Vanidad

27 jun. 2007



Estaba cansada --y por eso mismo-- ir al encuentro del abuelo, a pesar del calor y de la larga jornada era lo mejor que podía hacer.

Me esperaba en el portal. Sombrero panamá, camisa de manga larga recogida hasta los codos y su sempiterna pipa.

--Buena tarde, abuelo.

--Hola, querida, me gusta que seas puntual. Te he enseñado bien.

Sonreí y me ofreció su brazo para pasear.

--Estás muy pensativa. Dime, ¿qué es?

--Pensaba en lo destructiva que es la vanidad.

El viejo frunció el ceño.

--No creo que ese sea, precisamente, uno de tus defectos.

--¡Oh, abuelo, gracias! Pero todos somos vanidosos. Por algo les llaman los siete pecados capitales.

--Yo no soy vanidoso.

--Abuelo...

--¿Queeeé?

--Que soy yo, Elbereth...

--En fin, dejémoslo. ¿Y que te ha hecho pensar en eso, niña?

--¿Recuerdas cuando te dije que escribía en un blog?

El abuelo asintió con la cabeza.

--Pues bien, cuando entra alguien nuevo, me comenta y dice que le gusta...

--Te sientes orgullosa.

--¡Exacto!

--¿Y qué hay de malo en eso?

--Los halagos no son provechosos.

--Pero, coincidirás conmigo, reconocer el trabajo y el esfuerzo, supone una motivación.

--Sí, eso es cierto... cuando se trata de educar. Pero entre adultos...

--¡Cuánto te cuesta aceptar un cumplido!

--Sí, y eso que me paso la vida buscando la aprobación de los que me rodean.

--Y cuando la encuentras, no la crees. ¿Por qué?

Se hizo el silencio. Paré y me solté de su brazo.

--Creo que siempre hay que luchar por ser mejor. Porque no existe el "basta" en cuánto a hacer las cosas bien.

--El perfeccionismo es otra forma de vanidad, ¿sabías?

--¡Pero quién puñeta habla de ser perfecta, abuelo!

--¡De acuerdo, no te excites! ¿Entonces?

--Se trata de no bajar la guardia. Del esfuerzo constante. La vida puede ser amiga, hermana, madre, abuela, maestra, amante, pero hay que preservarla del deterioro "penetrante" y silencioso de la rutina. Los halagos pueden hacerme creer que no tengo que dar más.

--O lo que es peor para ti...

--Que no tengo nada más que dar.

--¿No será que cuando te dicen algo bueno, sientes la presión de tener que hacer algo todavía mejor? ¿De no fallar, de no decepcionar?

Callé de nuevo.

--Puede... no lo sé. ¡Estoy fatigada!

--¿Te apetece un helado, pequeña?

Sonreí.

--¡Claro, abuelo! ¿Por qué crees que a pesar de todo lo que me regañas y discutimos, siento que nunca te he decepcionado?

--Porque nunca lo has hecho, Elbereth.

Volví a cogerme de su brazo y echamos a andar. Por un segundo recosté mi frente en su hombro.

--Tú tampoco me has decepcionado, abuelo.

El viejo --muy serio--, removió mi pelo con su mano.





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