Callejeros: él y yo

14 may. 2007

No sé si podré contar esta historia. Me temo que no. A pesar de eso, probaré a expulsar algún que otro demonio inferior.

Le llamé Daniel. Imponente. Ojos negros, pintados por una raya natural oscura, debajo de la mirada. Tímido. Ansioso.

La historia apenas duró una semana.

No voy a escribir sobre los pocos días que estuvimos juntos.

Cuando metí la llave en la puerta, lo supe. Una fugaz premonición, descartada con otra vuelta a la cerradura.

Avancé hacia el salón. No estaba. Vi a mis padres levantarse despacio. Me dieron la noticia.

No tuve una reacción, fue la Reacción la que me poseyó a mí. Nunca me ha vuelto a pasar.

Llore, grité, pateé. El luto se pegó al dolor, sin darle tiempo a respirar. Casi destrozo la casa.

En plena noche, finales de septiembre, salimos todos a buscarle. Ni la luna quiso estar presente. La lluvia nos acompañó, golpeándonos con cristales rotos de agua en la cara.

Me quedé afónica de tanto llamarle. Ni su sombra vi.

Después de unas horas, me metieron el coche, me metieron una o dos pastillas en la boca, me metieron en la cama y dormí.

En el primer instante de conciencia al día siguiente, creí que todo estaba bien. El segundo después, fue una avalancha de puños enfurecidos golpeando sobre mi cabeza.

Me levanté. Evité mi rostro en el espejo. Hice los carteles de búsqueda.

Los pegué por todo aquel parque. Paseo arriba, paseo abajo. Seguía lloviendo, me negué a abrir el paraguas.

Con un cartel en la mano, comencé los interrogatorios. Madres con niños, porteros de las casas cercanas, ancianos que paseaban.

Nada.

Tampoco hubo suerte con la ronda de llamadas a organismos oficiales.

Puse anuncios ofreciendo una recompensa. Hubo llamadas. Una de ellas a media noche. Salí disparada. Cuando llegué, ya se había ido. Desencuentro.

Durante las semanas siguientes seguí acudiendo, sola. Con mis carteles en la mano y mi carita de pena, preguntando.
No le encontré. Ni tan siquiera sé si está vivo o muerto.

Lo poquito que me quedaba de esperanza, se lo llevo mi perro.

Intenté salvarnos a los dos. A él, del albergue donde le habían abandonado. A mí, de mi misma. Sólo conseguí perdernos a los dos.

Cada vez que veo un galgo atigrado, mi mirada se vacía. Mis labios se aprietan en un rictus amargo.

Aquel amigo, cogió entre sus dientes un pedazo grande de mi corazón.

Aquella pena fue como una quemadura de primer grado. Una congoja que no se limpia ni con lejía.

El abuelo no estaba allí, para decirme qué hacer. El abuelo había muerto.



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