Viaje

9 jul. 2007


Se ha hecho de noche. El hombre lleva los cristales de las ventanillas bajados. Apoya el codo izquierdo en la puerta, mientras conduce con la mano derecha. De vez en cuando mira a la mujer que se ha quedado dormida en el asiento de al lado.

Hace rato que ha echado sobre el pequeño cuerpo su propia chaqueta. Apenas han cruzado palabra desde que iniciaron el viaje.

Ha conocido a muchas mujeres a lo largo de su vida. No tiene adjetivos suficientes para describir cómo le han hecho sentir. Quizá agradecido, o colmado, expresen bien ese sentimiento tan vasto.

Pero ella es diferente. Desde luego, no es porque sea más hermosa, ni divertida, o inteligente que las demás. Nada de eso, de hecho está seguro que no sentiría por ella amor a primera vista.

El problema –y no entiende porque tiene que verlo como un problema, pero la palabra se ha materializado por sí sola—, es que una vez que has estado a solas con ella, cambias.

Te descubres diciendo y haciendo cosas que antes ni hubieras imaginado. Y lo peor de todo –de nuevo ese matiz peyorativo, tendría que hacerse analizar—es que cuando intenta volver a ser el de antes, simplemente no puede.

Lo terrible —esto empieza a convertirse en algo preocupante—, es que ella permanece totalmente al margen de su lucha interior. Y cuando en ocasiones piensa que ha quedado al descubierto ante ella, se sorprende de que no tenga el más mínimo interés en apuntarse victoria alguna sobre él.

Resulta inquietante. Parece saber cómo se siente cuando nadie más lo hace, pero intenta por todos los medios que no se note. Cuando cree que no la mira, se queda mirándole detenidamente. Esta seguro de que le analiza como a un insecto. Y eso le pone nervioso, pero también le gusta. No sabría explicarlo.

La muy condenada es penetrante. Y no el buen sentido de la palabra, Dios lo sabe. ¡A veces le recuerda a su madre!

Hay momentos en los que la ve alejarse tan deprisa, que siente vértigo y rencor. No entiende porqué tiene que huir, pero ese es el sabor amargo que deja en su boca. Es entonces cuando decide no seguirla, ansía que se funda con el horizonte, que se deshaga como nube de verano.

En ese punto alcanza cierta tranquilidad y vuelve a sentirse cómodo en su piel. Pero --¡la muy puñetera!--, frena en seco, se vuelve, agita la mano --¡mira que es pequeña, coño!—; y le sonríe. Y él comprende que en realidad, esa huida es tan sólo de sí misma, que no guarda relación con él.

Así que se resigna –eso tampoco suena muy positivo, lo sabe— a ser el tipo ese, en el que se convierte en su presencia. Un tipo que no es ni mejor ni peor, sino diferente, desconocido para sí mismo.

A fin de cuentas, sabe que ella le ama. Eso sí, anda más perdida que él mismo. Entre vuelta y vuelta que da, consigue cogerla por la cintura y frenarla.

El destino les ha unido ahora en ese coche y esa larga carretera. Ella ha optado por el silencio. Y él la deja.

--¿En qué piensas?

El bote que pega el hombre en el asiento hace que dé un pequeño giro al volante.

--¿Desde cuando me observas?

--Uhm…

--¡Joder, vaya susto que me has dado!

--Lo siento. ¿Queda mucho para llegar?

--No lo sé.

--¿Te has quedado dormido?

--¿A ti te parece que me he quedado dormido?

Le mira y frunce el ceño. Traga saliva e intenta que ella no se dé cuenta. Se le ha quedado la garganta seca.

--¿En qué pensabas?

--En nada.

--¿Tenías la mente en blanco? ¿Encefalograma plano?

La mira de reojo, indiferente. Es su juego.

--Sí, así es. Nada en el “coco”.

--¡Qué aburrido!

--¿Y que podría hacer un humilde servidor para distraer a esta dama?

--¿En qué estabas pensando?

--¡La ostia! Cuando tu abuelo te llama cansina, no es por joder.

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