¿Por qué corro?

11 oct. 2007

Corro por una carretera desierta. Descalza, con la luna de frente, reposando sobre un horizonte sin estrellas.

A ambos lados el desierto. Allí es mediodía, y dos soles, uno a mano derecha y otro a mano izquierda, calientan la tierra. Un lagarto reposa sobre una roca, cuando me ve pasar saca su bífida lengua. ¡Imposible competir!

De frente, un búho vuela bajo, directo hacia mí. Me agacho, por un momento se sale de la carretera y una de sus alas queda expuesta al Sol. Algunas plumas se queman, y caen al suelo. Una cigarra canta fuera; dentro la brisa de la noche se enreda en mis pies.

¿Por qué corro? ¿Estoy huyendo?

Corro para no tener que parar. ¿Y si paro? Quizá el Sol me alcance. Quizá mi piel se queme, y quede aquí tirada.

Pero tengo sueño. Las ampollas de mis pies han reventado y manchado el asfalto. Debería parar y descansar. Al fin y al cabo no sé adónde me dirijo. Me dejo caer sobre el suelo. No puedo más.

De pronto, un temblor, y la Luna se tambalea en el cielo. Se descuelga bruscamente, y viene por el medio de la carretera, hacia mí rodando. Si me aparto el Sol me atrapará, si me quedo la Luna me aplastará. ¿De cuántos minutos dispongo?

En ese momento, una bandada de búhos me coge por los hombros y me elevan al cielo. ¡Estoy volando! Veo la luna pasar justo donde un momento antes reposaba mi cuerpo.

Antes de que pueda reaccionar, me vuelven a soltar. Un ligero encontronazo con el suelo.

La Luna se sale de la carretera y penetra en el desierto. A su paso las temperaturas bajan, y el sol sale corriendo sin mirar atrás, el lagarto se mete debajo de la roca.

La Luna comienza a dar saltos, cada vez más altos. Al fin, coge la suficiente altura para agarrarse al cielo. El Sol la mira estupefacto. Tiene miedo, se lo noto. Se echa un poco a la derecha para dejarla espacio, pero no las tiene todas consigo, está claro.

El satélite se arrellana en el firmamento, saca culo, y allí se queda, en pleno día. La carretera ahora –-con la marcha de la Luna-- se ha quedado a oscuras.

Un ciervo perdido alza su cabeza y mira acongojado al infinito.

Tomo una decisión. Llamo a los búhos.

--¿Podéis subirme allá arriba?

De nuevo me alzan por el aire, cojo impulso y de un salto me coloco en la bóveda celeste.

Al menos ahora dejaré de correr.

4 comentarios:

Alfredo dijo...

El principio de este escrito me recordó a un libro que estoy leyendo ahora: La carretera de Cormac McCarthy.

Así que es la Luna la que te salva esta vez... a mi ni me quiere saludar, lo que son las cosas.

El beso de la Luna:
http://mizar.blogalia.com/

Un abrazo.

.:Su:. dijo...

Definitivamente, mis sueños son muy normalitos o puede ser que tengan sueños así y ni los recuerde.
No sólo corres, vuelas!
..y lo haces de noche, qué extraño.

Elbereth dijo...

Alfredo Miraré ese libro...¿ por qué te lo recordó?

¿Y por qué la luna no quiere saludarte? ¿no será al contrario? ...uhmmm...prometo hablar con ella...

Un abrazo... Por cierto, la página es una pasada...!!!!

Elbereth dijo...

Su> La verdad es que mi mundo onírico es muy movidito, más que mi mundo "real"....me levanto cansada...

Sueño mucho con la noche...creo que no es bueno....¡ como siempre, para no variar!