lujosas viviendas de antaño estaban todas deshabitadas, pero en los medios de comunicación se les veía igualmente en fiestas, conciertos, estrenos de cine, etc. Musashi, no sabía qué ciudades eran las que aparecían. Nadie lo sabía.

Cada vez que el Estado quería algo de sus ciudadanos, mandaba una carta y ponía una especie de oficina provisional en un edificio del Centro. Si Musashi hubiera ido el día antes de su cita no habría encontrado nada, ni tampoco si hubiera ido un día después. Montaban una oficina fantasma el mismo día de la citación. Nadie les veía llegar, nadie les veía marchar.

LLegaron a la dirección que ponía la carta, era un edificio con la fachada desconchada y muchos cristales rotos. En la recepción había un guardia de seguridad privado, y un hombre calvo con la piel lechosa y una papada que le caía casi hasta la corbata, sentado en una pequeña mesa, a su lado.

--Papeles.
Musashi le enseño la carta de citación. El lechoso la miró más tiempo del necesario, luego se levantó, desapareció durante unos minutos, y volvió con ella.

--Última planta.
Ni un sello, ni una firma, nada. Evia y Musashi se encaminaron hacia los ascensores, había mucha gente ya reunida en torno a ellos.

--¿Crees que funcionarán? No me gusta la idea de tener que montar en ellos, Musashi.
--Ninguno de los dos podemos subir a pié, lo sabes. Tendremos que arriesgarnos.
--Pues yo casi prefiero ir a pié.
--Te ahogarás. No lo pienses, tenemos que subir ahí.

La besó, una caricia en los labios, corta y pudorosa. Acarició sus mejillas y le sonrió.
Se colocaron a los lados del ascensor, cada segundo que pasaba el grupo de personas se iba incrementando. Estaba claro que no se montarían todos. La gente empezó a moverse nerviosa de un lado a otro, y Evia como una lagartija iba colandose entre los huecos, provocando los bufidos de Musashi que no podía seguirla de aquella manera. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, apenas dejaron salir a sus ocupantes. Hubo una avalancha para entrar, empujones, codazos, insultos, y Evia callada tiraba de Musashi mientras éste renegaba. Al final consiguieron entrar por los pelos.

--Crei que no ibamos a conseguirlo.
--A mi me resulta imposible colarme por los sitios por dónde tú pasas. La próxima vez iré yo primero.

Evia se encogió de hombros y sonrió. Al llegar arriba salieron todos en tropel y esta vez Musashi encabezaba la marcha. Les tuvieron esperando una hora. Después una funcionaria joven, con el pelo recogido, gafas y labios pintados de rojo, les atendió. Estaba apoyada en una mesa llena de polvo, la silla donde se sentaba estaba coja, y tenía que estar todo el tiempo haciendo equilibrios para no caerse. Había unas diez mesas ocupadas por otras tantas personas en las mismas condiciones. El resto de la planta vacía. Evia pudo entrever al fondo, un despacho donde se apilaban en una torre, sillas, mesas, pantallas antiguas de ordenador, una especie de vertedero del Ministerio. Había plantas marchitas por el suelo, y cantidades de papeles pisoteados que a nadie parecían importar. Entraba frío por los cristales rotos del fondo.

La mujer ni les miró a la cara, leyó los papeles que le trajeron, les extendió otros más para que rellenaran, les selló otros tantos y les pasó a otra mesa.

Hasta que les atendieron de nuevo pasó otra hora más. Era más del mediodía, los dos estaban agotados de ese tiempo inútil, perdido. Evia se fijó en una mujer mayor que tenía a su lado. LLoraba, silenciosamente, mientras colocaba en una carpeta desgastada una infinidad de papeles. Estaba encogida, parecía tener frío, en las piernas no llevaba medias, sólo unos calcetines.

--¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?

La mujer levantó los ojos velados por las cataratas y la miró fijamente. No pronunció palabra, negó con la cabeza y apretó entre sus manos con fuerza el número de orden que le habían asignado. Al cabo de un rato, se giró y contestó.

--Mi esposo ha muerto. Me han quitado la pensión, y embargado la casa. Yo no cotizé los últimos quince años antes de los sesenta y cinco, por eso no tengo derecho a pensión propia.
--No pueden hacerle eso, seguro que es ilegal.
--¿Si? Ellos me dicen que es ilegal haber estado cobrando estos meses sin tener derecho, quieren que les devuelva el dinero.
--¡Debe haber alguna forma de resolver eso!
--No sea tonta, me resolverán a mí, eso es todo.
--No la entiendo.
--Me han dicho que como ciudadana sin ingresos, sin familia y mayor de setenta años tengo derecho a puesto de trabajo.
--¿Un trabajo? ¡Qué locura! ¿Dónde?
--En las cocinas de una planta energética.
--¡Es una broma!
--¡No, querida, es una suerte, según me han dicho!
--No tiene sentido, usted no puede trabajar, en cuánto se viera obligada a realizar algún esfuerzo sería mortal...
--De eso se trata, tonta.

La mujer vió como su número se iluminaba en la pantalla, se levantó con su carpeta debajo del hombro y pisando con cuidado. Evia creyó ver que los zapatos eran algún número mayor del que necesitaba. Se giró y miró a Musashi.

--¿Has oído a esa mujer?
--Un poco, no me interesa.
--Pero eso mismo podria pasarnos a uno de nosotros...
--Si ocurre ya me preocuparé.
--Tengo miedo.
--No se vive con miedo.
--No, por supuesto que no se vive, eso lo sé muy bien.

Entonces les tocó su turno y se levantaron. Al cabo de otra hora pudieron salir de allí. Todo el día estaba desperdiciado. Descendieron a la calle y Musashi volvió a ponerles las cuerdas. Por aquellas avenidas se desfilaba, no se caminaba, apenas había espacio para moverse. Las calles estaban llenas de vendedores que chillaban sus productos, muchos niños en grupos con la mirada oscurecida. Hombres y mujeres que cargaban con carritos llenos de despojos. Las calles estaban levantadas, sin apenas asfalto, la tierra enrarecía el aire. Evia miró al cielo y solo pudo ver una capa gruesa, gris oscura, de contaminación que le impedía respirar.

Cuando subieron al tren de vuelta, Evia estaba tan cansada que quiso sentarse en el suelo. Musashi entonces se quitó su chaqueta y se sentó él primero, para colocarla entre sus piernas. Después le echó por encima su abrigo, y ella se acurrucó con los ojos cerrados. Al cabo de un rato sintió la camisa húmeda y supo que estaba llorando. Acarició su pelo y la besó.

--Ya queda poco.
--Cada vez menos.

0 comentarios: