Carezco de instinto primario

7 feb. 2007


Hoy tengo un mal día. ¡Y Quién no tiene un mal día, incluso dos, tres, cuatrocientos...! Lo sé, sólo es de mi incumbencia.

El lunes comienzo un nuevo trabajo. Es por eso.

Un trabajo que --irónicamente-- me lleva a 200 metros del que fue mi colegio.

A la edad de cuatro años comencé la escuela obligatoria.

Nadie de mi familia sabe qué pasó. Yo tampoco.

A los quince días de asistir, empezaron los vómitos por las mañanas y las lágrimas acongojadas en un rincón del aula.

Me preguntaron una y otra vez por la causa de tanta tristeza --mi madre sigue preguntando--. Nunca hablé.

He pensado mucho sobre ello. No tengo ninguna imagen, ninguna frase retenida en la memoria que lo explique. Sólo la impronta de un miedo carnívoro.

Decían que era introvertida, ingenua, buena. Debí creer que la escuela era el mismo mundo que mi hogar, solo que un poco más grande.

El aula donde estaba tenía de 40 a 50 niños. 40 almas libres para demostrar todo aquello que llevaban dentro. Desposeídos de reglas sociales, prejuicios, se mostraban abiertos, sinceros, crueles, egoístas, salvajemente humanos.

No había --no hay-- más ley que la de la selva.

Pero yo carezco de instinto primario. Como carezco del reloj biológico maternal o de instinto de supervivencia.

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