Montar en bicicleta

5 jun. 2007





--¿En qué piensas, niña?

--Estaba recordando. Me vino a la cabeza el verano que aprendí a montar en bici.

El viejo dio una calada a su gastada pipa.

--Yo no estaba aquí.

--No. Estaba sola. Y no tenía bicicleta.

Todas las tardes, veía a mis vecinos encontrarse en la plazoleta con sus primos. Mes de agosto en la montaña. Cigarras tronantes, paja en las aceras. Perros vagabundos. Aún era yo, aún conservaba mi nombre. El abuelo me sacó de mi ensimismamiento.

--¿Cómo aprendiste niña?

--Con paciencia. Cada dos vueltas, alguno de los niños me dejaba su bicicleta. Cada día que pasaba me caía un poco menos de la bici.

--Tú sola.

--Sí. Las bicicletas de los niños me venían pequeñas. Me hice heridas en los tobillos. Sangraban. Tenía que ponerme dos pares de calcetines.

--Pero eras feliz.

--Tremendamente. Al final de aquel verano ya sabía montar. ¡Corría que me las pelaba!

--¿Qué te dijeron tus padres?

--Nada.

El abuelo miró mi perfil. No tenía intención de girarme y mirarle.

--No me importó, nunca. Aquello era mío. No le debía nada a nadie.

--Y ahora, quieres aprender a montar nuevamente.

--Sí.

--La vida no es una bicicleta.

Ahora sí, ahora le mire.

--Sé que puedo abuelo. He recordado quién soy.

Asintió despacio, el ceño fruncido.

--Gevurah.

--Alquimia, abuelo. Transmutación.

--Vas a necesitar algo más que paciencia esta vez.

--Me tengo a mi misma. Y , por supuesto, una botella de whisky.

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