Dos jarrones

28 jul. 2007

Llovía. Una lluvia tan insignificante que decidió no coger el paraguas, pero terminó con los bajos del pantalón empapados y sucios. Iba con el cuello de la chaqueta levantado, pegado a la pared y dando saltos para evitar los charcos. Llegaba tarde. Divisó a la mujer allá a lo lejos, moviendo impaciente uno de sus zapatos de tacón. Sostenía una carpeta en la mano con el logo de la inmobiliaria, sobre su hombro colgaba un bolso caro pero sus pies calzaban unos zapatos baratos. Pensó que nada delata más a una persona que su reloj, sus zapatos, y en el caso de las mujeres, el bolso.

Levantó la mano para llamar su atención y que dejara de impacientarse. La mujer le vio e hizo un mohín con la boca. Por fin llegó hasta su lado.

--¡Llega usted tarde! Estoy trabajando, ¿sabe?

--Lo siento, se averió mi coche y he tenido que venir en metro.

La mujer le miró en silencio y asintió con la cabeza.

--Subamos, se me ha hecho tarde. Aquí tiene las llaves del portal, de la casa y del garaje. La casa ésta vacía. No han dejado ningún mueble, lo he comprobado por mí misma.

Salieron del ascensor y la mujer le dio las llaves. El hombre las cogió tímidamente, abrió la puerta con cierta emoción —su primer piso—, y una oleada de olor a canela le dio de lleno nada más entrar.

--¿Quién vivía aquí?

--Una pareja. No sé más. Por favor, compruebe que todo está a su gusto y después firme los papeles. Tengo que irme.

El hombre echó un vistazo rápido a la casa desnuda. Estaba incómodo por haber hecho esperar a la mujer, así que no miró en profundidad. Se despidieron con un apretón de manos y la mujer se fue hablando por el teléfono móvil.

Su primera casa. Un ático para él solo. Sonrío. Fue a la habitación principal y abrió la puerta del ropero. Descubrió dos jarrones en el suelo y una caja de cartón. No toco nada. Cogió el móvil y llamo inmediatamente a la agente inmobiliaria.

--¿Qué pasa, dígame?

¡Dios mío que forma de contestar a un teléfono!

--He encontrado unos jarrones y una caja en la casa. Los dueños se la han olvidado. ¿Vendrá usted a por ellos?

--No se preocupe, tírelos.

--¿Cómo voy a hacer algo así? Esas personas querrán sus pertenencias, dígame que tengo que hacer si usted no quiere recogerlas.

--Esas personas están muertas.

Silencio. El hombre abrió la boca para hablar pero no se le ocurrió nada. Al otro lado se oía a la mujer quejarse del tráfico.

--¿Y sus familiares?

--No hay familiares. Hágame caso y deshágase de esas cosas. Nadie las va a reclamar. Tengo que dejarle o me multarán.

Clic. Ni un “buen día” como despedida. Increíble.

El hombre se acercó de nuevo al ropero y miró muy atento los objetos. Decidió abrir la caja. Quizá encontrara algún detalle que revelara algo acerca de sus dueños. La caja estaba cubierta de polvo. La abrió con cuidado, y descubrió en su interior cartas, cartas, y más cartas. De las de antes, de esas con sellos y matasellos, de las de a puño y letra.

No recordaba haber escrito una carta en toda su vida, ni tan sólo una felicitación para Navidad. Algunas estaban cogidas con lazos y otras con gomas de oficina. En el fondo de la caja descubrió una foto en color de una pareja. Pero era un color antiguo, desde luego la cámara no era digital. ¿Cuántos años tendría la foto? Muchos, calculó.

No sabía muy bien que hacer. La dirección que aparecía en el destinatario era la de la casa, y el remitente era siempre el mismo nombre de hombre pero con diferentes direcciones. Había matasellos de muchos países: Francia, Alemania, Brasil, Turquía, Panamá, Kenia. ¿Qué hacer ahora? Volvió a mirar los dos jarrones. No eran su estilo, la verdad, pero quizá les encontrara alguna utilidad. Cogió uno de ellos y descubrió que pesaba mucho. El jarrón se resbaló de entre sus manos y la parte de arriba –parecida a la tapa de un azucarero— se cayó al suelo.

Se quedó sin aliento. Se sentó de golpe en el suelo con el jarrón en la mano. Aquello no era un jodido jarrón. Aquello era una urna funeraria y el polvo que manchaba sus manos eran las cenizas de un difunto.

--¡Válgame el cielo! ¿Qué hace esto aquí? ¿Y qué hago yo ahora?

Tuvo ganas de encender un cigarrillo, pero no. Lo había dejado, no iba a estropearlo ahora por algo así. De pronto vio un papel sujeto con celofán detrás de la otra urna. Ni se había dado cuenta hasta ahora. Recogió la tapa del suelo y la colocó en su lugar. Despegó el papel del otro “jarroncito”. No pudo evitar un sonrisilla al pensar lo idiota que había sido al confundirlos.

Ultimas Voluntades.

Rogamos a la persona que encuentre nuestras cenizas, tenga a bien mezclarlas y lanzarlas sobre el monte más hermoso que encuentre. No nos queda ningún familiar ni amigo al que pedírselo. No queremos terminar en un vertedero. Gracias.

--¡Já! ¡Esto es la ostia! No me lo puedo creer. ¡Imposible!—. De pronto se dio cuenta que estaba hablando en voz alta. Echó la cabeza hacia atrás y comenzó a darse golpes en la frente con la mano.

--¡Esto sólo me podía ocurrir a mí! ¡A mí! ¡Que soy el más desgraciado de los idiotas que haya conocido! ¿Y ahora qué hago?

Miró de refilón la caja. Le echó un vistazo más a fondo y se decidió por un paquete de cartas con el membrete de Checoslovaquia.

Praga, abril de 1979

Querida mía,

Te escribo desde el café Kafka. Hace mucho frío aquí pero es sacar la pluma y comenzar a escribirte y todo cambia.

Quizás parezca una tontería, pero contigo descubro todos los días pequeñas cosas. Cosas que me hacen sentir bien recordando quién me las descubrió.

Si analizo lo que siento por ti, si intento medirlo y compararlo, descubro que no amé a nadie hasta que llegaste tú. Lo que intento decir, es que si mis sentimientos hacia ti se llaman AMOR, entonces todo lo anterior no puede llamarse de la misma forma porque no tiene nada que ver.

Sé que nadie es capaz de hacerme sentir así ni de provocar todas las pasiones y afectos que tú, con un simple gesto, logras. Contigo todo está en su lugar. Puedo hablar en serio y bromear. Contigo me siento capaz de “cualquier cosa” y cualquier cosa es todo aquello que logre hacerte feliz.

Soy desconfiado por naturaleza. Tú sabes que no sólo necesito ver las llagas y meter los dedos en ellas, también necesito comparar si realmente fueron producidas por lanzas o por simples espadas. Necesitaría determinar los materiales y el herrero que las forjó.

Contigo no ocurre esto. En ti confío tanto que no sé si llamarlo confianza o llamarlo fe.

Creo en ti. Tú eres en lo único que creo.

Ni siquiera necesito cerrar los ojos para verte. Te veo, simplemente. Estás vestida, ahora con tal ropa, ahora con tal otra. Estás desnuda, puedo oler y sentir tu piel. Ahora estás de pie, ahora tumbada…ahora encima de mí, ahora debajo.

Déjame escribir contigo las líneas de tu vida así como tú escribes los de la mía. Porque sin ti, querida mía, yo sólo sería una hoja en blanco.

Tuyo siempre…

El hombre termina de leer la carta y se da cuenta que está llorando. ¡Joder con el tío ese! Le ha dejado mal cuerpo con tanto amor. Mete la carta en su sobre y coge esta vez una con letra de mujer.

Metropolí, abril de 1979

Querido mío,

Estoy sentada con tú última carta en la mano, mirando a través de una ventana cuyos cristales parecen cemento.

Mis ojos llevan meses sin mirarte. Mis manos se mueven desacompasadas, sin armonía, torpes hasta para fregar un vaso. Mis manos se sienten huérfanas por no poder rozar tu mejilla, o enlazarse con las tuyas.

Mis labios permanecen mudos, con un mohín constante de tristeza, secos y agrietados. Les falta tu saliva para ungirlos de nuevo. He escuchado tu voz pero no ha sido suficiente.

Cuando estoy en nuestra cama, sola, me asaltan todo tipo de pensamientos. Me angustia que pudiera pasarte algo malo tan lejos de mí. El miedo me enreda en balde.

Dime, ¿cómo puedo conciliar el sueño si no he sido capaz de comer, reír, hablar, o andar de forma normal sin ti a mi lado? Voy de puntillas sobre la cuerda floja del día a día. Tu ausencia es como alambre clavado en la planta de mis pies.

Vuelve pronto.

Tuya siempre…

El hombre termina de leer y suspira. ¡Menuda mierda! ¿Y ahora con qué cara llega y tira las cenizas de esos dos por la taza del water? ¿Y que decía la carta de últimas voluntades? Algo de un monte. Bueno, en realidad no le costaría tanto. Puede llamar a su novia y pedirle que le lleve en coche a algún monte cerca de la ciudad y solucionado.

Es tarde, tiene que volver al trabajo. Durante el día no se puede quitar de la cabeza las palabras de esos dos. Llama a su novia varias veces, más de las acostumbradas.

--¿Estás bien?

--Sí, claro. Sólo quería hablar contigo un rato.

--Ah. Como nunca me llamas a estas horas…

--Lo sé. ¿De verdad, que no te importa llevarme esta noche a ese monte?

--Claro que no. Tranquilo. Creo que haces muy bien. Luego hablamos, ahora tengo que dejarte. Un beso.

--Otro…

Clic. Odia cuando ella no le da tiempo a quitar la oreja del teléfono y escucha ese sonido tan frío cortando la comunicación.

La tarde corre tan lenta como el caballo de un fotógrafo. Por fin es la hora de marcharse. Baja y encuentra a su novia esperándole.

Cuando sube al coche coge su cara con las manos y la besa con fuerza. Ella se sorprende pero le sonríe.

--¿Todo bien?

--¡Claro!

--Claro… Hay que ir a la casa para recoger sus cenizas y la caja ¿verdad?

--Las urnas sí, la caja he decidido quedármela.

--Ajá. Me parece bien, así podré leerlas yo también. ¿O te parece mal?

--Noooo. ¿Crees que les parecería mal a ellos?

--No lo sé. No creo. Abróchate el cinturón.

Cuando llegan al monte es casi de noche. Apenas quedan restos del atardecer. Es un día de diario, así que el mirador está vacío. Cada uno de ellos lleva una urna en la mano.

--En la carta ponía que se mezclaran primero.

--Pues hagámoslo.

Después ambos lanzan a la noche sin estrellas un poco de polvo. Nada más. Se quedan un rato allí sin hablar. En un momento dado, ella le coge del brazo y apoya su cabeza sobre él.

--¿Triste?

--¿Yo te hago sentir así?

--¿Lo dudas? ¿Y yo a ti?

Se vuelve y la coge entre sus brazos, la aprieta fuerte contra él.

--¿Quieres venirte a vivir conmigo?

--¿Cuándo?

--Mañana mismo.

Vídeo: Love Letter

Canción: Sinead O'CONNOR- A Perfect Indian

6 comentarios:

Deikakushu dijo...

Clap, clap, clap. Muy bueno. Una idea original y sencilla, bien escrito y te hace reflexionar sobre lo mas importante de la vida, su fugacidad. La importancia de disfrutar del amor intensamente. Ahora.
Gracias por este texto tan inspirador.
P.D.: yo siempre espero a que la otra persona cuelgue antes.
Besos
30/07/07 10:20

Susana dijo...

Las cartas me han sobrecogido, qué hermosas, son mucho más que palabras lo que se dicen entre ellos, y el final me ha encantado, algo se le quedó dentro y ya nunca saldrá de él.
30/07/07 11:34

Elbereth dijo...

Deikakushu ¡Gracias! Ese era el mensaje. Me alegro de que te haya gustado. No prentendía nada más.

P.D Es horrible ese clic...¿verdad? Lo asocio cuando las personas están enfadadas o cansadas de hablar. :-)

Beso fuerte.
30/07/07 12:06

Elbereth dijo...

Mi Susana Y es que hoy no puedo dejar de llamarte mi Susana. Estoy contigo--normalmente coincido en todo lo que resaltas de lo que escribo-- en lo de las cartas. Son lo mejor del texto. ¿Por qué? Son reales.

Beso.
30/07/07 12:08

Valkiria dijo...

Ohhh! Que bueno, elbereth, que pureza, cuanto amor...

Es tan importante vivir con toda la fuerza de todas las sensaciones de la vida...
Que importante es querer, demostrar que se quiere, que inmenso es sentirse querido, llenarse de la otra persona. La vida es demasiado corta para perderla en menudeces, verdad?

Me has hecho reflexionar. Gracias y mil besos.
30/07/07 12:09

Elbereth dijo...

Valkiria Creo que en eso consiste "vivir bien". En deshacerse de lo superfluo--física y espiritualmente-- y sostener sólo entre las manos aquello que ocupa pero no llena.

¡Cosas mías! Me alegro de que te haya gustado. Un beso.
30/07/07 19:18