Ciegos que recuperan la vista

22 may. 2007



Estaba estudiando para un examen. Mi padre con las manos en la espalda, rodeaba varias veces la mesa, mirando de reojo.

Le ignoré, tenía que concentrarme.

En su tercera vuelta, se plantó a un lado y con voz queda me dijo:

--Me has decepcionado.

No pude contestar.

A partir de aquel día, el silencio hablaba con mi padre, porque las palabras no podían.

Él jamás pensó en los desencantos que provocaba en el resto de nosotros. El mundo giraba en torno suyo. Su política de conmigo o contra mía, la llevaba a todos los aspectos de su vida.

No se lo reproché. Seguí estando al pie del cañón cada vez que me necesitó.

Pero no volví a quererle. No pude desde aquel día.

El abuelo y yo hablamos de lo que había sucedido.

--¿Sigues enfadada con él?

Negué con la cabeza.

--¿Y entonces?

--Un padre no debería decir cosas como esas a un hijo.

--Un padre no debería matar, violar, maltratar, ignorar, a sus hijos. Pero se hace. La paternidad o la maternidad no hacen mejores a las personas. Eso es un mito.

-Bueno, tiendo a creer que aquellos a los que estimo se distinguen del resto.

--Que tu decidas querer a alguien, no le hace mejor persona, niña.

--Sí, tienes razón, abuelo. De hecho, amar a una persona te incapacita para ver sus defectos, su personalidad.

--Y cuando dejas de querer... lo ves todo de golpe.

--¡Y joder qué golpe!

El abuelo rió.

--¿Sabes qué es lo más triste de todo esto?

--Creo que sí...

--Que todo lo que sentí antes, lo convierte en mentira. No soy capaz de conservar en una caja de latón los buenos recuerdos.

--No hay marcha atrás, pequeña.

--Lo sé, lo he sentido así. Sin embargo, eso no me pasa contigo, abuelo. Y eso que te odio muchas veces.

Las carcajadas del abuelo salieron de un fondo desconocido para mí.

--¿Y sabes porqué?

Negué divertida con la cabeza.

--Por tu don. Tú sientes, percibes, lo que hay dentro de las almas, cabezas, llámalas como quieras. A partir de esa certeza todas las palabras que te digan, que se digan así mismos, sobran.

--Abuelo...

--Sí, niña...

--Estoy cansada.

--Pues esto es sólo el principio. Vamos a tomar algo.

--¿Un whisky, abuelo?

--Quizá sean dos.

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