Todos los días

3 jul. 2007


Ella hablaba y gesticulaba con las manos. El viejo miraba al frente la mayoría de las veces.

Nos separaban dos o tres mesas. Desde donde yo estaba me llegaban ecos de su conversación.

--El mundo está loco, niña.

--El mundo siempre ha sido el mismo, abuelo. Ya sabes que en cada generación, se dice aquello de “en mis tiempos esto no ocurría”. El ser humano siempre ha estado en guerra: Guerra del Peloponeso, Atenas contra Esparta, Guerra de los Cien años, Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial, Guerra de la Triple Alianza, Revolución francesa, rusa, china, cubana, Guerra del Vietnam, invasiones…

--¿Te crees que no he estudiado historia, niña? Pero ahora las cosas son diferentes.

--No. La diferencia estriba en que ahora tenemos acceso a la información, y antes o no había, o llegaba mucho más tarde.

El viejo la miró fijamente. Puede que ella no se diera cuenta, pero para él era importante lo que la mujer opinara. Ladeé mi cabeza para verla mejor. Curioso, me recordaba a alguien, pero no sabría decir a quién.

--Todos los días mueren… ¿cuántas personas, abuelo? ¿Entre muertes naturales, accidentales y provocadas? Recuerdo una noticia del año 2003: en África morían tres mil niños al día de malaria. ¿Cuántos crees que morirán ahora de Sida?

--No sé adónde quieres ir a parar…

--Espera, escucha, necesitamos abrir las orejas…

De pronto ella se giró. Se quedó mirándome: a los ojos, fijamente, y sonrió. Después me señaló con el dedo y se llevó la mano a la oreja. Parecía querer decir “escucha tú también”. Me sentí incómoda, violenta. Pero tan rápido como se había girado, volvió a darse la vuelta. El viejo pareció no percatarse, lo que me pareció más extraño aún.

--¿Y animales?, ¿cuántos pueden morir al día? ¿Y plantas? ¿Y estrellas?

--¡Qué absurdo, Elbereth!

¡Ajá, con que ese era su nombre!

--Creo que no. ¡El ser humano se considera tan importante! Craso error. Cree que todo lo que acontece en su tiempo, en su espacio, debe trascender. Nada más erróneo.

--¡Y qué quieres! ¡Somos –soy–­ así! ¡No querrás que permanezca impasible ante el horror!

--¿Y, qué es lo que haces, además de horrorizarte, abuelo?

Yo estaba siguiendo la conversación plenamente, así que cuando el viejo se giró y me dirigió un gesto como “qué hago con ella”, lo único que se me ocurrió fue sonreír y encogerme de hombros. ¡Qué vergüenza! El corazón empezó a latirme apresuradamente.

--Pues denunciar, patalear, indignarme… ¡Qué sé yo, niña!

--Práctico, muy práctico, si señor.

--Hija, desde que has alcanzado el “nirvana” no te soporto.

--Vaya, abuelo, pensé que no lo habías hecho nunca. Déjate de bobadas y escucha. Creo que hay algo que podemos hacer, y que poco a poco, con el paso del tiempo, cambiaría las cosas.

Ahora el viejo la miró escéptico y burlón. Se apoltronó aún más en su silla, y con un gesto de la mano la invitó a seguir. ¡Me fascinaban!

--¿Quién dispara el fúsil?, ¿quién se sube a un avión y tira las bombas?, ¿quién hace de carcelero?, ¿quién acusa y juzga sin pruebas?, ¿quién se inmola?, ¿quién viola a mujeres y niñas?, ¿quién roba?, ¿quién mata? Yo, tú, nosotros.

--¿Me estás queriendo decir que podemos cambiar el mundo?

--Estoy queriendo decir que nosotros hacemos el mundo. Día a día, minuto a minuto. Tanto si nos gusta como si no. Somos responsables, no meros espectadores. Quizá queramos aliviar nuestra conciencia de esa carga, pero el resultado de ignorar nuestro “poder” es devastador.

Silencio. El viejo se lleva la pipa a la boca, y da una profunda y larga calada. Tiene las piernas cruzadas, y balancea despacio una de ellas.

--Somos cómplices, abuelo; con alevosía y nocturnidad de conciencia. Desde el más pequeño gesto --como comprar unas zapatillas que sabemos fabricadas por niños y mujeres explotados--, hasta alistarnos en un ejército; pasando por prejuicios, rencores, falta de compromiso. Está en nuestro poder decir “no”.

--Nadie piensa a estas alturas que se pueda hacer nada por cambiar el mundo, Elbereth.

--¡Ahí esta su guerra ganada, su victoria aplastante, feroz, contra todos nosotros! Nos han desposeído de nuestra fe.

--¡Y qué quieres…!

--Que luches, que luchemos.

Y muy despacio, como a cámara lenta, la mujer se volvió y me dirigió la palabra:

--¿No estás de acuerdo, conmigo…? ¿Cuál es tú nombre?, el verdadero.

Y con pánico, vi como se levantaba y se encaminaba hacia mi mesa. Quedó de pie, delante de mí, tapándome la visión del anciano.

--¿Crees que existo, curiosa mujer?

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