Todo lo bien que se puede, estando mal

3 jun. 2007



--¿Cómo os fue el viaje?

El abuelo me miró y dejó que yo respondiera.

--Creo que bien, no estoy segura. No os hemos traído regalos, lo siento.

--¡Da igual! Ya no me cogen en el cajón de los “regalos de vacaciones de familiares/amigos”.

--¿Y porqué no los tiras?

--¡Qué borde eres, hermana! ¡La gente se preocupa en traerte algo de su vacaciones y tú vas y zás a la basura!

Me encogí de hombros. Ganas de discutir, las mínimas.

El abuelo miró a mi hermano con mala cara. Siempre le miró raro.

--Hijo, ¿qué fue de aquella mujer con la que te compraste un piso más grande?

Mi hermano levantó mucho las cejas. Por un momento, pensé que no sabía de quien hablábamos.

--“Aquella mujer” como tú la llamas, es mi novia. Y no nos hemos comprado ningún piso. Lo que os conté a los dos, es que ella me pedía más espacio.

Era inevitable. Sabíamos que estaba mal, pero la risa no es algo que se pueda contener. Al abuelo le lloraban los ojos y yo me sujetaba la tripa. ¡Joder cómo duele reírse!

--Pero, ¿todavía sigues con ella, Shlomo?

--Sí, ¿algún problema?

--No, hijo, no. Pero tu hermana y yo hemos llegado a una conclusión sobre vosotros dos durante estos días.

--¡Qué miedo dais! Adelante, como diría la mocosa esta, he sido entrenado para comer, vivir y dormir con las desdichas.

--Shlomo, creemos en realidad que lo que ella desea, es que os caséis y tengáis hijos.

La faz de Shlomo palideció hasta tal punto, que el abuelo y yo tuvimos otro ataque histérico de risa.

--¿Vamos a ver hijo, no ibas sufriendo por las esquinas ante el temor de que te abandonara?

--Sí, abuelo, pero esto no tiene nada que ver. No estoy preparado para casarme y mucho menos para ser padre.

--Nadie lo está, estúpido. Creo que habéis salido a la familia de tu abuela, lo digo por lo cortos que sois todos.

Shlomo y yo nos miramos, los ojos agrandados, algo así como “joder, cómo se pasa”.

--No sé, Shlomo, pero ya tienes edad como para plantearte algo así…

--Eso hijo, que si esperas mucho, a ella se le pasa el arroz.

Shlomo me miró de soslayo para ver mi reacción. Después esbozó una sonrisa tímida, de compasión y amor hacia mí. Iba a hablar pero le frené con la mano. No era necesario.

--Viejo, tu sinceridad es asquerosa.

--Niña, no me llames “viejo”, soy tu abuelo. Y perdona, no me di cuenta.

--No colecciono disculpas, ni perdones. Lo has dicho y ya está. Olvídalo.

Se produjo un silencio triste. Mi hermano me cogió de la mano, y la apretó con fuerza. El abuelo miraba al frente.

--¿Están seguros los médicos, Elbereth?

--Sí, o al menos eso creo. Tiene sentido. El pasado pasa factura. Demasiadas pastillas. Drogas legales de receta médica.

Bebí un buen trago de whisky. Nueva botella. Estaba comparando marcas. Este era un Glenkinchie.

--Habría sido una madre espantosa.

Shlomo y el abuelo se miraron. Ninguno quería decir la primera palabra. Pero el abuelo siempre fue valiente.

--Niña, no lo sabes. Quizá sí y quizá no. No te mientas. Puedes mentir al universo entero si lo necesitas, pero no a ti. La realidad es que no puedes tener hijos. ¿Y qué?

--Y nada, abuelo. Nada.

--Quizá yo tampoco pueda. Tengo que decírselo a ella. Puedo llegar a casa y decirle que es muy, muy posible que sea estéril.

La cabeza del abuelo y mía giraron tan rápidas para mirarse que casi chocamos. Y por aquello de la genética, exclamamos a la vez:

--¡Tendrás geta!

Shlomo no se ofende, nunca. Es un tipo curioso, mi hermano. Nos miró muy serio y preguntó:

--¿Creéis que no colaría?

--Hijo, si yo fuera ella ya te habría abandonado, hace tiempo.

--¿Y tú que piensas, Elbereth?

No me encontraba en mi mejor momento. Y dar consejos es aburrido y peligroso. El abuelo me miró como diciendo: “cuidado con lo que le dices a este tarado”.

--Pues… tengo una idea.

Al abuelo le entró pánico. Noté cómo se tensaban sus hombros. La calada que iba a dar a su pipa, quedo en suspenso.

--La vida es puro azar ¿No? Todo casual. Pues bien, folla con ella una vez sin preservativo, si se queda embarazada, te casas y eres padre. De lo contrario le dices que necesitas espacio.

Shlomo quedó muy serio mirándome. El abuelo se llevó la mano a la frente y movía frenético la cabeza de un lado a otro.

--¡Hijo mío, no la escuches, por favor!

--Tienes razón, Elbereth. Azar, destino. Me gusta. Te voy a hacer caso.

Yo sonreí apaciblemente, suspiré y bebí otro trago.

--¡Sois gilipollas!, los dos

--Abuelo, calla y bebe, por favor.

--¿Crees que sólo debo follar una vez sin medios o lo hago al menos dos o tres veces?

El abuelo me miró desesperado. Le ignoré visualmente.

--¿Cuál es tú numero de la suerte, Shlomo?

--¡El seis!

--Hala, pues ya tienes tú respuesta, hermano.

Shlomo se abalanzó sobre mí y me abrazó eufórico. Después se despidió del abuelo y se fue a toda prisa.

Pasamos unos minutos en silencio.

--¿Te has vuelto loca, Elbereth?

--¡Qué va abuelo, qué va! Cuando sea padre, estará ocupado y no dará tanto la lata.

--¿Y cómo sabes que va a dejar a su novia embarazada?

--Hace dos semanas, ella me dijo que estaba tomando un tratamiento de hormonas, y le pinchaba los preservativos.

--¡Qué mala bestia!

Asentí impertérrita.

--¿Estás bien, Elbereth?

--Por supuesto, todo lo bien que se puede, estando mal.

El abuelo concentró su mirada en los cordones de sus zapatos. Sabía cuando callar. Bendito don.

--¿Te gusta el nuevo whisky, abuelo?

--No está mal.

--No, nada está mal. Y algún día, empezará a estar bien, de nuevo. Es suficiente. ¿Verdad?

--No lo sé, Elbereth.

--Eres un aguafiestas, viejo.

--Puede. ¿Por qué le has dicho a Shlomo que no le habíamos traído ningún regalo?

--Me voy a quedar con la botella de whisky que le compramos.

--Ahhh… me parece sensato. ¿Está en tu casa?

Asentí.

--¿Quiere venir a cenar, abuelo?

Sonreímos y nos fuimos. Le tocó pagar.

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