Yo no soy lo que buscas...

28 abr. 2007


Se conocieron, se enamoraron. Y pensaron que el siguiente paso sería irse a vivir juntos.

Ella tenía un pequeño piso. Pusieron una fecha para el cambio.

En ese tiempo, pintó las paredes de la casa, lavó las cortinas, compró cubiertos nuevos. Tiró su ropa interior vieja. Le hizo espacio en el armario y en el baño. Sonreía todo el día como una bobalicona.

Quedaron una tarde, como tantas otras. Un café en una calle poco concurrida, con la primavera sobre el asfalto haciendo de las suyas.


Se sentaron en la terraza, rodeados de almendros de flor rosa.


Ella no recordaba cómo llegaron hasta esa frase, pero le oyó decir:

--...yo no soy lo que buscas...

No venía a cuento --pensó ella-- no recordaba muy bien de que estaban hablando antes de que él dijera eso. Así que evitó mirarle a los ojos y lo dejó pasar. Miedo, quizá.

La chica siguió con los preparativos. Toallas y sábanas nuevas.

Un día él no la llamó. Ella se asustó. Empezó a repasar mentalmente la última vez que habían estado juntos, por si hubiera dicho o hecho algo que le hubiera molestado.

Cuando se quedó tranquila al respecto, se inquietó más, podría haberle ocurrido algo. Por fin, le localizó.

--Ah, cariño, ¿qué tal estás?

Ella pensó que su voz resultaba de lo más normal. No supo cómo reaccionar.

--Bien, estaba preocupada por ti, como no supe nada....

--¡Pero bueno, yo tengo mi vida también! Entro, salgo a tomar un café, veo a los amigos...

--Sí, claro. Sólo estaba preocupada. No contestaste a mis llamadas.

--Bueno, niña, no estoy mirando todo el día el teléfono. Y además, prefiero que me llames tú. Eres tú quien pone las reglas. ¿De acuerdo?

--Lo siento. No pretendía molestarte.

--¡No seas tonta, mujer!

Ella pensó que era una histérica. Que él tenía razón. Cada vez que discutían, se sentía una estúpida. Su falta de confianza en él, era una muestra más de su inseguridad.

Se acercaba la fecha del traslado. La chica se encontraba algo triste. No sabía porqué.

Algo en él la intimidaba. Una nota chirriante en medio de un brillante concierto.


Quedaron, ella dijo que estaba algo baja.

--Pues yo nunca estoy triste, siempre encuentro una razón para estar bien.

--Tienes suerte, mucha.

Esperaba otra respuesta. Aquello había sido banal. Nuevamente se sintió una egoísta. Se reprendió por pensar de ese modo. Seguro que él sólo pensaba en animarla.

--Mañana tengo que ir al médico.
De nuevo un comentario superficial sobre las enfermedades y la muerte. No le hizo más preguntas. Al día siguiente no hubo comentarios sobre su visita.

Pasaron los días. Sentados en el mismo café.


--Niña, he estado pensando. Mi forma de ser y mis ideas no te gustarían. Y es mejor así, la naturaleza es sabia.

--No te entiendo. ¿Qué quieres decir?

--Que no voy a irme a vivir contigo.

Silencio. Dolor. Cansancio.

--¿ Quieres que cortemos?


--¡No seas exagerada, lo haces todo a la tremenda, mujer! Podemos seguir como hasta ahora. ¿Nos iba bien, no?

-- Yo preferiría que no nos viéramos...

--Mujer, no pongas esa cara, me haces sentir como un ogro...¡joder! No soy malo. Tampoco soy perfecto. Todo lo que hago es por ti, pensando en tu bien.

--Sí, quizá tengas razón. Quizá sea mejor así. Gracias por todo.

Fue a levantarse. Pero él la retuvo del brazo.


--¡Pero ya empiezas otra vez! ¿No te ves? Tengo mis defectos, ¡no soy un dios!

--No, si de eso ya me había dado cuenta... De hecho, pensé que eras un hombre lleno de miedos e inseguridades. Un hombre que vivía encogido dentro de sí mismo. Fragmentado. Devorado por el "yo" que él mismo había creado, y que no podía controlar. Que necesitabas que te protegieran, que te descubrieran cómo eras realmente, que necesitabas amar y no sólo hablar de amor. Pensé que deseabas dejar de fingir.

--¿Estás de broma? ¡Pero si siempre tengo que lidiar con tus inseguridades! Quiero que sepas que soy un tipo muy afortunado. He amado y me han amado, mucho. Entérate. No puedo corresponderte de la misma forma, eso es todo. No tengo la culpa.

Ella sonrió.

--Es bueno poder decir eso. No importa. Te llamaré, cuenta conmigo para lo que quieras.


--No te soporto cuando te pones melodramática. Hoy me había levantado de buen humor. ¡Mierda!

Ella se encogió de hombros y suspiró.

--No te preocupes por mí, estaré bien.

--¡Pero yo siempre me preocupo por ti! Sé que no te vas a ir muy lejos. Seguro que mañana ya estás llamándome y pidiéndome perdón. Te conozco. Me necesitas. No intentes demonizarme. La gente quiere que me sienta mal por las cosas que digo o hago. Pero yo me conozco muy bien, sé que soy bueno.

--Eres un buen hombre. Tengo que irme. Yo seguiré aquí, no me iré.

--Vale, guapa. Te quiero mucho.