Decisión

6 jul. 2007




--Gracias por recibirme.

--No hay de qué. Toma asiento, por favor. Dime, ¿qué te preocupa?

--La mujer del otro día, en la terraza.

Se produce un cruce de miradas. Las dos mujeres se miden en silencio.

--¿Te refieres a la curiosa?

--Sí. No debería haber estado allí.

Las dos mujeres sentadas frente a frente, sin pestañear. Quince segundos, treinta, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta... Al final, la joven habla.

--Si vamos a eso, ninguno de nosotros tendría que haber estado allí. El abuelo y yo no pudimos resistirnos, y le hablamos. ¡No sabe quiénes somos! ¡No lo recuerda!

La mujer gira la cabeza y se queda mirando el horizonte a través de la ventana. Sabe que la chica se siente juzgada por ella. Es severa. Sí, y qué. Exhala un suspiro imperceptible, y vuelve a mirarla.

--Te equivocas con esa frase. No es que no recuerde o sepa quienes sois vosotros, no sabe quién es ella.

--Eso da igual. ¡No va a hacernos ningún daño, créeme!

--Deshazte de ella.

--¿O qué? ¿Lo harás tú?

La mujer mantiene la espalda muy recta, apoya los brazos y las manos a lo largo del sillón. No deja translucir el cansancio que siente.

--No te estoy amenazando. Es una promesa. Estáis caminando sobre una capa de hielo muy fina.

La chica baja la cabeza y niega.

--Me siento muy bien ahora.

La más vieja no se deja vencer. Permanece quieta, mientras por el rabillo del ojo ve como atardece. No hay prisa.

--No la ayudas así, niña.

--¿Porqué crees que apareció en la terraza?

--¿Tienes un cenicero?-- La joven se levanta, y a sus espaldas oye la voz:

--Yo la conduje hasta vosotros.

A cámara lenta la chica se gira para mirarla. Le alarga el cenicero y en voz baja, casi en un susurro, pregunta:

--¿Y para qué? Si fuiste tú la que la llevó hasta nosotros, es tu problema.

--Yo no tengo problemas. Sólo resuelvo situaciones.

A Elbereth le asalta la idea de que si hace cualquier movimiento brusco, la mujer la matará.

--No se merece eso. Ella no. No es justo.

--Pensé que no creías en la justicia...

--Divina no, quizá poética. No voy a hacerlo. Toma tu decisión.

La mujer se levanta parsimoniosamente, apaga el cigarrillo casi entero y, por un momento, se queda mirando el atardecer. Después, con ademán indolente se estira la ropa. Sin mirar a Elbereth se marcha. Con la mano, en el pomo de la puerta se gira.

--Te daré tiempo.

--¡Lárgate ya!

Apenas escucha la puerta al cerrarse. Siente que se ha ido, que está sola. Vuelve a sentarse, se da unos minutos antes de hacer nada. Tiene el cuerpo echado hacia delante, y la cabeza entre las manos. Al cabo de un tiempo, se levanta y coge el teléfono.

--¿Sí, digame?

--Abuelo, soy yo. Ha estado aquí--. Silencio

--¿Abuelo...?

--¿Qué le has dicho, Elbereth?

--Que no vamos a entregársela--. Al otro lado, se escucha un suspiro corto, controlado.

--¿Sabes que acabas de escribir nuestro final, verdad?

--No hay opción. No pensé vivir para siempre, abuelo.

--Ni para siempre, ni por mucho tiempo a partir de ahora...

--¿Qué vamos hacer, abuelo?

--Tú nada. Déjalo en mis manos.

--Lo siento, abuelo.

--Tranquila, antes o después tenía que ocurrir. Ya hablaremos.

--¿Cuánto tiempo estarás fuera?

--No lo sé, niña, no lo sé. Si no regreso...

--Abuelo, no.

--¡Escucha, joder! Si no vuelvo, mátala.

--¿A cual de las dos?

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