Yo no soy lo que buscas...

28 abr. 2007


Se conocieron, se enamoraron. Y pensaron que el siguiente paso sería irse a vivir juntos.

Ella tenía un pequeño piso. Pusieron una fecha para el cambio.

En ese tiempo, pintó las paredes de la casa, lavó las cortinas, compró cubiertos nuevos. Tiró su ropa interior vieja. Le hizo espacio en el armario y en el baño. Sonreía todo el día como una bobalicona.

Quedaron una tarde, como tantas otras. Un café en una calle poco concurrida, con la primavera sobre el asfalto haciendo de las suyas.


Se sentaron en la terraza, rodeados de almendros de flor rosa.


Ella no recordaba cómo llegaron hasta esa frase, pero le oyó decir:

--...yo no soy lo que buscas...

No venía a cuento --pensó ella-- no recordaba muy bien de que estaban hablando antes de que él dijera eso. Así que evitó mirarle a los ojos y lo dejó pasar. Miedo, quizá.

La chica siguió con los preparativos. Toallas y sábanas nuevas.

Un día él no la llamó. Ella se asustó. Empezó a repasar mentalmente la última vez que habían estado juntos, por si hubiera dicho o hecho algo que le hubiera molestado.

Cuando se quedó tranquila al respecto, se inquietó más, podría haberle ocurrido algo. Por fin, le localizó.

--Ah, cariño, ¿qué tal estás?

Ella pensó que su voz resultaba de lo más normal. No supo cómo reaccionar.

--Bien, estaba preocupada por ti, como no supe nada....

--¡Pero bueno, yo tengo mi vida también! Entro, salgo a tomar un café, veo a los amigos...

--Sí, claro. Sólo estaba preocupada. No contestaste a mis llamadas.

--Bueno, niña, no estoy mirando todo el día el teléfono. Y además, prefiero que me llames tú. Eres tú quien pone las reglas. ¿De acuerdo?

--Lo siento. No pretendía molestarte.

--¡No seas tonta, mujer!

Ella pensó que era una histérica. Que él tenía razón. Cada vez que discutían, se sentía una estúpida. Su falta de confianza en él, era una muestra más de su inseguridad.

Se acercaba la fecha del traslado. La chica se encontraba algo triste. No sabía porqué.

Algo en él la intimidaba. Una nota chirriante en medio de un brillante concierto.


Quedaron, ella dijo que estaba algo baja.

--Pues yo nunca estoy triste, siempre encuentro una razón para estar bien.

--Tienes suerte, mucha.

Esperaba otra respuesta. Aquello había sido banal. Nuevamente se sintió una egoísta. Se reprendió por pensar de ese modo. Seguro que él sólo pensaba en animarla.

--Mañana tengo que ir al médico.
De nuevo un comentario superficial sobre las enfermedades y la muerte. No le hizo más preguntas. Al día siguiente no hubo comentarios sobre su visita.

Pasaron los días. Sentados en el mismo café.


--Niña, he estado pensando. Mi forma de ser y mis ideas no te gustarían. Y es mejor así, la naturaleza es sabia.

--No te entiendo. ¿Qué quieres decir?

--Que no voy a irme a vivir contigo.

Silencio. Dolor. Cansancio.

--¿ Quieres que cortemos?


--¡No seas exagerada, lo haces todo a la tremenda, mujer! Podemos seguir como hasta ahora. ¿Nos iba bien, no?

-- Yo preferiría que no nos viéramos...

--Mujer, no pongas esa cara, me haces sentir como un ogro...¡joder! No soy malo. Tampoco soy perfecto. Todo lo que hago es por ti, pensando en tu bien.

--Sí, quizá tengas razón. Quizá sea mejor así. Gracias por todo.

Fue a levantarse. Pero él la retuvo del brazo.


--¡Pero ya empiezas otra vez! ¿No te ves? Tengo mis defectos, ¡no soy un dios!

--No, si de eso ya me había dado cuenta... De hecho, pensé que eras un hombre lleno de miedos e inseguridades. Un hombre que vivía encogido dentro de sí mismo. Fragmentado. Devorado por el "yo" que él mismo había creado, y que no podía controlar. Que necesitabas que te protegieran, que te descubrieran cómo eras realmente, que necesitabas amar y no sólo hablar de amor. Pensé que deseabas dejar de fingir.

--¿Estás de broma? ¡Pero si siempre tengo que lidiar con tus inseguridades! Quiero que sepas que soy un tipo muy afortunado. He amado y me han amado, mucho. Entérate. No puedo corresponderte de la misma forma, eso es todo. No tengo la culpa.

Ella sonrió.

--Es bueno poder decir eso. No importa. Te llamaré, cuenta conmigo para lo que quieras.


--No te soporto cuando te pones melodramática. Hoy me había levantado de buen humor. ¡Mierda!

Ella se encogió de hombros y suspiró.

--No te preocupes por mí, estaré bien.

--¡Pero yo siempre me preocupo por ti! Sé que no te vas a ir muy lejos. Seguro que mañana ya estás llamándome y pidiéndome perdón. Te conozco. Me necesitas. No intentes demonizarme. La gente quiere que me sienta mal por las cosas que digo o hago. Pero yo me conozco muy bien, sé que soy bueno.

--Eres un buen hombre. Tengo que irme. Yo seguiré aquí, no me iré.

--Vale, guapa. Te quiero mucho.

El abuelo

27 abr. 2007

Solo quiero Paz, Madre

Sólo quiero paz, Madre. No pido más.


Soy asquerosamente egoísta.


No pienso en el universo, solo en mi espíritu.

Y a nadie digo que sí, ni a nadie que no.


Que no tengo intención de juzgar.
Sólo quiero olvidar, y no tener deudas que pagar.


Sólo quiero reírme todos los días...
Sólo quiero dormir sin pesadillas...
Sólo hacer el amor, tres o cuatro veces por semana...


Y Vivir. Aunque sea un poquito.


Y espero que al mundo le vaya bonito.


Sólo disfrutar de un viejo castillo.


Sólo abrir los ojos al despertar y sentir: bien está!


Tengo poco juicio, Madre. Y les dejo a los grandes, las grandes cuestiones.


Yo sólo quiero sentarme al amanecer y tener una mano que coger.


Simple, Madre. Vulgar. No soy capaz de elevarme como los demás.


Y ya no es tiempo de hijos, pero si lo hubiera sido...


Y creyéndome Quijote, no soy más que Dulcinea.


Prefiero no darle cancha a mi mente,
que luego se me revuelve.


Mujer elemental, que no da para más.


Madre, sólo quiero no pensar.

Pausa


Pausa…
(M. Benedetti)

De vez en cuando hay que hacer
una pausa
contemplarse a sí mismo
sin la fruición cotidiana
examinar el pasado
rubro por rubro
etapa por etapa
baldosa por baldosa
y no llorarse las mentiras
sino cantarse las verdades.

Un tiempo...

26 abr. 2007


Necesito decir adiós. Como mi abuelo diría, borrón y cuenta nueva.

A las plantas hay que quitarles las hojas enfermas, de otra forma no dejarían vivir a las sanas.

Así siento que respiro.

Como un globo tirando lastre.

Como con el cambio de cada estación, dando la ropa que ya no uso.

Como borrar los teléfonos y direcciones que no he usado en los últimos tres meses.

No puedo evitarlo.

Quizás sea un error.

Pero no puedo evitarlo.

Delante del ataúd del que iba a ser mi esposo, el abuelo se acercó y me dijo:

--Niña, echa la tapa y entiérralo. El luto se lo dejas a su madre.

Y le hice caso. No pude evitarlo.

Le amé mientras vivía. Si hubiera seguido amándole hubiera sido necrofilia.

El viejo me enseñó que aferrarse a las personas, objetos, lugares, es enfermizo. Y la enfermedad termina en Muerte.

Y como buen ateo que era me citaba el קֹהֶלֶת, Kohélet:

"Tiempo de nacer, y tiempo de morir;
tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;
tiempo de matar, y tiempo de curar;
tiempo de destruir, y tiempo de edificar;
tiempo de llorar, y tiempo de reír;
...
tiempo de guardar, y tiempo de desechar...
...
Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo que pasó".

Hoy es un buen día para morir. Hoy es buen día para nacer.

Pavo real


De pequeña me gustaba hacer agujeros, en la tierra húmeda, con la punta de mi paraguas.

Hoy, después de no sé cuántos años, me he sorprendido a mí misma haciendo ese mismo gesto, ya olvidado.

Es difícil vivir conmigo misma. Pero cuando lo consigo, no hay nada más gratificante.

Para poder convivir con los demás tiendo a disculparles.

Las estupideces hago como que no las oigo...

La cobardía, la asumo, y pruebo a compensarla...

La soberbía, la justifico, me digo a mi misma que si tienen motivos...

El egoísmo, lo soporto, es necesario para sobrevivir...

Y así podría estar hasta el final de cualquier tiempo...

Y es que prefiero disculpar, a asumir que las personas podemos llegar a ser tan feas, tan sucias.

Despedimos un fétido olor, acostumbrando a nuestra pituitaria con el roce diario.

¡Admirable e insondable capacidad de oler la mierda ajena a kilómetros de distancia!

¡Y bien! Para sobrevivir, supongo que hemos de ser así.

Bestias sin dientes, que muerden más de lo que pueden.

Rompehuesos del alma ajena.

Onanismo en lugar de Amor.

Leyes en lugar de Justicia.

Mónologos en lugar de Conversación.

Compañía en lugar de Unión.

Pájaros que perdimos nuestras alas. Solo nos quedan las plumas.

Los pavos reales por más que coloridos, no pueden volar.

Fantasma


El viejo la buscó entre la gente, al principio no la encontró. Besos y abrazos de familiares se interponían.

Por fin, la divisó. Sentada al borde de un banco, erguida. Sus ojos se cruzaron y él esbozo una sonrisa de reconocimiento.

Ella, sin embargo, sólo se levantó y camino hacia él.

El viejo sintió un cosquilleo en el estómago.

Al llegar a su altura se abrazaron. Ella le cogió la maleta, rápidamente.

--La estación de autobuses es por ahí.

Y echó a andar.

--¿No tienes coche?

--No dejaron que sacara el carnet de conducir. Era la mejor excusa para que me trajeran y llevaran.

--Entiendo. No podían arriesgarse, por si comprobaban si era verdad.

--Exacto.

La muchacha iba unos pasos por delante. Abrieron los paraguas. El viejo observó como pasaba debajo de los goterones, sin evitar ninguno. Algo iba mal. Muy mal.

En el viaje apenas intercambiaron algunas palabras.

Al llegar a casa, ella abrió la puerta y le dejó pasar primero.

Después se sentaron en dos sillones, frente a frente. Ella sirvió dos whiskys sin preguntar.

--Lena preguntó por ti.

--¿Cómo está?

--Va todas las semanas a verle.

La muchacha dio un calada lenta al cigarrillo y asintió con la cabeza.

--¿Y su hermano?

--Le han mandado a la frontera.

Silencio. Bebió un trago de whisky. Se levantó y puso un disco de Ella Fitzgerald.

--¿Te trataron bien?

--¿Quiénes?

--Los nuestros.

Ella se le quedó mirando y sonrío. Pero sus ojos no. Sus ojos eran dos puntos de luz cegadora. El viejo tenía la impresión de que podría levantarse y pasar a través del cuerpo de ella. Como un fantasma.

--Sí, no he tenido queja.

--Te he traído la carta que te escribió.

Ella sonrío de nuevo, era irritante.

--Gracias. No era necesario.

Era la primera vez que no sabía lo que pasaba por su cabeza. Sobre su corazón prefirió no pensar. Decidió arriesgarse, era culpa suya que ella estuviera allí.

--Tienes que olvidarle. Empezar de nuevo.

--¿Crees que es eso lo que debo hacer?
--Creo que es lo mejor para ti.

Hubo un breve silencio. La muchacha desvió la mirada a la punta de sus pies.

--Sí, tienes razón, es lo mejor.

Entonces el viejo supo que la había perdido. Que nada de lo que dijera o pensara podría traerla de nuevo a su lado.

El viejo se removió inquieto en su butacón.

--Habrá otros hombres.

--Bueno, espero que muchos.

Y volvió a poner esa jodida sonrisa. El viejo sintió pánico, no había furia, ni tristeza, ni rencor. Simplemente ella le había descartado de su vida.

--Lo siento mucho, niña.

--No te preocupes, viejo, tú no fuiste el que le metió una bala en el cráneo.

El viejo supo que nunca más volvería a llamarle abuelo.

Suerte

25 abr. 2007


--Corrí hasta toparme con una encrucijada de caminos.

--¿Qué viste?

--Nada era un páramo.

--¿Qué hiciste?

--Me senté en el suelo a esperar.

--¿Y qué esperabas?

--No lo sé.

--¿Vino?

--¿El qué?

--¡Pues lo que fuera! ¿No dijiste que te sentaste a esperar?

--¡Ah!, eso... No lo sé. Me quedé dormida. Estaba muy cansada... Eco...

--¿Qué has dicho?

--Que cuando me desperté oí un eco...

--Uhmm. ¿Y qué decía?

--"..erteee"...

--¿Suerte?

--O quizá muerte.

--En fin, no creo que eso ahora importe.

--No, yo tampoco. Aún así, tengo la sensación de que era algo transcendente...

--¡Bah! Casualidades...

--Sí, seguramente.

--¿Te sientes bien? ¿Notas algo extraño?

--¡Oh, no! Estar muerta es fácil, lo complicado era vivir. ¡Gracias!

De vuelta en casa


Retornó la lluvia, abrazada al frío. Fui a esperarles a la estación del Tiempo.


Ahora puedo mirar el cielo sin que la luz me ciegue.


En la madrugada, dos colosos de nubes luchaban sobre el tapiz celeste.


El frío alivia la presión de mi cabeza. Las arterias dejan de dilatarse y las ideas cesan su expansión.


Incluso en una ciudad carnívora como ésta, cuando llueve, el aire huele a madera mojada, tierra agradecida y sonriente.


Hay otra razón. Más oscura. La mayoría evita la calle. Abandona la ciudad a su suerte.


Y por las húmedas calles paseo.

Tengo un paraguas único.


La voz del universo deja un rastro de luz y sonido. Relámpago y trueno.

Hacedores


Huyo de la gente. Temo lo que sienten y hacen en grupos de más de seis.


Amo al ser humano, su individualidad trágica e imperfecta.


Nada de lo que hagan al unísono me interesa. Cualquier verbo conjugado en segunda y tercera persona del plural lo esquivo.


La ausencia de evolución en la humanidad es el signo de su probeza e insignificancia.


Si soy capaz de proyectar un poco de luz desearía que fuera en tu vida donde "comentaras".


Evoluciando hasta ser un "Hacedor".


Transformandote, dejando las palabras latiendo en la red y creando realidades fuera de ella.


Es la única manera que conozco de salvación.


Cuando escribo libero el absurdo de mi vida.


Cuando escribo y tú me lees, danzamos con la Creación.


Abriré mi mente, lentamente, y me conocerás. El inconsciente se te entregará confuso y abochornado.


Ni nuestros nombres, sexos e historias pasadas nos rechazarán.


Desnudos, almas vírgenes que aún nadie ha tomado.


Come what may

24 abr. 2007



Nunca supe que me podría sentir de esta manera
Como si nunca hubiera visto el cielo antes
Quiero desaparecer dentro de tu beso
Cada día te amo más y más
Escucha mi corazón ¿puedes oírlo cantar?
Diciéndome que te dé todo
Las estaciones pueden cambiar,
invierno a primavera
Pero yo te amo hasta el final de los tiempos

Pase lo que pase
Pase lo que pase
Te amaré hasta el día de mi muerte

Repentinamente el mundo parece un lugar tan perfecto
Repentinamente se mueve con una gracia perfecta
Repentinamente mi vida no parece un desperdicio

Todo gira alrededor de ti
Y no hay una montaña demasiado alta
No hay río muy grande

Canta esta canción estaré ahí a tu lado
Las nubes de la tormenta pueden juntarse
Y las estrellas pueden chocar
Pero yo te amo hasta el final de los tiempos

Pase lo que pase
Pase lo que pase
Te amaré hasta el día de mi muerte

Hoy es un gran día


Hoy es un gran día. Dejé de sentirme bien. Dejé de sentirme mal.
Existencia.
Hoy es un gran día. Abandoné la prisa. Me libre de la lentitud.
Tiempo arrasado.
Hoy es un gran día. La falta de ganas. La ausencia de desgana.
Contemplación.
Hoy es un gran día. La necesidad por otros se colmó. La necesidad de otros por mí se desvaneció.
La vida se contiene a sí misma.
Hoy es un gran día. Morir es inevitable. Vivir una consecuencia.
Tránsito.

No quiero matar

23 abr. 2007


La tarde huele a invierno. Se han quedado en la casa -solos- el viejo y la niña.

El hombre está sentado ante la ventana, fumando su pipa. Les separa un vieja mesa de madera.

A la niña le cuesta concentrarse en su lectura. Levanta los ojos y su abuelo la mira.

--¿Estás bien?

La niña asiente con la cabeza, muda.

Un viejo reloj atrasa el tiempo.

--¿Mataste a muchas personas, abuelo?

Esta vez el viejo no se gira. Sigue con la mirada perdida. Más allá del cristal, más allá de los árboles de la alameda, más allá del horizonte nublado.

--¿Me estás juzgando, niña?

La pequeña frunce el ceño e intenta aparentar que el comentario no la ha herido.

--No, abuelo. Sólo quería saber cómo fue aquello.

Ahora sí, ahora el viejo vuelve la cabeza y la mira. Le sigue un escrutinio tranquilo y frío. Después suspira.

--Maté a todos los que hizo falta.

Silencio. Los dos se miran.

--¿Qué te preocupa?

--No quiero matar, abuelo.

--¿Te crees mejor que yo, estúpida niña?

La pequeña niega con la cabeza. Tienes ganas de llorar, pero delante de él no se lo permitirá.

El viento se precipita contra los cristales, hace vibrar la madera.

--Ya sabes lo que pasó. Era la guerra.

--Pero han pasado muchos años...

--Tengo una deuda con ellos. Nos sacaron de aquí, cuando la República cayó. Nos sacaron de Francia cuando la ocuparon. Eso es todo. Deudas.

--Yo no sé matar, abuelo.

El viejo la mira despacio. Poco a poco las comisuras de sus labios se tuercen en un mohín sarcástico.

--¡Oh, pequeña mía! No te preocupes por eso. Es un don que tienes, a poco que ellos te pulan lo harás con los ojos cerrados.

Esta vez la voz se quebró en su garganta. Negó vehemente con la cabeza.

--Mueres cuando pierdes la vida. Mueres cuando te la quitan...Y mueres cuando después de haber hallado la "luz", te quedas a oscuras. ¿Entiendes, niña?

Ahora lloraba. Viejo cruel, déspota.

--No me das pena. Tú tienes alas, yo vivo a ras de tierra.

--¡Pero siempre estoy sola!

--Porque buscas en el suelo, lo que sólo el cielo puede darte, tonta.

--No soy tonta... no lo soy...

--Oh, sí! ¡Ya lo creo que lo eres! Pero eso no es de mi incumbencia.

--Soy tu nieta.

--Por eso estás aquí.

--No haré lo que ellos quieran.

El viejo se encogió de hombros. De nuevo dirigió su mirada a la ventana.

--Sigues sin entender... No podrás evitarlo.

--¿ Y qué puedo hacer?

El viejo se quedó sin aire. Suspiró larga y profundamente. Por primera vez sintió lástima de la niña.

--Quédate sóla.

Sendero


La mujer sale cerrando suavemente la puerta. Si diera un portazo, se vendría abajo, caería sobre ella el peso del absurdo.


Echa a andar sin rumbo fijo. Cada paso incierto convierte a la mujer en joven, y a la joven en niña.


Y el pesado vacio acumulado en treinta y nueve años toma posesión del alma de la pequeña.


Un azul de cielo plano, sin nubes. Un prado verde sin sombra de árboles dónde cobijarse.


Guijarros de soledades en su camino, que con un puntapié aparta para no caer.


Si tropieza, no se levantará.


Cruce de caminos. ¿Izquierda o derecha? El Hacedor le tiende un pico. "Haz tu propio camino".


Y entre la mujer, la joven y la niña, comienzan a cavar con furia. Partiendo la tierra en dos, a un lado y a otro.


Hacen un camino recto, un sendero de soledades.


Siesta

22 abr. 2007


Disfruto las siestas. Las duermo mejor que las noches. La oscuridad alimenta las pesadillas.

Pero aún mejor que las siestas, son esas "cabezaditas" de media mañana en verano.

Cuando el calor nos previene de lo que se avecina, pero aún nos dá un respiro de mañanita.

Ahí es cuando duermo mejor. Y es que la noche es madre de tinieblas.

Mientras, la luz espanta los demonios, y mi alma se cree a salvo de negros diablos.

Siempre recuerdo mis sueños. Incluso cuando al levantarme no lo haga, a lo largo del día, cualquier palabra, gesto, me obliga a ver mis quimeras más surrealistas.

Mi consciente y subconsciente se aman. Relación condenada al desencuentro, aunque ambos se empeñen en salvarla.

“Caddy me abrazó y ya nos oía a nosotros y a la oscuridad, y a algo que se podía oler”
(William Faulkner “El ruido y la furia”)

Fácil... Difícil

21 abr. 2007


Y qué fácil es perderse. Sujetar entre las manos el agrio y seco vacío.

Y qué doloroso sujetar, sin alfileres, el hastío.


Y qué sencillo mojar las sábanas, con deseo o lágrimas.

Y qué resbaladizo dormirse, en húmedas sábanas.

Y qué agotador olvidarte mientras te recuerdo.

Y qué liviano imaginarte mientras te sueño.


Y qué cómodo asesinarme.

Y qué dudoso devolverme a la vida.

Y qué deseable penetrarme.

Y qué devastador abandonarme.


Partir

12 abr. 2007


En aquel espacio el tiempo se distorsiona. Miles de personas se mueven a cámara rápida.
La bóveda de metal cual araña observando a sus presas humanas.

Mis ojos distinguen una mujer muy quieta. Sentada al borde un banco, con las piernas muy juntas, la espalda recta. Ausente la mirada.

Me siento a su lado. Ni tan siquiera una mirada de soslayo. Ni un movimiento.

El llega tranquilo. Se para a su lado, de pie y la saluda.
No hay beso. No la toca. Ni tan siquiera baja la mirada.

Ella se levanta rápida y tensa. Se le acerca con pequeños pasos.
Levanta la cabeza y busca su mirada.

Pero él, mira ahora por encima de la cabeza de ella. Masculla algo sobre retrasos y horarios. La esquiva.

Ella no se dá por vencida. Se pone de puntillas. Besa al chico que apenas le devuelve el contacto con los labios.

Por un momento se quedan quietos, sin saber qué hacer o decir.

Ella cambia su bolso de mano. Libre ahora, la extiende hacia él, que tiene las suyas metidas en los bolsillos.

El esquiva el primer intento. Pero ella resiste con su manita al lado del bolsillo del vaquero de él.

Con desidia, se dá por vencido y desganadamente saca la mano.

Echan a andar. Les pierdo de vista.

El debería decirle que ya no la ama.

Ella debería dejarle ir y partir.

El primer amor

11 abr. 2007


Era verano, la playa, una niña de catorce años recién cumplidos viajaba por primera vez al mar.

El niño un poco más pequeño que ella ,vivía en el pueblecito.

Se conocieron, se sorprendieron. La niña se enamoró por primera vez, también.

El niño se asustó de lo que sentía, y cuando ella se lo demostró huyó.

La niña entonces, por primera vez herida, se retiró de la vista del muchacho.

El niño entonces buscó a su primo, y le pidió que intercediera. Tenía vergüenza. Pero quería que ella supiera que la quería.

La niña volvió a su lado. Y pasó los primeros quince días felices de su vida.

LLegó el final del verano, con el olor de las cartas prometidas, de las direcciones escritas en pequeños trozos de papel.

La niña llegó a la ciudad y muy pronto le escribió.

Pasaron tres semanas, y cada visita al buzón, era un arañazo en ese principiante corazón.
Pasaron seis meses, pero ella seguía visitando el buzón.
Pasaron siete meses y dejó de esperar.

Pasó un año. Volvieron al pueblecito de la playa. Pero la niña, ya no tenía primeras veces de las que disfrutar.

En un año se había hecho más vieja de lo que ella pudiera imaginar, más fea.

Su cuerpo también había crecido.

Había decidido que aquel niño que la había olvidado, aquel que ni una carta la había contestado, no era digno de ella.

Estaba descargando las maletas cuando una voz la llamó. Se dió la vuelta, con todos los nervios tensos, y una sonrisa ensayada, que sus quince años no le deberían haber permitido jamás.

Allí estaba el niño, con su sonrisa más feliz en los ojos, como si no hubiera pasado un año desde la última vez que la viera. Como si el no haber contestado las cartas, nada supusiera.

Y eso no lo esperaba ella. Y por eso no supo reaccionar. Por eso siguió actuando según el guión aprendido, según todos sus pensamientos de un año le habían aconsejado.

Y miró al niño con la mirada vacía. Y el niño no comprendió. Durante unos segundos se quedaron allí parados, mirándose sin verse. Al final, la niña se dió media vuelta y siguió con el equipaje.

Por primera vez el dolor que sentía, se lo había provocado ella misma.

Héroes del tiempo

10 abr. 2007


Héroes del tiempo. Terry Gilliam Hay una escena que no puedo olvidar. Cerca del final, caminan por un desierto de suelo pedregoso y cielo plomizo. La nada.

Exhaustos comienzan a discutir. Uno de ellos coge una piedra o un hueso(no recuerdo bien) y lo lanza al vacío.

Y el vacío cae. Se rompe en mil pedazos de cristal. Descubriendo otro mundo.
..........

Las voces se hacen insoportables. Los rostros pasan ante sus ojos como un tiovivo.

Les da la espalda.

Echa a andar y se topa con la línea del horizonte. Un espejo infinito.

Apoya su frente y sus manos. Le cuesta respirar. Esfuerzo titánico contra las lágrimas que anegan sus ojos.

Un roce. Las yemas de sus dedos cosquillean.. Abre los ojos pero sólo puede verse a sí misma.
.....

El tiempo se detiene.

Sin fuerzas, se desliza lentamente hacia el suelo. De pronto, una presión en las muñecas. Unas manos la sujetan, tiran de ella hacia arriba.

Espera

9 abr. 2007

Cada día entraba en la habitación vacía. Cada día me sentaba en el suelo y esperaba.


A veces me reprochaba por pasar allí todas esas horas. Me sentía pequeña y ridícula. Pero esperaba.


Al principio la habitación guardaba el eco de nuestras voces.


Si entraba viento por la ventana, parecía que removía nuestros olores.


No me sentía sola.


Pasaron los días. De la garganta al estómago, se deslizaba un nudo correoso.


Empecé a dudar. Comenzaron a asaltarme todo tipo de insidiosas preguntas. Pero continué allí, sentada, aguardando.


No tenía a dónde ir. En realidad, no quería ir a ningún otro sitio.


El tiempo que pasó me hizo perder la noción, de cuánto tiempo se trataba.


Olvidé tu cara. No estaba segura de tu voz. La habitación estaba fría.


Me sentí sola. Pero aguanté.


Nunca supe si volviste. Algo pasó antes, algo que no recuerdo.


Demasiado tiempo sola conmigo misma.


¿Regresaste a por mí?

Ahogarse

1 abr. 2007


Diarrea de palabras. Durante treinta y cinco minutos. Pero no las entiendo.

Es un asalto. Mientras una habla, la mirada de la otra se vuelve vaga. Asiente remotamente con la cabeza, deja entrever algún rictus con la boca.

No se escuchan.

Un segundo para coger aire y la otra coge la oportunidad rauda. Es su turno.

Si se taparan los oídos, entenderían más.

Vida perra. Vida a la que hay que dar muchas vueltas para encontrarle la etiqueta.

Intento escribir, pero sólo pinto garabatos en los márgenes.

Pruebo a vivir. Y sin embargo no soy más que un poco de carne encogida.

Pruebo a encontrarme, pero el dolor espanta mi alma asustadiza.

Demasiado presente este cuerpo y sus visceras para subir al bote salvavidas.

No floto, me hundo por el peso de mis heridas.

La indiferencia de los otros es agua turbia en torno a mis desdichas.

Y sin embargo a lo lejos un faro señala tierra a la vista.

Pero sé que me ahogaré. Aquí y ahora.

Los calambres atenazan mi alma. La arrastran hacia el fondo, encharcada de agua.

¡Y qué importa! No soy más que otro cuerpo hueco, flotando en este cementerio de mar fría.