Otro mundo...

1 sept. 2007



Cuando caes enfermo, y te hospitalizan, sales del mundo real de una patada, para penetrar en otro: onírico, blanco, con olor a suero, desinfectante y miedo. Son mundos paralelos. Los separa una puerta de cristal nada más, pero cuando entras, las reglas cambian.

Te despojan de tu ropa, tu primera piel, la segunda la llevas debajo, a cubierto. El reloj se lo llevan tus familiares, o lo guardas en la mesilla. Total, allí el tiempo no marca ninguna hora que antes no haya permitido el dolor.

Aunque te laven todos los días, te sientes sucio. El pelo se queda grasiento, y si no eres capaz de bañarte por ti mismo, tienes que evitar a toda costa llevarte los dedos a la cabeza para no ensuciártelos.

La peor parte es cuando no puedes moverte de la cama para ir al baño. Está ese infame aparato llamado cuña, que te ponen debajo de las sábanas, debajo del culo. Allí, a la vista de todos: de la tía de la enferma de la izquierda, del hijo de la de la derecha. Todos intentando mirar para otra parte para no avergonzarte más.

Conseguir que venga una enfermera de noche es toda una victoria. A veces me he quedado dormida con el pulsador en la mano y la cuña debajo, esperando que vinieran a quitármelo. Y lo peor es que cuando al fin alguien viene, sólo tienes fuerzas para darle las gracias. La enfermedad es muy avariciosa, se queda con casi todo de uno, incluida la rabia.

La visita del médico, acompañado de sus estudiantes, es lo más vejatorio que te puede ocurrir. Te pregunta muy educadamente que si no te importa, y claro, tirada en la cama, con el peor aspecto que pueda recordar: sin bragas, y un camisón prestado, consigo incluso sonreír y decir que no. Al fin y al cabo, los chicos tienen que aprender de algún modo.

Su mirada me recuerda a la que yo misma usaba cuando estudiaba ciencias y teníamos clase en el laboratorio. Me imagino como una rana a punto de ser diseccionada. Ahora ya sé lo que se siente.

Las visitas. El primer día que te ingresan aparecen por allí familiares y amigos. Los hospitales en ese sentido son muy útiles, sirven de reencuentro a primos, tíos, sobrinos e incluso hermanos que no se hablaban desde hace años. Lo que menos pasa es que te hagan caso. Llegan, te miran con cara de “espero que esto no sea contagioso”, te sonríen como si fueras inspector de Hacienda, y se salen a hablar entre ellos al pasillo o se van a la cafetería. Algunos se acuerdan de volver y despedirse, otros si se acuerdan deciden que no es fundamental, otros se olvidan sin más.

El segundo día el número de visitas desciende bruscamente. Algún que otro despistado y los incondicionales de la primera línea sanguínea, si tienes suerte.

El tercer día te dan por saco. No viene ni dios. Mi madre dice que tiene hacer la compra, y limpiar la casa que hace tres días que está todo manga por hombro. Yo le digo que claro, que no se preocupe, que estoy bien, solo pierdo la consciencia durante unas horas, pero que quitando eso, todo está perfecto.

Es entonces cuando me quedo mirando durante horas la ventana de la habitación. Si he tenido suerte, la habitación está en un piso superior, da a la calle y no a las cocinas o a la puerta del depósito. La enferma de al lado --me niego a llamarla compañera--, duerme o se la han llevado a alguna prueba misteriosa de la que nunca se si regresará. Y allí tumbadita, sola, agradezco que un pájaro, o incluso una paloma, se pose en el alfeizar y haga de las suyas.

Contemplo como La Tierra se mueve. Las sombras se desplazan suavemente, y quizá me he quedado dormida sin darme cuenta, porque de pronto me despierta un ruido de bandejas metálicas, eso significa que es la hora de la comida.

La comida de hospital. El dolor quita el hambre, podrían ponerme el plato más exquisito que sólo el olor me revolvería las tripas, pero cuando te vas curando y tienes que comer aquello… en fin… Lo único bueno que le veo a un hospital es que sales más delgadito. Cuando la auxiliar vuelve para llevarse la bandeja y ve que está intacta, es como volver al parvulario. Me deshago en disculpas, casi como si me hubiera meado encima. ¡Mala leche que se gastan!

Luego está la noche. Si estás muy jodido no te enteras de nada, pero cuando te empiezas a recuperar conciliar el sueño es casi imposible. Pasan las horas y estoy ahí tumbada: mirando al techo, moviendo los dedos de los pies, sin apenas poder cambiar de postura por el goteo y conteniendo las ganas de llorar por la mierda de pena que me doy a mí misma. En un hospital no puedes dormir boca abajo, escondida del mundo, tapada por los sueños. No, ahí me tengo que quedar boca arriba, con los brazos a los lados. Vamos, como si me hubieran metido ya en el féretro.

Solo hay tres formas de salir de un hospital. Curado y encantado de la vida --hasta le sonríes a las enfermeras cuando te vas--, parcheado y con una invitación a corto plazo, o muerto.

Morir en un hospital, es morir lejos de casa. Como si hubieras emprendido un viaje en barco, y en medio del océano, una tormenta te arrastrara al fondo del mar. Ni el cuerpo es recuperado para los familiares.

Lo que ocurre es que ahora ya no es como hace años. Nadie quiere que se le muera un familiar en su cama.

Siempre tengo la idea, absurda, de que el día que me ingresen sin un parte de alta preparado; tendré la suficiente fuerza, para ponerme el abrigo, salir de puntillas por la puerta trasera y dejarme morir en el banco de un parque, al sol.




14 comentarios:

.: SU :. dijo...

No me gusta tu nueva entrada, no me gusta el tema, no me gusta leer eso, no me gusta que sepas de qué hablas, no me gusta... :(

Elbereth dijo...

SU ¡Dime de alguien que le gusten los hospitales y te regalo un viaje a playas paradisíacas con todos los gastos pagados! :-)

La vida es así, en realidad he sido muy suave con la entrada. Si lo hubiera contado tal y como es...

Bien está.

Alfredo dijo...

La etiqueta que has puesto al relato es muy adecuada. Pesadilla...

Es jodidamente cierto todo lo que dices. No porque lo haya tenido que vivir (qué rara suena esa palabra en una circunstancia así), pero lo he visto. Desde fuera, claro está. Y gracias a lo que acabo de leer he podido completar esa visión. Y es desgarradora.

Una vez más, te felicito. Has logrado que haya algo más que me inquiete antes de irme a dormir. Y eso me gusta. Me hace sentir que todavía no soy un jodido zombie que no le teme a nada. Un saludo.

BalaNegra dijo...

Pues debo tener un humor muy negro, porque la verdad es que yo me he reído.

Es evidente que has pasado por un hospital. Bueno, yo también, y en varias ocasiones. No creo que sea un sitio que a nadie le guste visitar como cliente... Para mí sólo hay una forma de salir, y es VIVO.

Me ha gustado mucho lo del tercer día de visitas, y lo de salir a morirse en un banco para no molestar al resto... jajajajaa!

Valkiria dijo...

Es increible, como la vida misma.
Hace poco que leí un libro que me pasó una compañera, se llama "Como sobrevivir en un hospital", describe perfectamente todas esas vivencias de las que hablas.

Cuando estaba en prácticas de la facultad, me amonestaron con un punto negativo por cambiarle la cuña a una señora a la primera vez que llamó. Según ell@s, debíamos dejar pasar un rato, aunque no estuvieramos haciendo nada, para que creyeran que se curraba un montón.
No puedo soportar las formas de hacer de mucha gente, suelen ser de los que ya son fijos, ocupando plazas por las que yo me dejo la piel.

Un beso.

PD: espero que la preocupación de Su no sea porque te pase algo...
Y quien sabe, si yo currara en ese hospital, quizá me sentara a tu lado en el banco.
Más besos.

Deikakushu dijo...

Jooo, bua, bua, bua. No me pude pasar por la fiesta... vaya mal rollo, con lo que me hubiera gustado...bueno, para la próxima.

En cuanto al post, estoy dispuesto a ser lapidado por todos, pero mi experiencia no puede ser mas contaria:
Yo estuve muy mal, a puntito puntito de morir, de adolescente. Y mi ingreso y estancia en el hospital no pudo ser mas maravillosa y positiva. Fue, ni mas ni menos, que un renacer. Cuando uno ha estado cerca de morir, todo acto que le vuelva a acercar a la vida es emocionalmente muy positivo: mi cuerpo iba estando mejor con el consiguiente aumento de endorfinas y se volvía a llenar de vida e ilusión, las visitas de mis amigos y familiares eran continuas durante los varios meses (llegaba un momento que hasta me apetecía tener un rato sólo) y les tuve que forzar a que no se quedaran a dormir allí porque estaba fenomenal, un trato con los enfermer@s y medic@s genial y muy humano (creé con ellos un vínculo de agradecimiento que no se borrará con nada), cuando no has podido comer nada en dias, la comida del hospital es gloria, GLORIA. De hecho, como anécdota, disfrutaba tanto de los desayunos que el resto de mi vida he buscado poder desayunar como allí, pero nada...
Supongo que las circustancias de mi experiencia no tienen nada que ver con lo que tu describes, pero recuerdo esos meses como de los mas felices de mi vida.
Besos

Elbereth dijo...

Alfredo gracias por lo que me toca pero no deseaba inquietar...era una experiencia que nunca había contado, y me salió escribirla a raíz de una conversación con una amiga.

¿Tú un zombie? ¡Lo dudo mucho! Cada vez que leo tus comentarios me sorprende la cantidad de cosas que conoces, eso es inquietud...

¡Bien por ti!

Elbereth dijo...

Bala Eres único...y sí que tienes el humor muy negro... para eso eres balanegra :)

Me alegro de que te haya hecho sonreír.

Solo una cosita, lo de salirse al banco, no era para no molestar, era para no morir en aquella soledad concurrida.

Elbereth dijo...

Valkiria Te esperaba, necesitaba oír lo que tú tenías que decir al respecto, porque para mí tu opinión era importante.

Lo que cuentas sobre lo de las cuñas y lo que os enseñaban no lo había oído en mi vida y sin embargo, no tengo dudas.

El libro me lo compraré, fijo.

Gracias por preocuparte, por ahora todo va bien. ¿Te sentarías conmigo en el banco? Eres dulce.

Beso fuerte.

Elbereth dijo...

Deikakushu Os estuvimos esperando a Valkiria y a ti...se os echó de menos pareja.

Bien, no hay nada como el equilibrio, me alegro de que nos hayas mostrado el otro lado.

Cada uno de nosotros lo ha hecho aquí, y eso completa el círculo.

Entiendo que fuiste como el Ave Fenix, renaciendo de tus cenizas. Pero lo del desayuno no lo entiendo, jajajajjjajja
¡Broma, broma!

Yo creo que estabas tan encantado porque veías ya a Valkiria en cada enfermera. :-)

Cosichka dijo...

Estoy con Susi....aysss, no es un tema muy agradable.

Yo admiro a los que os dedicais a la sanidad Valkiria. Creo que teneis que tener mucha vocación. Me parece un trabajo muy dificil que yo sería incapaz de hacer.

Besitos.

lamaladelapelicula dijo...

Los hospitales sí... Son esos lugares tan extraños en los que te aferras tan pronto a una enfermera, a una sonrisa... Tu compañera de habitación se acaba tornando en una compañera de viaje, como en los trenes antiguos. Y esas televisiones tan chiquititas... Y el olor...

sí, ha sido suave :)

Elbereth dijo...

Cosichka Entiendo lo que Susana y tú queréis decir, de veras. Pero ya conoces una de mis muy repetidas y aburridas frases: el blog es para exorcizar demonios. No pretendía entristecer a nadie.

Y es verdad que es una profesión dura, porque realmente sino tienes vocación tiene que ser una pesadilla.

Beso.

Elbereth dijo...

Mala...Mala... Tú también sabes de que hablo...

:-(

En una cosa tienes razón, te aferras a cualquier gesto de cariño por ínfimo que sea...

¿Todo bien? ¿Los nervios atados?