Vanidad

27 jun. 2007



Estaba cansada --y por eso mismo-- ir al encuentro del abuelo, a pesar del calor y de la larga jornada era lo mejor que podía hacer.

Me esperaba en el portal. Sombrero panamá, camisa de manga larga recogida hasta los codos y su sempiterna pipa.

--Buena tarde, abuelo.

--Hola, querida, me gusta que seas puntual. Te he enseñado bien.

Sonreí y me ofreció su brazo para pasear.

--Estás muy pensativa. Dime, ¿qué es?

--Pensaba en lo destructiva que es la vanidad.

El viejo frunció el ceño.

--No creo que ese sea, precisamente, uno de tus defectos.

--¡Oh, abuelo, gracias! Pero todos somos vanidosos. Por algo les llaman los siete pecados capitales.

--Yo no soy vanidoso.

--Abuelo...

--¿Queeeé?

--Que soy yo, Elbereth...

--En fin, dejémoslo. ¿Y que te ha hecho pensar en eso, niña?

--¿Recuerdas cuando te dije que escribía en un blog?

El abuelo asintió con la cabeza.

--Pues bien, cuando entra alguien nuevo, me comenta y dice que le gusta...

--Te sientes orgullosa.

--¡Exacto!

--¿Y qué hay de malo en eso?

--Los halagos no son provechosos.

--Pero, coincidirás conmigo, reconocer el trabajo y el esfuerzo, supone una motivación.

--Sí, eso es cierto... cuando se trata de educar. Pero entre adultos...

--¡Cuánto te cuesta aceptar un cumplido!

--Sí, y eso que me paso la vida buscando la aprobación de los que me rodean.

--Y cuando la encuentras, no la crees. ¿Por qué?

Se hizo el silencio. Paré y me solté de su brazo.

--Creo que siempre hay que luchar por ser mejor. Porque no existe el "basta" en cuánto a hacer las cosas bien.

--El perfeccionismo es otra forma de vanidad, ¿sabías?

--¡Pero quién puñeta habla de ser perfecta, abuelo!

--¡De acuerdo, no te excites! ¿Entonces?

--Se trata de no bajar la guardia. Del esfuerzo constante. La vida puede ser amiga, hermana, madre, abuela, maestra, amante, pero hay que preservarla del deterioro "penetrante" y silencioso de la rutina. Los halagos pueden hacerme creer que no tengo que dar más.

--O lo que es peor para ti...

--Que no tengo nada más que dar.

--¿No será que cuando te dicen algo bueno, sientes la presión de tener que hacer algo todavía mejor? ¿De no fallar, de no decepcionar?

Callé de nuevo.

--Puede... no lo sé. ¡Estoy fatigada!

--¿Te apetece un helado, pequeña?

Sonreí.

--¡Claro, abuelo! ¿Por qué crees que a pesar de todo lo que me regañas y discutimos, siento que nunca te he decepcionado?

--Porque nunca lo has hecho, Elbereth.

Volví a cogerme de su brazo y echamos a andar. Por un segundo recosté mi frente en su hombro.

--Tú tampoco me has decepcionado, abuelo.

El viejo --muy serio--, removió mi pelo con su mano.





El misterio de la vida

25 jun. 2007




--¡Abuelo!

--¡Demonios niña, no pegues esos gritos! ¿Qué te pasa?

--¡He descubierto el misterio de la vida!

--¿Y qué quieres que yo haga?

--¿Felicitarme, abuelo?

El viejo me miró sin saber si tenía que matarme o suicidarse.

--Hija, ¿cómo vas a descubrir algo que no existe?

--No te entiendo, explícate abuelo, por favor.

--Pues es sencillo a rabiar, niña: la vida no tiene ningún misterio.

--¿Estás seguro de eso?

--Fijo.

--¿Entonces, qué he descubierto, abuelo?

--Buena pregunta, hija, muy buena. ¿Cuántos whiskys has bebido?

Sonreí beatíficamente.

--Bien, entiendo. Pues sin riesgo a equivocarme, los misterios descubiertos deben estar en consonancia con los whiskys ingeridos.

Seguí sonriendo.

--Siéntate y cuéntame, tengo interés en esos descubrimientos tuyos.

Creo que me tambaleé algo antes de hallar el asiento, pero todo con mucha dignidad, por supuesto.

--Pues bien, creo que sé porque estamos vivos...

Bajé la voz a un susurro y me incliné hacia delante para decírselo en confesión al abuelo.

--Te escucho, hija, sigue...¡Qué aliento a alcohol, bendito Nombre!

--¿Qué te estaba diciendo, abuelo?

--Nada interesante, de seguro. ¿Quieres echarte un rato en el sofá?

--No, me siento muy bien, abuelo, pero gracias de todos modos...¿Sabes para qué vivimos?

El abuelo resopló, la poca paciencia que tenía se le estaba agotando por segundos.

--¡Para morir, para eso estamos aquí abuelo!

--Hija, ni el alcohol te hace brillante, es una lástima. No es un "para" morir; morimos "por" estar vivos.

Creo que a esas alturas estaba bastante ebria y confusa.

--¿Abuelo, te he dicho que siempre quise ser Heidi?

--¿Y yo no te he dicho que si no sabes beber, no lo hagas?

--¿Y tener un perro como Niebla?

--¡Tú ya tienes a Dana!

--Sí, eso es cierto. También te pareces al abuelito en lo del mal carácter.

Aquí el abuelo asintió, dándome la razón, mientras subía mis pies al sofá.

--Abuelo...

--Dime, Elbereth...

--Me importa un bledo que la vida no tenga ningún sentido...

--Mejor así, por que de lo contrario te iban a dar igual.

--Abuelo...

--¿Queeé?

--¿Mi existencia no tiene ningún sentido?

--Eso no lo sé, pero una cosa es segura: careces de todo sentido común.

--Yo también te quiero, viejo.

--No me llames "viejo" es una falta de respeto.

--¡No pensé que llamarme estúpida fuera una muestra de deferencia!

Y antes de quedarme dormida, oí como el abuelo reía.

Don Ernesto Sábato

22 jun. 2007



Y es que es el cumpleaños de mi Ernesto Sábato. Nació la noche de San Juan, del 23 al 24. (Cáncer, como yo, aunque con casi un mes de diferencia)

Hay autores que resisten cualquier cambio, contratiempo, alteración de nuestras vidas. Como ciertas personas.

A Don Ernesto Sábato, lo descubrí una tarde de soledad seria, paseando. Nunca había oído hablar de él. Tenía 17 años y topé por "casualidad" --él no cree en las casualidades-- con su libro "Sobre Héroes y Tumbas". No sé por qué, pero es como si alguien hubiera extendido una mano para acariciarme el rostro.

No llevaba dinero, no pude comprarlo en ese momento.

Volví al día siguiente, pero ya no lo tenían. Recorrí toda la calle Santa Engracia, llegué a la glorieta de Iglesias, bajé por Eloy Gonzalo, pregunté en cada kiosko. Nada.

Me había dado por vencida. Pasé por delante de otro kiosko pero ya ni me molesté en preguntar. Nada más pasarlo --sin saber porqué-- me paré en seco y regresé. Pregunté por el libro. ¡Allí estaba!

Sonará estúpido, pero para mí fue mágico.

Años después --siete más o menos--, me enfrentaba a otro de esos agujeros negros de mi vida.

Estaba de baja médica, y había salido a dar otro de eso paseos de "soledad seria". Viajé en metro hasta el Retiro. En el trayecto, me coloqué delante de un hombrecillo, que iba sentado, muy serio; gafas oscuras, cabeza baja, brazos cruzados sobre el pecho, camisa gris, sobria, pasada de moda.

De pronto, pensé que se parecía mucho a Sábato. Tampoco sé por qué, pero me inspiró ternura. Hubo un momento en el que él levantó la mirada y nos enfrentamos. Le sonreí y él, tímidamente, volvió a bajar la vista.

Al llegar a casa, vi en la televisión que Sábato estaba en Madrid. Supe que era él, el del metro. No sólo por mi instinto. No sólo por el obvio parecido físico. No sólo por la certeza casi mística. Llevaba un tatuaje en el brazo, tatuaje que después supe que tenía.

Es la primera vez que escribo sobre esto.

Sábato, siempre Sábato. Gracias por cada momento dado. Me gustaría poder hacerle llegar todo lo bueno que soy capaz de dar.

El Túnel (Fragmento)
" Fué una espera interminable. No sé cuanto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados.
(...)
A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.
(...)
Yo no decía nada. Hermosos sentimientos y sombrías ideas daban vueltas en mi cabeza, mientras oía su voz, su maravillosa voz. Fui cayendo en una especie de encantamiento. La caída del sol iba encendiendo una fundición gigantesca entre las nubes del poniente. Sentí que ese momento mágico no se volvería a repetir nunca. -Nunca más, nunca más- pensé, mientras empecé a experimentar el vértigo del acantilado y a pensar qué fácil sería arrastrarla al abismo, conmigo. "

El poder de la palabra

El sentido de la vida

21 jun. 2007

--¿Tú no crees en la vida después de la muerte, verdad, abuelo?

--No. Con esta vida me alcanza. Hasta diría que me sobra. ¿Y tú?

--Desearía que hubiera "Algo".

--¿Por qué?

--¡Por que si no la vida me parece absurda!

--No es que te "parezca", es que lo es. ¿No crees?

--¿Pretendes consolarme con eso?

El viejo se encogió de hombros. Se levantó del sillón y se puso de pie ante el balcón.

--¿Por qué te ayuda pensar en esa "post-existencia"?

--Porque lleva implícito un concepto del Bien y el Mal. De la "justicia", de la "retribución".

--¿Compensación por los sacrificios y buenas obras? ¡Ridículo!


Ahora fui yo la que se encogió de hombros.


--¿Sólo te comportas bien porque crees que hay un dios justiciero esperando, niña?

--No, no es eso. Intento --no doy para más abuelo-- hacer lo correcto. Necesito creer en el Bien.

--Ese término es peligroso de manejar.

--Bueno, fuiste tú el que me enseño aquello de: no hagas aquello que no quieras que te hagan.

--¿Y crees, so boba, que es tan fácil de hacer como de decir?

--No, claro, mi estupidez no llega a tanto.

--Bien, entonces, ¿de qué demonios estamos hablando?

--Del "Sentido de la Vida".

Se produjo un rugido de silencio. Se giró y volvió a sentarse frente a mí. Cruzó las piernas y cogió la pipa para encenderla.

--No vas a hallar respuesta a eso. Y sin embargo, pasarás tu vida amargada buscando, pequeñaja.

--¿Algún consejo, abuelo?

--¿Práctico?

--No, de cocina, si te parece...

--¡Hija, qué modales, qué genio con lo pequeñita que eres! Podemos hablar del verano, si quieres.

Le miré atónita, por un segundo. Al siguiente, sonreí.

--Se me olvidaba decirte una cosa.

--¿Sí?

--Invité a Susana y Balanegra a un whisky.

--¿Lo dices en serio?

--¡Totalmente!

--¿Sabes que es lo que le da sentido a mi vida, Elbereth?

--Ni idea, abuelo.

--Darte un abrazo.

Summertime

19 jun. 2007




--He estado pensando, abuelo.

--Ya te dije que tenías unas costumbres muy feas, niña.

--Sí, bueno, el caso es que me he preguntado que une más a dos personas: la risa o las lágrimas.

Ibamos andando despacio por el bulevar. El abuelo llevaba las manos a la espalda, en la boca su pipa ladeada. Se paro y me dijo:

--Hija, ¿no tienes otra cosa en la que emplear tú tiempo, verdad?

--Uhm, es que detesto limpiar la casa, la plancha ya la tengo lista y la cocina me aburre.

--En fin, vamos allá. Pero por una vez, desearía hablar de algo intrascendente.

--¿Intrascendente, has dicho?

--Sí, eso he dicho.

Quedamos parados, mirándonos muy serios el uno al otro. Yo hice un mohín de labios y fruncí las cejas.

--Odio el verano, abuelo.

--Ajá. ¿Eso es por llevar la contraria?

--No, no, que va. Es cierto.

--Pues a mí me gusta, hija. ¿Por qué a ti no?

--Por el calor, obviamente. El calor hace que sude, si sudo huelo y los demás también huelen. Uff. No imaginas el transporte público en verano. Yo soy pequeñita, así que miles de brazos y sus correspondientes aireadas axilas se cruzan sobre mi cabeza todos los días. Te aseguro que hay gente que no se ducha a diario. Doy fe.

--Sí, esa parte del olor ajeno, también me incomoda.

--Luego está el tema de la luz. ¡Pero si a las nueve y media de la noche es de día!

--¿Y eso te disgusta? ¡Mira que eres rara, carajo!

--Si piensas que tengo que meterme en la cama a las once para dormir al menos siete horas...En fin, que prefiero algo de ambiente que me ayude a conciliar el sueño. La luna y las estrellas son fundamentales. ¿Me entiendes?

--Sí, pero no te comprendo. A mí me gusta tomar el sol.

--No puedo. Ni cuando tenía quince años aguantaba en la playa más de quince minutos seguidos. Además, mi piel se quema rápidamente.

--¿Y bañarte, hija?

--¿Dónde? ¿En la piscina de la urbanización? ¡Noooo! Me gusta nadar, pero en una piscina...

--Déjame que piense, algo te tiene que gustar... ¿Y las terrazas de verano?

--¡Arghhh! Imagino que te refieres al dudoso placer de sentarte en medio de la calle, rodeado de coches y contaminación. Amontonado con otras personas en un espacio minúsculo --a causa de la codicia empresarial-- y escuchando las conversaciones ajenas, por que la gente es incapaz de hablar en voz baja. ¡Ah, se me olvidaba la música que ponen en las terrazas! ¡Con esos bafles monstruosos! Y por supuesto, no me olvido de los niños. Aburridos --no es para menos-- se dedican a corretear entre las mesas y a dar chillidos sin ton ni son.

--Demonios, hija, das miedo.

--Espera, espera, que me he centrado. ¿Y los ruidos? Macarras y horteras, con las ventanillas de los coches bajadas, compartiendo su música de rumbas o últimos éxitos cuarenta principales.

El abuelo me miraba anonadado. Quizá asustado.

--¿Y qué me dices de los vecinos? Olor a barbacoa a todas horas. Ventanas, balcones y terrazas, abiertos de par en par, por dónde se cuelan a la vez, los telediarios de antena 3, telecinco y las toses de Don Luis. No tiene desperdicio.

--¿Algo más, niña?

--Pues sí, ahora que preguntas, sí. El tema de la ropa. No es una cuestión de puritanismo, si no de estilismo. Cuando llega el verano, mire donde mire, sólo veo carnes saliéndose de sus ropas, prendas chillonas pegadas al cuerpo, y pies con juanetes al desnudo.

--Hija...

--¿Y lo de los mosquitos?

--¡Elbereth, cállate, por Dios!

--Pensé que querías que habláramos de algo intrascendente...

--De eso nada, guapita. ¡Ahora mismo, a discutir sobre la cuadratura del círculo!

Mucho peor...

17 jun. 2007


--¿Cómo fue la semana, Elbereth?


--Lenta, tuve que empujarla día a día para llegar al fin de semana.


El abuelo me sonrió, levantó su vaso de whisky y ladeo suavemente la cabeza, interrogante.


--Sí, hoy me apetece uno. La abstinencia temporal me permite saborearlo más intensamente.


--Te encuentro mejor, pequeña, me alegro.


--Creo que no es “mejor” la palabra, abuelo. Distinta.


--Puede, un cambio minúsculo es suficiente. El primer paso de muchos.


--Me sentía como si tuviera una soga al cuello, abuelo. De pronto, me di cuenta, que para librarme de ella, bastaba con echar la cabeza hacia atrás.


--La soga te la pusiste tú sola.


--¡Exacto! Es más el daño que nos dejamos hacer, que el daño que pueden hacernos.


Los dos callamos, saboreamos el líquido ambarino y nuestro compacto silencio.


--¿Cuándo sabes que alguien te quiere, abuelo?


El viejo enarcó las cejas hacia arriba.


--¡Caray, me lo has puesto muy difícil!


--No me falles ahora. ¡Vamos, dime!


--Creo que hay una sola forma de querer, y lo demás son mamoneos.


--¿Y es…?


--Querer bien.


--Ajá. ¿Podrías ser más específico, abuelo?


--No creo en los amores dañinos, ni en los imposibles, ni en los difíciles. Creo que aquellos que te quieren, te harán bien y no hay más. El resto, pamplinas.


--Por una vez -- y sin que sirva de precedente-- estoy de acuerdo contigo.


Levantamos los vasos discretamente y brindamos.


--Según eso, mis padres no me quieren mucho.


--No, creo que no. ¿Dolida?


--Bueno, son mis padres, abuelo… no sé…


--Te sobrarán los dedos de tu mano derecha, para contar a aquellos que te aman limpiamente. Y procura contar bien, pequeña, porque de lo contrario ocuparás dedos en aquellos que no lo merecen. Y los que si lo hicieran, se quedaran sin tus manos.


Entrecerré los ojos, pensando en lo que me acababa de decir.


--¿En qué piensas, niña?


--En que de la misma forma que a mi me sobran dedos, a muchos otros les sobraré yo en sus manos.


El viejo cruzó las piernas lentamente. Posó una mano sobre otra. Me miró apesadumbrado y me preguntó:


--¿Qué es peor que saber que no te aman, Elbereth?


Levanté la ceja derecha. Cuando creí hallar la respuesta, suspiré.


--Saber que no amas. ¿Y porqué no resulta liberador?


--¡A mí no me preguntes!


--Ahora necesito otro whisky, abuelo.

Confianza

13 jun. 2007



--Abuelo...

El abuelo se giró y me miró despacio a los ojos. ¿Se puede mirar a alguien así? El sí.

--Dime niña...

--Ayer me estuve imaginando en una de esa reuniones en las que entras y dices "Hola a todos, soy Elbereth, y soy idiota"

--Ah, creo que sé de lo que me hablas. Luego van todos y contestan a coro: ¡Hola, Elbereth!

--Sí, eso es.

--Muy "yankee".

--¿Has estado en alguna, abuelo?

Aquí la mirada no era lenta. La mirada era altiva. Sin mover ni un sólo músculo del cuerpo, con tan sólo sus ojos.

--¡No fastidies, niña!

--Bueno, da igual. Sigo contándote.

--Sí, hija, tu desahógate. Falta te hace.

Ni me inmuté, no es que no quisiera alterarme, es que no pude. Creo que eso le asustó.

--Como iba diciéndote... Me imaginaba en uno de esos ejercicios en los que todos te rodean y tú te tiras de espaldas con los ojos cerrados.

--¿Y la gente se tira?

--Creo que sí. Se trata precisamente de eso.

--¿De qué?

--De confiar, abuelo, de confiar.

--Uhm...no es mi estilo.

--¿Confiar o tirarte de espaldas?

--Tirarme de espaldas. Ya sabes por lo de las cervicales y todo eso. Es necesario confiar Elbereth, aunque pierdas, ganas... Es más vergonzoso desconfiar de los amigos que ser engañado por ellos.

--¿De quién es eso?

--Francois de la Rochefoucauld, pequeña.

--En fin, no sé que decirte.

--Pues no digas nada.

--El silencio es el partido más seguro para el que desconfía de sí mismo.

--¿De quién es eso, niña?

--Francois de la Rochefoucauld, abuelo.

--¿Un whisky?

--No, gracias.

--Tú no eres Elbereth...

--Quizá no. Pero tienes que confiar...

Ultracuerpos

6 jun. 2007



--¿Estás bien, Elbereth?

Asentí despacio con la cabeza.

--No lo parece. No realmente.

--Dame tiempo. Recordarse a una misma no es fácil, abuelo.

--Tengo la sensación de que vas a desperdiciar lo que te queda de vida.

--¿Y qué?

--¿No te importa?

Cerré los ojos y me encogí de hombros.

--Odio el verano, abuelo. ¡Tantas horas de luz! Así es mucho más difícil dormir.

--Te estás saliendo por la tangente, niña.

--Para salirse hay que estar dentro. Siempre estuve fuera.

El viejo calla y eso me mortifica. Cuando él me ofrece su silencio como respuesta, es que me está dando por pérdida.

--¿Sabías que en ese condenado tren, no ponen el aire acondicionado, abuelo?

El sol golpea encolerizado durante todo el viaje en las ventanillas. Si toco el cristal me quemo.

--Sí, fabulosa red de transportes...

--Intento quedarme muy quieta. Respirar despacio. Es inútil, me ahogo.

--Te lo he dicho muchas veces ya. Piensas demasiado, Elbereth.

--No, abuelo, pienso defectuosamente, que es diferente.

--¡Niña, te lo ruego, no me quites el privilegio de infravalorarte!

Sonreí. El abuelo me miró con ternura.

--Escucha, niña, antes de que te des cuenta te estarán enterrando.

--¡Ostia, abuelo, la alegría de la huerta!

El viejo hizo un gesto despectivo, algo así como "tú misma".

--Quiero que me incineren, abuelo. Y que mis cenizas se mezclen con la tierra de uno de mis árboles.

--¡La leche, qué macabro!

Me entró la risa, su cara era de sincero espanto.

--Bueno, a mi me parece cíclico, abuelo.

--No cuentes conmigo. Primero, porque pienso morir antes que tú, y segundo porque acabo de recordar aquella película de "La invasión de los ultracuerpos".

Fruncí el ceño intentando recordar.

--¡Ah, sí! Ya la recuerdo. Escalofriante la versión de los años setenta con Donald Sutherland.

--Por cierto, hija, cuando tu humor es como el de hoy me recuerdas mucho a aquellas vainas.

Me giré muy despacio hacia él.

--Abuelo, dime que se equivocaron en el hospital y me cambiaron de cuna. Dime que no soy tu nieta, por favor.

La risa del viejo sacudía todo su cuerpo.


--¡Más quisieras! Eres idéntica a tu padre.

--¡Traidora genética!

--En compensación, puedes pedir otro whisky.

--¿Has cobrado ya la pensión?

--No, pero Shlomo se dejó la tarjeta en casa, la ultima vez que vino a verme.

--Adoro a mi hermano.

--Quizá con él si se equivocaron en el hospital, niña...

Hablar por hablar...

A cualquier sufrido lector: deseo prevenirle que este texto, carece de cualquier interés. Está a tiempo de abandonar su lectura y aprovechar mejor su tiempo. Si, por el contrario, decide proseguir, reciba mi agradecimiento y bendición.



Hablar por hablar...

--Abuelo...

--¿Sí?

--Esta mañana, al asomarme a la ventana, descubrí que la línea del horizonte había desaparecido.

--¿Nada más levantarte? Quiero decir, ¿no habías tomado nada?

Negué con la cabeza.

--Limpia.

--¡Increíble! ¿Y qué pensaste?

--¿Qué es increíble?¿Qué todavía no hubiera bebido o lo de la línea del horizonte?

--No seas quisquillosa, niña.

--En fin, ignoraré tu perfidia. Al principio sentí alivio. Apabullante, estremecedor.

--¿Y, después?

--Después me fui a buscar mis gafas. Ya sabes, por si tenía algo que ver con mi miopía y astigmatismo.

El abuelo no paraba de reír, con esas carcajadas secas y silenciosas. Sólo él podía reír así.

--Pero no, abuelo, seguía sin ver la línea del horizonte. Bien es verdad, que las gafas estaban un poco sucias.

--Nunca he entendido porque se ensucian tanto los cristales. ¿Y tú?

--Yo tampoco. Llevo todo tipo de toallitas y sprays en el bolso para limpiarlas.

--Yo no llevo bolso.

--Ajá. Abuelo, creo que nos estamos desviando del tema principal.

--¿La línea del horizonte desaparecida?

Asentí. Imperturbable.

--¿Es correcta mi impresión de que no me estás prestando atención?

--Uhm. Puede, puede. Elbereth, pequeña, ¿tienes algo interesante que contarle a tu abuelo?

--Déjame que piense. No. Creo que no.

--Y en ese caso, ¿por qué no pruebas a estar calladita un rato?

Le miré muy digna. Y callé. Al cabo de un rato, volví a mirarle y hablé.

--¡Abuelo, joder, que la línea del horizonte había desaparecido!

--¿Y ha cambiado en algo tu vida por eso?

Bajé la mirada y pensé.

--No.

--Bien, muy bien. Si, por el contrario, al cruzar la calle un coche te atropella y te deja sin piernas... ¿tú existencia cambiaría en algo?

--¿Es una pregunta trampa? ¡Porque no pienso contestar!

--Entonces, dime, ¿qué importa que la línea del horizonte desaparezca, que Dios baje a la Tierra, que el Sol no salga, si tu vida sigue siendo la misma?

Negué, toda desconsolada, con la cabeza.

--Abuelo, no eres nada metafísico. Un poco de mística, ¡por Tutatis!

--Prefiero comer jabalíes y beber whisky.

--Yo paso del jabalí, pero del whisky no.

--Lo presumía.

Nos quedamos un rato callados. La primavera traía color a las calles, las mujeres llevaban sobre sus ropas el arco iris.

--Abuelo, no puedo quitarme de la cabeza lo de la línea del horizonte... no sé, tiene que tener algún significado...

El viejo resopló con fuerza. Barrunté algún improperio.

--¡Cansina eres, niña!

--No creas. Shlomo es mucho peor.

--Ahí tengo que darte la razón. ¿Qué tal si criticamos un poco a la familia, pequeña?

--Paso. Me interesan más los temas “supernaturales”

--Dirás “sobrenaturales”...

--No, abuelo, “supernaturales”, si habláramos de la familia sería “sobrenatural”. Y también, terrorífico.

--¿Qué propones, niña?

--El tiempo de vida medio de la madre del topo.

Le llevó menos de un segundo comprender. Nos atragantamos con el whisky a causa de la risa.


Montar en bicicleta

5 jun. 2007





--¿En qué piensas, niña?

--Estaba recordando. Me vino a la cabeza el verano que aprendí a montar en bici.

El viejo dio una calada a su gastada pipa.

--Yo no estaba aquí.

--No. Estaba sola. Y no tenía bicicleta.

Todas las tardes, veía a mis vecinos encontrarse en la plazoleta con sus primos. Mes de agosto en la montaña. Cigarras tronantes, paja en las aceras. Perros vagabundos. Aún era yo, aún conservaba mi nombre. El abuelo me sacó de mi ensimismamiento.

--¿Cómo aprendiste niña?

--Con paciencia. Cada dos vueltas, alguno de los niños me dejaba su bicicleta. Cada día que pasaba me caía un poco menos de la bici.

--Tú sola.

--Sí. Las bicicletas de los niños me venían pequeñas. Me hice heridas en los tobillos. Sangraban. Tenía que ponerme dos pares de calcetines.

--Pero eras feliz.

--Tremendamente. Al final de aquel verano ya sabía montar. ¡Corría que me las pelaba!

--¿Qué te dijeron tus padres?

--Nada.

El abuelo miró mi perfil. No tenía intención de girarme y mirarle.

--No me importó, nunca. Aquello era mío. No le debía nada a nadie.

--Y ahora, quieres aprender a montar nuevamente.

--Sí.

--La vida no es una bicicleta.

Ahora sí, ahora le mire.

--Sé que puedo abuelo. He recordado quién soy.

Asintió despacio, el ceño fruncido.

--Gevurah.

--Alquimia, abuelo. Transmutación.

--Vas a necesitar algo más que paciencia esta vez.

--Me tengo a mi misma. Y , por supuesto, una botella de whisky.

Almuerzo familiar



Los sábados es el día del almuerzo en familia.

El Caos.

La Bolsa de Tokio o New York gozan de mayor estabilidad que nuestras reuniones.

El eje de la cumbre: Jeftzibá, mi sobrina. Disfruto con ella hasta el punto de quedar agradecida con el mundo, cada vez que la veo. Eso sí, es una Corleone en potencia.

--Elbereth, ¿no puedes hacer que esa niña se esté quieta?

--No, abuelo, es una niña. Y no soy su madre.

En ese momento vi la mirada de mi hermana desde el otro extremo de la mesa, desafiante.

--Los niños hacen demasiado ruido, Elbereth.

--Sí, pero si tú también haces ruido, ya no lo notas.

Le sonreí y acaricié la espalda.

--En fin, estoicismo. ¿No tendrás en tu bolso tapones de silicona?

Asentí y se los alargué. El viejo pasó toda la comida sin enterarse de la mitad de nuestras conversaciones. El resto creían que se estaba quedando sordo.

Mi hermana se acercó a mí en un momento y me susurró:

--¿No crees que deberíamos llevarle al médico? Parece que ha perdido mucho oído.

--Oh, no te preocupes. Seguro que es sólo un tapón.

Una vez que alivió su cuota de conciencia del día, dio por terminada nuestra conversación.

Shlomo aprovechó y se acercó a mí. Estaba tirada en el suelo con Jeftzibá.

--Nunca pensé que se te diera bien hacer el tonto, hermana.

--Gracias, Shlomo. Yo por el contrario nunca tuve dudas respecto a ti.

Nos reímos y se tiró por los suelos con Jeftzibá y conmigo. Competimos para ver quién era el más gamberro.

--Voy a ser padre.

Paré de jugar y le miré a los ojos.

--¿Contento?

--¿Tú sabías que ella estaba tomando hormonas y me pinchaba los preservativos?

--Sí, Shlomo.

--Yo también.

--Lo sé.

Puso su cabeza sobre mis rodillas y Jeftzibá comenzó a lloriquear, reclamando mi atención. Pero Jeftzibá, aún no sabe que Shlomo es como un niño. Al final, se fue aburrida en busca de otro objetivo humano.

--Elbereth, ¿el abuelo se está quedando sordo?

--No, que va, es que me ha pedido los tapones. Ya sabes que no aguanta el ruido.

--Ah. ¿Y, tú vas por ahí con tapones para los oídos en el bolso?

--Aunque no lo creas, en el trabajo y en el tren, son tremendamente útiles.

--Sí, es posible. No sé. ¿Cómo será ser padre?

--¿Difícil? ¿Gratificante?

--Frustrante, diría yo.

--No soy la persona adecuada para hablar de ese tema, hermanito.

Calló. Seguía con su cabeza sobre mis piernas.

--Te están saliendo canas, Shlomo.

--Uhm, lo sé. Creo que me hacen más interesante.

--Y más viejo.

Reímos con claridad y se aferró a mis piernas.

--Te siento mejor, Elbereth. ¿Es así?

Apoyé mi frente en su cabeza.

--Anoche dormí bien. Sin pesadillas. De un tirón.

--¿Y la causa?

--Recé.

En ese momento se acercó el abuelo. Se quedó de pie, mirando por la ventana.

--¿Aún llevas los tapones puestos, abuelo?

Por respuesta, nos mostró su mano abierta, con los tapones sobre ella.

--¿Te he escuchado decir, que anoche rezaste, niña?

Le miré tranquila y asentí.

--¿Te escuchó?

--Sí.

--Dale recuerdos de mi parte. No queda mucho para encontrarnos.

--Puedes dárselos tú mismo, abuelo.

--¿Crees que eso te ayudará?

--Se trata precisamente de eso, abuelo, de “creer”.

--Familia que reza unida, permanece unida.

El abuelo y yo nos miramos con desesperación, Shlomo era una calamidad.

--La última vez que recé fue en la guerra.

--Yo siempre estoy en guerra, abuelo.

--Pues antes de rezar, mira que tengas el fusil cargado.

--Amen.

Uru ajim

4 jun. 2007



--Buen día, abuelo

--¿De dónde demonios sacas esas expresiones tan ridículas?

--Abuelo, si alguna vez te he dicho que te quiero, por favor, achácalo al whisky.

--De acuerdo. Es curioso, a mí el alcohol me despeja las ideas, no me las enturbia.

--Bueno, eso es porque tú tienes bien armada la cabeza. La mía es de adorno, para llevar el pelo, ya sabes.

El abuelo me miró serio, movió la cabeza y se encogió de hombros.

--Siempre has tenido baja la autoestima. No entiendo por qué.

--¿Realista?

--Más bien estúpida...

--Yo también te quiero, abuelo, en serio.

--Creo que lo tuyo es un problema de sordera.

--¿Por?

--No oyes la voz de tu cabeza, esa que te dice que vales tanto como cualquiera. Es como eso de que nunca veas a nadie feo. ¡Joder, a mí me cuesta verles guapos! El mundo es sucio, Elbereth. Por mucho que lo mires con los ojos tapados.

--¿También soy ciega? Quizá consiga algún tipo de pensión.

--Sí, también. Y a los idiotas no les dan pensiones. Crees que las personas pueden llegar a ser buenas si se les da una oportunidad, pero te equivocas. No se trata del Bien o el Mal. La gente va a lo suyo, y ya está.

Silencio.

--¿Me das un whisky, abuelo?

--Sírvete tú misma, ya sabes dónde está. ¿Las lágrimas con whisky saben mejor?

--No saben. Por eso bebo. Es como llorar en la ducha, parece que no te estás rompiendo en dos.

--¿Qué esperas, Elbereth?

--Nada. Ese es el problema. Ya no espero Nada. ¿No te parece terrible?

--Bien, te haré de nuevo la pregunta. ¿Qué esperabas, Elbereth?¿Cambiar el mundo, librarlo del Mal, hallar el Amor Inalterable, escribir la novela inmortal? ¿Qué coño esperabas de tu vida?

El abuelo siempre me hacía llorar. Y a mejor intención, más dolor.

--Creía, creía...

--Dime, quiero saberlo, niña.

--Creía que el amor me haría temblar, siempre. Que mis batallas serían limpias, que mis amigos estarían a mi derecha, y mis enemigos a mi izquierda. Que mis padres podrían sentirse orgullos de mí. Que yo me sentiría orgullosa de mis hijos. Que no mancillaría mi nombre, ni el nombre de los míos. Sin dudas, sin preguntas vacías. Serenidad y sabiduría con el correr de la vida.

El abuelo estaba de pie, con un disco en la mano, mirándome de frente. Yo estaba sentada en el sillón de orejas, con la mirada perdida en los hielos del whisky.

--La verdad, no ha servido de nada la educación que te he dado. Eres jodidamente tonta.

--Sí, creo que sí ¿Tiene remedio?

--¿Estás loca? ¿A tú edad? Imposible.

--¡Caray abuelo! No seas cruel conmigo.

--Si lo fuera no tendrías fuerzas para levantarte de ese sillón.

--¿Algún consejo?

--Sí, tírate por un puente y ahórrame tu aburrido sufrimiento existencial.

--¿Se te ocurre de alguno cerca? Al viaducto le pusieron esos cristales para que uno no pudiera tirarse. ¡Qué cabrones!

--Pues no, ahora mismo no se me ocurre ninguno. Déjame que piense...

--Aunque no quiero morirme, abuelo. Solo quiero tener una vida diferente.

--¡Joder, pues deja de gimotear y ponte a ello! ¿No?

--Ya, pero, tú me has dicho que ya no tengo remedio.

--No, y no lo tienes. Pero hasta que te mueras, vas pasando el tiempo. Y quizá, saques algo en claro. Es como lo de Shlomo y su novia.

--Sí, eso está bien. Pasar el tiempo, mientras el tiempo pasa. ¿Qué disco tienes en la mano?

Sonrío.

--Es hora de alegrar el corazón, niña. De tenderlo al sol, de secar los llantos. Es hora de bailar y cantar. Es hora de dar las gracias.

Me cogió de las manos, me levantó del sillón y bailamos.


Hava nagila הבה נגילה Alegrémonos

Hava nagila הבה נגילה Alegrémonos

Hava nagila venismejá הבה נגילה ונשמחה Alegrémonos y seamos felices

(repite) Hava neranená הבה נרננה Cantemos

Hava neranená הבה נרננה Cantemos

Hava neranená venismejá הבה נרננה ונשמחה Cantemos y seamos felices (repite)

Uru, uru ajim! !עורו, עורו אחים ¡Despertad, despertad, hermanos!

Uru ajim belev sameaj עורו אחים בלב שמח Con un corazón feliz (repite tres veces)

Uru ajim, uru ajim! !עורו אחים, עורו אחים ¡Despertad, hermanos, despertad, hermanos!

Belev sameaj בלב שמח Con un corazón feliz




Todo lo bien que se puede, estando mal

3 jun. 2007



--¿Cómo os fue el viaje?

El abuelo me miró y dejó que yo respondiera.

--Creo que bien, no estoy segura. No os hemos traído regalos, lo siento.

--¡Da igual! Ya no me cogen en el cajón de los “regalos de vacaciones de familiares/amigos”.

--¿Y porqué no los tiras?

--¡Qué borde eres, hermana! ¡La gente se preocupa en traerte algo de su vacaciones y tú vas y zás a la basura!

Me encogí de hombros. Ganas de discutir, las mínimas.

El abuelo miró a mi hermano con mala cara. Siempre le miró raro.

--Hijo, ¿qué fue de aquella mujer con la que te compraste un piso más grande?

Mi hermano levantó mucho las cejas. Por un momento, pensé que no sabía de quien hablábamos.

--“Aquella mujer” como tú la llamas, es mi novia. Y no nos hemos comprado ningún piso. Lo que os conté a los dos, es que ella me pedía más espacio.

Era inevitable. Sabíamos que estaba mal, pero la risa no es algo que se pueda contener. Al abuelo le lloraban los ojos y yo me sujetaba la tripa. ¡Joder cómo duele reírse!

--Pero, ¿todavía sigues con ella, Shlomo?

--Sí, ¿algún problema?

--No, hijo, no. Pero tu hermana y yo hemos llegado a una conclusión sobre vosotros dos durante estos días.

--¡Qué miedo dais! Adelante, como diría la mocosa esta, he sido entrenado para comer, vivir y dormir con las desdichas.

--Shlomo, creemos en realidad que lo que ella desea, es que os caséis y tengáis hijos.

La faz de Shlomo palideció hasta tal punto, que el abuelo y yo tuvimos otro ataque histérico de risa.

--¿Vamos a ver hijo, no ibas sufriendo por las esquinas ante el temor de que te abandonara?

--Sí, abuelo, pero esto no tiene nada que ver. No estoy preparado para casarme y mucho menos para ser padre.

--Nadie lo está, estúpido. Creo que habéis salido a la familia de tu abuela, lo digo por lo cortos que sois todos.

Shlomo y yo nos miramos, los ojos agrandados, algo así como “joder, cómo se pasa”.

--No sé, Shlomo, pero ya tienes edad como para plantearte algo así…

--Eso hijo, que si esperas mucho, a ella se le pasa el arroz.

Shlomo me miró de soslayo para ver mi reacción. Después esbozó una sonrisa tímida, de compasión y amor hacia mí. Iba a hablar pero le frené con la mano. No era necesario.

--Viejo, tu sinceridad es asquerosa.

--Niña, no me llames “viejo”, soy tu abuelo. Y perdona, no me di cuenta.

--No colecciono disculpas, ni perdones. Lo has dicho y ya está. Olvídalo.

Se produjo un silencio triste. Mi hermano me cogió de la mano, y la apretó con fuerza. El abuelo miraba al frente.

--¿Están seguros los médicos, Elbereth?

--Sí, o al menos eso creo. Tiene sentido. El pasado pasa factura. Demasiadas pastillas. Drogas legales de receta médica.

Bebí un buen trago de whisky. Nueva botella. Estaba comparando marcas. Este era un Glenkinchie.

--Habría sido una madre espantosa.

Shlomo y el abuelo se miraron. Ninguno quería decir la primera palabra. Pero el abuelo siempre fue valiente.

--Niña, no lo sabes. Quizá sí y quizá no. No te mientas. Puedes mentir al universo entero si lo necesitas, pero no a ti. La realidad es que no puedes tener hijos. ¿Y qué?

--Y nada, abuelo. Nada.

--Quizá yo tampoco pueda. Tengo que decírselo a ella. Puedo llegar a casa y decirle que es muy, muy posible que sea estéril.

La cabeza del abuelo y mía giraron tan rápidas para mirarse que casi chocamos. Y por aquello de la genética, exclamamos a la vez:

--¡Tendrás geta!

Shlomo no se ofende, nunca. Es un tipo curioso, mi hermano. Nos miró muy serio y preguntó:

--¿Creéis que no colaría?

--Hijo, si yo fuera ella ya te habría abandonado, hace tiempo.

--¿Y tú que piensas, Elbereth?

No me encontraba en mi mejor momento. Y dar consejos es aburrido y peligroso. El abuelo me miró como diciendo: “cuidado con lo que le dices a este tarado”.

--Pues… tengo una idea.

Al abuelo le entró pánico. Noté cómo se tensaban sus hombros. La calada que iba a dar a su pipa, quedo en suspenso.

--La vida es puro azar ¿No? Todo casual. Pues bien, folla con ella una vez sin preservativo, si se queda embarazada, te casas y eres padre. De lo contrario le dices que necesitas espacio.

Shlomo quedó muy serio mirándome. El abuelo se llevó la mano a la frente y movía frenético la cabeza de un lado a otro.

--¡Hijo mío, no la escuches, por favor!

--Tienes razón, Elbereth. Azar, destino. Me gusta. Te voy a hacer caso.

Yo sonreí apaciblemente, suspiré y bebí otro trago.

--¡Sois gilipollas!, los dos

--Abuelo, calla y bebe, por favor.

--¿Crees que sólo debo follar una vez sin medios o lo hago al menos dos o tres veces?

El abuelo me miró desesperado. Le ignoré visualmente.

--¿Cuál es tú numero de la suerte, Shlomo?

--¡El seis!

--Hala, pues ya tienes tú respuesta, hermano.

Shlomo se abalanzó sobre mí y me abrazó eufórico. Después se despidió del abuelo y se fue a toda prisa.

Pasamos unos minutos en silencio.

--¿Te has vuelto loca, Elbereth?

--¡Qué va abuelo, qué va! Cuando sea padre, estará ocupado y no dará tanto la lata.

--¿Y cómo sabes que va a dejar a su novia embarazada?

--Hace dos semanas, ella me dijo que estaba tomando un tratamiento de hormonas, y le pinchaba los preservativos.

--¡Qué mala bestia!

Asentí impertérrita.

--¿Estás bien, Elbereth?

--Por supuesto, todo lo bien que se puede, estando mal.

El abuelo concentró su mirada en los cordones de sus zapatos. Sabía cuando callar. Bendito don.

--¿Te gusta el nuevo whisky, abuelo?

--No está mal.

--No, nada está mal. Y algún día, empezará a estar bien, de nuevo. Es suficiente. ¿Verdad?

--No lo sé, Elbereth.

--Eres un aguafiestas, viejo.

--Puede. ¿Por qué le has dicho a Shlomo que no le habíamos traído ningún regalo?

--Me voy a quedar con la botella de whisky que le compramos.

--Ahhh… me parece sensato. ¿Está en tu casa?

Asentí.

--¿Quiere venir a cenar, abuelo?

Sonreímos y nos fuimos. Le tocó pagar.