Refugio

18 feb. 2007


Tengo seis años. Vivo en una buhardilla en el centro de la metrópolis. Comparto habitación con mi hermana.

Cada noche permanezco despierta hasta que escucho como se quedan dormidos.

Es el momento. Un ave enorme golpea tímidamente el cristal del tragaluz. Ventana que se halla a más de dos metros del suelo.

Me pongo debajo de la ventana, levanto mi cabeza hacia arriba y espero. La ventana se abre--vaya usted a saber cómo-- y el pico del ave se introduce por ella y me coge.

Monto sobre ella y volamos. Me agarro de su cuello, largo, flexible, apoyo mi cabeza, sus plumas me tocan.

Me lleva a casa. Cada noche el mismo ritual. Cada noche escapo de mi casa real para ir a mi casa verdadera.

Por el camino apenas hablamos. Siento su calor sobre mi piel, me pregunta si estoy bien. Esa pregunta que nunca nos hacen de pequeños si comemos bien.

Llegamos a un explanada, la luz parece la de un atardecer. Da igual dónde mire, no se ve nada salvo una construcción blanca, con tejadillo y campanario en el medio de tan peculiar geografía. Silencio absoluto.

Se requiere un santo y seña para entrar. El pájaro gigante la día. Nos miramos a los ojos mientras esperamos. Me impaciento, doy una patada a alguna pequeña piedra, haciéndola rodar en vano.

Las puertas se abren de par en par, lentamente, con algún crujido.

Risas, abrazos, salgo corriendo y me lanzo sobre el primer pecho amigo que veo. Ante mí el Arca de Noé, festiva embarcación con toda clase de animales reales e imaginarios. Todos me están esperando.

Suenan las trompetas de plata, se agitan banderines multicolores, se anuncia el comienzo del Torneo.

Se divide el espacio en dos campos, los cuales a su vez se separan por filas, vanguardias y retaguardias.

Comienza la batalla, un oso de peluche le tira un tomate a un perro, mientras yo con mi espada de madera lucho contra un gigante de especie inexistente.

Jugábamos, era una niña jugando con sus amigos: osos, ciervos, caballos, perros... No había personas.

Al final de cada torneo, las dos camarillas se lanzaban en un abrazo y se dirigían al festín.

Después de cada escaramuza, nos esperaba una alargada mesa de madera. Los dos bandos -- ahora deshechos-- se sentaban juntos y comían. Risas, canciones, poesías, dulces.

Durante años viajé todas las noches a aquella casa en medio de la nada. Encontraba amor, creo.


Hace muchos años ya de aquello. Pero estoy segura que todos hemos tenido de pequeños un Refugio.

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