Sizigia

16 jul. 2007


La brisa es caliente, espesa, pegajosa. A intervalos suaves mece las cortinas blancas. Ella está de pie en medio del salón, apenas una sombra entre los oscuros muebles de madera. El pulso de su corazón retumbando contra su pecho. La puerta de la entrada chirría, el suelo cruje con cada paso.

Se miran, frente a frente. Se aproximan, muy despacio, hasta quedar bajo las amplias aspas del ventilador.

Elbereth le alarga un vaso de whisky. Ella tiene otro en su mano. La bolsa de viaje cae al suelo.

--Elbereth…

--Abuelo…

Y el sonido limpio de dos carcajadas levanta de golpe el polvo de la cómoda.

--¿Me has echado de menos, abuelo?

--No mucho, no vayas a creer. Lo justo hija, lo justo.

--Caray, pues yo sí que te he echado de menos. Eres un viejo duro de pelar. En fin… siéntate. ¿Te ha contado Leto que ellas están en la casa?

--Sí, y que fue idea tuya el invitarlas. Absurda dónde las halla, por cierto. Y no es por criticar, que conste.

--¿Criticarme tú? No, no, por supuesto que no. ¿Cómo se me iba a pasar por la cabeza tal cosa? A estas alturas tendrías que saber que no huyo ni me escondo. Sólo aguardo.

--Sí, lo sé, te sientas ante tu puerta para ver el cadáver de tú enemigo pasar. Miedo me das, cada vez que te echas para atrás es sólo para coger carrerilla.

--Sí, aunque sea para caer encima de mi wakizashi. No tengo intención de evitar mi seppuku.

--¿Cómo está la “loba”, Elbereth?

-- ¡Bendito nombre, abuelo, qué lenguaje más soez! ¿Te refieres a Gaius Mohiam?--. Elbereth sonrió. Difícil de decir. A pesar de todo su control, se la ve cansada. Ella es la que soporta la peor parte. Ni tan siquiera recibe el reconocimiento de nosotras dos.

--Bueno, es que tú eres un poco perra, porque la mujer se ha esforzado lo suyo, eso tengo que reconocérselo. Y la otra, la curiosa, bueno la otra es medio tonta, ¿no?

--¡Joder abuelo, te recordaba menos cáustico! La distancia es el olvido, no hay duda. Y sí, Gaius nos ha salvado el pellejo numerosas veces. Tiró del carro cuando despertamos casi amnésicas en aquel hospital, cuando montamos en el avión de vuelta a casa con la autoestima desgajada, cuando la familia nos dio la espalda. No he sido justa, abuelo. Yo no hubiera llegado hasta aquí sin ella.

--Lo sé. Pero es inaguantable. A cada uno lo suyo. Por saludable que sea la avena no hay quien la trague, ¿no te parece?

--En fin, comparar a una persona con un cereal, no sé, muy profundo no es. Prosaico, más bien. ¿Estás teniendo de nuevo problemas intestinales, abuelo?

--¿Lo dices por el símil con la avena?

--Sí, eso es….uhm. Dejémoslo estar, será lo mejor. Necesito que nos centremos. Gaius no puede aguantar mucho más. Por eso nos condujo hasta la mujer curiosa. Necesitamos Sizigia.

Allí sentados, bajo de las aspas del ventilador, Elbereth no puede afirmar si está despierta o soñando. Su cabeza dando vueltas más aprisa que el ventilador.

--¿Recuerdas cuando os fragmentasteis, pequeña?

--No. Dudo de que existiera un momento exacto. Al principio no era consciente. Se producía una situación que no podía manejar y me apartaba mentalmente, dejándole el camino libre a una u otra.

--¿Cómo si te pusieras una careta, como si actuaras?

-- Quizá a ojos de los demás, pero era mucho más sutil. Yo no decía: ¡adelante, ahora te toca a ti, Gaius! No, lo terrible es que la suplantación se producía sin mi consentimiento pero con mi beneplácito. ¿Me entiendes?

--Había una situación que te superaba, y una parte de ti tomaba las riendas hasta que la situación se solucionaba, ¿es así?

--Sí. Después aparecieron los desencuentros…

Se oyen unos tacones firmes sobre el suelo de parqué. Gaius Mohiam camina hacia ellos con un whisky en la mano.

--Vais a tener que disculparme, pero como nadie me lo ha ofrecido, me he servido yo misma.

Elbereth le sonríe y, con un leve ademán, la invita a sentarse con ellos. El abuelo la mira, despacio. A primera vista no se parecen en nada, pero si uno se fija bien, son como dos gotas de agua.

--¡Querida cuánto tiempo sin verte, estás espléndida!

Gaius mira al viejo con una ceja levantada, después gira su cabeza hacia Elbereth en un gesto que demuestra que no va a permitir sarcasmos por parte de nadie.

--Estás hablando conmigo anciano. No me hace falta escuchar detrás de las puertas para saber que algo desagradable de mí has dicho. ¡Te conozco! Y muy a mi pesar, créeme.

--Calma, paz entre las bestias de mala voluntad.

Ahora son Gaius y el abuelo quienes se giran a la vez y miran a Elbereth. Esta encoge los hombros.

--Soy muy pobre, nada me ofende. Es lo que tiene la miseria espiritual, no te pueden quitar lo que no tienes. Adelante, Gaius, explícale al abuelo que nos pasó.

--El problema, viejo, vino cuando Elbereth se debilitó tanto que tuvo que dejarme al mando más tiempo del preciso.

--Sí, abuelo, fue culpa mía. Era incapaz de enfrentarme a esa selva de plantas carnívoras. Dejé que Gaius Mohiam lo hiciera por mí.

--Y te fuiste olvidando de quién eras--. Gaius mira a Elbereth, y entre ellas se cruza una sonrisa de aceptación ante el mal ya hecho.

--Y tanto me olvidé que tuvo que aparecer Tel Moriah para tender un puente entre nosotras.

Gaius asiente y bebe un trago largo. Su mirada se cruza con la del abuelo, no hay enojo, sólo una frágil tregua.

--¡Pobre Moriah! Ella Hesed, Gaius Guevurá, y yo Daat. No puede haber más aplazamientos para la Sizigia, Gaius Mohiam.

--Tenemos que hablar con Tel Moriah. No sé si comprende lo que está ocurriendo.

--¡Hombre un poco corta sí que es! No es por menospreciarla, niñas. Sé que su corazón es limpio.

--Muy bien abuelo, bravo, ahí has estado de lo más acertado. Moriah hace rato que lleva escuchándonos sentada en la escalera, ¿verdad, pequeña?

Moriah ladea la cabeza, tiene las manos debajo de la barbilla, apoyados los codos en las rodillas. Ha escuchado toda la conversación.

--Sí, llevo un rato aquí. ¿Usted es siempre así, o está haciendo algún esfuerzo en mi honor? Porque si es por mí, en serio, puede mostrarse como siempre.

Gaius y Elbereth ríen a la vez. Elbereth tiene que sujetarse las tripas del dolor. Curioso que tanta risa duela.

--Está bien eso de ser tres contra uno, para variar. ¡Me gusta, abuelo!

--¡Necias! ¿Qué haríais sin mi réplica?

--En eso tiene razón el viejo, Elbereth.

Moriah las mira muy seria, no ha participado de sus risas. Tan sólo ha dejado que un esbozo de sonrisa asome a sus labios. Decide hablar.

--Nunca os he comprendido. Tú, Gaius, rebosas poder, dominio, vitalidad, pero también ira y rencor. ¿Y que me dices de ti Elbereth? Posees clarividencia, inteligencia e inspiración, pero eres incapaz de separarte de la decepción y la apatía.

--Somos dos cobardes.

--Sí, lo sois, no cabe duda. Y a mí me toca “sentir” por las dos. La humanidad que ninguna os permitís me obligáis a sentirla. Compasión, fe, confianza, amor, ilusión, esperanza. Todo aquello que puede heriros me lo atribuís. ¿Y ahora pensáis que porque una esté agotada y la otra tenga problemas de conciencia, yo tengo que someterme a la alineación?

--Se os ha rebelado la “curiosa”. ¡Já! ¡Líbreme Dios de las aguas serenas que ya me libraré yo de las turbias!

--¡Cállate, abuelo!--. Exclaman Gaius y Elbereth a la vez.

--Dejadle, lleva razón. Como siempre, imagino.

Moriah se levanta, agotada, como si hubiera recorrido millas para llegar hasta allí. Sale al porche. Elbereth hace ademán de seguirla, pero el abuelo se lo impide.

--Es cosa mía. Para eso me has traído, ¿no?

La tarde estival se ha convertido de súbito en noche cerrada. Moriah se ha sentado en los escalones del porche. Tiene un escalofrío, se sujeta los brazos con sus pequeñas manos. No está segura de dónde está. Quizá tumbada en su cama, soñando.

El abuelo sale y se sienta en la mecedora. Enciende su pipa. Por unos minutos, ninguno habla.

--¿Puedo llamarte abuelo, como ellas?

--Pensé que no había dudas sobre eso, pequeña.

Moriah se encoge de hombros y suspira.

--¿Sabes qué es lo peor, abuelo? Lo estúpida que siempre me he sentido. Y todo por confiar en las personas. Decepción tras decepción, de nada han servido, parece que hubiera nacido incapaz de aprender. Soy como un perro, da igual cuánto le azoten con el palo, siempre vuelve moviendo el rabo. No me gusta el papel que me asignaron.

--Pues a mi me gustas mucho más que esa estirada de Gaius Mohiam. ¡Al menos no parece que te hayan metido un palo por el culo!

Ahora sí, Tel Moriah se permite una risa limpia y sonora.

--Tienen su orgullo. Yo me he pasado todos estos años dando aquello que ni tan siquiera tengo. ¿Entiendes? ¡Aquello que ni tan siquiera tengo! Y yo, Hesed, he empezado a sentir la abrumadora severidad de Guevurá; la afilada frialdad de Daat. Yo he empezado a maldecir por ser honesta, por hacer las cosas bien, por ser tiernamente generosa. ¿No es una locura?

--Moriah, este mundo es feo, jodida y podridamente feo. Y tú no eres así. Sin duda. ¿De verdad crees que tienes algo que envidiarlas?

--Tengo miedo de convertirme en una egoísta, mezquina, hipócrita, deshonesta, sucia.

--Niña, tú eres una pánfila. No te lo tomes a mal, me gustas, pero eres un rato cándida. ¿No te das cuenta que de ser así, no tendrías ese miedo?

--Puede, no sé. Me paso la vida dudando. Elbereth y Gaius no paran de decir que lo que tengo que hacer es alejarme de las personas. Que sólo me acerque cuando ellas hayan dado el visto bueno.

El abuelo suspira, es como estar con una niña pequeña.

--Bueno, esas dos perras sabe lo que se hacen, no es un mal consejo.

--Sí, son asquerosamente perfectas.

--No, hija, son asquerosas, y son mis nietas, como tú y las quiero. La perfección no las roza ni de lejos. ¡Y además no necesitan serlo! Escúchame, Moriah, tenéis que alinearos. Sizigia.

Elbereth y Gaius salen al porche. Elbereth se queda apoyada en el quicio de la puerta, mientras Gaius se recuesta en la barandilla.

--Es plenilunio, Moriah. Es el momento. Seamos una.

--No me fío. ¿Qué pasara conmigo, abuelo?

--¡La desconfianza la habéis sacado de mi, seguro! Moriah, sois ramas del Árbol de la Vida. Conciliación es vuestro Destino.

Gaius cruza una mirada imperceptible con Elbereth, y es la primera que echa a andar. Moriah duda, no quiere seguirla.

--¿Tanto tienes que perder si vienes con nosotras? Además, es lo que tiene la vida: antes o después te termina matando.

Moriah hace un mohín con la boca.

--No creas que me has convencido. Lo hago por el viejo cascarrabias.

--Buena elección, el abuelo nunca nos falla. Ahora os sigo.

El abuelo y Elbereth se quedan solos.

--¿El abuelo nunca nos falla? Podrías vender hielo a los esquimales, hija. ¡Suerte que esta pobre es una ingenua! Bien, parece que lo has conseguido.

--Sí, otra vez. ¿Cuántas conjunciones llevamos ya, abuelo? ¡He perdido la cuenta, bendito nombre! Y lo más sorprendente es que ninguna de ellas parece recordarnos.

--Pues no, y yo lo agradezco, hija, porque mi repertorio de bromitas está ya muy trillado.

El abuelo y Elbereth se echan a reír, chocan sus vasos y beben a la par.

--Nos vemos en casa, viejo.

--Así sea, Elbereth.

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