Conmigo o en mi contra

3 sept. 2007

Gregory Colbert

Lea ha vuelto a casa. Abre la puerta y, nada más entrar, sabe que sucede algo raro. Tristán no ha venido a recibirla. Le busca por el salón y le encuentra tumbado en el sofá con la respiración agitada. Mueve un poco la cola, pero no consigue moverse del sitio.

Cuando los acontecimientos se tuercen existe una presencia aciaga, adherida a nuestro oído, que nos susurra mentiras y nos provoca pánico. Es en ese momento cuando hay que parar y dejar de escuchar.

Lea tira al suelo las bolsas que lleva en la mano y se precipita hacia él. De rodillas le acaricia, le habla, toca su hocico: está seco. Sale al pasillo y llama al Coronel.

--¿Qué pasa niña?

--Es Tristán, está enfermo.

No le pregunta “¿Quieres que te ayude?” No, sin más preámbulos se ha puesto la chaqueta y ha ido tras ella. Esas son las personas en las que puedes confiar.

Entre los dos consiguen incorporarlo, le sostienen para que no caiga. Lea sale a por el coche, mientras el Coronel y Tristán la esperan en el portal.

El atardecer se muestra ruidoso, ajeno al dolor. La indiferencia natural con la que el mundo gira absorto en su movimiento, en su rotación mecánica, es escalofriante.

--Somos un par de viejos, amigo.

Tristán cierra los ojos y se deja proteger por la mano del Coronel en su cabeza.

Lea vuelve rápidamente y entre los dos consiguen colocar a Tristán en el asiento trasero, respira con dificultad.

Está tensa. Sus rasgos tirantes, aferrándose al volante como si este pudiera darle una seguridad que no siente. No levanta el pie del acelerador, parece que hubiera sacado un látigo y amedrentado sus lágrimas obligándolas a retroceder. El Coronel la mira de reojo y piensa que es una insólita mujer. Cuando cree que nada puede alterarla, parece a punto de perder el control, por un simple perro. Y cuando está seguro de que va a caer, se pone en pie y sonríe. No hay forma de seguirla.

Lea aparca de cualquier modo y sale disparada con Tristán hacia la clínica veterinaria.

Cuando entra toda la atención de los presentes se centra en ella. El Coronel no sabe como lo hace, es pequeña, discreta, no levanta la voz, no hace ruido, sus gestos son contenidos. Pero ahí está, todos levantan la cabeza para mirarla y escuchar, a su pesar, en su contra.

Se dirige a la enfermera y le explica escuetamente lo que ocurre, y cuando la otra comienza una tanda de preguntas de trámite, Lea levanta suavemente una mano y la interrumpe:

--Estaré fuera esperando a que me llamen. Todo eso se lo contaré al veterinario, sino le molesta. Gracias.

¡Por supuesto que le molesta!, piensa el Coronel. Esa autoridad que emana es irritante pero insoslayable, y más cuando no hay esfuerzo alguno por parte suya.

Lea coge a Tristán y cruzan al parque. Hace frío, no lleva más que un fino jersey, pero la angustia calienta su cuerpo. El miedo es un organismo vivo, cientos de patas reptan desde su estómago a la garganta. Se le vienen a la cabeza las peores imágenes.

Lea se ha sentado en un banco y mira a Tristán caminar de un árbol a otro, inseguro. A veces se queda quieto y cierra los ojos, parece estar pensando si merece la pena seguir en pie. Se levanta y camina hacia él, el perro la mira y mueve el rabo.

Se siente culpable por sentir más pena y dolor por él que por cualquier ser humano. Cree que eso no dice mucho a su favor. O simplemente dice que las personas han perdido el vínculo que las enlazaba como especie. Enemigos de todos: de los suyos, de sí mismos.

Hace tiempo que intenta no juzgar a los seres humanos, se esfuerza por llevar a cabo su tarea sin pensar si son merecedores de su ayuda.

¿Por qué no pueden ser las personas como los animales? Estos no aparentan, muestran sus deseos de forma limpia, no hay enmascaramiento, ni retorcidas formas de entender la vida. La lucha por la supervivencia no es más que eso, supervivencia, reducida a un momento concreto, a una necesidad vital.

Los seres humanos arrastran consigo el germen de la descomposición, una y otra vez destruyen todo lo que encuentran a su paso. Ocupan su vida con el vacío.

Paladines de verdades vendidas en ferias ambulantes. Verdades que les obligan a mentir, robar, violar, matar… Conmigo o en mi contra.

Hombres encallados en un río de aguas estancadas, atrapados en las arenas movedizas de su irracionalidad.

Especie a la que le apesta el aliento a causa de la podredumbre de su alma colectiva. Narcisistas enamorados de su voz, contemplándose en la superficie de un espejo de piedra.

Oscurece. Tristán la saca de su ensimismamiento con un ladrido. Lea se ayuda de un suspiro para expulsar todos esos pensamientos. A veces es mejor no entender, hacerlo significaría hallarse al borde la locura. El hipo de sus incertidumbres ha pasado.

Al mirar a Tristán sabe que él no está preocupado. A pesar del dolor tiene la capacidad de seguir percibiendo el olor de la tierra, la humedad de la hierba, el calor de sus caricias. Cuando llegue la muerte no será más que un paso más en su cuerda existencia.

El Coronel la llama. Es su turno. Lea le sonríe, nada queda de la congoja.

--¿Más tranquila?

--Sí, coronel, gracias.

--Todo irá bien, ya verás.

--¿Sabe que creo, Coronel? Que la vida es como beber agua de las manos, unos pocos sorbos tienen que bastar para calmar la sed.

--¿Eso no es conformismo?

--Yo diría que equilibrio. ¿Me equivoco?

--¿Y a quién le importa?

--¡También es verdad!


13 comentarios:

Cosichka dijo...

Yo también pienso a veces que me gustaría ser ignorante como un niño pequeño porque esa es la única manera de ser realmente feliz.

Cuanto más cuerdo es uno, más consciente es de las cosas y más cerca de la locura se encuentra. Una contradicción :-)

Un besito.

.:Su:. dijo...

El atardecer se muestra ruidoso, ajeno al dolor. La indiferencia natural con la que el mundo gira absorto en su movimiento, en su rotación mecánica, es escalofriante. (..) El miedo es un organismo vivo, cientos de patas reptan desde su estómago a la garganta. (..) la vida es como beber agua de las manos, unos pocos sorbos tienen que bastar para calmar la sed.

Desde luego las acciones siempre tendrán mucho más significado que las palabras, las definiciones de éstas últimas las encontrarás en los diccionaciones, las de las primeras, en el corazón.

Te has dado cuenta que cuando juntas las manos para beber en una fuente, formas un corazón?

Bendito conformismo, que hace que te sientas colmado con lo que pueden abarcar tus manos.

Boas noites :)

Deikakushu dijo...

Guauu, que relato mas bueno. Además lo leo después de publicar mi post y guarda mucha relación. Para mi un vínculo con un animal es tan fuerte porque carece de los conceptos de culpabilidad o inocencia. El animal te ama sin dobleces, sin intenciones ocultas, sin dobles sentimientos.
Me gusta este acercamiento del personaje a la realidad, una de cal y otra de arena... si no se aleja demasiado y es dificil empatizar.
Me ha encantado el texto.
Besos

Y si... me he convertido en un pato...

Alfredo dijo...

"Narcisistas enamorados de su voz, contemplándose en la superficie de un espejo de piedra" Por cosas como éstas no dejo de leerte.

Ya sabes aquello que cantaba Roberto Carlos: "yo quisiera ser civilizado como los animales"

Un saludo.

Elbereth dijo...

Cosichka Siempre que hablamos del tema de ser conscientes de la realidad, te pones triste.

Y eso no me gusta. ¿Son cosas mías? ¡Eso espero!

La verdad muchas veces puede dañar. El velo que separa lo que cura de lo que enferma el alma, es fino, casi invisible a los ojos. ¿Verdad?

Un besazo. ¡Mira que monto otra fiesta!

Elbereth dijo...

.:Su.: ¡leches! cada vez me cuesta más escribir tu nombre...jajajjaja

Vale, me pongo seria, perdón.

Una verdad como un templo, lo de que las palabras si no van acompañadas de hechos son...¿qué son?

No me había fijado, cada vez que lo haga a partir de ahora pensaré en eso.

¿Es conformismo? ¿O sólo tomar aquello con lo que puedes y no más?

Corto y cambio ;-)

Elbereth dijo...

Deikakushu ¡Adoro los patos! jajajjajajjaa

Ahora mismo me voy para tu blog...me ha picado la curiosidad...:-)

Quisiera poder amar o querer o entregarme como lo hace mi perra...:(

Sí, estoy bajando a Lea del pedestal...no creo que nunca haya tenido ninguno...uhmmm, no en mi cabeza...pero tienes razón, en este caso...ehhhh!!!!

Gracias por venir cada día, un besazo.

Elbereth dijo...

Hola,Alfredo Gracias lo primero de todo...y que sepas que también estabas invitado a la fiesta que dí. Aunque reconozco que se desmadró un poco. :-)

Esa creo que era mi frase preferida... esa y otra que hoy ninguno habéis dicho. ¡Qué raro!

Saludos y buena noche.

Alfredo dijo...

Uf, he tenido un fin de semana bastante movido y cuando, el domingo por la noche, entré en tu bitácora ya estaba definitivamente desmadrada y me sentí intimidado por las cotas de ebriedad que había alcanzado la fiesta (más alcohol del que tomé el sábado por la noche no, por favor).

Cuando des otra, te tomo la palabra. Pero nada de panchitos ni mariconadas. Vozka, güiski o lo que gusteis a beber conmigo.

Buena noche a ti también.

Valkiria dijo...

Oh, esos aman con todo lo que son, con toda la fidelidad del mundo.
Empatizo con Lea (una vez más, mira que soy cansina y aburrida), recuerdo la vez que la perrita se puso malita, muy malita.
Recuerdo como movía el rabito al verme sin poder sostenerse en pie.

Que pena, no puedo pensar en si llega a pasarle algo, no se puede vivir con miedo.
A veces, la cojo en brazos y nos asomamos al ventanal del salón. Sé que ella está encantada, su corazón late muy rápido y después se calma.
El mío late despacio y a cada segundo multiplica sus latidos.

La quiero tanto...
Un beso, Elbereth.

Valkiria dijo...

Por cierto ¿tu tienes animales?

Elbereth dijo...

Alfredo ¡La próxima vez no te libras! que lo sepas...

:-)

Cuento contigo...

Elbereth dijo...

Valkiria Me has emocionado...y me he acordado de la foto que pusiste con ella en tu blog.

Dana es mi perra, y la adoptamos, fue abandonada con su madre y sus hermanos. Tiene bastantes años y ha estado mala hace poco: cáncer.

Antes ya habíamos adoptado a otros. Siempre ha sido así. En la Escupidera hay una foto de ella..reciente.

Beso, yo también empatizo contigo.