Pisando las uvas

1 jul. 2007















Llegamos a la vez el abuelo y yo. Ni nos saludamos, hubo un ademán de cogerme del brazo, pero quedó en un amago cerca del codo.

Saludamos, dimos besos, estrechamos manos, abrazos serios.

Entramos al fondo y nos quedamos los dos un rato mirándola.

--¡Parece una jodida pecera!

--Tranquila, puedo sentir tu rabia desde aquí. Eso no cambiará las cosas.

--¿Salimos, abuelo?

El viejo asintió. Discretamente fuimos sorteando los grupos de familiares; salimos al exterior. El abuelo sacó su pipa.

--Caminemos un rato.

--¿No te parece asqueroso que haga este día lleno de luz, que el mundo siga girando como si nada?

--¿Cómo lo hizo, lo sabes?

--Se cortó las venas, abuelo.

--¿Lo había intentado antes, verdad?

Asentí con la cabeza, mientras me apoyaba en un saliente para descansar. Nos confundimos con gente que no conocíamos de nada. Pero en esos momentos, nadie pregunta.

--¿Tenía problemas?

--Tenía trabajo y estaba bien de salud si te refieres a eso.

--¿Tenía pareja?

--Estaba sola.

Los dos nos miramos la punta de los zapatos. El mío se vio salpicado por una única gota salada.

--Siempre me han parecido unos egoístas y unos cobardes lo que se suicidan.

Y entonces, estallé.

--¡Y qué coño sabrás tú de eso! ¿Por qué piensa todo el mundo que puede juzgar a los demás según su corazón? A las personas se las comprende y se las ama desde dentro. Mojándote y ensuciándote con sus miserias o grandezas. No desde fuera.

--No pretendía decir…

--Ya, ya sé, nadie pretende decir nada, pero todo el mundo se llena la boca con palabras que te escupen a la cara. Todo el mundo parece tener una idea clara de cómo tienes que ser, cómo tienes que comportarte, qué decir. Y si no lo haces, no piensan que hayan fallado ellos, no señor: el fallo siempre es de uno.

--Hay gente que la quiere y que está sufriendo ahora, Elbereth…

--¿Y quién huevos dice que la quieren? ¿Ellos mismos? ¡Oh, eso seguro que suponía un gran alivio y apoyo para la muerta! ¡Ya lo creo! Basta con que los demás te digan que te quieren, para que tú tengas que subirte por los tejados y bailar. Y si no sabes apreciarlo, eres una jodida egoísta que no entiende nada. ¡Ya!

El abuelo cogió aire y calló. Ni tan siquiera me miraba a la cara. Ahora mis zapatos tenían más gotas de agua salada, repartidas por todos los sitios.

--La gente sólo pretende vivir a gusto con su puta conciencia, abuelo. Les importa una mierda en realidad los otros. Sólo buscan sentimientos que se ajusten a sus moldes. Nada más. Siempre es más fácil culpar que actuar.

--No te entiendo…

--¡Claro que me entiendes, puñetas! ¿Cuántos de ellos la ignoraron cuando les habló de cómo se sentía? ¿Cuántos le dieron una palmadita en la espalda, un consejo bienintencionado? ¿Cuántos --ahora mismo--, están juzgándola por lo que ha hecho, sin pararse a pensar en lo que ellos no hicieron, o no dijeron?

--¿Y qué querías que hicieran?...

--Pisar con ella las uvas.

--¿Qué?

--Descalzarse, recogerse el pantalón o la falda, y meterse con ella en el barril de su puta Vida, para pisar las uvas con ella. Ensuciarse por ella. Sacar juntos el jugo para poder beberlo después.

--No era una persona fácil, Elbereth…

--Bien, entonces que se lo hubieran dicho a la cara. Que la hubieran dado la espalda sin tapujos y dejado sola. En paz.

Me limpié la cara con la manga de la camisa.

El viejo se levantó y camino arriba y abajo.

--La mayor desgracia que pudo pasarle, fue estar rodeada de parásitos. Si la hubieran dejado sola, tranquila, antes o después habría encontrado su camino. Estoy segura.

--¿Y qué se lo impidió?

--Todos ellos, con sus promesas de amistad y amor. Con sus intentos con fecha de caducidad de ayudarla.

--No sé, Elbereth, no sé. No me gusta hablar mal de los muertos.

--No te entiendo…

--No sé puede depender del afecto de los demás para vivir. Si lo tienes, bendito sea, pero si no… también. Yo creo en la soledad del ser humano como estado perfecto.

--Y yo en los putos Reyes Magos… Te pasa como a todos, se te caen las mentiras de la boca.

El viejo me miró dolido.

--Si piensas eso, deberías haber hecho la maleta. Te deberías haber marchado de casa y dejado sola a la abuela, abuelo.

Más silencio. Ahora ya no había gotas cayendo. Ahora era la rabia la que se escurría desde mi estomago sobre mis zapatos.

--Creo que no me he explicado bien, abuelo. Ella sólo escuchaba reproches, le hicieron creer que era la causante de su situación. Sólo ella. Y eso no es verdad.

--Porque no hay culpables o inocentes. No hay blanco ni negro. Ni buenos, ni malos.

--Exacto…Al final descubres que sólo hay dos tipos de persona en tu vida: los que se mojan por ti y los que no.

--Tuvo mala suerte, la negra casualidad.

--No sé lo que tuvo, pero sí sé lo que no tuvo.

--Personas con las que pisar las uvas.

--Personas con las que empaparse de la cosecha de su vida.

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