Compensaros...

31 ago. 2007

Peter Poskas

¿Puedes prestarme atención un momento, por favor? ¡Sí, sí, tú! ¡No gires la cabeza, te estoy hablando a ti! ¡Ah y cierra las otras ventanas por unos minutos! Necesito que te quedes aquí leyendo, sin distracciones.

Hoy es viernes. Hoy se acumula el cansancio de toda la semana pero la perspectiva del fin de semana nos pone en movimiento.

Sin embargo, quiero que os toméis un descanso. Quiero compensaros con un atardecer frente a la playa, una charla de amigos, y una bebida entre las manos.

--¿Verdad abuelo?

--Iré sacando las sillas al porche. ¡Espero que no venga muchos!

--Por favor, no hagáis caso al abuelo. Gruñe mucho.

--Mínimo que traigan algo para picar, niña...

¿Sigues ahí, seguís ahí? ¡Bien! Vamos corriendo a todos lados, nuestra existencia se pasa la vida con la lengua fuera, y las pulsaciones alteradas. Pero tengo la sensación de que es una carrera perdida. Os invito a parar. A que os sentéis el rato que queráis aquí conmigo y con el abuelo. Hablaremos quizá del futuro, callaremos cosas del pasado, nos reiremos un rato de nosotros mismos. No confío en las personas que no son capaces de reírse de si mismas.

--¿Te parece buena idea, abuelo?

--¿Te lo parece a ti? Porque eso es lo que cuenta, lo que tu pienses, no lo que piensen los demás.

--Yo deseaba crear un espacio en este universo extraño de redes. Un lugar dónde las personas pudieran entrar y ser ellas mismas.

--Si no sabes ser tú mismo en cualquier circunstancia, es que no sabes quién eres.

¿Y vosotros que creéis?

--¿Sabes porque me gusta tanto el silencio, abuelo?

--¡Porque la gente solo dice gilipolleces!

--Bueno, no exactamente, aunque también, claro. Me gusta el silencio porque aísla cada sentimiento, palabra o gesto; lo limpia, lo dota de honestidad, y compensa por el ruido sucio y devastador que hacemos a nuestro paso.

--¿Cuántos crees que van a venir, niña? Lo digo por sacar vasos y sillas...

--Uhm...pocos...pero mejor calidad que cantidad...

--Iré a por el hielo... y a por mi pipa...

--Gracias abuelo.

Y bien...no quiero extenderme en filosofías baratas. Este porche es vuestro porche, aquí al atardecer tenéis “espacio” para ser. Gracias por compensarme a diario con vuestra presencia .

--¿Abuelo? ¿Le has puesto dos hielos al whisky?

¡Ding-Dong!

--¡Ya abro yo abuelo!



Hoy

30 ago. 2007


La vida no nos pertenece, es un préstamo a corto plazo. Unos cuántos días, unos cuántos años, que el azar, el destino, o algún dios o diosa tacaños nos han dado.

Malgastarlo en preocupaciones baladíes, en guerras, en desprecios, luchas y odios, solo hace que se eleven los intereses del préstamo.

A mí me sobran dedos de las manos para contar la gente a la que amo. Y si cada uno de mis dedos representase una decena, también excederían los años que voy a vivir. ¡En solo dos manos, mi vida entera!

Así que no puedo dejar de preguntarme: ¿Elbereth, qué quieres hacer con tu vida? ¿Qué palabras deseas pronunciar, cuales callar?, ¿qué personas deseas te acompañen hasta el final?

Soy pequeña e insignificante, y eso seguramente puede hacer pensar que si me sueltan de la mano me perderé. Sin embargo, tengo el instinto del perro callejero, sabré encontrar el camino de vuelta. El hogar nunca se olvida.

Hoy sé adónde me conducen mis pasos, al encuentro de mí misma. Me estoy esperando en un cruce de caminos.

Hoy el sol me alumbra, y si hace calor se esconde tras un árbol para darme sombra.

Hoy el viento lo llevo a la espalda.

Hoy me he sonreído en el espejo, y he comprendido que la vida no tiene nada en mi contra, soy yo la que se empeña en bracear en un cauce seco.

Así que me he zambullido en el mar de tus abrazos, he nadado con el flotador de tus palabras de amor y me he dejado llevar por la marea. Y he llegado a casa, a tu lado.




Arrastrado

29 ago. 2007


9 de Enero de 1959 Ribadelago - Zamora

Esa mañana se ha despertado bruscamente. Como si alguien hubiera tocado su hombro o le hubiera llamado por su nombre, pero al abrir los ojos, nada. Sólo la vaga sensación de una presencia, algo más que un sueño. Mientras tomaba el café ha pensado en la presa. Y ha sabido que tenía que estar allí antes del alba. Ha cogido el coche, casi en pijama y sin afeitar. Por el camino los nervios se le han agarrado al estómago, y no ha levantado el pie del acelerador hasta llegar.

Chaim aparca el coche a la entrada de la presa. Ve una figura al otro lado. El corazón se le para. Así, sin avisar, pero él sigue de pie y respirando. Se lleva una mano a los ojos a modo de visera, pero no hace falta que vea: él siente, está convencido.

Echa a andar por el centro de la carretera, y la figura del extremo opuesto se pone en marcha. Al principio tiene vértigo, siente náuseas, pero cuando la idea de darse la vuelta le cruza por la cabeza, el resultado es que apresura el paso.

La presa está rodeada por montañas rocosas, y algunos tímidos bosquecillos. El agua del embalse es casi negra, delicadamente rizada. El amanecer empuja al Sol hacia arriba, al cielo silencioso.

Los dos llegan al mismo tiempo al centro de la presa. Se miran a los ojos y una primera sonrisa asoma a sus labios. Después las comisuras de los labios se estiran más, y más hacia arriba, hasta que la risa les alcanza abrazados.

--¡Esta vez te encontré yo a ti, Lea!

--¿Tú crees?

Apoyan la frente el uno en el otro y transforman el tiempo en algo insignificante. Los recuerdos de tantas vidas les arrullan.

--Sí crees que voy a morir esta vez, nada más encontrarte, estás muy equivocada.

--¿Desafiamos al destino?

--¿De qué destino hablas?

Lea sonríe y pasa un dedo por el perfil de su nariz.

--La presa estallará esta noche.

--¿Qué podemos hacer?

--Tendríamos que convencer al alcalde y a los de la hidroeléctrica para que abran más la compuerta. Con los veinticinco centímetros que abrieron ayer, será insuficiente.

--¿No aguantará? ¡La inauguraron hace tres años!

--Sí, construida con materiales defectuosos. Las bajas temperaturas de esta noche harán que el granito y el hormigón se contraigan. Se producirá una grieta.

--¿Cuántos muertos?

--144, la mayoría niños. Pero tengo que salvar a toda costa a uno de ellos. Por eso estoy aquí.

--¿Le reserváis algún papel como el mío?

--Será imprescindible para los tiempos que llegarán tras la muerte de Franco.

--Entiendo…

Echan a andar uno al lado del otro, rozándose los hombros, los nudos de las manos, un baile acompasado, dibujado en sus cuerpos. Cuando el Sol estrena ese día con su primer rayo, Chaim le tiende la mano, y ella la coge al vuelo.

A la sombra de unos árboles, escondido, Kyrian les ve montarse en el coche. Aprieta los puños con fuerza, y algo mayor que el odio le bulle en el pecho. Todavía no sabe qué es, sólo que escuece y quema. Está seguro de acabar con ella esa noche, quiere hacerla desaparecer, que el agua la arrastre y la borre de su memoria.

Durante el día, Chaim y Lea hacen todo lo posible por alertar a las autoridades del peligro. Nadie escucha. Finalmente, llegan a casa de Juan Luengo para convencerle de que salga con su familia del pueblo. Lea pide a Chaim que la deje a solas con el hombre.

Mientras, en la entrada; un niño moreno, cabizbajo y de pelo rizado, juega con unas chapas. Chaim imagina quién es. Cruza los dedos. A los pocos minutos, Juan Luengo está gritando a su mujer para que meta todo lo que pueda en las maletas.

--¿Y ahora?

--Nos quedaremos, salvaré a todos los que pueda.

Esa noche la temperatura baja a menos 18 grados. En la presa de Vega de Tera, se abre una brecha de ciento cuarenta metros. Ocho millones de metros cúbicos de agua arrasan todo lo que hallan a su paso. Mueren casi todos los animales del entorno y de las granjas, más de la mitad de las viviendas quedan destruidas.

Chaim ayuda a salvarse a algunos subiéndoles a la espadaña de la iglesia. Lea le obliga a quedarse con ellos.

Se dirige a la presa, quizá pueda reconducir el agua. Cuando llega a sus pies encuentra a Kyrian. Parece esperarla. Tiene las ropas mojadas, sin duda es obra suya. De pronto estalla otra grieta en el muro y un torrente descontrolado de agua se echa encima de ella. Tiene el tiempo justo para elevarse en el aire. Por muy poco. Ahora el caudal es tan feroz que es imposible acercarse a la grieta sin ser arrollada.

--¿No lo vas a intentar, Lea?

--¿Me vas a dejar?

--Prueba…

Lea frunce el ceño, sabe que no puede fiarse, pero no puede dejar de intentarlo. Concentrarse en la grieta supone quedar expuesta. Recuerda el ghetto. Y se decide. Baja al suelo, cierra los ojos y extiende las manos, tiene que evitar que la grieta siga ensanchándose.

Kyrian se acerca despacio, asombrado por la confianza que ella demuestra, eso le irrita aún más. Se aproxima para clavarle un cuchillo por la espalda, cuando Lea abre los ojos y le mira.

--Kyrian, si me matas ahora jamás sabrás si es verdad.

--¡Sé que es mentira!

--¡Entonces hazlo, clávame ese cuchillo, y acabemos de una vez!

La mano de Kyrian queda parada a mitad de camino, antes de que pueda reaccionar una piedra le golpea en la cabeza y cae al suelo.

--No me gusta que me peguen tiros una vez muerto.

--¡Qué haces tú aquí!

--Yo también me alegro de verte.

--Espérame al otro lado, no tardaré. ¡Vamos!

Ribadelago queda sepultado esa noche. Sólo se encontraron veintiocho cadáveres de los ciento cuarenta y cuatro desaparecidos. En el juicio que se celebrará en 1963, el director gerente de la Hidroeléctrica Moncabril, dos ingenieros y un perito responsable de las obras recurrirán la condena y quedarán absueltos.




Pedestales vacíos

28 ago. 2007


Martillea la pena sobre el pecho de Mabdel Wadûd. Horada la locura cualquier futuro soñado. El pasado hace muecas grotescas, enrejadas y fútiles.

Mabdel Wadûd muere porque esta vivo. Muere porque sostiene en sus brazos un cuerpo inerte. Sus oídos han quedado dañados por la explosión, como un eco lejano suenan las sirenas de las ambulancias, los gritos cantados de las mujeres golpeándose el pecho.

Mabdel Wadûd se balancea adelante y atrás. Llama a su esposa, le acaricia la cara y le coloca el pañuelo. Con su mano derecha sujeta parte de los sesos que la bomba le ha arrancado. Los cabellos de su mujer se pegan a sus dedos pringosos de sangre.

Siente manos tirando de él, ve pasar rostros de desconocidos gesticulando frenéticamente.

Mabdel Wadûd ha sido despojado. ¿En nombre de quién? Ni un solo rezo sale de sus labios manchados de polvo, secos y agrietados.

Lea cruza corriendo las calles de Sinyar. Oye a Mabdel Wadûd gemir. Tiene que llegar antes de que se pegue un tiro.

En la aldea de Qataniyah, el caos no consigue ocultar la destrucción. Lea pronuncia su nombre en vano. Al fin, llega a su lado y se tira al suelo junto a él. Claman juntos a los pedestales vacíos de los dioses únicos. Lea abraza al hombre y seca con sus manos las lágrimas, pero éstas esquivan sus dedos, derramándose y penetrando en la yerma tierra.

Kyrian se agacha frente a ellos, de cuclillas se queda observándoles durante unos instantes. Lea no tiene tiempo de reaccionar, sale disparada a un solo movimiento de sus dedos. Choca contra la puerta de un coche en llamas y su espalda cruje ante el impacto.

Kyrian se acerca a Mabdel Wadûd y pone la mano sobre su cabeza. Lea chilla en balde. El disparo la aturde, las salpicaduras de la sangre manchan su camisa, todo va a cámara lenta. Se arrastra dolorida hacia Mabdel y tapa con su mano el agujero de su cabeza.

Kyrian empieza a propinarla patadas en el estómago de forma mecánica, parece aburrido como si golpeara una piedra encontrada en el camino.

Va vestido con el uniforme del ejército norteamericano, cruza su pecho un fúsil y en la mano tiene un cigarrillo encendido. Empuña su pistola por el cañón, y golpea con la culata la cabeza de Lea hasta dejarla sin sentido.

Está a punto de pegarle el tiro de gracia cuando una segunda explosión le tira al suelo.

Mabdel Wadûd, su esposa y Lea yacen en un abrazo inerte.

Kyrian, malherido, se da la vuelta y monta en una tanqueta. Mientras escapa se pregunta si Lea estará muerta.

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1,2,3...Escondite inglés

27 ago. 2007


En todas las estaciones de tren hay una Sala de Espera, para aguardar.

Hoy, al pasar por delante de ella, he decidido entrar.

Las Salas de Espera huelen a rancio y a sudor, a nervios e impaciencia. A cigarros que no se pueden fumar, a uñas comidas, a caricias de novios, a reencuentros nunca sucedidos, a promesas cumplidas, o incumplidas y a puntualidad descuidada.

Un vagabundo ataviado con un abrigo --en verano-- y un hatillo de ropa en un rincón. Una anciana leyendo un periódico arrugado en el opuesto. Una pareja comiéndose a besos en otro. Conmigo, jugamos a las cuatro esquinitas tiene mi alma.

Por los altavoces suena una melancólica canción, y el vagabundo comienza a llorar. Sorbe ruidosamente sus mocos, y se limpia con la manga de su raído abrigo.

La pareja se sonríe y abren más sus bocas, sus lenguas se pasan gotitas de saliva, y sus manos se buscan y se encuentran.

La anciana me mira: ¿jugamos al escondite inglés?

--Yo no juego con desconocidos.

--No soy una desconocida. ¿Ves ese espejo en el techo? Asomate al futuro y me reconocerás.

Me levanto y alzo mi cabeza, la sala gira vertiginosa. El vagabundo ya no está, y la pareja tiene dos niños a su lado. El chico tiene el pelo canoso y la mujer ha engordado. Ya no se besan, ya no se miran, se hablan a través de sus hijos. Y allí está la anciana, sonriendo, con un paraguas rojo en la mano y un pañuelo azul en la cabeza.

--¿Quieres ahora jugar?

--¿Conmigo misma?

La anciana se tapa los ojos. Yo me echo unos metros atrás.

--Un, dos, tres, escondite inglés...

--¿Qué gano si no me sorprendes moviéndome?

--No tendrás que volver a entrar en esta Sala de Esperar.

--Tápate los ojos y empecemos. Te voy a ganar.






Oblíguenme a creer en ustedes...

Hoy me ha impresionado la entrada del Dóctor. Me ha "tocado". Creo que lo mejor que puedo hacer es poner el enlace a su entrada para que la leáis: La abrumadora ciencia de su bienestar.

El Dóctor nos pide que le obliguemos a creer en nosotros. ¿Cómo negarse? La web de la que nos habla es la siguiente: El desarrollo de los niños/as con Trastornos de Autismo...

Sin embargo, creo necesario que leáis su entrada. Os sorprenderá.

Sublevación

26 ago. 2007

¿Vida en el Ghetto?


18 de abril de 1943 Ghetto de Varsovia

¿Qué primavera espera al Ghetto? ¿Primavera? En las calles sólo hay lugar para el blanco y el negro. Los hombres se han vuelto bestias que únicamente piensan en sobrevivir. Nadie gira la cabeza cuando dos hombres se matan en plena calle por un trozo de pan. La razón no es el miedo, es la indiferencia.

Los cadáveres se encuentran tirados en la calle, pasan días hasta que la cuadrilla de sepultureros los recoge. Cada día ve a una preciosa niña morena en la esquina de Gesia con Nowolipki, muerta. El primer día aún tenía color en las mejillas, y cuando se agachó para colocarle el vestidito y taparle las piernas, despedía algo de calor. El segundo día intentó esquivarla, pero sus ojos abiertos le miraban tan fijamente que no pudo evitarlos. Hoy, el cuarto día, los que se topan con su cadáver dan un rodeo, les da igual pisarla, es por no tener que oler su cuerpo.

Chaim clava su vista en ella desde varios metros antes, no se parará, pero quiere comprobar que todavía se hace un nudo en su garganta cuando la ve. Tiene pánico a que eso no ocurra, a ser capaz de pasar impasible ante ella. Pero eso no ocurre. Y una vez que la ha dejado atrás, se enjuaga las lágrimas que ya no saben ni por quién lloran, si por él, por ella, o por todos.

La luz sucia y gris del día, está siendo vencida por la sombras de la noche. Se dirige al 18 de la calle Mila, al subterráneo donde la resistencia judía tiene su Estado Mayor.

Cuando entra allá abajo, la humedad y el mal olor le golpean en la cara. Los hombres fuman y se gritan unos a otros, las mujeres intervienen con fiereza, como nunca las había visto antes, ese coraje le empequeñece. Están discutiendo la sublevación.

En una esquina, apartada, ve a una mujer, es como una nota disonante allí dentro. Despacio, ella gira su cabeza para mirarle, como si supiera que él la está observando. Sus ojos son brillantes, dulces, y le sonríen. En el pecho de Chaim estalla la primavera que nunca verá el ghetto. Se dirige hacia ella como si la conociera de siempre. Se sienta a su lado y permanecen un rato sin decirse nada. Después, ella susurra su nombre:

--Cuervo…

Su voz es una sacudida feroz, el suelo tiembla bajo sus pies, un viento frío arrastra hasta su cabeza recuerdos que no posee. En tropel le asaltan imágenes grotescas, idiomas que él no entiende, guerras antiguas. En medio de ese caos, un hombre y una mujer.

--¡Me has encontrado…!

--Siempre.

Chaim se lleva las manos a la cabeza, el dolor es insoportable. Recuerdos como agujas clavándose en sus sienes, como una tiza rayando la pizarra, o el continuo gotear de un grifo mal cerrado. Hubiera preferido no saber. ¿Hubiera preferido no encontrarla? Pero Lea le coge la mano, y la agonía retrocede.

--Es tu prueba de vida, Chaim. Tienes que resistir, luchar, convencerles de que lo hagan. Darle tu apoyo a Mordejai Anielewicz, y empuñar las armas.

--¿Para qué?

--¿Tanto te ha cambiado el odio, que no eres capaz de “Ver”?

--He visto mis vidas, me las acabas de mostrar. No encuentro sentido a tanta derrota. Estoy cansado.

--La victoria es la sublevación, Chaim.

--Yo sólo veo muerte, Lea. Es lo único que mi corazón siente.

Lea entonces le suelta la mano, se levanta y se marcha.

--¿A dónde vas?

--¿Y qué puede eso importarte ya a ti?

Esa noche se decide la sublevación.

A primera hora del 19 de abril, víspera del Pésaj, el ghetto es cercado. A las seis de la mañana, las SS hacen su aparición dentro del ghetto. A las ocho, el Oberführer Jurgen Stropp, asume personalmente el mando de la operación.

Durante un mes, hombres, mujeres y niños --ninguno mayor de veinticinco años--, luchan salvajemente, conscientes de que no hay victoria, de que la muerte es lo único que pueden esperar. Y aún así, luchan. Hasta el final.

Cuando un edificio es rodeado y quemado, saltan desde las azoteas a la calle, o se pegan un tiro, antes que ser capturados. No hay lugar para la esperanza, ni para las palabras de aliento. Sólo Combate.

Chaim y su escuadrón se han concentrado en las esquinas y en el búnker de la plaza Muranowsky. Ha estado buscando a Lea por todos los edificios, sin éxito. Ha desaparecido. Sabe que va a morir, igual que murió la primera vez, pero aquella noche estaba en paz con el mundo, aquella noche tuvo a Lea. Quiere verla, antes de que sea demasiado tarde. Quiere despedirse de nuevo. ¿Cuántas veces lo han hecho ya?

Durante las siguientes dos semanas, uno tras otro, los búnkeres van cayendo, son barridos y destruidos por la Wehrmacht, empleando bombas lacrimógenas y explosivos. Chaim lucha al lado de Mordechai Anielewicz tal y como Lea dijo.

El 8 de mayo se ven acorralados en el subterráneo que hay bajo el número 18 de Vía Mila. Durante dos horas se suceden los tiroteos y las explosiones de granada. De uno en uno, los rebeldes van cayendo. Cuando uno de ellos muere, el que está al lado coge su munición y sigue disparando. Dentro de poco todos se reunirán.

Los alemanes han bloqueado las cinco salidas del bunker. Los gases terminan asfixiándolos. Mordechai sabe qué tienen que hacer: la consigna, el suicidio. Cuando finalmente los alemanes consiguen penetrar, hallan a los ochenta combatientes muertos. Es el fin de la resistencia. Chaim yace con ellos.

Los soldados entran con sed de venganza, es la primera --y casi única-- resistencia que el pueblo judío les ha ofrecido, pero no hay judíos que matar. Kyrian se encuentra entre ellos. Busca un cadáver concreto. Se separa de su grupo, disimuladamente, y la ve. Sabe que nadie más puede hacerlo.

Está agachada en el suelo, junto al cadáver del hombre, en silencio. Kyrian se siente poderoso ante tanta desolación. Lea mantiene la cabeza baja para no verle.

--Aquí ya no tienes nada que destruir, márchate.

--Disfruto.

Saca la pistola de su funda y dispara al cuerpo inerte de Chaim, vacía el cargador sobre su pecho. Lea aprieta la mandíbula. Se desprende del cuerpo de Chaim dulcemente. Se incorpora despacio, mientras deja caer su abrigo sobre el suelo lleno de escombros y cadáveres.

Y entonces, sólo entonces, levanta la cabeza y mira a Kyrian. Este se pone en guardia, pero no está preparado para lo que va a suceder. Ella sonríe y le tiende los brazos.

--Ven…

Al principio su cuerpo se resiste, en vano. Los ojos de Lea se achican, se vuelven dulces y Kyrian sólo desea acercarse y tocarla.

Cuando llega a su altura, Lea levanta la cabeza hacia sus ojos. Posa sus manos sobre el cuello de él, y le acaricia con las yemas de los dedos la mandíbula. Una parte de Kyrian sabe que es una trampa, que todo lo que ella le está haciendo sentir se romperá en diminutos trozos de cristal que se le clavarán en la cara. Estaba preparado para el odio, pero no para esto. Nunca ha sentido ese calor que ella desprende. Y quiere conocerlo, hacerla suya.

Lea arrastra los dedos de la mano despacio y los apoya en su nuez. Ha acercado su rostro al de la bestia para mantener el hechizo. Con un solo revés puede matarla. Sus labios le rozan la oreja y, muy bajito, comienza a hablarle mientras sus dedos presionan.

Kyrian se lleva las manos al cuello, en un intento baldío por frenarla. Cuando pone sus manos sobre las de ella siente su calor, y la aborrece. Su odio le despierta, le da fuerzas y se retuerce ferozmente. Pero es tarde.

Le deja caer. El cuerpo choca brutalmente contra el suelo, la cabeza golpea contra una piedra. Se limpia asqueada las manos en la falda.

Recoge el cuerpo de Chaim y se lo lleva, una vez más.



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La última victoria

24 ago. 2007

1875 Territorio de los Sioux Teton.

Cuervo Huidizo lleva toda la noche despierto, deambulando por el bosque, escuchando los árboles, volando con las águilas, corriendo con los lobos. Su padre, Toro Sentado, le puso ese nombre porque apenas habla, rehuye casi toda compañía, y caza solo.

Son malos momentos para su pueblo. Y Cuervo se ve asaltado continuamente por el lamento de La Tierra, por lo que está ocurriendo, por lo que va ocurrir.

Cuando su padre Toro Sentado era un joven guerrero, rodaban ya las primeras columnas de carromatos por el Oregon Trail hacia el Oeste. Sin embargo, aún se encontraban lo suficientemente lejos al sur de su territorio como para preocuparse.

Ahora, sin embargo, los tambores de guerra llevan mucho tiempo sonando. En realidad no han dejado de hacerlo.

El gobierno se reunió con los indios en Fort Laramie para negociar nuevos territorios para la reserva. Su padre se negó a asistir. Y él se sintió orgulloso de ser su hijo. Sabe que luchará hasta el final, se lo ha dicho el cóndor. También le ha dicho que el padre enterrará al hijo. Pero no siente miedo.

Ahora los soldados blancos —su piel siempre huele a muerto— han comprobado que no pueden frenar a los buscadores de oro. Llevan dos semanas intentado convencer a los Sioux de que vendan las Back Hills. Ningún indio osaría vender La Tierra Sagrada.

Los blancos son extraños, venden algo que jamás han poseído. Dicen amar la tierra pero la maltratan constantemente. Dicen ser libres pero están cercados de leyes extrañas que dejan por escrito. Su palabra no tiene valor, y entre ellos mismos se obligan a jurar sobre un libro. Son una enfermedad, una plaga que se extiende por las praderas y que ennegrecerá la hierba.

Su padre envió emisarios a los Sioux y Cheyennes para formar un consejo de guerra. Ahora, sobre la pradera de Rosebud Creek pueden verse las tipis de quince mil indios, levantarse desafiantes para los blancos.

La mujer del bosque le ha dicho que las contemple fijamente, porque nunca más volverá a haber ese número de los suyos juntos y vivos. Y Cuervo la cree. La primera vez que la vio pensó que era el espíritu de su tótem. Luego comprendió que ella era más grande que eso. Cuando le habló de su muerte en la batalla, de su próxima vida, no, vidas dijo ella, se prometió así mismo que descubriría a esa mujer luna tras luna, hasta unirse a su alma.

Los cánticos de guerra le sacan de su ensoñación. Su padre no es sólo un guerrero, también es shaman. Y esa noche, ha pedido ayuda al Gran Espíritu.

Cuervo contempla el ritual desde la colina. Un suave --casi imperceptible-- crujido de ramas le anuncia que ella está a su espalda. No se vuelve. Siente su aliento en la nuca y cierra los ojos.

--Lea...

--Sssshhh... El ritual...

Las hogueras arden, los tambores marcan el latido de la Madre Tierra, los cánticos hechizan las estrellas, una llamada desesperada de auxilio.

Toro Sentado ha pintado sus manos y pies de rojo. Su espalda a franjas azules representa el cielo. Un hermano guerrero se arrodilla a su lado, y con una afilada lezna levanta cincuenta pequeñas tiras de piel de los brazos de su padre, desde el hombro hasta la muñeca.

Va a entrar en trance, va a reunirse con sus dioses.

Mientras la sangre deja de manar y las heridas se cierran, Toro Sentado comienza el lento y rítmico baile. Se levanta y agacha sobre la punta de los pies, mientras dirige la cara hacia el cielo y reza.

--Bailará durante toda la noche y durante todo el día de mañana.

--¿Le escucharán los dioses, Lea?

--Sí, habrá una gran batalla, será vuestra mayor victoria.

--¿Mayor que la de Fettennan?

Lea asiente con la cabeza.

--¿Tienes miedo de morir?

--No, sé que tú estarás conmigo. Sé que me guiarás al Otro lado. Quiero morir luchando.

Callan, y sin intercambiar una mirada, echan a andar hacia el bosque. Sus pasos se escuchan como sólo uno, sin tropezar nunca, baile de movimientos sincronizados, roce de sus hombros, dedos extendidos para sujetarla un instante, el contacto del vello de su piel en el brazo.

En la oscuridad, Cuervo conoce a Lea.

En la tarde del 25 de junio de 1876, el campamento de los Sioux y Cheyennes es atacado por el Séptimo Regimiento de Caballería, a las órdenes del teniente coronel Custer.

Toro Sentado deja que Caballo Loco se enfrente al enemigo. Mientras él contempla la batalla sobre su caballo, planificando la estrategia, armado con un Winchester y un revólver del 45. Impertérrito, rostro de piedra para el bravo corazón de un guerrero.

La Batalla de Little Big Horn será la mayor victoria. Cuando se levanta el polvo, se ven los cadáveres amontonados de los blancos, a muchos de ellos les han arrancado la cabellera. Toro Sentado busca a Cuervo. Cuando no lo ve sobre su caballo, busca en el suelo. Su mayor victoria se convierte en la más dolorosa de las derrotas. Pero no lo deja ver a sus hombres.

Recoge el cuerpo de Cuervo y lo echa sobre su montura. Se dirige a las montañas. Cuando lleva cabalgando un rato se encuentra con la mujer. Sabe lo tiene que hacer. Baja el cadáver de su hijo y lo deja a sus pies. Después monta de nuevo y, sin mirar atrás, cabalga para celebrar la victoria de su pueblo.


¿Mi Hada Madrina?

23 ago. 2007


Un día paseaba, como fiera enjaulada, de un lado a otro de la habitación. En esto que se produjo una minúsculo “pufff”, seguida de una nubecita de humo rosado. Y detrás de ella, mi hada madrina.

¿Por qué supe que era un hada madrina? Llevaba un tutú azul, arrugado eso sí, un sombrero de cucurucho, de cartón claro, y una varita mágica, de cristal por supuesto. Al estar en mi cocina supuse que era “mi” hada.

--¿Un deseo?

--Uhm! ¿Andamos escasos de dádivas? Pensé que las hadas madrinas no eran como los genios de la botella. Roñosos, rencorosos y algo dados a la paranoia.

--Querida, no tengo demasiado tiempo. ¿Pides o no?

--¿Hay alguna trampa, o sutil matiz, a la hora de pedir, de la que yo debiera estar informada?

--Si la hubiera, por ser trampa, no te lo iba a decir, ¿verdad querida?

--Gruñes mucho para ser hada madrina, me recuerdas a...

--Y tú eres muy preguntona –-me interrumpe mi adorable hada-- para ser una afortunada de la magia. ¡Vamos! ¿Pides o no?

--Quiero ser sorda...

--¡No jodas!

--¡Ahhhh, tú no eres un Hada!!!!!

--¿Por lo del taco? ¡Buffff, estás desfasada guapa!

--Quiero ser sorda porque todo lo que oigo suena desafinado.

--Mi consejo para eso son tapones de cera. No malgastes tu deseo. ¿Qué tal paz en el mundo?

--¿Esto es un concurso de miss Universo?

--¡Qué rica! Tic-Tac, te doy un minuto.

--¿Eres funcionaria?

--35 segundos... 34, 33, 32…

--Deseo no desear.

Los ojos del hada madrina parecen platillos volantes. Suspiro y golpazo en la cabeza con la varita mágica.

--¡Deseo concedido!

Nueva explosión, humo, y voilá.

--¡Menos mal, qué pesada, creí que no se iría nunca!

Una voz desde detrás del telón...

--¡Te estoy oyendo!

--Pues yo no oigo nada, será que al final me ha concedido el deseo…


¡Recuperado el blog!


Sólo un pequeño inciso, pequeño pero trascendente. Como todos sabéis hace unos días por error, suprimí el blog Apenas Una Palabra.

En la pared de la habitación hay un boquete debido al cabezazo que dí al no dar crédito a mi despiste.

Susana, a la que todos conocéis por su Adicción al Jaque Mate, me proporcionó presta, auxilio. Y por supuesto, le hice caso. Me dejó un enlace dónde se explicaba qué hacer, en el caso de que tarad@s como yo, cometieran tan absurdo error.

http://okokitsme.blogspot.com/2007/03/borraste-tu-blog-por-error.html

Y hoy, al abrir el blog, me encuentro que me han recuperado el antiguo blog, enterito: comentarios, fotos, vídeos. ¡Gracias Blogger! ¡Muchas, muchas gracias Susana!

Pondré debajo de Elbereth y su Silencio, un enlace al antiguo blog.

¿Quién dijo que no existían las buenas noticias?

¡Me conformo con poco, lo sé!

Nada es real sino lo escribo...

22 ago. 2007


Londres 1925: 22 de Hyde Park Gate

Su esposo Matthew ha recibido una invitación para acudir a una cena en la residencia de Leonard y Virginia Woolf . Los contactos que ha tenido con Clive Bell, crítico de arte, le han abierto las puertas a este selecto grupo. Ella conoce a su esposa Vanessa, coincidieron en un té que dieron en casa de una conocida común. Poco más sabe de ellos.

Catherine se siente pequeña ante estas mujeres y hombres. Ha leído El cuarto de Jacob y Mrs Dalloway, y ha quedado profundamente tocada por las palabras de la Woolf. Sin embargo, ella no deja de ser un ama de casa gris: con tres hijos, dependiente de su marido, arrastrando una educación machista de la que no cree posible desembarazarse.

Esa mañana se ha despertado con el pecho oprimido, con unas terribles ganas de llorar. Así, nada más abrir los ojos ya tenía deseos de tirarse por la ventana y acabar con todo. Mejor dicho, acabar con La Nada que se ha instalado en su vida.

Pero ha escuchado a los niños pelearse en el piso de abajo, y a la doncella desesperada intentando contenerles. Se ha vestido y bajado al salón.

Es una buena casa, el negocio de su marido ha ido cada vez a más y les permite vivir con holgura. Pero Matthew apenas está con ellos. En el último año ha habido días que sólo le ha visto en el desayuno, y presentido su cuerpo en la noche cuando se metía en la cama de madrugada. Tiene una amante.

Una noche estuvo a punto de seguirle. Tenía el sombrero puesto, y estaba abrochándose los botones del abrigo, cuando descubrió a su doncella mirándola con tanta pena, que sus mejillas se arrebolaron por la vergüenza, y desistió. ¿Para qué? Se derrumbó sin tan siquiera quitarse el abrigo, en el sillón del salón. Sus sollozos llegaron a los criados que cerraron la puerta de la cocina, no sin antes haberle preparado un té caliente, que dejaron en silencio en la mesita a su espalda. Nada como el té caliente para aguar el dolor.

Desde entonces se ha interesado por el movimiento sufragista, pero no está segura si lo ha hecho por convicción o por fastidiar a su esposo. Es un hipócrita. Intenta simular que comparte su desprecio por la moral victoriana y la religión, pero no es cierto. Lo único que persigue es obtener más contactos para su negocio.

El derecho al voto para las mujeres mayores de treinta años se consiguió en 1918. Catherine sonríe amargamente cuando piensa en ello. Está claro que la mayoría de las mujeres de esa edad votarán guiadas por la mano de sus maridos o padres. La última vez que hubo elecciones fingió estar enferma para no tener que ir. Matthew ya había decidido su voto sin consultarla. Un fugaz comentario una semana antes, tomando el té.

Tiene que decidir que vestido llevar esa noche en la cena. Saca varios del armario, los coloca escrupulosamente –borrando toda arruga con sus manos-- sobre la cama. Sus hijos entran corriendo en su cuarto, ni tan siquiera les mira. Con un gesto automático los echa de allí y cierra la puerta.

Se sienta al borde de la cama. Mira hacia la ventana coloreada con la luz de la mañana. ¿Qué vida le espera?

Lea podría decírselo. Se ha acostumbrado a seguir a aquellas almas que han quedado fuera de plan alguno. El otro día se sentó con ella en el banco del parque. Comenzó a llover y Catherine ni se movió. Lea tampoco. La niebla londinense se enredó en sus pies y las hizo invisibles para el resto del mundo. La lluvia menuda mojó sus ropas, el sombrero de Catherine hizo de paraguas, pero por poco tiempo y las hojas del libro de Virginia Woolf necesitaron después muchas horas delante de la chimenea.

Ese fue el primer día en el que pensó seriamente en el suicidio. Ahora todos los días su mente encuentra un hueco para pensar cómo lo haría. Mientras ordena el armario, inspecciona la despensa, recibe invitados o compra un vestido; piensa en cual sería la forma más rápida e indolora.

Sabe que Matthew se afligiría hasta el entierro, y después en pocos meses se volvería a casar con esa mujer más joven a la que mantiene. Sus hijos son pequeños y varones, no cree que la echen de menos, al menos no por mucho tiempo.

¿Qué le queda? ¿Quién la recordaría para siempre? Nadie.

Lea posa una mano sobre la suya. Catherine siente por unos instantes una presencia reconfortante deliciosa. Después la habitación se torna indefinida y acuosa de nuevo. El vestido azul. El vestido azul será el que lleve a la cena. Obliga a su cuerpo a levantarse y recoge la habitación para dejarla en un orden perfecto.

Esa noche les recibe Leonard Woolf, el dragón de Virginia, su protector. Matthew la deja sola rápidamente y ella se encuentra vagando por el jardín de la casa, buscando alimentar su soledad.

Allí, en un banco, está sentada la Sra. Woolf. Se mira las manos que frota compulsivamente una contra otra. Catherine tose suavemente para avisarla de su presencia. Virginia levanta la cabeza y le hace un gesto amable para que la acompañe. Una vez sentadas, pasan en silencio varios minutos.

--He leído su último libro...

Virginia asiente, la mira fijamente a los ojos.

--Nada es real sino lo escribo. Tutéame, por favor. ¿Tú escribes, Catherine?

Catherine se echa a reír, con una risa tan sombría que la Woolf se estremece.

--No. Yo no escribo. ¿Le interesa la política?

--La verdad es que no. Siempre me lo están echando en cara. Pero es que no son las catástrofes, los asesinatos, las muertes y enfermedades lo que nos envejece y acaba por matarnos, es la forma de mirar y reír que tiene la gente, su modo de subir al ómnibus. ¿Me entiende?

--Perfectamente. Mi marido me está matando así.

Virginia calla y posa afectada una mano sobre Catherine. Lea esta allí de pie, observando la escena.

--La vida es un halo luminoso, una envoltura semitransparente que nos rodea desde el comienzo al final de la consciencia.

--Mi vida no tiene luz.

En ese momento aparece Leonard buscando a su amada esposa. Educadamente se la lleva adentro. No vuelven a verse. Lea aprovecha y se sienta junto a Catherine. Juntas aspiran el aire de las buganvillas.

El 28 de marzo de 1941, mientras Catherine se tumba sobre las vías en Paddington Station, Woolf se adentra, con los bolsillos llenos de piedras, en las calmas y frías aguas del Ouse, y desaparece.




En entredicho

21 ago. 2007


24 de mayo de 1430, Francia. Juana de Arco emprende el asedio de Compiègne.

Durante todo este tiempo Lea ha estado viviendo la contienda como una espectadora. No era su misión. Sin embargo, esa pequeña niña le produce tanta admiración y sorpresa que la ha seguido en sus batallas.

Ha visto a los ángeles que ella escucha. A esos que ella llama Arcángel Gabriel, Santa Catalina de Alejandría y Santa Margarita de Antioquia. La han mirado enfurecidos y le han repetido muchas veces que no puede intervenir. Y no lo ha hecho. Pero ellos no han dejado de mirarla con fiereza y desconfianza. La consideran una intrusa, y desprecian su comportamiento poco ortodoxo.

Siente pena por el final de esa mujer. Por la forma en la que la han manipulado y engañado. Ya nadie recuerda su voz bramando en medio de la batalla, alentando a los galos en la liberación del sitio de Orleáns. Portando su bandera blanca, eufórica, trascendiendo a todos los hombres que la rodeaban.

Lea sabe que no es más que una pequeña flor mecida por el viento, flor de una estación que toca a su fin. Y siente que eso no está bien, que utilizar así a los seres humanos es indecoroso. Cree que se está proyectando sobre ella, que la afinidad que siente no es real, sino fruto de sus propias dudas.

La Pucelle ha pasado el invierno en el castillo de Sully, después del abandono de la campaña en La Charité, donde ha sentido hasta que punto el Rey la está apartando. Lea que se ha convertido en su sombra, se queda horas a su lado, observándola. No consigue ahuyentar sus pensamientos sobre si existen dos bandos en este mundo o simplemente es nuestro egoísmo el que determina que está bien o mal. ¡Juana parece tan segura! Lea observa las maniobras de los ángeles desde un rincón, y se pregunta si hay algo que la diferencie de ellos. Su luz es cegadora, imposible resistirse. Y Juana no es más que una niña ingenua.

Cuando el Delfín fracasa en sus negociaciones con el Duque de la Borgoña, decide que es hora de volver a utilizar a la Pucelle. Está ansiosa por entrar de nuevo en combate y no duda en arrodillarse ante su rey, y ponerse al mando de un ridículo ejército para recuperar la Compiégne. Está hipnotizada por las voces, hasta el final será así.

El 29 de marzo derrota a las guarniciones y destacamentos borgoñeses, y en abril de 1430 llevará a cabo su última victoria: la rendición d'Arras. Al final de la batalla, los soldados ven a la Pucelle insatisfecha, ausente, sin compartir su alborozo. Lea sabe que es porque las voces la han abandonado. Sabe que Juana lo oculta a todos los que la rodean, que su nerviosismo va en aumento. Levanta la cabeza buscando a un lado y a otro, intentado seguir un rastro que ya no existe. Quizá presienta... hay seres humanos que tienen ese don.

La mañana del 23 de mayo de 1430 Juana eleva una plegaria. Ninguno de sus ángeles está cerca, sólo Lea. Arrodillada, sumisa, su imagen virginal y andrógina la conmueve. Portando su armadura plateada, e iluminada por el reflejo de las velas del altar, parece invulnerable. Nada más lejos de la realidad. Sus días de triunfos están contados. Termina de rezar y sale presurosa, nerviosa y excitada, en busca de Guillame de Flavy para trazar la última estrategia.

La batalla se librará en un puente, en el exterior de las murallas de la ciudad. Caen en una emboscada en la que participan los ingleses, y los armagnacs retroceden. La voz de Juana está afónica. Cabalga de un lado a otro arengando a los soldados, obligándoles a no ceder ni un solo paso, metiéndose entre sus filas, arrancando a golpes coraje a la cobardía. Tiene un mal presentimiento y con sus gritos quiere espantarlo como a un nido de avispas. Lucha contra él sola, desesperada.

De pronto los ingleses se posicionan entre el ejército de «la Pucelle» y el puente. Al mismo tiempo los borgoñones cogen por sorpresa al ejército franco, colocándose detrás. Quedan rodeados y con muy pocas opciones de resistencia.

Lea sabe que el ruido en su cabeza es ensordecedor, que masculla oraciones por lo bajo, que implora una visión, una voz, que nunca llegará.

Guillaume de Flavy, capitán de la ciudad, comete el error más grande de su vida. Lea puede ver las huestes de Las Sombras tapándole los oídos, acelerando su corazón con miedo. Atemorizado, ordena cerrar las puertas de la ciudad de Compiégne.

Juana y sus hombres quedan aislados. Comprende que es el final, asume valientemente las riendas de la batalla y se pone al frente con una bravura que ningún hombre hasta ahora ha igualado.

Lea la sonríe, y en medio del fragor iracundo de la batalla, intenta alcanzar a Juana y subirse con ella al caballo. Pero se lo impiden, los Otros la sujetan e inmovilizan. No es el Plan.

El enemigo da orden de capturarla, la quieren viva. Es sorprendida por cinco o seis hombres que la rodean, uno de ellos le pone la mano encima mientras los otros cogen las riendas de su caballo. La Pucelle forcejea y lucha salvajemente. Le gritan que se rinda pero ella se niega ciega de rabia.

Sus compañeros intentan llegar a ella pero es demasiado tarde.

El campo de batalla se oscurece con la presencia de los cuervos, sus graznidos anunciando la derrota.

Lea sale caminando despacio, esquivando los cadáveres del puente, las armaduras se han tornado escarlata. Ve manos y cabezas cercenadas. Heridas abiertas por las que se desangran los soldados. ¡Cuánto horror!

Sabe que le queda un año de vida a esa niña incauta. Ve a los ángeles marcharse y abandonar finalmente a Juana. Lea les grita en medio del campo de batalla.

--¿Vais a dejarla sola ahora?

Los otros tres ni se molestan en mirarla, despliegan sus alas y desaparecen. Lea oye los gemidos de los moribundos, los gritos de los ingleses y franceses, el chocar aún de los metales.

Y toma una decisión. Da la vuelta y echa a correr junto a Juana. Está con ella en el Castillo de Beaurevoir, cuando viste ropas de hombre porque dice que se lo ordenan sus voces. Lea sabe que no existen esas voces, ahora no. Lea consigue darle algo de paz, con la ayuda de Jehanne de Luxemburgo, Jehanne de Bethune y Jehanne de Bar. Tres compasivas damas que entienden que esa pequeña niña ha caído en una red de engaños tupida y mortal.

Jean de Luxemburgo intenta venderla a los ingleses, su mujer Jehanne se lo impide. Lea pasa las noches en vela hablándole al corazón de esa gran dama. Y la duquesa la escucha y mantiene una lucha diaria con su marido para evitar que la Pucelle sea vendida al mejor postor como ganado de feria. Pero muere en septiembre. Durante todo este tiempo Las Sombras han estado a los pies de su cama, y finalmente alcanzaron el cabecero.

Juana, a principios de octubre, decide escapar. Salta desde una altura de unos sesenta pies de altura desde la torre donde estaba prisionera, Lea la coge a tiempo y no se rompe ni un solo hueso. No puede dejar que se suicide.

Finalmente el ruin Jean de Luxemburgo la vende a los ingleses por 10.000 libras turnesas. Lea llora y se lamenta mientras que Juana permanece en estado de shock desde su caída de la torre.

En Ruán encierran a la Pucelle en una torre hexagonal, oscura, húmeda, y maloliente. El proceso contra ella comienza el 9 de enero de 1431. Durante la noche Lea coloca la cabeza de la muchacha sobre sus rodillas y le canta. No sabe si puede escucharla. Durante una de esas noches intentan violarla.

Los días del juicio son imborrables para Lea: duques, condes, inquisidores, acosan y torturan a Juana para que confiese. Ella sigue diciendo que escucha voces, que la hablan y le dicen que siga vestida de hombre. Lea sabe que está delirando, que la han utilizado y después abandonado, sabe que la única voz que permanece a su lado es la suya, y que no puede escucharla. La niña ha enloquecido.

El 23 de mayo recibe la última amonestación de parte de Pierre Cauchon, le pide que acepte el veredicto de la Universidad de Paris y de los jueces por su bien. Pero Juana contesta: «…si yo estuviera en el fuego, incluso seguiría sin decir nada más, y querría mantener todo lo que he dicho en el proceso hasta la muerte. No tengo nada más que decir».

Lea no puede luchar sola con las Sombras que reptan de parte de los ingleses. Son demasiadas. La Pucelle cae en la trampa final, la visten a la fuerza nuevamente de hombre y la violan. No hay marcha atrás.

Con apenas 19 años, esposada y escoltada, se la llevan a una plaza repleta de plebeyos. Diez mil personas y mil soldados ingleses están presentes. Juana se arrodilla y, durante media hora reza. Lea está agachada a su lado, le da todo el aliento que es capaz. No desea que al morir la desesperación la arrastre al otro lado. Un joven soldado inglés, de cara pecosa, acaba una cruz con dos palos de madera y se la acerca. Juana la besa repetidamente.

Lea ayuda al hermano Isambard de la Pierre a mantener erguida la cruz que Juana le ha pedido.

Por fin, la niña muere, con un último grito de: ¡Jesús! Lea se pregunta dónde estará ese Jesús, en que lugar del alma de esa niña entró para convencerla de tanta locura.

La plaza, al cabo de unas horas, queda desierta. Lea mira las cenizas de La Pucelle recogidas por el vérdugo. Al otro lado del patíbulo ve a Kyrian.

Sabe que él tampoco ha participado esta vez. Es otro espectador más. El rodea la pira y se pone delante de ella.

--¿Y esto lo han hecho los tuyos? ¡Vaya, con enemigos así no necesito amigos! Ja, ja, ja.

Lea calla. Al cabo de unos instantes le da la espalda y comienza a andar. Nada importa ya.

--¡Estás dudando, Lea! ¡Estás poniendo en entredicho el Plan!