Un futuro muy corto, casi un presente nada más.

30 ene. 2007


Evia despertó muy pronto, aún no había amanecido. Con cuidado se levantó de la cama y fue hacia la cocina. Calentó un poco de agua caliente y utilizó un sobre de té ya usado. Se sentó, con la taza caliente entre las manos y cerró los ojos. Le costaba respirar, era como tener una piedra de cantos afilados subiendo y bajando por su pecho. Penso en Musashi, y en lo cansado que le veía últimamente.

Él no quería preocuparla, así que callaba todo aquello que pudiera perturbarla; pero sus ojos no mentían. Un par de viejos con un futuro muy corto, casi un presente nada más.

Ella le había ocultado las últimas noticias del médico. Se estaba muriendo. ¿Lo habría adivinado él?

--¿Qué haces despierta?
--¡Me has asustado! No te oí levantarte... no podía dormir.
--Ven a la cama, y deja de dar vueltas a lo que quiera que estés pensando.
--Ahora voy, acuestate.

Tenía miedo, y era un miedo con vida propia, como un ser vivo. No por su muerte, sino por abandonar a Musashi, dejarle sólo en aquel infierno. ¿A dónde iría todo aquello que había sentido, pensado? No volvería a verle, no podría tocarle, ni escucharle nunca más. Ella formaría parte de la Nada, del oscuro vacío. La vida es absurda. Oyó que Musashi la llamaba de nuevo, sonrió y fue hacia la cama. Se acurrucó junto a él y cerró los ojos.

--Musashi, hoy he pensado en visitar a Ariane. Iré un rato por la mañana, y para el mediodía ya estaré aquí.
--¿Quieres que te acompañe?
--No, no es necesario. Sé que te aburre ir. Estaré bien.


No recordaba la última vez que visitó a su hermana Ariane. Los días se volvían racimos de uvas, apretados unos contra otros, con apenas menudas diferencias, mismo sabor. Ariane era su única hermana, su hermana mayor.

Caía una lluvia fina, engañosa, que al cabo de unos minutos te había empapado. Evia llevaba un paraguas, negro y grande, con un agujero en la parte de atrás, al que Musashi le había puesto un parche. Caminaba sorteando los agujeros, los desperdicios se concentraban en las esquinas a causa del viento. De las alcantarillas estancadas subía un hedor viciado, intentó contener la respiración pero sus pulmones no se lo permitieron. Habían tirado unos contenedores de basura, y los coches habían formado un atasco al intentar ir marcha atrás. Al pasar a su lado pudo ver el nerviosismo en los conductores, en cualquier momento podían asaltarles. Alguien que viajaba en coche en esos días suponía dinero seguro, las bandas no dejarían pasar la oportunidad.

Cuando llegó al portal de Ariane estaba agotada, antes de llamar se recostó en la puerta y tomó fuerzas, no quería que la viera así. Pulso el timbre, y escuchó los pasos de su hermana venir hacia la puerta.

--¿Pero cómo te presentas sin avisar, y si no hubiera estado?
--¿Y dónde ibas a estar vieja gruñona?

Se abrazaron, y Evia la retuvo junto a su pecho, y la apretó fuerte. Sintió ganas de llorar, apoyó su cabeza en el hombro de ella. Se sintió pequeña, sabia que desde fuera se veía a dos viejecitas de pelo gris manteniendo el equilibrio en un abrazo. Pero desde su pecho sólo sentía a dos pequeñas hermanas compartiendo su silencio. Cuando se separaron una lágrima había escapado a su control y corría rapida por su rostro. Ninguna de las dos dijo nada, es como si no la hubieran visto.

--¿Quierés un café?
--¿Tienes café?
--Sí, lo trajo Remo el otro día. Y no me preguntes de dónde. No tengo ni idea.
--Bien, hazme un café de contrabando, entonces.

Hablaron de menudencias, y dejaron que las horas pasaran suaves, remolonas, con risas y sin prisas, como si el tiempo les hubiera concedido una tregua y se hubiera echado a dormir. Hasta que Ariane le preguntó.

--¿Se lo has dicho a Musashi?
--¿Que me muero? No, claro que no.
--Deberías decírselo.
--Eso no va a cambiar nada. Sólo le hará daño antes de tiempo.
--Tiene derecho, Evia.
--No quiero que sufra. Su dolor convertiría el mío en desesperación. Es egoísta por mi parte, lo sé.

Se quedaron calladas, mirando al fondo de sus tazas, el silencio saturado de recuerdos.

--¿Recuerdas, Ariane, cuando nos dijeron que mamá se moría? Las dos nos hicimos las fuertes, no queríamos entristecer a la otra.

Sabía que, por el contrario, Musashi y Remo habían sido los depositarios de la desesperación que sintieron. Se recordó abrazada a Musashi, llorando como lobo herido. En pleno verano, con las ventanas abiertas de la habitación y llegando hasta ella el ruido de la calle. No tenía sentido. A dos metros la vida continuaba como si nada pasara, mientras que detrás de unas paredes parecía que el mundo se resquebrajaba irremediablemente. No había lugar para la ira, sólo para la desolación. Un sentimiento primitivo de abandono, la madre muere y sus crías quedan huérfanas.

Musashi la había sujetado en silencio, y dejó que su pena escapara del corazón a través de los quejidos. La cara se le terminó hinchando, y los ojos estaban abultados y rojos. Recuerda que sólo podía pensar una cosa: "no quiero que mi madre se muera". Cándido y elemental deseo. Ahora le tocaba a ella.

--Tengo que irme, Ariane. ¿Vendrás a verme?
--¿La semana que viene te parece bien?
--Sí, muy bien. ¿Cómo está la pequeña?
--Tu sobrina está bien, organizandome la vida cada vez que viene.

Las dos sonrieron. Ariane se quedó viendo como bajaba las escaleras y la saludó con la mano. Hasta pronto.


Nunca acierto

29 ene. 2007

Odio las entrevistas de trabajo. Hoy me levanté temprano, como de costumbre. Bajé mi correo, puse una lavadora, planché, regué las plantas, me duché, me pinté la cara, saqué la basura, fui al banco, y cogí el tren para ir a una entrevista de trabajo. Todo eso en aproximadamente tres horas. No está mal, nada mal.

LLegué temprano a la cita, y decidí tomarme un café. Sin embargo no me sobró tanto tiempo para tomarlo tranquilamente. Ya sabes lo lenta que soy bebiendo. Pude leer un poco un periódico: terrible lo de cierta prensa escrita, son autenticos panfletos.

Después tal y como mandan los canones de recursos humanos, me presenté diez minutos antes y apenas me hicieron esperar.

La entrevista no fue mal, lo que me cabrea son esas preguntas psicologicas que te hace una becaria --pobre, ella no tiene la culpa de nada-- con 15 años menos que yo.

Y es que no puedo controlar mi cara, lo sé. Cuando me pregunta qué miedos o temores tengo sobre el puesto de trabajo, estoy segura de que he levantado una ceja sin querer.

--¿Miedos?, pregunto yo.
--Sí, temores a la hora de enfrentarse al puesto.
--Pues ninguno. Miedo, o temor al trabajo la verdad es que no tengo. Todos cometemos errores, se aprende de ellos, se rectifica y ya está. (todo esto con mi cara de "vaya gilipollez")

Luego intento no bostezar, algo que me cuesta un rato cuando empiezan a hablarme de la facturación de la empresa. Además está el tema de la postura, ni muy recta, ni apoyando los codos sobre la mesa, ni como si durmiera la siesta. Total, que al final tengo la sensación de que soy un maniquí de cera.

Otra pregunta de esas irritantes: ¿Qué esperas de la empresa?. ¡Joder! con perdón, pero ¿ qué esperan que una conteste?. Si digo que desarrollar mis capacidades, porque yo lo "valgo", su contestación es que no pueden pagar tanto, y que no quieren engañarme con mis posibilidades de futuro. Y si se me ocurre decir que lo único que espero es ganar un sueldo normal y tener vida propia, es decir trabajar para vivir y no al contrario, vaya usted a saber que estupidez contestan.

La sensación que tengo es que nunca acierto.

¿Te acuerdas de la última entrevista a la que fuiste? Imagino que sí, eso no se olvida nunca.

¿Recuerdas Blade Runner y su test para localizar a los replicantes? ¡Bien! pues esa es la sensación que tengo.

En fin, ya estoy en casa. Sólo quería hablar un poco. ¿Cual fue tu peor entrevista?...


Todos se convierten en uno. Tú.

28 ene. 2007

Hace poco tiempo que escribo un blog, desde diciembre del 2006 nada más. Al principio era reacia, sentía cierto pudor, y no podía apartar de mi cabeza la idea de que era muy vanidoso escribir algo así. Cuando me enteré por otros blogs de la votación del periódico 20 minutos, esta sensación se confirmó.

Escribimos para que nos lean. Para que nos escuchen. ¿Eso significa que creemos que tenemos mucho que decir?

Vivimos en un mundo en el que apenas se hacen preguntas a los otros. Y cuando se realizan son indispensables formulas de cortesía. No hay un deseo cierto de "saber".

Siempre sonrío cuando escucho una conversación del tipo:

--¡Cómo me duele hoy la cabeza!
--¿Y eso? Pues a mí ayer me dolió muchísimo...

¿Suena familiar? Imagino que dá igual el lugar del planeta y el idioma, seguro que se repite esta misma situación.

Me gusta preguntar a las personas cosas sobre ellas, me gusta escucharlas. Pero un blog es más bien lo contrario, sólo hablamos nosotros. Si alguien quiere hacer un comentario puede, pero cuesta que las personas escriban su opinión, ¿porqué? Quizá pensemos que a nadie le importa lo que tengamos que decir.

Pero a mí me importa. Todos los días me paso por una docena de blogs, y si tengo algo que decir, escribo un comentario. Me resulta curioso porque en algunos de ellos--para todo esto incluyan el mío por favor, es una autocrítica-- sólo hablamos de cosas muy serias, como si fueramos individuos transcendentales las 24 horas del día. Por el contrario en otros sólo hay referencias personales, o de humor, como si sus autores no fueran capaces de transcender.

Creo que todos fingimos. En realidad, sólo pretendo abrir ventanas desde esta habitación. Aquellos --pocos-- que me leen, se convierten en uno sólo. Son la voz que deseo haga preguntas.

He tomado la decisión de dejar de hablar en plural --como si fuera un escritor de gran importancia--, y abandonar el tipo de expresiones: "queridos lectores", "vosotros que me seguís", "habreis observado", etc.

Todos se convierten en uno. Tú.

Cuando era pequeña comenzé muchos diarios de esos que llevaban un candado al dorso, y a las pocas semanas los abandonaba. Creo que me aburría de mi misma.

¿Cómo estás hoy? ¿Te has levantado de buen humor, o por el contrario arrastras la melancolía típica de los domingos?

¿Qué desearías que ocurriera hoy en tu vida?

A partir de hoy todos nos convertimos en uno. A partir de hoy soy Tú.



¿Quién es Elbereth?

26 ene. 2007


¿Quién es Elbereth?

- Elbereth, bebe muy despacio sus bebidas, y siempre se deja un poco de café o té. Esta manía le ha traído consigo todo tipo de quejas. Desde su familia que le dicen que es una enfermedad génetica --por lo visto su abuelo materno siempre lo hacía--, hasta en el trabajo que no comprendían porque siempre tenían que encontrarse en la papelera un vaso de plástico con algo de café.

- Elbereth ama a los perros. Muchos de ellos la han salvado de soledades de las que nadie sabía redimirla.

--Elbereth es pequeñita pero tiene mucho genio (esto lo afirman los que la conocen, porque a ella le parece que tendría que tener mucho más)

--Elbereth disfruta con el viento, los días encapotados con nubes azules, y los días de sol que hacen de transición entre el invierno y la primavera.

--Elbereth habla con sus plantas, las mima y se preocupa por ellas. A veces se queda parada mirándolas y suspira agradecida.

--Elbereth es incansable con sus sueños y el amor.

--Elbereth se siente pequeña, aunque cada 365 días cumple un año más.

--Elbereth llora con las películas, es una sentimental, no puede evitarlo.

--Elbereth disfruta leyendo, es su forma de aprender, viajar, escapar...

--Elbereth disfruta escuchando, las personas son una fuente inagotable de esperanza.

--Elbereth tiene muchos relojes --algunos de ellos de su abuelo-- y bufandas, y bolsos (intenta controlar su consumismo, enfermedad mental que le están tratando).

--Elbereth ama el silencio.

--Elbereth se ríe de sí misma, y se regaña si intenta hacerlo de los demás.

--Elbereth es impaciente.

--Elbereth es cambiante.

Elbereth, Elbereth, Elbereth

Ya queda poco

24 ene. 2007

La vida con el paso de los años se estrecha, y el cuerpo --para compensar-- ensancha. O eso le parecía a Evia. Recordaba todos aquellos futuros que se abrían ante ella cuando era jóven, y el tiempo parecía infinito, jugando siempre a su favor, como si nunca fuera agotarse. Ahora, ya vieja, sabía que el único camino por recorrer era el que le llevaba a su muerte.

Estaba parada delante de la puerta, con su abrigo de paño y su bufanda de lana, esperando a que Musashi se pusiera su chaquetón y se fueran.

--¿No tendrás frío sólo con eso?
--No.
--¿Seguro?
--Sí.
--No entiendo como no tienes nunca frío, eres ya muy viejo para no tenerlo.
--Bueno, ya sabes que tú eres "neverita" de pies fríos.
--Eso parece un nombre indio.
--Así sea. Vida, ¿nos vamos?
--Cuando usted desee, caballero.

Bajaron la escalera despacio, apoyándose el uno en el otro, con algún que otro gruñido de Musashi, y ladeos de la cabeza de Evia. LLegaron pronto a la estación, aún faltaban unos minutos para el tren. Se sentaron en un banco de metal, apretados, y cansados. Al fondo se oía el ronronear ásmatico de un autobús, detrás de las vías se levantaba una fábrica abandonada.

Unos árboles pelados dejaban ver un letrero donde ponía: "C&A Pensos Cocetrado". "Piensos concentrados", pensó Evia, las letras debían haberse caído hace tiempo porque no había rastros de ellas por el suelo. Dirigió su mirada a la fábrica, las puertas de entrada en algún momento grises, ahora estaban completamente oxidadas. Un cartel amarillo, torcido y escrito a mano, decía que se vendía. En la parte delantera sólo quedaba un cristal con vida, el resto había sucumbido al viento y las pedradas. El edificio trasero tenía el tejado de uralita, las paredes marrón oscuro a causa de la herrumbre, en lo alto había un tubo que debió hacer las funciones de chimenea, que ahora se balanceaba con el viento.

Evia era incapaz de recordar cuándo el edificio había tenido vida. Tenía la sensación de que siempre había estado a punto de venirse abajo. Pero no terminaba de hacerlo. Un edificio anexo de piedra, tenía en todo lo alto una pintada con la "A" anarquista. Se preguntó cómo habrían subido los chicos hasta allí arriba.

--¿Estás bien, Evia? Deja que te ayude, ya viene el tren.
--Allá vamos, querido.

Musashi la miró y sujetó con fuerza, se puso delante para evitarle empujones y con su mano la agarraba como si fuera una niña pequeña. Musashi consiguió una esquina de pared, así podría ir recostada. Evia se acomodó sobre su hombro y cerro los ojos. Musashi permaneció despierto, alerta. De vez en cuando la besaba la frente, y se preguntaba cuántos más años resistiría así. Evia era mayor que él, estaba enferma, y el mundo la entristecía demasiado, lo sabía. Ella se acurrucó junto a él, y movío los pies.

--Se me duermen las piernas.
--Ya queda poco, aguanta.
--¿Cuánto queda?
--Poco. Intenta dormir, ya te avisaré.

Musashi vió desfilar ante sus ojos explanadas pardas, marcadas por poblaciones de chabolas cada cierta distancia. Basura, allá donde mirara había basura. Un niño unos metros más atrás comenzó a llorar, la madre apenas intentó calmarle. El marido iba a su lado, y le cogió el bebe entre los brazos para que ella descansara. Iba sin afeitar, con un jersey por todo abrigo, y unos zapatos con la suela despegada. Musashi pensó que tenía que entrarle mucho frío y agua por ahí.

Evia despertó y miró a la pareja. Sintió pena por el niño. ¿Qué clase de vida le esperaba?. Musashi siguió su mirada y adivinó lo que estaba pensando. Ellos no habían tenido hijos, no habían querido. Musashi no había sentido nunca esa necesidad, y Evia no podía enfrentar el dilema de concebir un hijo sólo para satisfacer alguna carencia afectiva. El mundo que tenía para ofrecer a su hijo era un espacio condenado. ¿Con qué derecho, o excusa, sujetaría a un ser humano a una existencia que a ella misma siempre le costó sobrellevar, incluso en los mejores tiempos? Ahora, al mirar a ese niño en el tren, supo que no se había equivocado.

El tren comenzó a frenar, y los pasajeros se iban incorporando y haciendo una fila apresurada delante de las puertas de salida. Nuevamente Musashi actuó de escudo. Y ella se dejó llevar mansamente. Bajaron a trompicones del vagón y se unieron a la masa de gente que arrítmicamente se encaminaba hacia las salidas.

Musashi sacó entonces una cuerda, con dos lazos y un nudo corredizo. Metió su muñeca por una de ellas y pasó la de Evia por la otra. Eran sus esposas, cuando iban al Centro, siempre se ataban. Era la única manera de no perderse entre la multitud. Entrelazaron las manos con fuerza, se miraron y asintieron.

El Centro era como el ojo de un huracán. Había que caminar despacio y con fuerza, si no quería que la propia inercia del grupo te llevara a un punto desconocido, sin retorno. Allí sólo vivían más parias como ellos y fuerzas de seguridad. Nadie sabía dónde vivían los Usurpadores. Musashi recordó que habían ido desapareciendo poco a poco y nadie se percató. Un día una noticia decía que el Ministerio X había sido trasladado, sin especificar la nueva localización. Al cabo de unos meses pasaba lo mismo con otro organismo, y así hasta desaparecer todo contacto. Con ellos habían desaparecido también sus familias, cualquiera que tuviera una buena posición no vivía ya en el Centro, ni en cualquier otra ciudad. Se habían esfumado.

En la TV se podía ver a los políticos en mítines, reunidos con otros dirigentes, en avión viajando a otro país, pero nadie sabía dónde estaban realmente. Lo mismo ocurría para las clases altas, sus lujosas viviendas de antaño estaban todas deshabitadas, pero en los medios de comunicación se les veía igualmente en fiestas, conciertos, estrenos de cine, etc. Musashi, no sabía qué ciudades eran las que aparecían. Nadie lo sabía.

Cada vez que el Estado quería algo de sus ciudadanos, mandaba una carta y ponía una especie de oficina provisional en un edificio del Centro. Si Musashi hubiera ido el día antes de su cita no habría encontrado nada, ni tampoco si hubiera ido un día después. Montaban una oficina fantasma el mismo día de la citación. Nadie les veía llegar, nadie les veía marchar.

LLegaron a la dirección que ponía la carta, era un edificio con la fachada desconchada y muchos cristales rotos. En la recepción había un guardia de seguridad privado, y un hombre calvo con la piel lechosa y una papada que le caía casi hasta la corbata, sentado en una pequeña mesa, a su lado.

--Papeles.
Musashi le enseño la carta de citación. El lechoso la miró más tiempo del necesario, luego se levantó, desapareció durante unos minutos, y volvió con ella.

--Última planta.
Ni un sello, ni una firma, nada. Evia y Musashi se encaminaron hacia los ascensores, había mucha gente ya reunida en torno a ellos.

--¿Crees que funcionarán? No me gusta la idea de tener que montar en ellos, Musashi.
--Ninguno de los dos podemos subir a pié, lo sabes. Tendremos que arriesgarnos.
--Pues yo casi prefiero ir a pié.
--Te ahogarás. No lo pienses, tenemos que subir ahí.

La besó, una caricia en los labios, corta y pudorosa. Acarició sus mejillas y le sonrió.
Se colocaron a los lados del ascensor, cada segundo que pasaba el grupo de personas se iba incrementando. Estaba claro que no se montarían todos. La gente empezó a moverse nerviosa de un lado a otro, y Evia como una lagartija iba colandose entre los huecos, provocando los bufidos de Musashi que no podía seguirla de aquella manera. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, apenas dejaron salir a sus ocupantes. Hubo una avalancha para entrar, empujones, codazos, insultos, y Evia callada tiraba de Musashi mientras éste renegaba. Al final consiguieron entrar por los pelos.

--Crei que no ibamos a conseguirlo.
--A mi me resulta imposible colarme por los sitios por dónde tú pasas. La próxima vez iré yo primero.

Evia se encogió de hombros y sonrió. Al llegar arriba salieron todos en tropel y esta vez Musashi encabezaba la marcha. Les tuvieron esperando una hora. Después una funcionaria joven, con el pelo recogido, gafas y labios pintados de rojo, les atendió. Estaba apoyada en una mesa llena de polvo, la silla donde se sentaba estaba coja, y tenía que estar todo el tiempo haciendo equilibrios para no caerse. Había unas diez mesas ocupadas por otras tantas personas en las mismas condiciones. El resto de la planta vacía. Evia pudo entrever al fondo, un despacho donde se apilaban en una torre, sillas, mesas, pantallas antiguas de ordenador, una especie de vertedero del Ministerio. Había plantas marchitas por el suelo, y cantidades de papeles pisoteados que a nadie parecían importar. Entraba frío por los cristales rotos del fondo.

La mujer ni les miró a la cara, leyó los papeles que le trajeron, les extendió otros más para que rellenaran, les selló otros tantos y les pasó a otra mesa.

Hasta que les atendieron de nuevo pasó otra hora más. Era más del mediodía, los dos estaban agotados de ese tiempo inútil, perdido. Evia se fijó en una mujer mayor que tenía a su lado. LLoraba, silenciosamente, mientras colocaba en una carpeta desgastada una infinidad de papeles. Estaba encogida, parecía tener frío, en las piernas no llevaba medias, sólo unos calcetines.

--¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?

La mujer levantó los ojos velados por las cataratas y la miró fijamente. No pronunció palabra, negó con la cabeza y apretó entre sus manos con fuerza el número de orden que le habían asignado. Al cabo de un rato, se giró y contestó.

--Mi esposo ha muerto. Me han quitado la pensión, y embargado la casa. Yo no cotizé los últimos quince años antes de los sesenta y cinco, por eso no tengo derecho a pensión propia.
--No pueden hacerle eso, seguro que es ilegal.
--¿Si? Ellos me dicen que es ilegal haber estado cobrando estos meses sin tener derecho, quieren que les devuelva el dinero.
--¡Debe haber alguna forma de resolver eso!
--No sea tonta, me resolverán a mí, eso es todo.
--No la entiendo.
--Me han dicho que como ciudadana sin ingresos, sin familia y mayor de setenta años tengo derecho a puesto de trabajo.
--¿Un trabajo? ¡Qué locura! ¿Dónde?
--En las cocinas de una planta energética.
--¡Es una broma!
--¡No, querida, es una suerte, según me han dicho!
--No tiene sentido, usted no puede trabajar, en cuánto se viera obligada a realizar algún esfuerzo sería mortal...
--De eso se trata, tonta.

La mujer vió como su número se iluminaba en la pantalla, se levantó con su carpeta debajo del hombro y pisando con cuidado. Evia creyó ver que los zapatos eran algún número mayor del que necesitaba. Se giró y miró a Musashi.

--¿Has oído a esa mujer?
--Un poco, no me interesa.
--Pero eso mismo podria pasarnos a uno de nosotros...
--Si ocurre ya me preocuparé.
--Tengo miedo.
--No se vive con miedo.
--No, por supuesto que no se vive, eso lo sé muy bien.

Entonces les tocó su turno y se levantaron. Al cabo de otra hora pudieron salir de allí. Todo el día estaba desperdiciado. Descendieron a la calle y Musashi volvió a ponerles las cuerdas. Por aquellas avenidas se desfilaba, no se caminaba, apenas había espacio para moverse. Las calles estaban llenas de vendedores que chillaban sus productos, muchos niños en grupos con la mirada oscurecida. Hombres y mujeres que cargaban con carritos llenos de despojos. Las calles estaban levantadas, sin apenas asfalto, la tierra enrarecía el aire. Evia miró al cielo y solo pudo ver una capa gruesa, gris oscura, de contaminación que le impedía respirar.

Cuando subieron al tren de vuelta, Evia estaba tan cansada que quiso sentarse en el suelo. Musashi entonces se quitó su chaqueta y se sentó él primero, para colocarla entre sus piernas. Después le echó por encima su abrigo, y ella se acurrucó con los ojos cerrados. Al cabo de un rato sintió la camisa húmeda y supo que estaba llorando. Acarició su pelo y la besó.

--Ya queda poco.
--Cada vez menos.

Evia -I

21 ene. 2007


Evia entra en el portal, cargada con bolsas, alza la cabeza hacia la escalera, suspira y comienza la penosa subida. Hace veinticinco años las leyes obligaban a instalar un ascensor en todas las casas a partir de un número de pisos. Hoy en día esos mismos ascensores, quietos y oxidados, se han convertido en la casa de algún hombre o mujer. Evia siempre teme que alguna noche se desplome esa caja de acero, y arrastre a su inquilino hacia el fondo.

Las paredes de la escalera están llenas de mugre, desconchones, y huelen a moho. Va parando en cada rellano porque se queda sin respiración. Escucha música, gritos de una discusión, un golpe seco, y después silencio. Cierra los ojos, y cuando los vuelve abrir decide que subirá hasta arriba de un tirón.

Cuando casi esta llegando oye como una puerta se abre, chirría, nota una sombra que asoma por la barandilla. Evia levanta la cabeza, pero la figura desaparece bruscamente. Se oye cómo se cierra una puerta.

Por fin llega a su puerta casi sin aliento, y antes de que pueda llamar, Musashi le abre la puerta.

--¡Deberías haberme llamado! No puedes subir tú sola todo ese peso.
--¿Y cómo te llamo? El contestador automático está roto de nuevo, lo han quemado. ¿Querías que gastara una moneda en una cabina?
--Hecho en falta los móviles.
--¡Quién recuerda ya eso! Ayúdame a descalzarme, por favor.
--Podías haber subido sin las bolsas, yo habría bajado. No quiero que te hagas daño.
--Si dejo las bolsas solas en el portal , no creo que duraran ni un segundo. El portal estaba abierto, alguien ha forzado la cerradura. No te preocupes, estoy bien. Lleva las bolsas a la cocina, ahora voy yo.

Evia cuelga su abrigo en el perchero y entra en el salón. Allí todo es paz. Parece un jardín, está lleno de plantas que con los años fueron creciendo y acomodandose a ese lugar. La luz entra por todas las ventanas, Evia se coloca debajo del gran tragaluz y deja que los rayos de sol le limpien la cara. Nota un ruido a su espalda, se gira y ve a Musashi apoyado en la puerta sonriendo.

--¿Hoy nos toca comer?
--Veamos...es posible. Al menos algo de arroz seguro que tenemos. Ella camina hacia él y los dos ancianos se abrazan en silencio.

Mientras calienta el agua, Evia recuerda cómo ha sido el día. Lo peor es el regreso a casa, cada día tiene más miedo por si no puede volver. En las estaciones de tren han retirado las luces de los andenes. Las personas se reunen en grupos de conocidos, mirando siempre por encima del hombro. Evia prefiere estar sola, no confía en nadie. Ve luces a lo lejos, y comienza a colocarse, haciéndose un hueco para poder subir. La empujan, se pisan unos a otros, hay insultos pero lo peor es cuando el tren no para en su línea y frena varios metros más adelante. Entonces se produce la estampida en medio de la oscuridad. Todos salen corriendo, temiendo perder el tren. Evia también corre, cargada con las bolsas, y mientras lo hace llora desesperada, tiene que subir sea cómo sea, tiene que llegar a casa, junto a él.

--¿Estás bien?
--Claro, sólo dormía de pie, no te preocupes.

Musashi se acerca y le acaricia el pelo canoso, le besa la frente y hunde su nariz en su cuello.

--Me gusta como hueles. Me voy a la habitación a seguir trabajando, llámame si necesitas algo.

Evia asiente y sonríe. Le duele la pierna, al subir al tren alguien la golpeó y casi le hace caer. El olor dentro del vagón era insoportable, todos de pie, porque hace años que quitaron los asientos para que cogiera más gente. Afortunados los que encuentran un sitio en la pared.

Y los que encuentran un sitio en el autobús, ella ya es vieja y no puede correr mucho, cargada menos. Cuando fue a subir al autobús ya estaba lleno, le tocó subir la cuesta andando, a oscuras. No hay farolas encendidas, el gobierno dijo que se gastaba mucho en luz. No le da miedo, sólo teme tropezar con los adoquines levantados, o con eso hoyos que parecen trampas mortales. Pero ya está cerca de casa y es lo único que importa.

Siglo XXI, Europa, mundo desarrollado.

Dios se muere

18 ene. 2007


Hoy, a oscuras en esta habitación, con la cara hinchada de tanto llorar, gimiendo como un animal salvaje caído en una trampa, como un cachorro que ha perdido a su madre; hoy, rezo por Dios.

Se está muriendo.

Desde los templos de todas las religiones, se seguirán escuchando oraciones y letanías, medallas y amuletos se continuarán vendiendo, como si nada hubiera cambiado. El Infierno ocultará la noticia, y de ese modo impedirá que las campanas toquen a muerto. No habrá luto, nadie podrá dar la nueva: “Dios, enfermo, se muere”.



Jugada maestra la de hacer creer a todos que sobre este mundo hay dioses buenos y justos que tienen algún poder sobre él.


¿Quien iba a creer en ellos con tan solo encender el noticiario de cualquier cadena de televisión o abrir un diario? Todavía peor, ¿quien creería en ellos cuando al levantarnos por la mañana vemos las cadenas salvajes que nos cuelgan a todos del cuello, y cómo nos revolvemos semejantes a perros rabiosos a lo largo del día, en nuestros trabajos o con nuestras familias?


Dios es un pobre viejo, enfermo, que se muere, que nunca ganó su batalla contra el Mal, del que se burlaron contando a todos que era el Creador del Mundo, mientras agonizaba olvidado y hambriento en una habitación a oscuras.


Entre tanta algarabía, mi silencio carece de un lugar en el mundo.


No soy humilde, ni mansa, ni por ser la última me dejarán entrar la primera. No hay reino del Señor, ni en el Cielo ni en la Tierra.


No soy capaz de trasmitir cuánto dolor coge en un sólo día.


Recuerdo que...


Me sentía pequeña y cansada, muy cansada. En muchas ocasiones, a lo largo del día, acudía al baño y me encontraba llorando sin pensar. Me quedaba quieta mirando al suelo y, mientras orinaba, veía como las lágrimas bajaban de mis ojos por el hueso de mi nariz; se quedaban colgando en la punta un segundo y caían al suelo blanco. Cuando había terminado, me colocaba la ropa, y sin mirarme en el espejo, salía de nuevo como si nada hubiera pasado.


Hubo un momento en que las palabras dejaron de acudir primero a mi boca y después a mi mente. ¿Qué sentido tiene hablar cuando no puedes decir lo que sientes?


Me escuché pensando en círculos, tenía la sensación de ser una locomotora que ha perdido su conductor y corre desbocada a punto de descarrilar.


Una y otra vez, recuerdos del pasado se cebaban con el presente, era difícil pensar coherentemente. El dolor no mata, pero te anula, te deja vivo pero ya nunca vuelves a ser el mismo.


Sollozar en la ducha tiene ventajas. Primero las lágrimas no caen sobre el rostro seco, de esa forma se puede ignorar lo que está ocurriendo. Después nadie te oye los hipos desde fuera porque el agua hace demasiado ruido. Cuando sales y te miras al espejo los efectos devastadores en la cara son menos y puedes seguir el día como si nada hubiera pasado.


Dejé de mirar atrás cuando caminaba. Cayó hasta el último puente por donde yo había cruzado. Seguí adelante, primero un pie y después el otro, así llegué hasta aquí.


Ahora no hay retorno, ¿pero para qué querría volver yo del sitio del que vengo?

Cerré los ojos y abrí los oídos

17 ene. 2007


Somos pequeñas ciudades, pueblos, y cada día que pasa, se cierran más caminos que conducen a nosotros. Se nos aísla, lentamente, así se evita la Rebelión.

Cada uno de nosotros tiene en su posesión no una, sino más de una razón para recordarle al mundo que existe. No todos somos marionetas. Algunos quedan capaces de moverse sin que alguien se lo diga.

Hoy por hoy, la mayoría de las manifestaciones son sólo marchas orquestadas.

Pero yo quiero manifestar mi disgusto. Quiero que se me vea, y escuche, pero sin que haya ninguna bandera interesada guiando mis pasos.

No deseo gritar slogans, ni llevar pancartas, sólo mi presencia en silencio.

Me paré en medio de aquella plaza, cercada por arcos de piedra. Cerre los ojos, y abrí los oídos y las palabras llegaron hasta mí:

"Mi vida se ha convertido de un tiovivo de colores en una rueda de molino. Se vive para trabajar. Hay que ser flexibles y aguantar, porque si te enfrentas, te dicen que hay muchos detrás de ti que ocuparán tu lugar".

"Sé que estoy desperdiciando el tiempo que me queda de vida. Y no sé cuánto es, ninguno lo sabemos. Las buenas intenciones quedaron en tentativas. Pero todavía estoy a tiempo".

"Me paso el día comprando cosas que no necesito. No hace falta que me siente delante del TV para saber que millones mueren de hambre, incontables padecen enfermedades, injusticias, violaciones, opresión. Me justifico a mí misma. Pero no hago nada, no confío en nadie, por tanto nadie me importa".

"Estoy sólo. Duermo sólo, como sólo, hago las compras sólo. Creí que el amor resolvería mi vida. Me equivoqué, el amor cavó un hueco en mi corazón, y me torció las comisuras de los labios hacia abajo. No creo en nadie".

"Toda una vida trabajando, criando hijos, cuidando del marido. Ahora una pensión mísera me obliga a pedir ayuda a mis hijos. Los hijos me llevan de mes en mes a su casa, y me soportan con hastío y mala conciencia".

"Me casé enamorada, creía que la familia era el abrazo respuesta a la vida. Con los años apenas veo a los hijos. Mi marido se pierde durante todo el día y no me dice adónde va, ni si va a volver".

"Estudié una carrera que decían tenía muchas posibilidades de futuro. Hoy gano un sueldo base, y apenas pongo en práctica aquello que estudié. A los jefes no les importa la calidad, sólo la producción barata y el acatamiento al orden establecido. Me dicen que tengo que considerarme afortunado".

"Estoy harta de entrevistas de trabajo donde esperan que recibas con gratitud un puesto de esclavo. ¿Dónde quedó el artículo de la Constitución donde dice que todos tenemos derecho a un puesto digno de trabajo?"

"Estoy cansado de que las personas, una vez que me han preguntado cómo estoy, no se esperen a escuchar mi respuesta".

"No me gustan las personas que se pasan el día quejandose en el trabajo, pero cuando viene el jefe, ponen buena cara por delante, y su bonito culo por detrás".

"Me entristece ver perros abandonados".

"Me asusta que las personas se preocupen más de los perros y los gatos que de los seres humanos que mueren cada día en el continente de abajo".

"Temo que me contamine la corrupción: esa que extendió su moho a la política, el ejército, la religión, los tribunales de justicia, la televisión, la radio, los periódicos, los colegios, universidades..."

Hastío

16 ene. 2007


El miedo es hijo bastardo de la oscuridad. Anoche me hizo dar vueltas en la cama, me obligó a contar hasta cien, me empapó de sudor la camisa de dormir, descompuso mis tripas, me levantó y acostó varias veces sin conseguir el sueño.

Y no sé a que tenía miedo, quizá a mi misma.

Un día tras otro leo las noticias, desierto de arena negra: el ser humano no cambia.

Yo no consigo apartar mi miedo, mis fracasos, mi pesado pasado.

La vida cansa. Y aún así corremos tras ella como perros detrás de una salchicha.

Veo al padre con su hija en el parque, aburrido, apoyado en un columpio, fumando, de vez en cuando mira el reloj, ausente.

Veo a la pareja paseando, ella unos pasos por delante de él mirando escaparates, él uno pasos por detrás jugando con su móvil.

Veo al matrimonio con su hijo comprando, veo a la mujer con varios productos en la mano, y los ojos puestos en el niño que corre por los pasillos. Veo al marido apoyado sobre el carrito, veo como sus ojos siguen una falda corta, un escote abierto.

Veo al anciano sentado en el parque, en una esquina de un banco. Le veo intentando entablar conversación con un joven que espera. Veo su tímida sonrisa, veo como el joven le esquiva.

Veo a una pareja de ancianos caminar, ella mira al frente como si alguien la esperara, él mira al suelo para no caer.

Veo a una mujer entrar atropelladamente en un vagón para coger asiento, veo cómo se sienta desafiando al resto.

Veo una mujer cansada, que se queda dormida en el tren. Su cabeza oscila, y cae sobre su pecho, de golpe se despierta.

Veo a pasajeros de un autobús dar los buenos días, mientras el conductor, mira hacia otro lado por el espejo retrovisor.

Vacío. ¿Si hoy muriéramos qué parte viva del universo nos aguardaría?

Si no hallé el camino es porque sólo había senderos que terminaban en acantilados.

Vecinos

8 ene. 2007


Cuando era pequeña la imagen de los vecinos estaba representada por la señora del tercero derecha.

Cuando salía a la escalera llorando porque me daba miedo estar sola en
casa, ella me acogía en la suya, me daba galletas y un muñeco olvidado de sus nietos. Yo le tiraba la basura de paso que llevaba la mía. Ella andaba pendiente de mis padres, sus cumpleaños y enfermedades.Si no tenías en casa huevos, sal o pan, siempre podías contar con ella.

En la
actualidad los vecinos son enemigos, escudriñando tras las mirillas de sus casas. Si te saludan cordialmente al verte es algo inaudito. Lo normal es que cierren la puerta deprisa, o entren atropelladamente en el ascensor pulsando frenéticos el botón de su piso, para no verte y evitarse así un "buenos días".

Las reuniones de vecinos suelen estar tan
vacías como el Congreso de los Diputados. Ni tan siquiera va el presidente, y no es de extrañar.

Se discuten cosas como que los perros
no pueden montar en el ascensor porque se les cae el pelo.
Y digo
yo: ¿Al vecino del primero con su alopecia galopante --no te preocupes Carlos, tu mención será anónima--, también le obligamos a subir andando --aunque no le vendría mal, que está un poco fondón--?

"Perros no" dicen
ellos, pero sí niños que pintan las paredes, dan patadas a las mismas, tiran petardos en el patio, rompen las farolas jugando al futbol --e incluso sin jugar al futbol--, y se pasan la semana gritando a pleno pulmón. Son criaturas del señor que tienen todo el derecho al vandalismo y que nadie se meta con ellos porque te denuncian por malos tratos --sigue dando por culo con la moto con el tubarro raspado, majete--.

Y la música... Ahhh, la música. Una de las cosas que me
fascina de los vecinos es su espiritu por compartir la música que escuchan con el resto de la humanidad --si la SGAE supiera: he montado un mercadillo con las grabaciones del reggeton del vecino de abajo y los "exitos de ayer y hoy del heavy metal" del tipo de al lado, incluso hago mezclas con los carraspeos del abuelo del otro lado--.


Del invento
de los cascos no han oído ni hablar --eso es pa los pilotos y los soldaos--. Y es que mal gusto musical puede tener todo el mundo, pero querer compartirlo de forma tan orgullosa...

En nuestra Comunidad se
produce un efecto curioso: cada vez que un vecino se queda encerrado en el ascensor --cosa que ocurre muy amenudo-- los vecinos desarrollan una sordera temporal, ya que nadie parece oir los alaridos del afectado; por más espeluznates que estos sean.

Un día de estos nos encontraremos
el cadaver de alguno dentro --pero tampoco pasa nada, se aparta y ya está--, tiempo al tiempo.

Lo de mover muebles, cerrar puertas
enérgicamente, y las carreras de atletismo a las doce de la noche merece una mención aparte. La primera vez que oí esos ruidos pensé que había comprado una casa embrujada --aunque al final sí que resultó haber fantasmas, pero de los otros--. Estaba por llamar al padre Karras cuando me percaté de que las voces no venían del inframundo, sino del piso de abajo. Y mi vecino es enfermero, no pregonero.

Y cuando uno
trata de arreglar todas estas circunstancias hablando civilizadamente con ellos, resulta que empiezan a contarte que la culpa la tiene el cha cha cha --el CHAvacano CHAval del segundo DereCHA--, que le tiene manía; y que por eso él o ella, hace esto, porque fulanito hace aquello; y fulanito hace lo de más allá, porque menganito hizo lo de más acá.

Así hasta el Genésis, que al final está claro que la culpa la
tuvieron Adan y Eva, que no supieron convivir con las serpientes.

Luego
está el otro tipo de vecino, aún peor: aquel que va de matón y ni ganas que tiene uno de averiguar sí sólo es fachada o va de verdad. A ese le vienen las amistades de madrugada, le llaman a uno al telefonillo porque o bien sus amigos no se saben el abecedario --ni los números del 1 al tres, ya puestos--, o tienen una mala leche que te cagas, o llevan tal curda que no ven ni las letras.

Cuando llegan todo son gritos y
sonidos onomatopeyicos --más espeluznantes que los del, ya fenecido, atrapado en el ascensor--, que no dejan lugar a dudas que allí va a haber de todo menos conversación --lo que me soprende es que sepan como darle al botón para encender la música y al de subir el volumen--.

Así
que, es en ese momento cuando uno piensa cuánto costaría una casita de madera en medio del campo. Algunos vecinos se deciden y llaman a la policía, con lo que al día siguiente, el afectado decide llamar también porque: "la lavadora de la señora del vecino que les llamó ayer porque yo molestaba centrifuga demasiado rápido" --¡que le quiten puntos!--.

Y
es el cuento de nunca acabar. Los altercados por el aparcamiento son cosa singular. En el pueblo donde vivo, los dueños de casas bajas que no pagan vado se creen con el mismo derecho que aquellos que sí pagan --eso de los vados debe ser algo relacionado con los ríos, o es un impuesto pa extranjeros--. Así que, si se te ocurre aparcarles delante puede ocurrirle de todo al coche: rayajos, embellecedores arrancados, espejos retrovisores caídos... ¡una vez hasta movieron un coche de sitio!

Mientras estás aparcando, las señoras corren disimuladamente un
visillo --a veces se han quedado con el en la mano-- para verte maniobrar, lo que siempre me recuerda las películas de suspense de los años cincuenta. Suspense que se acrecienta cuando el señor de turno se queda parado delante de tí, con los brazos en jarras --yo no aparcaría ahí, muchacho--, mirando como aparcas --joder, que dan ganas de salir y preguntarle si estoy aprobado--.
Pánico te da dejar al pobre automóvil
allí sólo, a pesar de todas las alarmas del mundo.

Si pienso que un
bloque de vecinos es un microcosmos, preferiría vivir en un yoghour --los l-casei inmunitas parecen gente maja--



¡Tierra a la vista!

4 ene. 2007



Estaba en medio de aquel mar quieto, espeso, que rumiaba su descontento. Tenía ante mi una brújula, un mapa de navegación, y un catalejo. Poseía todos los instrumentos necesarios para avanzar pero era incapaz de decidir cual sería mi rumbo. Era como si me hubieran cosido los dedos y no fuera capaz de señalar con el índice mi destino. Mi lengua estaba pastosa, y mis labios resecos se habían cerrado como si algún cemento los hubiera sellado.

Mis lágrimas se habían quedado a mitad de camino, partiendo del lagrimal, navegando por mis mejillas, pero sin llegar a precipitarse por la cascada de mi mandíbula. Todo mi cuerpo poseído de una calma chicha.

El cielo se había conjurado con la mar para parecer del todo invisibles, confundiéndose entre ellos, dando al infinito el sabor de la sal. Dónde empezaba uno y dónde acababa otro era un misterio.

Sin estrellas que me guiaran, sin sol que me iluminara, no era más que un naufrago a la deriva.

En algún momento tuve una tripulación, estoy casi segura de eso. Pero no sé qué paso con ellos. No recuerdo haberlos visto partir, ni tampoco morir. No hay cuerpos tendidos en cubierta, y los camarotes están desiertos, sólo huele a moho.

No tengo hambre, sin embargo el sueño me vence de rato en rato y mis piernas se quejan por permanecer tanto tiempo inmóviles.

Quizá este muerta y no me haya dado cuenta. Pero no lo creo, me duele demasiado el alma. Es como si mi corazón fuera un muñeco vudú, y los alfileres le hubieran clavado al mástil de este barco.

Hubo un tiempo en el que el mar era amante y compañero y la mar, madre y amiga. Un tiempo en el que salir a navegar era lo único que deseaba, que sabía hacer para vivir.

Hoy parece que estas aguas oscuras serán mi húmedo sudario. O no.

Oigo pasos detrás de mí, la madera cruje, y una respiración apenas audible llega hasta mi consciencia.

No soy capaz de ningún movimiento, veo la sombra de unas botas que me rodean hasta quedar frente a mí. El hombre se agacha y queda en cuclillas, observándome.

Mueve sus manos hacia mi rostro, y seca con sus dedos una de mis lágrimas. Frunce el ceño pero no pronuncia palabra alguna, sólo me mira.

Ahora ha cogido mis manos, y ve como la sangre seca se extiende sobre ellas, los dedos cosidos entre sí, los agujeros en la piel. Saca un puñal y rasga el hilo que les inmoviliza. Mis dedos se liberan.

El hombre se ha levantado ahora y creo que espera que yo también lo haga, pero no tengo fuerzas.

Me da la espalda y otea el horizonte, de pronto puedo oler una brisa fresca que viene de lejos, corriendo hacia las velas.

Se sienta sobre un barril, saca un pequeño trozo de madera de su bolsillo y con su puñal empieza a darle forma. No parece tener prisa.

No sé cuanto tiempo he permanecido en este estado, ni sé quien es el hombre, pero sé que ha traído consigo el viento, y el barco navega ahora, aunque ignore con qué rumbo.

Me levanto y camino hacia proa, despacio, convaleciente, incrédula ante el movimiento del barco.

El hombre camina detrás de mí, parece que quiere asegurarse que estoy bien. Se queda a mis espaldas, justo a un paso.

Las nubes han vuelto, hay pájaros que sobrevuelan el horizonte, y el sol se ha separado del mar para subir al cielo. Parece que amaneciera.

Cierro los ojos, no puedo creer que siga con vida. El hombre me da el muñeco que ha hecho, una muñeca vudú.

--Es hora de irse.

Yo asiento y tiro por la borda la muñeca, que flota, se encarama sobre las olas, y gira rauda navegando con un rumbo fijo.

--Has tardado mucho en venir.

--No creí que existieran aún barcos.

--Yo no creí que existieran aún piratas.

Las velas se hinchan prestas, y el destino iza su bandera.



Últimas horas

2 ene. 2007

Las laderas de esta tierra forman parte de mi alma. Y a mi alma la han erosionado sus piedras, lluvias, vientos y sequías con las que el tiempo me ha deseado enseñar.


Desde esta habitación blanca, desde esta ventana, puedo ver como el sol se pone de nuevo sobre ellas, y como oscurece el rostro cansado de mi madre.

Hace un mes que mi casa es este hospital, que el olor de mi pelo y mi piel es el de la enfermedad. Mis comidas son las de una insípida,apresurada cafetería. Mis noches delirios entre el sueño y la vigilia, recostado en un sofá.


Nadie menciona aquí la muerte, y quizá por eso mismo no soy capaz de sostener otro pensamiento. Cuando llega la noche se apagan las luces, las voces de los familiares y conocidos se pierden por los pasillos, presurosos y aliviados cuando el ascensor se abre. Se produce el cambio de turno de las enfermeras, los televisores se apagan.


Salgo a oscuras y miro el horizonte de ese tremendo pasillo en silencio. Podría irme a casa, pero no quiero, no dejaré que mi madre reciba sola a la muerte. Sola tiene que irse, pero yo la veré partir, yo la despediré.


Creo que nadie entiende que hago aquí con una enferma que apenas me reconoce. Sin embargo, por cada minuto que el dolor la deja abrir los ojos y sonreírme,la soledad se vuelve recompensa.


Es mi madre, es mi inicio y pasado, es y fue mi presente, es y será también mucho de mi futuro. Cuando ella muera estaré un poco más cerca de mi muerte, tendré una herida, y no será como las demás, esta no cicatrizará. Estaré obligado a vivir con su ausencia, a aprender de ella, a masticarla en la comida, y a vencerla en el sueño.


Cuando una persona a la que amamos sale de nuestra vida, apenas nos damos cuenta al principio. Su falta nos parece algo transitorio, circunstancial, reversible, como si de un momento a otro volviéramos a oír su voz o a ver su rostro mirándonos. Pero irán pasando los días y cuando suene el teléfono nos daremos cuenta al descolgar, que nunca podrá ser ella quien nos llame. La buscaremos con la mirada por la casa pero nos encontraremos con su sitio vacío. Cuando hagamos solos, aquello que hacíamos con ella, cuando al ir por la calle nos parezca verla y a pesar de lo absurdo e imposible, nuestro corazón se acelere y apretemos el paso para pasarla y mirarla la cara. Cuando conozcamos a alguien que nos la recuerde, y al principio nos encojamos, y un nudo —el de siempre— se haga más grande en la garganta, y mientras pasen los minutos y la oigamos hablar, veremos como la ilusión desaparece y tomaremos conciencia de la amarga pérdida.


Unas veces nos encontraremos comparando a cualquiera con ella, buscando vestigios de su alma, como un gesto de la mano, una risa, o una mueca que se hubieran podido reencarnar y meter en el cuerpo de otro a través de una puerta trasera.


En otras ocasiones nos parecerá que lo hemos superado y que podemos vivir sin volver a verla, hasta que una expresión, el tono de una voz, una canción nos la recuerden y retrocedamos a sentirnos solos sin ella.


Algunos piensan que si estoy aquí día y noche es porque no tengo una esposa e hijos, porque no tengo vida propia y me aferro a la de mi madre. Claro que me sujeto a mi madre, ¿quién sino ella me ha agarrado en cada caída?


A mi madre nunca tuve que explicarle con palabras cuando y como me golpeaba la vida.Cuando yo abría la puerta de casa ella ya se estaba levantando del sofá y se encaminaba a la cocina para prepararme la cena, inclinaba discretamente la cabeza y me miraba.


Sin preguntas, porque yo era un hombre, y ella una madre, pero las respuestas salían solas de mi boca. No hizo falta que se metiera en sus cosas porque no entraba en las mías: era una madre de las de antes, a golpes de silencio y amor me protegía.


Hoy me siento culpable, pienso en todas las ocasiones que dejé pasar sin abrazarla, sin preguntarle por ella misma; sin atreverme, por un ridículo pudor, a decirle cuánto la quería. Aunque más que culpable, en realidad, me siento un perdedor: no me atrevo a contar cuanto he desperdiciado de su compañía.


Mi padre llama por teléfono, me pregunta si estamos bien los dos, le digo que sí, que cene y descanse.Vuelve a mencionar de forma vaga que no debería quedarme todas las noches con ella, yo me despido hasta mañana y él no insiste. Hablamos poco entre los dos, tampoco lo hago con mi hermano. La enfermedad de mi madre, su próxima y anunciada muerte se ha convertido en un conocimiento que eludimos cada día cuando nos vemos.


Y yo, sólo, me enfrento a un único deseo: que no muera. Lo que intento es que se sienta protegida, hacerla saber que no está sola, que yo estoy aquí, con ella.


Una vez estuve a punto de casarme, pero todo acabó antes de lo que yo hubiera imaginado. Ella solía recriminarme mi falta de compromiso, y yo me cansé muy pronto de su compañía, de su continua presencia en mi vida. No sufrí mucho, más bien me sentí redimido cuando me dejó. Como si se me hubiera dado una oportunidad más y me hubiera librado de algo que ni yo mismo entendía. Mi madre sólo me dijo que no había llegado mi momento.


No se si tendré ese momento, esa necesidad de descubrir, conocer y poseer a alguien. Quizá me parezca enfermizo estar enamorado, quizá me dé miedo estarlo. Es posible que haya amado y me lo haya estado negando.


Recuerdo una tarde en compañía de amigos. ¡Todos me veían tan feliz y enamorado! Y después de dos meses ella terminó con la relación. Todos parecieron lamentarlo mucho por mí, ¡se nos veía tan bien juntos! Después de aquello acompañe una tarde a mi madre al médico, creo que fue la única que no me dio sus condolencias, apenas hablamos del tema. Parados delante de un semáforo ella se giró, se quedó fijamente mirándome y me preguntó: “¿Te sientes el mismo que antes?” Yo abrí los ojos con sorpresa y porque no comprendía bien que es lo que ella me preguntaba. Al fin entendí, y le dije que claro, que quizá estaba un poco desconcertado, un poco desilusionado, pero que yo seguía siendo el mismo de siempre, riéndome le contesté que incluso mucho más.


Entonces sonrío y me dijo: “Eso es que no estabas enamorado”. La interrogué en silencio, echó a andar y mirando hacia el frente me contestó. “Cuando amas a una persona nunca vuelves a ser el mismo, para bien o para mal, algo desde el fondo cambia y lentamente va subiendo a la superficie. Tardará meses o años, pero al fin te darás cuenta.”


Creo que tenía razón, las pocas personas a las que amamos cambian nuestro mundo, lo llenan o lo vacían, le dan color o lo dejan en blanco y negro, pero nunca nos dejan indiferentes ante nosotros mismos.


Intento dormir en este incómodo sillón pero sólo consigo dar vueltas y pensar. Me acerco a la cama y cojo su mano, apenas se despierta, pero me siento bien por estar aquí y ahora con ella.


La vida son momentos que se superponen unos a otros, pisándose en espiral, de todos ellos cuando muramos apenas unos cuántos habrán significado algo. Quiero decidir sobre esos paréntesis, sobre esas paradas en el monótono ir y venir de cada día. No deseo encontrarme con las manos vacías solo por no haberme atrevido a coger algo con ellas. Me siento uno y muchos a la vez, cada oportunidad de vivir que pierdo me deja con un fantasma de mi mismo a las espaldas.


Sé que he vivido más de la mitad de mis días, que he apurado cada uno de los placeres que se me ofrecían pero a pesar de ello estoy sediento. He hecho muchos kilómetros andando en círculos, y al parar ahora me siento desorientado.


Vendrá un día cercano en el que no hará falta que duerma más noches en este hospital. Habrá un último y estrecho abrazo, mi garganta estará seca y no hablaré para no llorar, no delante de los demás.


Y después de dos o tres días habrá que regresar al quehacer diario, se impondrá la rutina. Me encontraré un día conduciendo en mi coche y sin estar siquiera pensando en ella, las lágrimas —solas—caerán de mis ojos. La comisura de mis labios se habrá curvado un poco más hacia abajo. Tardaré más en reírme, aunque ni tan siquiera me dé cuenta. La vida me importará menos y la consumiré más aprisa.


Y quizá también llegue un día “mi momento”. Y cuando escuche a ese alguien pronunciar mi nombre será como si nunca antes me hubieran llamado. Cuando me mire y me hable, mi paso será más ligero, me parecerá que soy más fuerte, más capaz e invulnerable. Cuando la mire el corazón me latirá más aprisa de lo que yo quisiera, me quedaré en blanco sin saber bien cómo hablarle. La miraré a hurtadillas, cuando nadie se dé cuenta. Conoceré los más absurdos celos, y sus enfados serán la causa de mi tristeza. De entre todos será ella la que me conozca, dará igual cuánto quiera ocultarle, siempre me delataré desnudo ante su presencia.


Y quizá pueda amarla o quizá la pierda, pero de una cosa estoy seguro, ella marcará un antes y un después en mi existencia.

Equilibrio

1 ene. 2007

Saben, creo que es cuerdo aquel que sabe vivir con su locura. Valiente el que sabe dormir con su miedo, y bueno--en el buen sentido de la palabra bueno (Don Antonio Machado)-- el que sabe pero evita, el mal que es capaz de hacer.

Para dejar ir el daño que nos han hecho, antes debemos recordarlo.

Vivir con rencor sólo nos daña a nosotros, y vivir sin defenderse también. No creo que haya que poner la otra mejilla, pero tampoco que tengamos que matar a pedradas a aquel que nos insultó.

Ni vencedores, ni vencidos, ni el Bien, ni el Mal, ni Luz, ni Oscuridad. Solo luchadores, solo Hombres, solo tierras con sus días y sus noches.

Equilibrio. Real Academia Española


(Del lat. aequilibrĭum).
1.m. Estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente.

2. m. Situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse.

3. m. Peso que es igual a otro y lo contrarresta.

4. m. Contrapeso, contrarresto, armonía entre cosas diversas.