Summertime

19 jun. 2007




--He estado pensando, abuelo.

--Ya te dije que tenías unas costumbres muy feas, niña.

--Sí, bueno, el caso es que me he preguntado que une más a dos personas: la risa o las lágrimas.

Ibamos andando despacio por el bulevar. El abuelo llevaba las manos a la espalda, en la boca su pipa ladeada. Se paro y me dijo:

--Hija, ¿no tienes otra cosa en la que emplear tú tiempo, verdad?

--Uhm, es que detesto limpiar la casa, la plancha ya la tengo lista y la cocina me aburre.

--En fin, vamos allá. Pero por una vez, desearía hablar de algo intrascendente.

--¿Intrascendente, has dicho?

--Sí, eso he dicho.

Quedamos parados, mirándonos muy serios el uno al otro. Yo hice un mohín de labios y fruncí las cejas.

--Odio el verano, abuelo.

--Ajá. ¿Eso es por llevar la contraria?

--No, no, que va. Es cierto.

--Pues a mí me gusta, hija. ¿Por qué a ti no?

--Por el calor, obviamente. El calor hace que sude, si sudo huelo y los demás también huelen. Uff. No imaginas el transporte público en verano. Yo soy pequeñita, así que miles de brazos y sus correspondientes aireadas axilas se cruzan sobre mi cabeza todos los días. Te aseguro que hay gente que no se ducha a diario. Doy fe.

--Sí, esa parte del olor ajeno, también me incomoda.

--Luego está el tema de la luz. ¡Pero si a las nueve y media de la noche es de día!

--¿Y eso te disgusta? ¡Mira que eres rara, carajo!

--Si piensas que tengo que meterme en la cama a las once para dormir al menos siete horas...En fin, que prefiero algo de ambiente que me ayude a conciliar el sueño. La luna y las estrellas son fundamentales. ¿Me entiendes?

--Sí, pero no te comprendo. A mí me gusta tomar el sol.

--No puedo. Ni cuando tenía quince años aguantaba en la playa más de quince minutos seguidos. Además, mi piel se quema rápidamente.

--¿Y bañarte, hija?

--¿Dónde? ¿En la piscina de la urbanización? ¡Noooo! Me gusta nadar, pero en una piscina...

--Déjame que piense, algo te tiene que gustar... ¿Y las terrazas de verano?

--¡Arghhh! Imagino que te refieres al dudoso placer de sentarte en medio de la calle, rodeado de coches y contaminación. Amontonado con otras personas en un espacio minúsculo --a causa de la codicia empresarial-- y escuchando las conversaciones ajenas, por que la gente es incapaz de hablar en voz baja. ¡Ah, se me olvidaba la música que ponen en las terrazas! ¡Con esos bafles monstruosos! Y por supuesto, no me olvido de los niños. Aburridos --no es para menos-- se dedican a corretear entre las mesas y a dar chillidos sin ton ni son.

--Demonios, hija, das miedo.

--Espera, espera, que me he centrado. ¿Y los ruidos? Macarras y horteras, con las ventanillas de los coches bajadas, compartiendo su música de rumbas o últimos éxitos cuarenta principales.

El abuelo me miraba anonadado. Quizá asustado.

--¿Y qué me dices de los vecinos? Olor a barbacoa a todas horas. Ventanas, balcones y terrazas, abiertos de par en par, por dónde se cuelan a la vez, los telediarios de antena 3, telecinco y las toses de Don Luis. No tiene desperdicio.

--¿Algo más, niña?

--Pues sí, ahora que preguntas, sí. El tema de la ropa. No es una cuestión de puritanismo, si no de estilismo. Cuando llega el verano, mire donde mire, sólo veo carnes saliéndose de sus ropas, prendas chillonas pegadas al cuerpo, y pies con juanetes al desnudo.

--Hija...

--¿Y lo de los mosquitos?

--¡Elbereth, cállate, por Dios!

--Pensé que querías que habláramos de algo intrascendente...

--De eso nada, guapita. ¡Ahora mismo, a discutir sobre la cuadratura del círculo!

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