Compensanción

31 jul. 2007


--¿Puedo pasar, coronel?

--Adelante, Lea. ¿Te acordaste de mi botella?

--Sí, y no sólo. Le he traído algo de comida también. Le prepararé una sopa.

--Gracias, mujer. ¿Qué te preocupa? ¡Tienes el ceño tan fruncido que vas a partir tu frente en dos!

--Me llegaron noticias. Una multinacional animó a sus empleados a denunciar irregularidades de sus compañeros.

--Siempre es igual, nada cambia. Desde la Inquisición la delación se premia.

--Sí, recuerdo aquella época... Además garantizaban la confidencialidad del denunciante. Presuponían que la denuncia del compañero era hecha de buena fe.

--¡Repugnante!

--Ha habido un hombre víctima de estos "códigos de conducta" empresariales. Se ha suicidado después de una denuncia anónima.

--No hace falta que sigas. Después se demostró que era totalmente infundada...¿Qué has pensado hacer?

--Que he hecho. Obtener una Compensación.

--¿Hablaste con él?

--Hablé con él. Se mostró arrepentido. O eso quiso hacerme creer. Pero leí su pensamiento. Sólo había deseos de venganza, mezquindades del día a día con el otro hombre. No existía ni tan siquiera un gran motivo para todo aquello. Simple miseria humana.

--¡Bah! No me gusta la gente que practica la culpabilidad en sustitución de la responsabilidad. ¿Te va a bastar con eso?

Lea recuerda como ha sucedido todo. Le da la espalda al coronel y empieza a llenar un vaso de agua. No quiere que le vea la cara.

Le esperó en el garaje de su casa, sentada en el suelo, oculta tras una columna. Cree que tuvo que esperar mucho tiempo, pero no está segura. Cuando hace cosas como esa, su percepción de la realidad se altera, el reloj se para y, cuando todo termina, tiene que volver a ponerlo en hora.

Recuerda como le salió al paso cuando se bajo del automóvil. Camino despacio hacia él, severa. Cuando pronunció su nombre el hombre quedó clavado al suelo. Al principio quiso zafarse de ella. No era nada más que una vulgar mujer con insidiosas preguntas. Ella no quería ejercer el Poder. Ansiaba que la escuchara. Porque una vez que se mostraba a los demás, no había marcha atrás. Pero el hombre no le dejó otra opción.

Terminó de rodillas, manchándose con restos de grasa los pantalones. Sólo gimoteaba y balbuceaba excusas para lo que había hecho. El miedo le hacía sudar y oler a agrio. Creyó ver una mancha húmeda en el pantalón. Solo pensaba en acabar con la tortura que le estaba infligiendo a aquel desgraciado. ¡Una confesión y me iré! ¿Una confesión? No, ella no pretendía eso. Necesitaba una compensación... tampoco; en realidad no deseaba nada, hacía mucho tiempo que ella no quería nada. Así que, terminó por transformarse delante del hombre, muy a pesar suyo. Y el hombre conoció la Devastación y lloró. Y ella también lloró, pero sólo después de haberle abierto los párpados y mostrado el infierno.

--¿Lea? ¡Lea, me estás escuchando!

--Perdone, coronel, estoy cansada. ¿Qué decía?

--¿Cómo le va a compensar? ¿Con dinero?

Lea levanta una ceja, la pregunta le parece absurda e indigna del coronel.

--Ha presentado su carta de dimisión.

--¿Y ya está? ¡Por el amor de dios! ¿Crees que es suficiente?

--No.

--¿Entonces?

--Cómase la sopa que le he preparado, por favor.

--Antes contéstame.

Lea se recuesta en la encimera. Cruza los brazos y mira por encima del hombro del coronel. Hacia un punto invisible, de un horizonte que sólo ella contempla.

Lea mira al futuro. Al más próximo, y ve cómo el hombre sube a su casa asustado. Está solo, aún no han llegado su mujer ni sus hijos. El encuentro con ella le ha abierto el camino hacia su propia oscuridad. Le ve firmando con mano temblorosa la carta de dimisión. Le ve cogiendo una cuerda del trastero y echándola por encima de la viga del recibidor. Le ve sin aliento, con la camisa fuera del pantalón, despeinado, con los ojos negros y vacíos. Ve sus piernas agitándose mientras la soga le corta la respiración. Ve a la mujer y los hijos entrando con las bolsas de la compra en casa. Oye su grito. Y sabe que no es mejor que él, ni un poco. Incluso piensa que es mucho peor. Pero ella no eligió hacer lo que hace. Se lo impusieron. Y se da cuenta al momento de que se está excusando, como el hombrecillo.

--El hombre ha saldado su cuenta. Todo está bien ahora. Olvídese, no tendría que habérselo mencionado siquiera.

--¡En fin, no sé que quieres decir con eso, pero prefiero no saberlo!

--Yo también prefiero que lo ignore. Por ahora.

--¿Sabías que la ignorancia mata?

--Lo que mata es alimentarse tan sólo de whisky. Tendría que terminarse la sopa.

--Sí, tienes razón. Por cierto, mientras estabas fuera vino un hombre preguntando por ti.

--¿Qué aspecto tenía?

--Raro. Algo así como tú...

--Entiendo...

Yo vengo a ofrecer mi corazón

29 jul. 2007

La voz de Mercedes Sosa es elegancia y coraje. La letra incuestionable.
Espero que os guste.



Yo vengo a ofrecer mi corazón

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

No será tan facil, ya sé que pasa.
No será tan simple como pensaba.
Como abrir el pecho y sacar el alma, una cuchillada de amor.

Luna de los pobres, siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Como un documento inalterable,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio,
y te daré todo y me darás algo,
algo que me alivie un poco no más.

Cuando no haya nadie cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Hablo de países y de esperanza,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo por cambiar esta, nuestra casa,
de cambiarla por cambiar no más.

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Dos jarrones

28 jul. 2007

Llovía. Una lluvia tan insignificante que decidió no coger el paraguas, pero terminó con los bajos del pantalón empapados y sucios. Iba con el cuello de la chaqueta levantado, pegado a la pared y dando saltos para evitar los charcos. Llegaba tarde. Divisó a la mujer allá a lo lejos, moviendo impaciente uno de sus zapatos de tacón. Sostenía una carpeta en la mano con el logo de la inmobiliaria, sobre su hombro colgaba un bolso caro pero sus pies calzaban unos zapatos baratos. Pensó que nada delata más a una persona que su reloj, sus zapatos, y en el caso de las mujeres, el bolso.

Levantó la mano para llamar su atención y que dejara de impacientarse. La mujer le vio e hizo un mohín con la boca. Por fin llegó hasta su lado.

--¡Llega usted tarde! Estoy trabajando, ¿sabe?

--Lo siento, se averió mi coche y he tenido que venir en metro.

La mujer le miró en silencio y asintió con la cabeza.

--Subamos, se me ha hecho tarde. Aquí tiene las llaves del portal, de la casa y del garaje. La casa ésta vacía. No han dejado ningún mueble, lo he comprobado por mí misma.

Salieron del ascensor y la mujer le dio las llaves. El hombre las cogió tímidamente, abrió la puerta con cierta emoción —su primer piso—, y una oleada de olor a canela le dio de lleno nada más entrar.

--¿Quién vivía aquí?

--Una pareja. No sé más. Por favor, compruebe que todo está a su gusto y después firme los papeles. Tengo que irme.

El hombre echó un vistazo rápido a la casa desnuda. Estaba incómodo por haber hecho esperar a la mujer, así que no miró en profundidad. Se despidieron con un apretón de manos y la mujer se fue hablando por el teléfono móvil.

Su primera casa. Un ático para él solo. Sonrío. Fue a la habitación principal y abrió la puerta del ropero. Descubrió dos jarrones en el suelo y una caja de cartón. No toco nada. Cogió el móvil y llamo inmediatamente a la agente inmobiliaria.

--¿Qué pasa, dígame?

¡Dios mío que forma de contestar a un teléfono!

--He encontrado unos jarrones y una caja en la casa. Los dueños se la han olvidado. ¿Vendrá usted a por ellos?

--No se preocupe, tírelos.

--¿Cómo voy a hacer algo así? Esas personas querrán sus pertenencias, dígame que tengo que hacer si usted no quiere recogerlas.

--Esas personas están muertas.

Silencio. El hombre abrió la boca para hablar pero no se le ocurrió nada. Al otro lado se oía a la mujer quejarse del tráfico.

--¿Y sus familiares?

--No hay familiares. Hágame caso y deshágase de esas cosas. Nadie las va a reclamar. Tengo que dejarle o me multarán.

Clic. Ni un “buen día” como despedida. Increíble.

El hombre se acercó de nuevo al ropero y miró muy atento los objetos. Decidió abrir la caja. Quizá encontrara algún detalle que revelara algo acerca de sus dueños. La caja estaba cubierta de polvo. La abrió con cuidado, y descubrió en su interior cartas, cartas, y más cartas. De las de antes, de esas con sellos y matasellos, de las de a puño y letra.

No recordaba haber escrito una carta en toda su vida, ni tan sólo una felicitación para Navidad. Algunas estaban cogidas con lazos y otras con gomas de oficina. En el fondo de la caja descubrió una foto en color de una pareja. Pero era un color antiguo, desde luego la cámara no era digital. ¿Cuántos años tendría la foto? Muchos, calculó.

No sabía muy bien que hacer. La dirección que aparecía en el destinatario era la de la casa, y el remitente era siempre el mismo nombre de hombre pero con diferentes direcciones. Había matasellos de muchos países: Francia, Alemania, Brasil, Turquía, Panamá, Kenia. ¿Qué hacer ahora? Volvió a mirar los dos jarrones. No eran su estilo, la verdad, pero quizá les encontrara alguna utilidad. Cogió uno de ellos y descubrió que pesaba mucho. El jarrón se resbaló de entre sus manos y la parte de arriba –parecida a la tapa de un azucarero— se cayó al suelo.

Se quedó sin aliento. Se sentó de golpe en el suelo con el jarrón en la mano. Aquello no era un jodido jarrón. Aquello era una urna funeraria y el polvo que manchaba sus manos eran las cenizas de un difunto.

--¡Válgame el cielo! ¿Qué hace esto aquí? ¿Y qué hago yo ahora?

Tuvo ganas de encender un cigarrillo, pero no. Lo había dejado, no iba a estropearlo ahora por algo así. De pronto vio un papel sujeto con celofán detrás de la otra urna. Ni se había dado cuenta hasta ahora. Recogió la tapa del suelo y la colocó en su lugar. Despegó el papel del otro “jarroncito”. No pudo evitar un sonrisilla al pensar lo idiota que había sido al confundirlos.

Ultimas Voluntades.

Rogamos a la persona que encuentre nuestras cenizas, tenga a bien mezclarlas y lanzarlas sobre el monte más hermoso que encuentre. No nos queda ningún familiar ni amigo al que pedírselo. No queremos terminar en un vertedero. Gracias.

--¡Já! ¡Esto es la ostia! No me lo puedo creer. ¡Imposible!—. De pronto se dio cuenta que estaba hablando en voz alta. Echó la cabeza hacia atrás y comenzó a darse golpes en la frente con la mano.

--¡Esto sólo me podía ocurrir a mí! ¡A mí! ¡Que soy el más desgraciado de los idiotas que haya conocido! ¿Y ahora qué hago?

Miró de refilón la caja. Le echó un vistazo más a fondo y se decidió por un paquete de cartas con el membrete de Checoslovaquia.

Praga, abril de 1979

Querida mía,

Te escribo desde el café Kafka. Hace mucho frío aquí pero es sacar la pluma y comenzar a escribirte y todo cambia.

Quizás parezca una tontería, pero contigo descubro todos los días pequeñas cosas. Cosas que me hacen sentir bien recordando quién me las descubrió.

Si analizo lo que siento por ti, si intento medirlo y compararlo, descubro que no amé a nadie hasta que llegaste tú. Lo que intento decir, es que si mis sentimientos hacia ti se llaman AMOR, entonces todo lo anterior no puede llamarse de la misma forma porque no tiene nada que ver.

Sé que nadie es capaz de hacerme sentir así ni de provocar todas las pasiones y afectos que tú, con un simple gesto, logras. Contigo todo está en su lugar. Puedo hablar en serio y bromear. Contigo me siento capaz de “cualquier cosa” y cualquier cosa es todo aquello que logre hacerte feliz.

Soy desconfiado por naturaleza. Tú sabes que no sólo necesito ver las llagas y meter los dedos en ellas, también necesito comparar si realmente fueron producidas por lanzas o por simples espadas. Necesitaría determinar los materiales y el herrero que las forjó.

Contigo no ocurre esto. En ti confío tanto que no sé si llamarlo confianza o llamarlo fe.

Creo en ti. Tú eres en lo único que creo.

Ni siquiera necesito cerrar los ojos para verte. Te veo, simplemente. Estás vestida, ahora con tal ropa, ahora con tal otra. Estás desnuda, puedo oler y sentir tu piel. Ahora estás de pie, ahora tumbada…ahora encima de mí, ahora debajo.

Déjame escribir contigo las líneas de tu vida así como tú escribes los de la mía. Porque sin ti, querida mía, yo sólo sería una hoja en blanco.

Tuyo siempre…

El hombre termina de leer la carta y se da cuenta que está llorando. ¡Joder con el tío ese! Le ha dejado mal cuerpo con tanto amor. Mete la carta en su sobre y coge esta vez una con letra de mujer.

Metropolí, abril de 1979

Querido mío,

Estoy sentada con tú última carta en la mano, mirando a través de una ventana cuyos cristales parecen cemento.

Mis ojos llevan meses sin mirarte. Mis manos se mueven desacompasadas, sin armonía, torpes hasta para fregar un vaso. Mis manos se sienten huérfanas por no poder rozar tu mejilla, o enlazarse con las tuyas.

Mis labios permanecen mudos, con un mohín constante de tristeza, secos y agrietados. Les falta tu saliva para ungirlos de nuevo. He escuchado tu voz pero no ha sido suficiente.

Cuando estoy en nuestra cama, sola, me asaltan todo tipo de pensamientos. Me angustia que pudiera pasarte algo malo tan lejos de mí. El miedo me enreda en balde.

Dime, ¿cómo puedo conciliar el sueño si no he sido capaz de comer, reír, hablar, o andar de forma normal sin ti a mi lado? Voy de puntillas sobre la cuerda floja del día a día. Tu ausencia es como alambre clavado en la planta de mis pies.

Vuelve pronto.

Tuya siempre…

El hombre termina de leer y suspira. ¡Menuda mierda! ¿Y ahora con qué cara llega y tira las cenizas de esos dos por la taza del water? ¿Y que decía la carta de últimas voluntades? Algo de un monte. Bueno, en realidad no le costaría tanto. Puede llamar a su novia y pedirle que le lleve en coche a algún monte cerca de la ciudad y solucionado.

Es tarde, tiene que volver al trabajo. Durante el día no se puede quitar de la cabeza las palabras de esos dos. Llama a su novia varias veces, más de las acostumbradas.

--¿Estás bien?

--Sí, claro. Sólo quería hablar contigo un rato.

--Ah. Como nunca me llamas a estas horas…

--Lo sé. ¿De verdad, que no te importa llevarme esta noche a ese monte?

--Claro que no. Tranquilo. Creo que haces muy bien. Luego hablamos, ahora tengo que dejarte. Un beso.

--Otro…

Clic. Odia cuando ella no le da tiempo a quitar la oreja del teléfono y escucha ese sonido tan frío cortando la comunicación.

La tarde corre tan lenta como el caballo de un fotógrafo. Por fin es la hora de marcharse. Baja y encuentra a su novia esperándole.

Cuando sube al coche coge su cara con las manos y la besa con fuerza. Ella se sorprende pero le sonríe.

--¿Todo bien?

--¡Claro!

--Claro… Hay que ir a la casa para recoger sus cenizas y la caja ¿verdad?

--Las urnas sí, la caja he decidido quedármela.

--Ajá. Me parece bien, así podré leerlas yo también. ¿O te parece mal?

--Noooo. ¿Crees que les parecería mal a ellos?

--No lo sé. No creo. Abróchate el cinturón.

Cuando llegan al monte es casi de noche. Apenas quedan restos del atardecer. Es un día de diario, así que el mirador está vacío. Cada uno de ellos lleva una urna en la mano.

--En la carta ponía que se mezclaran primero.

--Pues hagámoslo.

Después ambos lanzan a la noche sin estrellas un poco de polvo. Nada más. Se quedan un rato allí sin hablar. En un momento dado, ella le coge del brazo y apoya su cabeza sobre él.

--¿Triste?

--¿Yo te hago sentir así?

--¿Lo dudas? ¿Y yo a ti?

Se vuelve y la coge entre sus brazos, la aprieta fuerte contra él.

--¿Quieres venirte a vivir conmigo?

--¿Cuándo?

--Mañana mismo.

Vídeo: Love Letter

Canción: Sinead O'CONNOR- A Perfect Indian

Insomnio

27 jul. 2007


La ventana está abierta de par en par, el tubo de escape de una moto la despierta bruscamente. Da varias vueltas en la cama. El sueño es reacio a acostarse con ella. Insomnio. Su amante más fiel.

Se levanta descalza y camina hacia la terraza. Levanta la cabeza y contempla las estrellas. Parecen eternas, sin embargo ella sabe que más de una de esas luces murió hace mucho tiempo. Esas luces blancas serán cuerpos oscuros en el espacio.

La mujer deja escapar un suspiro. Hace calor. Se quita la camiseta y se queda desnuda. Se tiende en la hamaca para tomar la luz de la luna.

Se levanta una pequeña brisa que le roza la piel. La mujer sostiene en su mano un pañuelo húmedo. Cuidadosamente, va pasándolo por las piernas, los brazos, el pecho. Las gotas de agua y el viento estremecen delicadamente su piel. Un tibio escalofrío.

Un tenue crujido la sobresalta. Mira a un lado y a otro pero no ve nada. Se incorpora lentamente, su cuerpo desnudo se mueve con pereza. Da un giro de 180 grados pero no ve la causa del ruido. Pero está segura de haberlo oído.

De pie, en medio de la terraza, desnuda para todos los ojos que puedan contemplarla. Y de pronto, los ve. Dos ojos felinos fijos en ella. Un gato pardo, sentado sobre sus dos patas la contempla.

La mujer vuelve a tenderse sobre la hamaca. Coge de nuevo el pañuelo húmedo y lo pasa por su piel. El gato ladea la cabeza y se relame.

--¡No seas cotilla! ¡Vamos, fuera de aquí!

Por respuesta, el gato se acomoda y se tumba sobre las tejas calientes.

La mujer suspira resignada.

--Quiero estar sola, gato.

Se produce un breve silencio. El gato se incorpora rápidamente y da un salto a la terraza. Cae con gracia a los pies de la mujer que deja escapar una exclamación de sorpresa.

--¡Largo de aquí! ¡Estas invadiendo mi intimidad!

--¿No deseas mi compañía?

Los ojos de la mujer se abren de par en par, la boca entreabierta, muda por la sorpresa.

--¿Has hablado?

--¿Yo? Imposible, los animales no tenemos esa capacidad.

--¿Pero, yo te estoy oyendo?

--¿Estás segura de eso?

La mujer siente la mirada del gato fija en su cuerpo. No se explica cómo, pero sabe que está disfrutando de su desnudo.

--¿Qué quieres?

--No deseo nada, pero tú sí. Quieres dormir y no puedes.

--¿Eres el diablo vestido de gato?

--¿Qué me darías a cambio de un largo y dulce sueño?

--¿Qué querrías que te diera?

El gato sube de un salto a su regazo. La mujer se encoge cuando siente el pelo rozando su piel. Acerca el hocico a su cuello y ronronea mientras se frota contra ella.

--Dormir junto a ti.—Le susurra.

--¡No me equivoqué! ¡Eres el mismísimo Satán!

--Estás en un error. No deseo tu alma para que arda en el infierno.

--¿Entonces?

--Todas las noches desde la cornisa de este tejado, me asomo y veo como das vueltas y vueltas en la cama. Te veo pasearte desnuda por la casa, probando a encontrarte algo de sueño por los pasillos. Veo una mujer pequeña y cansada. La veo a la luz de la luna llena y de la luna nueva.

--¿Y?

--Yo lameré tus heridas cada noche. Dormiré en tu cama. Y mi ronroneo será tu canción de cuna. Te prometo que no despertarás. Al despuntar el día me habré ido. Y cada noche saltaré a tu cama.

--¿Y que ganas tú con todo esto?

--Tu cuerpo desnudo me tendrá despierto toda la noche.

Los ojos de la mujer se van cerrando despacio, en contra de su voluntad.

--Por esta noche te dejaré dormir en la hamaca. Tú amante ya no será el insomnio.

Dance Me To The End of Love Leonard Cohen

Llévame bailando hasta los niños a los que se pregunta si quieren nacer
Llévame bailando atravesando los telones que han ajado nuestros besos
Monta una tienda de campaña como refugio aunque todos los hilos de la urdimbre estén rotos
Llévame bailando hasta el final del amor

Una canción inteligente

26 jul. 2007

Tiene razón Deikakushu: ¡no paramos de hablar de amor!

Y lo peor de todo es que es imposible encontrar una canción de amor que no sea triste. Pero no, no hay nada imposible. Como siempre, el gran Cat Stevens, me salva. Magníficas y brillantes palabras para una mujer a la que se ama.




I'm looking for a hard headed woman,
One who will take me for myself,
And if I find my hard headed woman,
I will need nobody else, no, no,no.
I'm looking for a hard headed woman,
One who will make me do my best,
And if I find my hard headed woman
I know the rest of my life will be blessed -- yes, yes, yes.
I know a lot of fancy dancers,
people who can glide you on a floor,
They move so smooth but have no answers.
When you ask them "What d'you come here for?"
"I don't know" "Why?"
I know many fine feathered friends
but their friendliness depends on how you do.
They know many sure fired ways
to find out the one who pays
and how you do.
I'm looking for a hard headed woman,
One who will make me feel so good,
And if I find my hard headed woman,
I know my life will be as it should -- yes, yes, yes.
I'm looking for a hard headed woman,
One who will make me do my best,
And if I find my hard headed woman...

Niños


Hoy he tenido mi visita semanal de la enana.

Confieso que mi instinto maternal ha sido siempre muy selectivo. Hay niños que han cogido mi corazón y no me lo han devuelto. Pero hay otros que si no fuera por la presencia de sus padres los habría cocido a lo Hansel y Gretel.

No soy de esas mujeres que cuando ven un niño empiezan a hacerles toda clase de moñadas o les ponen ojitos. Los bebés no me atraen mucho. Los niños sí. Acostumbro a mirarles muy seria, les trato como adultos e intento deducir en qué clase de persona se convertirán.

Hay que educar. Siempre. Se es niño por pocos años. Creer que éstos encontrarán por sí mismos actitudes, valores y principios dignos, es irrisorio.

Soy intolerante con los padres vagos y dejados con la educación de sus vástagos.

En realidad, todo esta colgadura es consecuencia de haber llevado sentados a mi lado, a un padre y su hija durante el trayecto de vuelta a casa. El "papi" en lugar de hablar con su hija, le ha largado su móvil para mantenerla callada. La niña--sin culpa de nada--no cesaba de poner una y otra vez a todo trapo una grabación, dónde el papá y la mamá cantaban a voz en cuello:

"Que viene maaamaaa paaatoooo,
A chis...
que vienen los paaaatiiiitooosss,
A chis"

Esto durante treinta minutos, doy fe.

Me he acordado de la madre, del padre y de los hijos del Topo. ¡Válgame el cielo!

¡No soporto a los padres!

Un capitán de barco inglés

25 jul. 2007

Un capitán de barco inglés acude a su cita en el puerto con una mujer.

Sentados ante el atardecer, le habla de sus sueños. Desea emprender largos viajes, descubrir nuevas rutas, hacerse con tesoros perdidos.

La isla con sus escasas hectáreas le ahoga. Es momento de partir.

La mujer le escucha atentamente y luego asiente. Le pide un sólo deseo, que antes de embarcar se vean una vez más, allí mismo.

El capitán accede y se citan para el día siguiente.

Cuando el hombre llega al puerto apenas puede disimular su sorpresa.

La mujer le espera junto al más flamante barco que jamás haya visto. Sus velas desplegadas asemejan a majestuosas alas.

Sobre el barco hay una tripulación completa, esperándole. La mujer al verle llegar tiende los brazos. Sujeta en ellos un pulcro uniforme de capitán.

El hombre no sabe qué decir. Fija su mirada en la mujer, incapaz de hablar.

--Un sueño tan valioso no puede perderse. Hay miles de puertos allá fuera. No los hagáis esperar, mi capitán.

--¿Y vos?

--Podéis enviarme vuestros cuadernos de bitácora. Si lo deseáis.

--¿Apenas unas palabras?

--Con una palabra basta. Esperaré.

El barco parte y la mujer abandona el puerto sin mirar atrás.

Cae el telón. La música de la orquesta se alza desde el foso. El público aplaude. Las damas se secan alguna lágrima que otra con la punta de sus pañuelos. Los caballeros se levantan y les ceden el paso.


Una historia personal



Una historia personal...

Con mis catorce años recién estrenados se produjo el temido cambio del colegio al Instituto. La adaptación fue difícil. Pasé meses intentando encajar en aquel variopinto grupo. La integración vino de manos del amor y la literatura.

Para todas aquellas jovencitas con las hormonas alteradas, yo era un “bicho raro”. En aquella época sólo me preocupaban la política y las artes. Rara, rara, rara. Lo de pintarse la cara, llevar faldas cortas y coquetear con chicos, quedó para más tarde.

Siempre he dicho que la edad del “pavo” me vino con un considerable y perjudicial retraso.

¿Cómo conseguí ganarme a esas féminas alteradas? Con “apenas unas palabras”.

Descubrieron que escribía. Hoy recuerdo como absurdos aquellos textos, plagados de adjetivos sin sentido y de expresiones retorcidas. Pero hablaban de Amor, lo único que aquellas niñas deseaban oír.

Empezaron a pedirme --como antiguamente-- que les escribiera textos para sus novios, o para ellas. Las complací. Era halagador. Y más adelante comenzaron las sesiones de cuentos. Historias barrocas y románticas.


Tal era el entusiasmo de todas, que durante una de esas narraciones --en la hora del recreo--, irrumpió en el aula una compañera y todas dejaron escapar un grito a causa del susto.

Emoción. Había conseguido mostrarles mi mundo. Aún recuerdo la sonrisa que se dibujó en mi cara.

El curso terminó y yo seguí siendo el “bicho raro”, o la “friki” de 1ºC. Pero me convirtieron en su bicho raro. Ese minúsculo posesivo salvó todas las distancias.

Al siguiente curso nos convertimos en 2º A. Yo añadí a mis intereses anteriores algunos otros: los chicos, por supuesto.

Cesaron los cuentos y las historias de amor. Pero seguí siendo su "bicho raro".

Nunca olvido aquella mágica interrupción, plagio de la mejor leyenda de Bécquer.

Soy la friki de los blogs. Bloguera errante. ¡Dios, qué titulo más bueno para mi próximo blog! ¡Temblad blogueros, temblad!

Centrémonos

24 jul. 2007

15:21

Subo los escalones de Atocha de dos en dos. ¡La madre del topo se queda en tierra esperando 30 minutos al próximo tren!

Y mientras corro me entra la risa. Me veo a mí misma esquivando personas, colándome entre los cuerpos, deprisa, deprisa, como un torbellino. Y me gusta.

Bueno, me centro. ¿El cuarto blog? ¡Sí! Ja, ja, ja. ¡Colgadura absoluta!

Tabyyto no para de decir que deberían impedirme el acceso a Blogger...Cuando me lo encuentre por el pasillo a oscuras de casa, le daré su merecido. Sin duda.

A
lgunos cambian la imagen de su blog y otros cambiamos el blog. ¡Voilá! ¿No me negaréis que además de divertido es terapéutico?

Luego está la cuestión del personaje. Elbereth se había adueñado del blog. Nos pasábamos el día dándonos codazos --como en la fila del colegio-- para ver quién escribía ese día y el qué. Y eso esta feo, muy muy feo, sí señor.

Intenté mostrar todos las caras del cubo con "Escupidera Mental". No resultó.

El silencio de Elbereth se ha roto. Su silencio se ha convertido en "Apenas Una Palabra". ¡Pero menos da una piedra!

Una palabra para comenzar. No hay dudas al respecto: GRACIAS. Esa es la palabra dueña de este blog hoy. Apenas una. ¿Es suficiente?

La Vida se vuelve generosa cuando "apenas" nada le pedimos.


15:45

El paisaje durante el trayecto a casa es feo a rabiar. El sur de Madrid no es muy afortunado. Y eso que estamos al lado de Aranjuez.

El verano ha hecho mella en la tierra. Lo que hace unos meses eran espigas verdes, ahora son quebradizas pajas doradas.

Las fábricas del polígono industrial parecen sacadas de una película postapocalíptica. En los bancos de las estaciones se sientan trabajadores, visiblemente cansados.

Me siento bien. ¿Será posible que haya empezado a inhibir por mi misma serotonina?

Creo que la satisfacción conmigo misma tiene su origen en no tomarme en serio ni un poquito.

Los blogs unas veces me recuerdan a las corralas de Lavapiés, otras a jardines exuberantes y otras a grises páramos.

¡Pero me gusta leerlos por igual!

Bajo mis pies

21 jul. 2007


Cojo una silla y la coloco en medio de la avenida. Apoyo indolente la espalda contra el respaldo. Centenares de personas van y vienen en todas direcciones.

Después de un rato me subo a la silla. Empiezo a cantar y a bailar claqué. Un anciano sin dientes y con un carrito de la compra se para a mi lado y comienza a dar palmas.

Una señora gorda se sienta en un banco cercano. Se pone a comer pipas mientras nos mira.

Un perro se acerca y comienza a dar vueltas a la silla mientras ladra.

El gentío comienza a hacernos sitio. Nubes de lluvia se acercan. Cae un chaparrón con azúcar y limón.

La inmensa mujer abre un paraguas. El viejo se pone una bolsa de plástico en la cabeza. El perro y yo nos mojamos.

Llega un hombre y me pregunta que hago allí subida. El perro comienza a morderle el pantalón. Un guardia se acerca ante tanto alboroto.

Y entonces: ¡zás! Un relámpago fulmina al del pantalón. Paro de cantar y bailar. Le pregunto al policía:

--¿Le conocía usted de algo? ¡Habrá que avisar a su familia!

--Señorita, ¿me haría usted el favor de bajar?

--No puedo, señor.

--¿Por qué?

--No hay suelo bajo mis pies.

--¿Y no le da miedo?

--Tampoco tengo miedo bajo mis pies.

Lea

18 jul. 2007

Lea sube despacio los escalones.

Arrastra el abrigo gris color panza burro por los peldaños. Su cara está sucia y sus ojos enrojecidos por el cansancio.

En el descansillo del primer piso todavía hay una bombilla con su aplique. Al trasluz se pueden ver los cuerpos de varias moscas muertas. Alguna puertas están entreabiertas.

Del segundo al quinto han robado todas las luces de los pasillos. Aquí las puertas están todas cerradas. En las paredes hay desconchones, y en el suelo, trozos de yeso húmedo.

En el sexto vuelve a haber luz. Dos bombillas iluminan el pasillo. El final está tan negro como boca de lobo.

Al pasar por delante de la sexta puerta a su derecha casi pisa de puntillas. Le llega el sonido de un viejo televisor y puede ver parte de las imágenes cuando pasa por delante.

--¿Lea? ¿Eres tú?

¡Mierda!

--Sí, coronel. No quería despertarle.

--¡Bah! ¡Mientes fatal! Entra y cuéntame dónde has estado. No soy capaz de dormir, esta pierna me duele demasiado.

Lea abre la puerta con un suspiro. La habitación es pequeña, está mal ventilada, pero guarda cierto orden.

--¿Puedo abrir un poco la ventana, coronel?

--¡Haz lo que quieras! Pero antes acércame mi botella de whisky.

--¿Un vaso?

--¡Para qué!

Lea se sienta en una desvencijada silla de madera.

--¿Qué has hecho esta noche, mujer?

--Un hombre había sufrido un infarto a unos metros del centro de urgencias. El personal médico se negaba a salir y atenderle. Protocolo sanitario.

--¡Hijos de puta, malnacidos!

--Ya...

--¿Y qué hiciste?

--Les convencí para que le atendieran.

--Ja, ja, ja. ¿Ahora lo llamas así? ¿Convencer?

--Primero apelé a sus conciencias.

--¡Esa sí que es buena! ¿Y no te escucharon, no es cierto?

--No lo hicieron.

--Ya.

El viejo coronel da un trago a la botella. Con sus dos manos levanta su pierna izquierda con esfuerzo y la apoya encima de una silla.

--¿Hubo heridos, mujer?

--Hubo heridas.

--Bueno así es la vida, alguien tiene que darles hechos a las palabras.

--No me quedó otro remedio, coronel.

--Lo sé, lo sé. No me aburras con tus problemas de conciencia. Lo que importa es que salvaste al hombre. ¿Porque lo salvaste?

--Lo hice. He de irme, coronel.

--Claro, claro, ve. ¿Quieres que te despierte mañana?

--Por favor.

El viejo coronel hace un vago ademán con la mano a modo de despedida. Lea se levanta y coloca cuidadosamente la silla. Sale sin apenas hacer ruido.

En el pasillo se encuentra con una niña pequeña, de grandes ojeras, el pelo lleno de nudos.

--¡Lea! ¡Ven conmigo, por favor! De nuestro lavabo no paran de salir bichos.

--¿Has probado a matarlos?

--Sí, pero vuelan.

--Entiendo. ¿Está tu madre en casa?

La niña niega con la cabeza. Lleva una muñeca de plástico debajo del brazo. Le falta una pierna y el pelo está tan sucio como el de la niña.

--Bien, intentaré arreglarlo.

La casa es algo más grande que la del coronel pero aquí reina el caos. Huele a tabaco y a bayeta sucia. Lea está ante el lavabo. Del desagüe salen pequeños mosquitos que rodean su cara. Lea se gira hacia la niña.

--¿Tienes amoniaco? Tráelo.

Mientras tanto abre el ventanuco y espanta a los insectos. La niña aparece rápidamente con la botella en la mano. Lea vierte todo el contenido por el agujero y abre el grifo del agua caliente hasta que sale humo.

--¡Listos! Al menos, por ahora. Y dí a tu madre que compre un insecticida.

--Gracias, Lea.

--No hay de qué, Virgin. Y métete en casa y cierra la puerta. No son horas de andar despierta.

Sale de nuevo al pasillo. Novena puerta al fondo y en el centro. Sin vecinos a la derecha ni a la izquierda.

--¡Hogar dulce hogar!

Tristán se echa encima de ella y hace que se tambaleé.

--¡Mierda, me olvidé de tu hueso!


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos...(Pavese)

¿Atrapados en un cuadro?

Viento

17 jul. 2007

Viento.

Se abalanza contra mí. Ha cogido carrerilla y corre cuesta abajo en mi busca. Se estrella contra mi cuerpo, juega con mi camisa, mi pantalón y mi pelo.

Mueve carteles, azota la hierba contra el suelo. Marea a las nubes, las impulsa a veces al norte, otras al sur.

Viento y sol.

Me gusta el viento. ¿Por qué? Porque sacude, hace temblar, precipita, derrama, acaricia y vuela.

El viento sabe volar.


Sizigia

16 jul. 2007


La brisa es caliente, espesa, pegajosa. A intervalos suaves mece las cortinas blancas. Ella está de pie en medio del salón, apenas una sombra entre los oscuros muebles de madera. El pulso de su corazón retumbando contra su pecho. La puerta de la entrada chirría, el suelo cruje con cada paso.

Se miran, frente a frente. Se aproximan, muy despacio, hasta quedar bajo las amplias aspas del ventilador.

Elbereth le alarga un vaso de whisky. Ella tiene otro en su mano. La bolsa de viaje cae al suelo.

--Elbereth…

--Abuelo…

Y el sonido limpio de dos carcajadas levanta de golpe el polvo de la cómoda.

--¿Me has echado de menos, abuelo?

--No mucho, no vayas a creer. Lo justo hija, lo justo.

--Caray, pues yo sí que te he echado de menos. Eres un viejo duro de pelar. En fin… siéntate. ¿Te ha contado Leto que ellas están en la casa?

--Sí, y que fue idea tuya el invitarlas. Absurda dónde las halla, por cierto. Y no es por criticar, que conste.

--¿Criticarme tú? No, no, por supuesto que no. ¿Cómo se me iba a pasar por la cabeza tal cosa? A estas alturas tendrías que saber que no huyo ni me escondo. Sólo aguardo.

--Sí, lo sé, te sientas ante tu puerta para ver el cadáver de tú enemigo pasar. Miedo me das, cada vez que te echas para atrás es sólo para coger carrerilla.

--Sí, aunque sea para caer encima de mi wakizashi. No tengo intención de evitar mi seppuku.

--¿Cómo está la “loba”, Elbereth?

-- ¡Bendito nombre, abuelo, qué lenguaje más soez! ¿Te refieres a Gaius Mohiam?--. Elbereth sonrió. Difícil de decir. A pesar de todo su control, se la ve cansada. Ella es la que soporta la peor parte. Ni tan siquiera recibe el reconocimiento de nosotras dos.

--Bueno, es que tú eres un poco perra, porque la mujer se ha esforzado lo suyo, eso tengo que reconocérselo. Y la otra, la curiosa, bueno la otra es medio tonta, ¿no?

--¡Joder abuelo, te recordaba menos cáustico! La distancia es el olvido, no hay duda. Y sí, Gaius nos ha salvado el pellejo numerosas veces. Tiró del carro cuando despertamos casi amnésicas en aquel hospital, cuando montamos en el avión de vuelta a casa con la autoestima desgajada, cuando la familia nos dio la espalda. No he sido justa, abuelo. Yo no hubiera llegado hasta aquí sin ella.

--Lo sé. Pero es inaguantable. A cada uno lo suyo. Por saludable que sea la avena no hay quien la trague, ¿no te parece?

--En fin, comparar a una persona con un cereal, no sé, muy profundo no es. Prosaico, más bien. ¿Estás teniendo de nuevo problemas intestinales, abuelo?

--¿Lo dices por el símil con la avena?

--Sí, eso es….uhm. Dejémoslo estar, será lo mejor. Necesito que nos centremos. Gaius no puede aguantar mucho más. Por eso nos condujo hasta la mujer curiosa. Necesitamos Sizigia.

Allí sentados, bajo de las aspas del ventilador, Elbereth no puede afirmar si está despierta o soñando. Su cabeza dando vueltas más aprisa que el ventilador.

--¿Recuerdas cuando os fragmentasteis, pequeña?

--No. Dudo de que existiera un momento exacto. Al principio no era consciente. Se producía una situación que no podía manejar y me apartaba mentalmente, dejándole el camino libre a una u otra.

--¿Cómo si te pusieras una careta, como si actuaras?

-- Quizá a ojos de los demás, pero era mucho más sutil. Yo no decía: ¡adelante, ahora te toca a ti, Gaius! No, lo terrible es que la suplantación se producía sin mi consentimiento pero con mi beneplácito. ¿Me entiendes?

--Había una situación que te superaba, y una parte de ti tomaba las riendas hasta que la situación se solucionaba, ¿es así?

--Sí. Después aparecieron los desencuentros…

Se oyen unos tacones firmes sobre el suelo de parqué. Gaius Mohiam camina hacia ellos con un whisky en la mano.

--Vais a tener que disculparme, pero como nadie me lo ha ofrecido, me he servido yo misma.

Elbereth le sonríe y, con un leve ademán, la invita a sentarse con ellos. El abuelo la mira, despacio. A primera vista no se parecen en nada, pero si uno se fija bien, son como dos gotas de agua.

--¡Querida cuánto tiempo sin verte, estás espléndida!

Gaius mira al viejo con una ceja levantada, después gira su cabeza hacia Elbereth en un gesto que demuestra que no va a permitir sarcasmos por parte de nadie.

--Estás hablando conmigo anciano. No me hace falta escuchar detrás de las puertas para saber que algo desagradable de mí has dicho. ¡Te conozco! Y muy a mi pesar, créeme.

--Calma, paz entre las bestias de mala voluntad.

Ahora son Gaius y el abuelo quienes se giran a la vez y miran a Elbereth. Esta encoge los hombros.

--Soy muy pobre, nada me ofende. Es lo que tiene la miseria espiritual, no te pueden quitar lo que no tienes. Adelante, Gaius, explícale al abuelo que nos pasó.

--El problema, viejo, vino cuando Elbereth se debilitó tanto que tuvo que dejarme al mando más tiempo del preciso.

--Sí, abuelo, fue culpa mía. Era incapaz de enfrentarme a esa selva de plantas carnívoras. Dejé que Gaius Mohiam lo hiciera por mí.

--Y te fuiste olvidando de quién eras--. Gaius mira a Elbereth, y entre ellas se cruza una sonrisa de aceptación ante el mal ya hecho.

--Y tanto me olvidé que tuvo que aparecer Tel Moriah para tender un puente entre nosotras.

Gaius asiente y bebe un trago largo. Su mirada se cruza con la del abuelo, no hay enojo, sólo una frágil tregua.

--¡Pobre Moriah! Ella Hesed, Gaius Guevurá, y yo Daat. No puede haber más aplazamientos para la Sizigia, Gaius Mohiam.

--Tenemos que hablar con Tel Moriah. No sé si comprende lo que está ocurriendo.

--¡Hombre un poco corta sí que es! No es por menospreciarla, niñas. Sé que su corazón es limpio.

--Muy bien abuelo, bravo, ahí has estado de lo más acertado. Moriah hace rato que lleva escuchándonos sentada en la escalera, ¿verdad, pequeña?

Moriah ladea la cabeza, tiene las manos debajo de la barbilla, apoyados los codos en las rodillas. Ha escuchado toda la conversación.

--Sí, llevo un rato aquí. ¿Usted es siempre así, o está haciendo algún esfuerzo en mi honor? Porque si es por mí, en serio, puede mostrarse como siempre.

Gaius y Elbereth ríen a la vez. Elbereth tiene que sujetarse las tripas del dolor. Curioso que tanta risa duela.

--Está bien eso de ser tres contra uno, para variar. ¡Me gusta, abuelo!

--¡Necias! ¿Qué haríais sin mi réplica?

--En eso tiene razón el viejo, Elbereth.

Moriah las mira muy seria, no ha participado de sus risas. Tan sólo ha dejado que un esbozo de sonrisa asome a sus labios. Decide hablar.

--Nunca os he comprendido. Tú, Gaius, rebosas poder, dominio, vitalidad, pero también ira y rencor. ¿Y que me dices de ti Elbereth? Posees clarividencia, inteligencia e inspiración, pero eres incapaz de separarte de la decepción y la apatía.

--Somos dos cobardes.

--Sí, lo sois, no cabe duda. Y a mí me toca “sentir” por las dos. La humanidad que ninguna os permitís me obligáis a sentirla. Compasión, fe, confianza, amor, ilusión, esperanza. Todo aquello que puede heriros me lo atribuís. ¿Y ahora pensáis que porque una esté agotada y la otra tenga problemas de conciencia, yo tengo que someterme a la alineación?

--Se os ha rebelado la “curiosa”. ¡Já! ¡Líbreme Dios de las aguas serenas que ya me libraré yo de las turbias!

--¡Cállate, abuelo!--. Exclaman Gaius y Elbereth a la vez.

--Dejadle, lleva razón. Como siempre, imagino.

Moriah se levanta, agotada, como si hubiera recorrido millas para llegar hasta allí. Sale al porche. Elbereth hace ademán de seguirla, pero el abuelo se lo impide.

--Es cosa mía. Para eso me has traído, ¿no?

La tarde estival se ha convertido de súbito en noche cerrada. Moriah se ha sentado en los escalones del porche. Tiene un escalofrío, se sujeta los brazos con sus pequeñas manos. No está segura de dónde está. Quizá tumbada en su cama, soñando.

El abuelo sale y se sienta en la mecedora. Enciende su pipa. Por unos minutos, ninguno habla.

--¿Puedo llamarte abuelo, como ellas?

--Pensé que no había dudas sobre eso, pequeña.

Moriah se encoge de hombros y suspira.

--¿Sabes qué es lo peor, abuelo? Lo estúpida que siempre me he sentido. Y todo por confiar en las personas. Decepción tras decepción, de nada han servido, parece que hubiera nacido incapaz de aprender. Soy como un perro, da igual cuánto le azoten con el palo, siempre vuelve moviendo el rabo. No me gusta el papel que me asignaron.

--Pues a mi me gustas mucho más que esa estirada de Gaius Mohiam. ¡Al menos no parece que te hayan metido un palo por el culo!

Ahora sí, Tel Moriah se permite una risa limpia y sonora.

--Tienen su orgullo. Yo me he pasado todos estos años dando aquello que ni tan siquiera tengo. ¿Entiendes? ¡Aquello que ni tan siquiera tengo! Y yo, Hesed, he empezado a sentir la abrumadora severidad de Guevurá; la afilada frialdad de Daat. Yo he empezado a maldecir por ser honesta, por hacer las cosas bien, por ser tiernamente generosa. ¿No es una locura?

--Moriah, este mundo es feo, jodida y podridamente feo. Y tú no eres así. Sin duda. ¿De verdad crees que tienes algo que envidiarlas?

--Tengo miedo de convertirme en una egoísta, mezquina, hipócrita, deshonesta, sucia.

--Niña, tú eres una pánfila. No te lo tomes a mal, me gustas, pero eres un rato cándida. ¿No te das cuenta que de ser así, no tendrías ese miedo?

--Puede, no sé. Me paso la vida dudando. Elbereth y Gaius no paran de decir que lo que tengo que hacer es alejarme de las personas. Que sólo me acerque cuando ellas hayan dado el visto bueno.

El abuelo suspira, es como estar con una niña pequeña.

--Bueno, esas dos perras sabe lo que se hacen, no es un mal consejo.

--Sí, son asquerosamente perfectas.

--No, hija, son asquerosas, y son mis nietas, como tú y las quiero. La perfección no las roza ni de lejos. ¡Y además no necesitan serlo! Escúchame, Moriah, tenéis que alinearos. Sizigia.

Elbereth y Gaius salen al porche. Elbereth se queda apoyada en el quicio de la puerta, mientras Gaius se recuesta en la barandilla.

--Es plenilunio, Moriah. Es el momento. Seamos una.

--No me fío. ¿Qué pasara conmigo, abuelo?

--¡La desconfianza la habéis sacado de mi, seguro! Moriah, sois ramas del Árbol de la Vida. Conciliación es vuestro Destino.

Gaius cruza una mirada imperceptible con Elbereth, y es la primera que echa a andar. Moriah duda, no quiere seguirla.

--¿Tanto tienes que perder si vienes con nosotras? Además, es lo que tiene la vida: antes o después te termina matando.

Moriah hace un mohín con la boca.

--No creas que me has convencido. Lo hago por el viejo cascarrabias.

--Buena elección, el abuelo nunca nos falla. Ahora os sigo.

El abuelo y Elbereth se quedan solos.

--¿El abuelo nunca nos falla? Podrías vender hielo a los esquimales, hija. ¡Suerte que esta pobre es una ingenua! Bien, parece que lo has conseguido.

--Sí, otra vez. ¿Cuántas conjunciones llevamos ya, abuelo? ¡He perdido la cuenta, bendito nombre! Y lo más sorprendente es que ninguna de ellas parece recordarnos.

--Pues no, y yo lo agradezco, hija, porque mi repertorio de bromitas está ya muy trillado.

El abuelo y Elbereth se echan a reír, chocan sus vasos y beben a la par.

--Nos vemos en casa, viejo.

--Así sea, Elbereth.

Mucho más grave...

15 jul. 2007

Fast Food Nation

13 jul. 2007

Buena película, sobria, realista, humana. Sin pretensiones ideológicas. Me gustó la simplicidad y dureza de los acontecimientos. Como la vida misma. Sin dramatismos, ni efectismos, pero apelando a nuestra conciencia. Conciencia bastante relajada, por otra parte.



Datos sobre la película

Tu nombre

11 jul. 2007

--Me he quedado sin inspiración.

El hombre va conduciendo y dirige una mirada de soslayo a Elbereth.

--No será para tanto. Espera y verás.

--No, creo que no. No tengo ideas. Quizá sea a causa de mi ZONA Nirvana. La felicidad casa mal con la creación literaria.

La mira seriamente, aguantando el tipo para no echarse a reír.

--Bien, sí es por eso, puedo darte algún motivo de disgusto.

--Puedes burlarte lo que quieras. Soy una incomprendida.

Elbereth se lleva la mano a la frente, echa la cabeza hacia atrás y suspira trágicamente. Después se incorpora, mira al hombre y los dos ríen.

--No sé como escritora, pero como actriz, no se te da nada mal. No señor.

--No soy escritora. Escribo. Es diferente.

--¿Cual es la diferencia?

--Uhm... ¿Puedo poner música?

--¡Claro, adelante!

Elbereth busca despacio una emisora de radio...

--¿Esto mismo...?



El hombre asiente con la cabeza.

--Bien, ¿por dónde íbamos? Ah sí, el "arte de escribir". Creo que se puede poseer técnica, estilo, inventiva, incluso pasión; pero eso no hace a un artista.

--¿Y entonces...?

--¿Te estoy aburriendo, verdad? Lo siento, echo de menos al abuelo.

--Sigue, te estaba escuchando Elbereth.

--Un artista es aquel que no puede vivir sin su "oficio". Pintor, escultor, escritor, músico...

--Así que tu piensas que si puedes vivir sin escribir, no merece la pena lo que escribes. ¿Me equivoco?

Elbereth calla y sonríe al hombre. El atardecer le arranca un suspiro, se queda un rato mirando por la ventanilla. No parece que fueran tan deprisa.

--Sí, eso es.

--El viejo ha sido muy duro contigo. Aprende a relajarte. Haremos una parada en la costa.

--Recuerdo la sensación de los granos de arena enfriándose después de un día de calor. ¡Estará bien ver el mar después de tanto tiempo!

--¿Subo el volumen...?

Elbereth asiente con la cabeza. Y mira detenidamente al hombre.

--Tienes que tener un nombre. Aunque yo no lo recuerde. ¿Por qué no me lo dices?

--Porque ya lo sabes.

Ella sonríe y la música se posa suavemente sobre cada palmo de asfalto.

No vuelven a hablar durante todo el viaje. Cuando el atardecer se convierte en noche menuda bajan del coche, y caminan descalzos y en silencio hasta la playa. El hombre se tumba y cruza los brazos bajo su cabeza.




--Leto. Ese es tu nombre.

--¿Y sabes lo que significa?

--Sí. ¿Y tú?

--¡Claro!

--Bien...

--Sí. Muy bien...

Viaje

9 jul. 2007


Se ha hecho de noche. El hombre lleva los cristales de las ventanillas bajados. Apoya el codo izquierdo en la puerta, mientras conduce con la mano derecha. De vez en cuando mira a la mujer que se ha quedado dormida en el asiento de al lado.

Hace rato que ha echado sobre el pequeño cuerpo su propia chaqueta. Apenas han cruzado palabra desde que iniciaron el viaje.

Ha conocido a muchas mujeres a lo largo de su vida. No tiene adjetivos suficientes para describir cómo le han hecho sentir. Quizá agradecido, o colmado, expresen bien ese sentimiento tan vasto.

Pero ella es diferente. Desde luego, no es porque sea más hermosa, ni divertida, o inteligente que las demás. Nada de eso, de hecho está seguro que no sentiría por ella amor a primera vista.

El problema –y no entiende porque tiene que verlo como un problema, pero la palabra se ha materializado por sí sola—, es que una vez que has estado a solas con ella, cambias.

Te descubres diciendo y haciendo cosas que antes ni hubieras imaginado. Y lo peor de todo –de nuevo ese matiz peyorativo, tendría que hacerse analizar—es que cuando intenta volver a ser el de antes, simplemente no puede.

Lo terrible —esto empieza a convertirse en algo preocupante—, es que ella permanece totalmente al margen de su lucha interior. Y cuando en ocasiones piensa que ha quedado al descubierto ante ella, se sorprende de que no tenga el más mínimo interés en apuntarse victoria alguna sobre él.

Resulta inquietante. Parece saber cómo se siente cuando nadie más lo hace, pero intenta por todos los medios que no se note. Cuando cree que no la mira, se queda mirándole detenidamente. Esta seguro de que le analiza como a un insecto. Y eso le pone nervioso, pero también le gusta. No sabría explicarlo.

La muy condenada es penetrante. Y no el buen sentido de la palabra, Dios lo sabe. ¡A veces le recuerda a su madre!

Hay momentos en los que la ve alejarse tan deprisa, que siente vértigo y rencor. No entiende porqué tiene que huir, pero ese es el sabor amargo que deja en su boca. Es entonces cuando decide no seguirla, ansía que se funda con el horizonte, que se deshaga como nube de verano.

En ese punto alcanza cierta tranquilidad y vuelve a sentirse cómodo en su piel. Pero --¡la muy puñetera!--, frena en seco, se vuelve, agita la mano --¡mira que es pequeña, coño!—; y le sonríe. Y él comprende que en realidad, esa huida es tan sólo de sí misma, que no guarda relación con él.

Así que se resigna –eso tampoco suena muy positivo, lo sabe— a ser el tipo ese, en el que se convierte en su presencia. Un tipo que no es ni mejor ni peor, sino diferente, desconocido para sí mismo.

A fin de cuentas, sabe que ella le ama. Eso sí, anda más perdida que él mismo. Entre vuelta y vuelta que da, consigue cogerla por la cintura y frenarla.

El destino les ha unido ahora en ese coche y esa larga carretera. Ella ha optado por el silencio. Y él la deja.

--¿En qué piensas?

El bote que pega el hombre en el asiento hace que dé un pequeño giro al volante.

--¿Desde cuando me observas?

--Uhm…

--¡Joder, vaya susto que me has dado!

--Lo siento. ¿Queda mucho para llegar?

--No lo sé.

--¿Te has quedado dormido?

--¿A ti te parece que me he quedado dormido?

Le mira y frunce el ceño. Traga saliva e intenta que ella no se dé cuenta. Se le ha quedado la garganta seca.

--¿En qué pensabas?

--En nada.

--¿Tenías la mente en blanco? ¿Encefalograma plano?

La mira de reojo, indiferente. Es su juego.

--Sí, así es. Nada en el “coco”.

--¡Qué aburrido!

--¿Y que podría hacer un humilde servidor para distraer a esta dama?

--¿En qué estabas pensando?

--¡La ostia! Cuando tu abuelo te llama cansina, no es por joder.

¿Quién eres...?

8 jul. 2007




--¿Qué haces aquí, Elbereth?

--¿Pensaste que te iba a dejar ir sólo?

El anciano niega con la cabeza, la mano en el pomo de la puerta, impidiéndole pasar.

--Piénsatelo bien.

--No hay nada que pensar, déjame entrar, abuelo.

El anciano se retira y, derrotado, hace un ademán con la mano invitándola a pasar. Elbereth camina hasta el salón, lleva en su mano un bolso de viaje. De pronto, se detiene bruscamente. Una figura se recorta contra la ventana, de espaldas a ella. Se gira rápidamente para mirar al anciano. Este la mira muy serio y le quita de las manos el bolso, después la deja a solas con el intruso.

--¿Quién eres?

El hombre por unos segundos no tiene reacción ninguna, sigue mirando a través de la ventana. Cuando ella cree que es un espejismo, él se vuelve y la sonríe.

--¿No te acuerdas de mí, Elbereth?

Ella niega con la cabeza. En verdad no lo conoce, pero su corazón ha empezado a latir demasiado deprisa, y los ojos de él… ¡resultan tan familiares…!

El no hace ningún intento de acercase, al contrario, camina hasta el sillón y se sienta.

--Tenemos que hablar. El viejo me llamó porque pensó que yo sería el único que podría disuadirte de acompañarle.

Elbereth se mueve despacio, la cabeza le da vueltas, se siente mareada. Se sienta frente al hombre, ahora puede apreciar mejor sus rasgos. Sigue sin saber quién es…

--Es hora de regresar. Tú abuelo tiene que partir y resolver ciertos asuntos complejos, por llamarlos de alguna manera. Y tú, tendrías que volver a casa.

--¿A qué casa te refieres? ¿Contigo? No sé quien eres.

--Sí lo sabes, pero no me recuerdas. Todavía.

--Este es mi hogar. Seas quien seas, te equivocas.

--Pensé que el hogar eran aquellas personas y espacios, que te hacían sentir bien contigo misma. Libre y Sujeta a la vez. ¿Te sientes así, ahora?

Elbereth calla. Busca con la mirada a su abuelo, pero ni tan siquiera escucha por las habitaciones ningún movimiento.

--¿No me contestas?

--No sé que responderte. No te conozco.

--Sé que no me recuerdas. Pero, ¿sientes algo?

--Si me quedo muy quieta y cierro los ojos…

--Hazlo…y dime.

Elbereth cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás. En ese momento aparece el abuelo. El hombre se lleva un dedo a los labios y le pide con la mano que no avance. El anciano obedece.

--Es como intentar atrapar un pez con las manos. Sé que formas parte de mí, pero no lo entiendo. Tampoco sé si me gusta. No quiero dejar al abuelo sólo, no quiero marcharme de aquí.

El hombre se levanta y se arrodilla su lado. Le coge una de sus pequeñas manos y la aprieta contra sí. Ella sigue con los ojos cerrados, no puede ver su sonrisa.

--No te estoy pidiendo que te separes para siempre de tu abuelo. Ni que no vuelvas a esta casa. Sólo te ruego que confíes en mí, ahora, y me sigas.

--Lo había olvidado todo. Creí que estabas muerto.

Y Elbereth abre los ojos y con su mano acaricia la mejilla del hombre.

--Te dije que regresaría a por ti.

--No te creí.

--Lo sé. No podemos perder más tiempo. Despídete.

Elbereth se vuelve hacia el abuelo, caminan muy despacio el uno hacia el otro. Se abrazan.

--¿Estarás bien, niña?

--¿Y tú, viejo?

--¿Has visto que alguna vez haya estado mal?

Y Elbereth entre lágrimas, se echa a reír.

--Volveré, abuelo.

--Por supuesto, niña. ¿Quieres llevarte una botella de whisky?

--En realidad yo nunca bebí mucho whisky, abuelo. Sólo daba unos tragos a su vaso.

Y Elbereth mira al hombre que está en el quicio de la puerta, esperándola, con su bolso de viaje en la mano.

--Cuídala, chico.

--Nos cuidaremos el uno al otro, no se preocupe. Una vez que ella esté segura, volveré a por usted.

--Sabré apañármelas mientras tanto.

El viejo les ve partir. Después se sienta en el sillón de orejas con su whisky en la mano.

--Hasta pronto, pequeña.

Decisión

6 jul. 2007




--Gracias por recibirme.

--No hay de qué. Toma asiento, por favor. Dime, ¿qué te preocupa?

--La mujer del otro día, en la terraza.

Se produce un cruce de miradas. Las dos mujeres se miden en silencio.

--¿Te refieres a la curiosa?

--Sí. No debería haber estado allí.

Las dos mujeres sentadas frente a frente, sin pestañear. Quince segundos, treinta, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta... Al final, la joven habla.

--Si vamos a eso, ninguno de nosotros tendría que haber estado allí. El abuelo y yo no pudimos resistirnos, y le hablamos. ¡No sabe quiénes somos! ¡No lo recuerda!

La mujer gira la cabeza y se queda mirando el horizonte a través de la ventana. Sabe que la chica se siente juzgada por ella. Es severa. Sí, y qué. Exhala un suspiro imperceptible, y vuelve a mirarla.

--Te equivocas con esa frase. No es que no recuerde o sepa quienes sois vosotros, no sabe quién es ella.

--Eso da igual. ¡No va a hacernos ningún daño, créeme!

--Deshazte de ella.

--¿O qué? ¿Lo harás tú?

La mujer mantiene la espalda muy recta, apoya los brazos y las manos a lo largo del sillón. No deja translucir el cansancio que siente.

--No te estoy amenazando. Es una promesa. Estáis caminando sobre una capa de hielo muy fina.

La chica baja la cabeza y niega.

--Me siento muy bien ahora.

La más vieja no se deja vencer. Permanece quieta, mientras por el rabillo del ojo ve como atardece. No hay prisa.

--No la ayudas así, niña.

--¿Porqué crees que apareció en la terraza?

--¿Tienes un cenicero?-- La joven se levanta, y a sus espaldas oye la voz:

--Yo la conduje hasta vosotros.

A cámara lenta la chica se gira para mirarla. Le alarga el cenicero y en voz baja, casi en un susurro, pregunta:

--¿Y para qué? Si fuiste tú la que la llevó hasta nosotros, es tu problema.

--Yo no tengo problemas. Sólo resuelvo situaciones.

A Elbereth le asalta la idea de que si hace cualquier movimiento brusco, la mujer la matará.

--No se merece eso. Ella no. No es justo.

--Pensé que no creías en la justicia...

--Divina no, quizá poética. No voy a hacerlo. Toma tu decisión.

La mujer se levanta parsimoniosamente, apaga el cigarrillo casi entero y, por un momento, se queda mirando el atardecer. Después, con ademán indolente se estira la ropa. Sin mirar a Elbereth se marcha. Con la mano, en el pomo de la puerta se gira.

--Te daré tiempo.

--¡Lárgate ya!

Apenas escucha la puerta al cerrarse. Siente que se ha ido, que está sola. Vuelve a sentarse, se da unos minutos antes de hacer nada. Tiene el cuerpo echado hacia delante, y la cabeza entre las manos. Al cabo de un tiempo, se levanta y coge el teléfono.

--¿Sí, digame?

--Abuelo, soy yo. Ha estado aquí--. Silencio

--¿Abuelo...?

--¿Qué le has dicho, Elbereth?

--Que no vamos a entregársela--. Al otro lado, se escucha un suspiro corto, controlado.

--¿Sabes que acabas de escribir nuestro final, verdad?

--No hay opción. No pensé vivir para siempre, abuelo.

--Ni para siempre, ni por mucho tiempo a partir de ahora...

--¿Qué vamos hacer, abuelo?

--Tú nada. Déjalo en mis manos.

--Lo siento, abuelo.

--Tranquila, antes o después tenía que ocurrir. Ya hablaremos.

--¿Cuánto tiempo estarás fuera?

--No lo sé, niña, no lo sé. Si no regreso...

--Abuelo, no.

--¡Escucha, joder! Si no vuelvo, mátala.

--¿A cual de las dos?

Ventilador

5 jul. 2007




--Abuelo…

--¿Elbereth?

--¿Podrías prepararme un whisky?

--Pensé que es así como terminábamos nuestras conversaciones…

-- No hoy. Hoy le damos la vuelta a la vida, y la sacudimos bocabajo para ver si le queda algún real en el bolsillo.

El viejo sonrió y se fue a la cocina a por dos vasos y hielo. Le seguí hasta allí. Me gustan las cocinas, de siempre, y desde luego no es porque cocine; sino porque tienen algo ancestral, mágico y silencioso.

--Hoy me he sentido bien conmigo misma, abuelo.

--¡Ah sí, tu estado nirvana!

--¡No seas tonto! Ha sido por un vulgar ventilador.

--No te entiendo…

--Uf, a ver cómo te lo explico… En el trabajo todos se quejaban del aire acondicionado, unos porque se helaban y otros porque se asfixiaban. El resultado nunca era un consenso, el más fuerte se imponía sin más. En este caso ganaban los que se helaban, y el aire permanecía apagado.

--¿Sin aire acondicionado en esa sala toda ventanas?

--Exacto, así es. Decidí hablar con mi jefa, se lavo las manos y yo misma escribí al Director solicitando un ventilador y explicando los motivos.

--Más ecológico y barato.

--Sí, eso también se lo hice notar. Lo triste es que los compañeros se mofaron de mi “osadía”, y dieron por sentado que no conseguiría nada.

--Me tienes intrigado, sigue, sigue…

--Pues bien, veinticuatro horas después, mi jefa me ha dicho que tenemos ventilador. Que han dado el visto bueno. Lo triste del asunto es que, salvo dos personas, el resto en lugar de alegrarse por el ansiado ventilador, se han sentido rabiosos porque se lo he conseguido.

--Patético y predecible. ¿No me digas que esperabas otra cosa?

--No, eso también es triste --saber que los demás no dan para más ni mejor--, pero yo me he sentido bien porque había conseguido algo bueno para otros.

--Ya. Toma el vaso, anda, y vamos a sentarnos. Eres una idealista.

--Sí, creo que leí Heidi, Marco y Pollyana muchas veces.

Nos reímos con ganas.

--¿Todavía conservas aquellos libros de hojas amarillentas, niña?

--Sí, abuelo. Nunca tiro nada, lo que hago es regalarlo, eso sí.

Se hizo el silencio. Me arrellané en el sillón de orejas, con mi whisky en la mano, moviendo el vaso para ayudar al hielo a fundirse.

--¿En qué piensas?

--Bueno, ahora mismo tengo la cabeza a rebosar. Recuerdo una noticia que leí sobre el superavit de la Ciudad del Vaticano en el 2006: 21,4 millones de euros. De una mujer a la que le han “perdido el cadáver de su hijo recién nacido”. De Lula y su batalla por los medicamentos contra el Sida.


--Nunca paras, ¿verdad?

Sonreí, mientras me encogía de hombros.

--¡Y no cuento las pesadillas! Antes de anoche soñé que moría en un incendio.

--¿Y porqué sigues sonriendo?, ¿porqué ese estado de nirvana?

--Esa es mi lucha. No permitiré que apaguen mi luz. No más mezquindades, no más Sombras húmedas.

--¿Quieres helado?

--¡Joder abuelo, estoy en plan trascendente y tú me ignoras!

--Hija, es que me deslumbra tanto bienestar. Y además este juanete me mata.

--¡Pues ve al callista! ¿Has pedido hora en el médico?

--Oye niña, está conversación nos está quedando pésima. Carente de glamour y lírica.

-- Ya. Conoces a alguien que no se siente en la taza del w.c a diario?

--¡Argh! ¡No seas vulgar, hija!

-- Insisto. ¿Conoces a alguien?

El viejo hizo una mueca como diciendo “ya sabes la respuesta”.

--Bien, no hay mejor patrón de vida: todos somos iguales. El esclavo como el rey tienen idéntica piel y necesidades. Todos nacemos de la misma forma, entre sangre y llantos. Todos morimos solos. Es justo. ¿Quién dijo que no había justicia?

--Tú, pero claro, eso fue antes del nirvana ese. Por cierto, ¿te afeitarás la cabeza y bailarás con una túnica azafrán por la Gran Vía?

--Uhm, no creo que me favoreciera…

--Eso es lo de menos, hija.

--Vete al cuerno abuelo. Y ahora, ¿cómo terminamos el diálogo, si ya hemos dicho lo del whisky?

--Te lo dije. Te dije que esa no era forma de empezar.

--Abuelo…

--Elbereth…

--¿Le preguntamos a ella?

--¿A la mujer curiosa, dices?

Asentí con la cabeza.

El anciano y Elbereth se giraron y se me quedaron mirando expectantes. ¿Y ahora qué les digo yo!