Ventilador

5 jul. 2007




--Abuelo…

--¿Elbereth?

--¿Podrías prepararme un whisky?

--Pensé que es así como terminábamos nuestras conversaciones…

-- No hoy. Hoy le damos la vuelta a la vida, y la sacudimos bocabajo para ver si le queda algún real en el bolsillo.

El viejo sonrió y se fue a la cocina a por dos vasos y hielo. Le seguí hasta allí. Me gustan las cocinas, de siempre, y desde luego no es porque cocine; sino porque tienen algo ancestral, mágico y silencioso.

--Hoy me he sentido bien conmigo misma, abuelo.

--¡Ah sí, tu estado nirvana!

--¡No seas tonto! Ha sido por un vulgar ventilador.

--No te entiendo…

--Uf, a ver cómo te lo explico… En el trabajo todos se quejaban del aire acondicionado, unos porque se helaban y otros porque se asfixiaban. El resultado nunca era un consenso, el más fuerte se imponía sin más. En este caso ganaban los que se helaban, y el aire permanecía apagado.

--¿Sin aire acondicionado en esa sala toda ventanas?

--Exacto, así es. Decidí hablar con mi jefa, se lavo las manos y yo misma escribí al Director solicitando un ventilador y explicando los motivos.

--Más ecológico y barato.

--Sí, eso también se lo hice notar. Lo triste es que los compañeros se mofaron de mi “osadía”, y dieron por sentado que no conseguiría nada.

--Me tienes intrigado, sigue, sigue…

--Pues bien, veinticuatro horas después, mi jefa me ha dicho que tenemos ventilador. Que han dado el visto bueno. Lo triste del asunto es que, salvo dos personas, el resto en lugar de alegrarse por el ansiado ventilador, se han sentido rabiosos porque se lo he conseguido.

--Patético y predecible. ¿No me digas que esperabas otra cosa?

--No, eso también es triste --saber que los demás no dan para más ni mejor--, pero yo me he sentido bien porque había conseguido algo bueno para otros.

--Ya. Toma el vaso, anda, y vamos a sentarnos. Eres una idealista.

--Sí, creo que leí Heidi, Marco y Pollyana muchas veces.

Nos reímos con ganas.

--¿Todavía conservas aquellos libros de hojas amarillentas, niña?

--Sí, abuelo. Nunca tiro nada, lo que hago es regalarlo, eso sí.

Se hizo el silencio. Me arrellané en el sillón de orejas, con mi whisky en la mano, moviendo el vaso para ayudar al hielo a fundirse.

--¿En qué piensas?

--Bueno, ahora mismo tengo la cabeza a rebosar. Recuerdo una noticia que leí sobre el superavit de la Ciudad del Vaticano en el 2006: 21,4 millones de euros. De una mujer a la que le han “perdido el cadáver de su hijo recién nacido”. De Lula y su batalla por los medicamentos contra el Sida.


--Nunca paras, ¿verdad?

Sonreí, mientras me encogía de hombros.

--¡Y no cuento las pesadillas! Antes de anoche soñé que moría en un incendio.

--¿Y porqué sigues sonriendo?, ¿porqué ese estado de nirvana?

--Esa es mi lucha. No permitiré que apaguen mi luz. No más mezquindades, no más Sombras húmedas.

--¿Quieres helado?

--¡Joder abuelo, estoy en plan trascendente y tú me ignoras!

--Hija, es que me deslumbra tanto bienestar. Y además este juanete me mata.

--¡Pues ve al callista! ¿Has pedido hora en el médico?

--Oye niña, está conversación nos está quedando pésima. Carente de glamour y lírica.

-- Ya. Conoces a alguien que no se siente en la taza del w.c a diario?

--¡Argh! ¡No seas vulgar, hija!

-- Insisto. ¿Conoces a alguien?

El viejo hizo una mueca como diciendo “ya sabes la respuesta”.

--Bien, no hay mejor patrón de vida: todos somos iguales. El esclavo como el rey tienen idéntica piel y necesidades. Todos nacemos de la misma forma, entre sangre y llantos. Todos morimos solos. Es justo. ¿Quién dijo que no había justicia?

--Tú, pero claro, eso fue antes del nirvana ese. Por cierto, ¿te afeitarás la cabeza y bailarás con una túnica azafrán por la Gran Vía?

--Uhm, no creo que me favoreciera…

--Eso es lo de menos, hija.

--Vete al cuerno abuelo. Y ahora, ¿cómo terminamos el diálogo, si ya hemos dicho lo del whisky?

--Te lo dije. Te dije que esa no era forma de empezar.

--Abuelo…

--Elbereth…

--¿Le preguntamos a ella?

--¿A la mujer curiosa, dices?

Asentí con la cabeza.

El anciano y Elbereth se giraron y se me quedaron mirando expectantes. ¿Y ahora qué les digo yo!

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