¿Quién eres...?

8 jul. 2007




--¿Qué haces aquí, Elbereth?

--¿Pensaste que te iba a dejar ir sólo?

El anciano niega con la cabeza, la mano en el pomo de la puerta, impidiéndole pasar.

--Piénsatelo bien.

--No hay nada que pensar, déjame entrar, abuelo.

El anciano se retira y, derrotado, hace un ademán con la mano invitándola a pasar. Elbereth camina hasta el salón, lleva en su mano un bolso de viaje. De pronto, se detiene bruscamente. Una figura se recorta contra la ventana, de espaldas a ella. Se gira rápidamente para mirar al anciano. Este la mira muy serio y le quita de las manos el bolso, después la deja a solas con el intruso.

--¿Quién eres?

El hombre por unos segundos no tiene reacción ninguna, sigue mirando a través de la ventana. Cuando ella cree que es un espejismo, él se vuelve y la sonríe.

--¿No te acuerdas de mí, Elbereth?

Ella niega con la cabeza. En verdad no lo conoce, pero su corazón ha empezado a latir demasiado deprisa, y los ojos de él… ¡resultan tan familiares…!

El no hace ningún intento de acercase, al contrario, camina hasta el sillón y se sienta.

--Tenemos que hablar. El viejo me llamó porque pensó que yo sería el único que podría disuadirte de acompañarle.

Elbereth se mueve despacio, la cabeza le da vueltas, se siente mareada. Se sienta frente al hombre, ahora puede apreciar mejor sus rasgos. Sigue sin saber quién es…

--Es hora de regresar. Tú abuelo tiene que partir y resolver ciertos asuntos complejos, por llamarlos de alguna manera. Y tú, tendrías que volver a casa.

--¿A qué casa te refieres? ¿Contigo? No sé quien eres.

--Sí lo sabes, pero no me recuerdas. Todavía.

--Este es mi hogar. Seas quien seas, te equivocas.

--Pensé que el hogar eran aquellas personas y espacios, que te hacían sentir bien contigo misma. Libre y Sujeta a la vez. ¿Te sientes así, ahora?

Elbereth calla. Busca con la mirada a su abuelo, pero ni tan siquiera escucha por las habitaciones ningún movimiento.

--¿No me contestas?

--No sé que responderte. No te conozco.

--Sé que no me recuerdas. Pero, ¿sientes algo?

--Si me quedo muy quieta y cierro los ojos…

--Hazlo…y dime.

Elbereth cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás. En ese momento aparece el abuelo. El hombre se lleva un dedo a los labios y le pide con la mano que no avance. El anciano obedece.

--Es como intentar atrapar un pez con las manos. Sé que formas parte de mí, pero no lo entiendo. Tampoco sé si me gusta. No quiero dejar al abuelo sólo, no quiero marcharme de aquí.

El hombre se levanta y se arrodilla su lado. Le coge una de sus pequeñas manos y la aprieta contra sí. Ella sigue con los ojos cerrados, no puede ver su sonrisa.

--No te estoy pidiendo que te separes para siempre de tu abuelo. Ni que no vuelvas a esta casa. Sólo te ruego que confíes en mí, ahora, y me sigas.

--Lo había olvidado todo. Creí que estabas muerto.

Y Elbereth abre los ojos y con su mano acaricia la mejilla del hombre.

--Te dije que regresaría a por ti.

--No te creí.

--Lo sé. No podemos perder más tiempo. Despídete.

Elbereth se vuelve hacia el abuelo, caminan muy despacio el uno hacia el otro. Se abrazan.

--¿Estarás bien, niña?

--¿Y tú, viejo?

--¿Has visto que alguna vez haya estado mal?

Y Elbereth entre lágrimas, se echa a reír.

--Volveré, abuelo.

--Por supuesto, niña. ¿Quieres llevarte una botella de whisky?

--En realidad yo nunca bebí mucho whisky, abuelo. Sólo daba unos tragos a su vaso.

Y Elbereth mira al hombre que está en el quicio de la puerta, esperándola, con su bolso de viaje en la mano.

--Cuídala, chico.

--Nos cuidaremos el uno al otro, no se preocupe. Una vez que ella esté segura, volveré a por usted.

--Sabré apañármelas mientras tanto.

El viejo les ve partir. Después se sienta en el sillón de orejas con su whisky en la mano.

--Hasta pronto, pequeña.

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