No quiero matar

23 abr. 2007


La tarde huele a invierno. Se han quedado en la casa -solos- el viejo y la niña.

El hombre está sentado ante la ventana, fumando su pipa. Les separa un vieja mesa de madera.

A la niña le cuesta concentrarse en su lectura. Levanta los ojos y su abuelo la mira.

--¿Estás bien?

La niña asiente con la cabeza, muda.

Un viejo reloj atrasa el tiempo.

--¿Mataste a muchas personas, abuelo?

Esta vez el viejo no se gira. Sigue con la mirada perdida. Más allá del cristal, más allá de los árboles de la alameda, más allá del horizonte nublado.

--¿Me estás juzgando, niña?

La pequeña frunce el ceño e intenta aparentar que el comentario no la ha herido.

--No, abuelo. Sólo quería saber cómo fue aquello.

Ahora sí, ahora el viejo vuelve la cabeza y la mira. Le sigue un escrutinio tranquilo y frío. Después suspira.

--Maté a todos los que hizo falta.

Silencio. Los dos se miran.

--¿Qué te preocupa?

--No quiero matar, abuelo.

--¿Te crees mejor que yo, estúpida niña?

La pequeña niega con la cabeza. Tienes ganas de llorar, pero delante de él no se lo permitirá.

El viento se precipita contra los cristales, hace vibrar la madera.

--Ya sabes lo que pasó. Era la guerra.

--Pero han pasado muchos años...

--Tengo una deuda con ellos. Nos sacaron de aquí, cuando la República cayó. Nos sacaron de Francia cuando la ocuparon. Eso es todo. Deudas.

--Yo no sé matar, abuelo.

El viejo la mira despacio. Poco a poco las comisuras de sus labios se tuercen en un mohín sarcástico.

--¡Oh, pequeña mía! No te preocupes por eso. Es un don que tienes, a poco que ellos te pulan lo harás con los ojos cerrados.

Esta vez la voz se quebró en su garganta. Negó vehemente con la cabeza.

--Mueres cuando pierdes la vida. Mueres cuando te la quitan...Y mueres cuando después de haber hallado la "luz", te quedas a oscuras. ¿Entiendes, niña?

Ahora lloraba. Viejo cruel, déspota.

--No me das pena. Tú tienes alas, yo vivo a ras de tierra.

--¡Pero siempre estoy sola!

--Porque buscas en el suelo, lo que sólo el cielo puede darte, tonta.

--No soy tonta... no lo soy...

--Oh, sí! ¡Ya lo creo que lo eres! Pero eso no es de mi incumbencia.

--Soy tu nieta.

--Por eso estás aquí.

--No haré lo que ellos quieran.

El viejo se encogió de hombros. De nuevo dirigió su mirada a la ventana.

--Sigues sin entender... No podrás evitarlo.

--¿ Y qué puedo hacer?

El viejo se quedó sin aire. Suspiró larga y profundamente. Por primera vez sintió lástima de la niña.

--Quédate sóla.

1 comentarios:

Wilde dijo...

Wilde dijo...
Sublime! simplemente sublime! ...

escribe sobre todo, escribe sobre la guerra, sobre el hambre, sobre la revolución...

tienes mucho talento Silvi, y no es un cumplido...

este lo publico eh!

1 beso, buenas noches...

(pase lo que pase y lo que no, no se te vuelva a ocurrir eliminar tu blog eh! porfi!)

más buenas noches!

pd.- esto es un lujo, muchísimas gracias.

23 de abril de 2007 22:42