Resistir

17 ago. 2007


6 de noviembre de 1936 Madrid

Margarita Nelken se desploma sobre el sillón con un libro en la mano. Toda su fuerza, vehemencia y combatividad parecen querer abandonarla cuando más lo necesita. El Gobierno Republicano ha huido hacia Valencia, escapando del avance de las tropas fascistas. Eso ha desconcertado y llenado de indignación al pueblo madrileño.

Día tras día escuchando las consignas de resistencia a ultranza, y ahora los peces gordos --como siempre-- ponen su trasero a salvo y les abandonan a su suerte.

El derrumbamiento moral es inminente. Ha hablado con el general Miaja, y están de acuerdo en hacer un llamamiento por radio para ahuyentar el miedo y desesperanza que se apoderan de la calle.

Tiene un poco de tiempo antes de llegar a la radio y necesita estar sola: recapitular, recoger los trocitos de esa intensa vida que decidido vivir, y ordenarlos. Las paredes de la casa la ahogan. Impulsivamente coge su abrigo y sale a la calle. Necesita un paseo.

Llega hasta un pequeño parque, desierto a causa del frío, y se sienta con las piernas muy juntas y la cabeza mirando al suelo.

Margarita Nelken, es una mujer menuda, rubia de ojos azules, vivaz y carismática. Y, sin embargo, ahora se siente pesada, arrollada por tanto desatino, por tanto esfuerzo en balde jornada tras jornada. Podría marcharse como han hecho los otros, abandonar. ¿Qué hacer?

Una mujer se sienta a su lado. Le dirige un escueto “buenos días” y abre un periódico. Margarita contempla el parque desierto, y no entiende porque esa mujer tiene que venir a sentarse justo a su lado. Mientras la está mirando, siente como el corazón se le encoge en un puño. Esa mujer le recuerda a Julio Antonio, su gran amor, aquel que nunca ha podido olvidar, muerto con apenas treinta años. Ve ante sus ojos la última obra que realizó: El Mausoleo Lemonier. Piensa que hace mucho tiempo que no se ha acercado a su tumba en La Almudena. Su recuerdo la debilita aún más.

--¿Cansada?

La interrupción la sobresalta, se siente desconcertada ante la extraña, no sabe muy bien cómo responder.

--Tenemos una amiga común: Gerda Taro.

--¿La conoce, usted?

--Sí, y a Capa. Hace unos días estuve con ella… también… Malos momentos para este país, más que nunca se necesitan luchadores que se nieguen a rendirse.

Margarita calla, mira la punta de sus zapatos y suspira.

--Dentro de una hora tendré que hablar por la radio, y no encuentro palabras que den aliento y coraje a este pueblo.

--Entiendo… ¿Recuerda cuando habló en Oviedo, durante La Dictadura, sobre los validos y monarcas?

--Sí. El resultado fue el cierre del Ateneo por orden gubernativa. ¡Fascistas!

--Y creo recordar que más tarde, en Bilbao, en una conferencia sobre Goya, usted trajo a colación la degeneración de los Borbones y el favoritismo del que gozó Godoy.

--Sabe usted mucho sobre mí. Sí, ese día La Guardia Civil tuvo orden de detenerme en el caso de que “difamara”.

--Usted nunca se rinde. ¿Por qué tengo la sensación de que ahora está a punto de hacerlo?

--¿Y usted cree que cambiaría algo el curso de esta guerra, si lo hiciera?

--Lo que sé es que las decisiones que tomamos no deben estar condicionadas por los resultados. De ser así, este mundo sería un lugar de tinieblas aún mayor. Es difícil ser mujer en estos tiempos. En realidad, siempre lo será.

--No me gusta que me pisoteen.

--Pues para eso sólo hay que mantener erguida la espalda.

--Es fácil hablar. ¿Qué ha hecho usted, por ejemplo?

Lea sube la mirada hasta el cielo y calla.

--No lo sé. A veces me parece que he salvado el mundo, y otras que solo he alargado su sufrimiento antes de la destrucción.

--¡Qué modesta! Ahora es usted la que parece desanimada.

--Bueno, imagino que para estar desanimada antes se ha debido estar animada, y ese no es mi caso, seguro. Mi lucha no espera victorias.

--¿Y para qué lucha entonces?

--No lucho “para” algo, sino “por” algo.

--Sí, pero los principios tienden a quedar enlodados en manos de las personas.

--Pero los principios no tienen la culpa de nuestra humanidad. No está en ellos la falla, está en nosotros. ¿Tiene frío? Coja mi pañuelo, sí, tómelo. Yo no siento el frío. ¿Recuerda el caso de la profesora de La Normal, en Lérida?

--¡Cómo olvidarlo!

--Eso es, no olvide. Usted publicó La condición social de la mujer en España. Lo leí, más de una vez. Recuerdo como ponía de manifiesto la explotación a que era sometida la mujer, la desigualdad laboral, la prostitución, la situación de las madres solteras y la necesidad de instituir el divorcio. Era muy valiente por su parte.

--¿No está usted de acuerdo?

--¡Oh sí, dios mío, claro que si!

--¿Dios mío?

--Disculpe, sé que usted no es creyente. Yo… me viene de siglos atrás, la costumbre podríamos decir… Esa profesora anónima y valiente que la dio a conocer a sus alumnas se vio perseguida por eso.

--El obispo de la diócesis se apresuró a condenar la obra. ¡Malnacidos!

--Sí, suspendieron a la profesora de empleo y sueldo cuando la noticia llegó a oídos del Ministro de Instrucción Pública. ¿Qué cree que pensaría ella, si ahora usted abandonara la resistencia?

Silencio. Se ha levantado un viento hostil y Margarita piensa en marcharse. La misteriosa mujer hace un gesto con la mano, suave, como marcando un compás de una música que sólo ella es capaz de oír, y el viento cesa. Incluso una nube se retira para dejar asomar por una esquinita el sol.

--Aún tenemos algo de tiempo. ¿Qué me dice de La Casa de los Niños de España?

--Sí. 1919… ¡cómo pasa el tiempo! Pero fue otro fracaso.

--¿Fracaso? ¡Llegó albergar a ochenta niños, legítimos o ilegítimos de las mujeres trabajadoras! Educados libres, sin credos impuestos, donde se ignoraba el carácter de la relación de los padres. ¡Eso es tan grande! ¿Por qué se empeña en echar por tierra su trabajo?

--Sí, pero al final me obligaban a sustituir al personal laico por religioso. No pude aceptarlo. Cerré La Casa. Todo se malogra antes o después.

--Eso no es una derrota, Margarita. El fracaso habría sido no intentarlo. Tenemos que vivir de traumas, de heridas, no de los vacíos que dejan las frustraciones por aquello que pudimos hacer y no hicimos. Es hora de irme.

Margarita tiende el pañuelo para devolvérselo. La mujer niega con la mano.

--Llévelo durante los días que se avecinan, la protegerá.

Las dos mujeres se levantan a la vez y se estrechan la mano con calidez. Lea desearía abrazarla, pero sabe que la mujer no comprendería.

--Buena suerte.

Margarita, sin mirar atrás, apresura el paso. La esperan en la radio. Cuando llega, sabe lo que tiene que decir, ya no hay dudas, está embargada de una pasión que conseguirá transmitir en sus palabras:

“…madrileños agrúpense en torno al defensor de Madrid, les aseguro que los que deben merecerles confianza, aquí están y aquí estarán, pase lo que pase…”

Lea cierra los ojos y ve a Margarita Nelken visitando durante los próximos días los frentes de batalla. La ve recorriendo el casco urbano de Madrid incansable. Arengando a militares y civiles. El corazón de esa mujer hará bombear a cientos con ella. Lea sabe que no abandonará la lucha.

8 comentarios:

Susana dijo...

Todos deberíamos tener a alguien cerca que nos animara cuando fraquean las fuerzas.

"Silencio. Se ha levantado un viento hostil y Margarita piensa en marcharse. La misteriosa mujer hace un gesto con la mano, suave, como marcando un compás de una música que sólo ella es capaz de oír, y el viento cesa. Incluso una nube se retira para dejar asomar por una esquinita el sol."

Interesante cómo Lea le toca a cada uno el resorte que necesita para que continue.
:)

Elbereth dijo...

Tengo que recuperar vuestros comentarios. Valían la pena. Hoy ya no puedo más.

Mañana, mañana....

Susana dijo...

Concho! habérmelo dicho antes, jajaja, éste primero lo puse casi idéntico :)

Elbereth dijo...

Perdón, perdón, si he visto tus comentarios de casualidad....estaba Tabyto con la plantilla y es el que h visto los comentarios...uysss, lo siento. :S

Tabyto, no me deja acercarme al diseño del blog...no me extraña, entre tú y yo....

Ays...me voy que Tabyto se está mosqueando....hasta mañanaaaaaaaa!!!

Elbereth dijo...

Pues no te preocupes que los comentarios de esta entrada, no los encuentro....ayyyyyyyy....desfallezco...

Elbereth dijo...

Es tremendamente difícil encontrar personas así. Que estén a tu lado cuando las necesitas, y que no te impongan su presencia.

Normalmente las personas no solemos ser así. En uno de tus comentarios a alguna entrada, hablabas del egoísmo que nos posee. Y es cierto.

Como especie no valemos mucho. Salvo para destruir, en eso somos los número 1.

¡Caray, qué trágico me ha quedado! No era mi intención.

Gracias por todo, Susana.

Anónimo dijo...

¿De dónde ha sacado esta entrevista? Gracias.

Anónimo dijo...

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