Fantasma

26 abr. 2007


El viejo la buscó entre la gente, al principio no la encontró. Besos y abrazos de familiares se interponían.

Por fin, la divisó. Sentada al borde de un banco, erguida. Sus ojos se cruzaron y él esbozo una sonrisa de reconocimiento.

Ella, sin embargo, sólo se levantó y camino hacia él.

El viejo sintió un cosquilleo en el estómago.

Al llegar a su altura se abrazaron. Ella le cogió la maleta, rápidamente.

--La estación de autobuses es por ahí.

Y echó a andar.

--¿No tienes coche?

--No dejaron que sacara el carnet de conducir. Era la mejor excusa para que me trajeran y llevaran.

--Entiendo. No podían arriesgarse, por si comprobaban si era verdad.

--Exacto.

La muchacha iba unos pasos por delante. Abrieron los paraguas. El viejo observó como pasaba debajo de los goterones, sin evitar ninguno. Algo iba mal. Muy mal.

En el viaje apenas intercambiaron algunas palabras.

Al llegar a casa, ella abrió la puerta y le dejó pasar primero.

Después se sentaron en dos sillones, frente a frente. Ella sirvió dos whiskys sin preguntar.

--Lena preguntó por ti.

--¿Cómo está?

--Va todas las semanas a verle.

La muchacha dio un calada lenta al cigarrillo y asintió con la cabeza.

--¿Y su hermano?

--Le han mandado a la frontera.

Silencio. Bebió un trago de whisky. Se levantó y puso un disco de Ella Fitzgerald.

--¿Te trataron bien?

--¿Quiénes?

--Los nuestros.

Ella se le quedó mirando y sonrío. Pero sus ojos no. Sus ojos eran dos puntos de luz cegadora. El viejo tenía la impresión de que podría levantarse y pasar a través del cuerpo de ella. Como un fantasma.

--Sí, no he tenido queja.

--Te he traído la carta que te escribió.

Ella sonrío de nuevo, era irritante.

--Gracias. No era necesario.

Era la primera vez que no sabía lo que pasaba por su cabeza. Sobre su corazón prefirió no pensar. Decidió arriesgarse, era culpa suya que ella estuviera allí.

--Tienes que olvidarle. Empezar de nuevo.

--¿Crees que es eso lo que debo hacer?
--Creo que es lo mejor para ti.

Hubo un breve silencio. La muchacha desvió la mirada a la punta de sus pies.

--Sí, tienes razón, es lo mejor.

Entonces el viejo supo que la había perdido. Que nada de lo que dijera o pensara podría traerla de nuevo a su lado.

El viejo se removió inquieto en su butacón.

--Habrá otros hombres.

--Bueno, espero que muchos.

Y volvió a poner esa jodida sonrisa. El viejo sintió pánico, no había furia, ni tristeza, ni rencor. Simplemente ella le había descartado de su vida.

--Lo siento mucho, niña.

--No te preocupes, viejo, tú no fuiste el que le metió una bala en el cráneo.

El viejo supo que nunca más volvería a llamarle abuelo.

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