Don Ernesto Sábato

22 jun. 2007



Y es que es el cumpleaños de mi Ernesto Sábato. Nació la noche de San Juan, del 23 al 24. (Cáncer, como yo, aunque con casi un mes de diferencia)

Hay autores que resisten cualquier cambio, contratiempo, alteración de nuestras vidas. Como ciertas personas.

A Don Ernesto Sábato, lo descubrí una tarde de soledad seria, paseando. Nunca había oído hablar de él. Tenía 17 años y topé por "casualidad" --él no cree en las casualidades-- con su libro "Sobre Héroes y Tumbas". No sé por qué, pero es como si alguien hubiera extendido una mano para acariciarme el rostro.

No llevaba dinero, no pude comprarlo en ese momento.

Volví al día siguiente, pero ya no lo tenían. Recorrí toda la calle Santa Engracia, llegué a la glorieta de Iglesias, bajé por Eloy Gonzalo, pregunté en cada kiosko. Nada.

Me había dado por vencida. Pasé por delante de otro kiosko pero ya ni me molesté en preguntar. Nada más pasarlo --sin saber porqué-- me paré en seco y regresé. Pregunté por el libro. ¡Allí estaba!

Sonará estúpido, pero para mí fue mágico.

Años después --siete más o menos--, me enfrentaba a otro de esos agujeros negros de mi vida.

Estaba de baja médica, y había salido a dar otro de eso paseos de "soledad seria". Viajé en metro hasta el Retiro. En el trayecto, me coloqué delante de un hombrecillo, que iba sentado, muy serio; gafas oscuras, cabeza baja, brazos cruzados sobre el pecho, camisa gris, sobria, pasada de moda.

De pronto, pensé que se parecía mucho a Sábato. Tampoco sé por qué, pero me inspiró ternura. Hubo un momento en el que él levantó la mirada y nos enfrentamos. Le sonreí y él, tímidamente, volvió a bajar la vista.

Al llegar a casa, vi en la televisión que Sábato estaba en Madrid. Supe que era él, el del metro. No sólo por mi instinto. No sólo por el obvio parecido físico. No sólo por la certeza casi mística. Llevaba un tatuaje en el brazo, tatuaje que después supe que tenía.

Es la primera vez que escribo sobre esto.

Sábato, siempre Sábato. Gracias por cada momento dado. Me gustaría poder hacerle llegar todo lo bueno que soy capaz de dar.

El Túnel (Fragmento)
" Fué una espera interminable. No sé cuanto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados.
(...)
A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.
(...)
Yo no decía nada. Hermosos sentimientos y sombrías ideas daban vueltas en mi cabeza, mientras oía su voz, su maravillosa voz. Fui cayendo en una especie de encantamiento. La caída del sol iba encendiendo una fundición gigantesca entre las nubes del poniente. Sentí que ese momento mágico no se volvería a repetir nunca. -Nunca más, nunca más- pensé, mientras empecé a experimentar el vértigo del acantilado y a pensar qué fácil sería arrastrarla al abismo, conmigo. "

El poder de la palabra

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