¡Me queda tanto!

29 sept. 2007




La rutina es una mujer envidiosa, amiga de la desesperanza, hermana de la derrota. No sólo es necesario levantarse cada mañana, también hay que hacerlo cada noche, en medio de la más fría de las madrugadas. Ponerse en pie y sacudirse el polvo de los años, de la monotonía, el desaliento verrugoso que nos devuelve cualquier imagen cuando nos miramos en el espejo.

No sólo tenemos que hablar, que discutir, que conversar; no. Tenemos que escucharnos, aprendernos, reinventarnos, olvidar nuestro nombre, nuestra cara, y renacer de nuevo.

Cuando caminemos tenemos que hacerlo como si andaramos por un precipio con fuertes vientos helados en nuestra contra. Que nuestros pasos no sean a ciegas, ni mecánicos, que sean como los de un niño cuando aprende a andar: todo tensión, descubrimiento, gozo.

No nos olvidemos no sólo de amar, sino de sufrir por amor, de desesperar de tanto esperar, de ansiar y olvidar, y de volver a empezar.

Que cada bocado de alimento que lleve a mi boca se demore unos segundos ante mis labios, y otros pocos más en mi paladar, y que mis dientes mastiquen, trituren, saboreen, antes de tragar.

Que a pesar de los años, cuando toque tu piel mis dedos se tornen adolescentes primerizos, que mi cuerpo se estremezca convulso cada vez que la palma de tu mano en mi vientre se pose, que mi garganta no pueda dejar de gemir cuando tu cuerpo me invada y me arrastre al dulce olvido.

Que siempre haya un viaje en el que embarcarse, un libro por leer, un deseo que satisfacer, una pregunta que hacer o una respuesta que hallar.

Siempre, y siempre más, y mejor, y que cuando la muerte me alcance pueda decirle: ¡quieta, hagamos un trato, me queda tanto por vivir!

Artaniak

28 sept. 2007

El amanecer se despliega frío sobre el cielo. Capas de luz y color van degradándose sobre el tapete celeste. La mujer no parece temerle al frío. La gruesa capa de lana que cuelga de sus hombros está abierta, deja al descubierto un delicado vestido de terciopelo.

Apoya sus manos sobre la piedra desgastada, y con su dedo va recorriendo las viejas grietas conocidas, amadas. Está sola en la torre, ha obligado al soldado de la Guardia a quedarse abajo, esperándola. El otoño empuja con vivarachas rachas de viento al verano remolón. Y ella disfruta de los árboles desnudos, de su cambio de piel, de sus hojas descansando indolentes sobre el suelo.

En unos minutos tendrá que bajar e incorporarse a sus tareas en el castillo pero todavía puede robarle unos granos de arena a ese tiempo esquivo y voraz.

Hoy es uno de esos días en los que su frente se halla despejada, su ceño distendido y su corazón palpita sin congoja. Las fronteras de Artaniak están tranquilas, los soldados se relajan en sus guardias, y cuando ven una nube de polvo en el horizonte no agarran sus lanzas con más fuerza. Por las noches el vino ya no produce risas nerviosas ni peleas entre compañeros. Ahora el alcohol les lleva a buscar las faldas y los besos de las camareras, cocineras y damas de la corte.

Dama Moriah aspira ese aire nuevo que trae consigo el otoño, lo retiene en sus pulmones, dejando que enfríe la sangre de sus venas, y lo suelta a regañadientes. Una nube de vaho sale de sus labios rosados, que se curvan en una sonrisa relajada.

Hoy tiene pensando decirle al futuro que no se haga presente, que no la moleste con estratagemas bélicas, rencillas de cortesanos, o intrigas palaciegas. Hoy va a empezar el día dándose a su Señor.

Abandona el torreón bajando con presteza los escalones de piedra. Cuando el soldado la ve, se incorpora rápidamente. Su capa y su vestido se mueven con elegancia, susurrando su deseo a los silenciosos muros.

Baja al patio y espera allí: erguida, solemne, callada, en medio de todos; hasta que ve venir a lo lejos a su Señor, a lomos de su caballo negro. Se quita la capa y se la tiende, sin mirar, a su doncella. Su cuerpo se estremece con el frío, pero Dama Moriah sabe que su siguiente estremecimiento será entre sábanas calientes, y eso es lo único que cuenta ahora.


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

18 sept. 2007

Césare Pavese, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos..

¿Lo vas a permitir?


Camino por un pasillo de suelo pardo, de fluorescentes parpadeantes en línea sobre mi cabeza, de paredes de pequeños azulejos con pintadas borradas y vueltas a pintar.

Al final veo un tramo de escaleras, ¿quince peldaños? El frío aire oscuro de la madrugada baja precipitado de dos en dos los escalones para envolverme. Y por un momento, mientras camino, cierro los ojos y te escucho decirme:


--A veces pienso en la vida, a veces en la muerte. Mientras vamos en el metro me dejo adormecer por el zumbido de los motores. Cierro los ojos, y siento que podría tumbarme allí mismo, en cualquier esquina, y dormir. Y olvidar. Sentarme como un vagabundo en esas escaleras pisoteadas, apoyar la cabeza en la pared y abandonar.

Me pone furiosa oír tales pensamientos dentro de mi cabeza y te digo:

--Pero hay que tener cuidado con lo que deseas, porque puede convertirse en realidad. Los dioses se divierten a nuestra costa. Y quizás si desearas no recordar, un día el médico de cabecera nos diría que tenemos Alzheimer. Y en ese justo instante, habrías deseado no desear.

Y tu callas.

A veces en el baño, inclinada sobre el lavabo, lavandome la cara con agua ardiendo --¡como me gusta el agua caliente!-- te veo por el rabillo del ojo. Estás erguida y me miras, al otro lado del espejo. Veo tus lágrimas y por un momento intento ignorarlas entre las gotas de agua y el jabón, cubriendome con las manos.


Pero cuando levanto la cabeza tu sigues ahí, firme, llorando sin cesar, como si te hubieran dado cuerda. Y lo peor de todo es que lloras en silencio. ¡Maldita sea! Lloras mientras plancho o tiendo la ropa, mientras me maquillo --me pones perdidos los ojos-- o hago la cama.
No me dejas otro remedio. Alargo los brazos y tu corres a refugiarte en mi, pequeña niña de corazón desgastado.

Así que cuando siento tu cuerpo tirando del mío para caer, no sé me ocurre otra cosa que atarte con un cabo fuerte a mi cintura y chantajearte. Si tu caes, yo caigo, ¿lo vas a permitir?


Y nuevamente un raudal de lágrimas --a veces me pregunto si estárás hecha solo de agua salada--, me miras dolida y confusa. Pero es suficiente, te yergues y continuamos juntas.
Luego te hago reproches, soy muy ladina contigo. ¿Le dejarías a él solo? ¿Me separarías de mi hombre sólo por ahogar tu desesperación? Entonces haces pucheros. ¡Lo que me cabrea eso! Intentas hacerme sentir culpable, y yo tengo un master en practicar culpabilidades propias y ajenas. ¡Soy un hacha!


Te hablo de sus ojos oscuros, de su mirada mientras dormimos. De sus manos suaves y pacientes. De su risa abierta cuando hacemos de payasitas para él. De su aliento en nuestra nuca cuando dormimos. De su cuerpo silencioso cubriendo el nuestro, acunandolo primero, arrastrandolo después, alzandolo sobre él. De su honestidad intachable, de su lealtad sin mancillar.


Ya lo sabes personita mía, no hay rendición que valga, hemos nacido para vivir. ¡Vaya usted a saber que quiere decir eso! Tiempo tendrás de dormir cuando te metan en un nicho de dos por uno. Ahora dedicate a vivir, como quiera que se haga eso. Déjame que ame, que toque, que bese, y posea a mi hombre. Y que el único olvido que se produzca sea el del resto del mundo mientras me cobijo entre sus brazos, agarrada a su cintura.


¡Por favor, las lágrimas para cuando nos corten en verano el agua!

84 Charing Cross Road

17 sept. 2007

84 Charing Cross Road


Susana, además de su Adicción al Jaque Mate, es un gran aficionada al cine como ya todos sabéis. Me recomendó una película: 84 Charing Cross Road. Me gustó mucho.

Anthony Hopkins y Anne Bancroft la protagonizan y con eso creo que ya está casi todo dicho. No tengo intención de hacer una crítica de cine porque no tengo ni la menor idea de hacerlo. Pero la película me emocionó.

Hoy en día ya nadie escribe cartas. Las únicas que recibimos son las de los bancos, las empresas energéticas y operadoras telefónicas. Triste.

Hemos perdido la magia del papel y la pluma, o el bolígrafo. Ya no podemos leer de puño y letra los sentimientos de aquellos que no están a nuestro lado. Los correos electrónicos que recibimos podría escribirlos cualquiera y quizá ni nos llegáramos a enterar de la suplantación.

Son instantáneos, breves, y abusando de esa facilidad, normalmente poco consistentes.

Hubo un tiempo en que escribía cartas todos los días. Buscaba el papel verjurado marfil más delicado. La pluma que se deslizara con mayor suavidad, el perfume suave que saldría de la carta una vez abierta.

Me tomaba mi tiempo. Pasaba todo el día escribiendo la carta en mi mente, y al caer la noche, me sentaba delante de la mesa y con un suspiro comenzaba a contar. Sí, porque en aquel tiempo de cartas de papel se contaban las cosas. Ahora se dicen y se pierden. ¡Qué fácil es darle al botón de suprimir! ¿Pero cuántos romperíais una carta de las de antes? Yo ninguna, tengo muchas en mi baúl.

Para mí, la película habla de eso. De otra forma de ver la vida. Donde no todo vale. Donde la honestidad es la primera condición para establecer relaciones. Tengo la sensación de que, hoy en día, ese "todo vale" se ha extendido como un virus en nuestra sociedad.

Ahora cualquiera encuentra excusa para sus actos más mezquinos. Ahora cualquiera se siente importante por hablar o escribir denunciando hechos, como si fueran las grandes voces de una rebelión por llegar. Se ha perdido humildad, sencillez, modestia. Cualquiera se cree que lo que dice tiene alguna relevancia, de hecho mucha relevancia. No sé como pueden creerselo, pero lo hacen.

La relación que mantienen los dos protagonistas de la película es exquisita. Dudo que alguien hoy en día fuera capaz de mantener una correspondencia de ese tipo. A pesar de ser tan distintos les une algo en común: su pasión por la literatura --inglesa--. Y ésta les conduce hasta ellos mismos, a un diálogo ininterrumpido durante años, una conversación fiel prolongada en el tiempo.

He escogido el vídeo en el que Anthony Hopkins lee un poema de Yeats. También os pongo aquí la traducción, obtenida de El menos común de los sentidos:

He wishes for the cloths of heaven

Had I the heavens' embroidered cloths,
Enwrought with golden and silver light,
The blue and the dim and the dark cloths
Of night and light and the half-light,
I would spread the cloths under your feet:
But I, being poor, have only my dreams;
I have spread my dreams under your feet;
Tread softly, because you tread on my dreams.

--William Butler Yeats

Traducción by "El menos común de los sentidos":

Desea las ropas del paraíso

Si tuviese del paraíso las bordadas ropas,
entretramadas de dorada y plateada luz,
Las azules y tenues y oscuras ropas
de la noche y la luz, y la media luz,
Extendería las ropas bajo tus pies:
pero yo, siendo pobre, únicamente tengo mis sueños;
he extendido mis sueños a tus pies;
pisa con suavidad, porque estás pisando mis sueños.

Y eso os pido a todos, que por favor piséis con suavidad, porque estáis pisando los sueños de otros. A su vez, me comprometo a ir de puntillas, cual bailarina de ballet, e incluso si hace falta, flotaré para no pisaros nunca con mis palabras.

Mario Benedetti y yo

15 sept. 2007

Mucho más grave, con mi voz, a mi manera..



Mucho más grave de Mario Benedetti

Nadie como yo para hacerme feliz

Deviantart-Try to fly by ~TOYIB

Irrepetible día. Hay muchos irrepetibles días. De esos en los que paseando por la calle, con un sándwich en la mano, dejo que la vida me alcance, la miro de soslayo y le guiño un ojo.

La vida me sienta bien, es mi mejor maquillaje. Me colorea las mejillas, me alarga las pestañas y me da brillo en los labios.

Sin motivos, sin palabras, solo porque sí, solo por mí. Por estar aquí, en medio de esta calle, a las once de una mañana con sol pero sin calor, parada delante de la papelería Salazar, contemplando plastilinas de colores, postales de “flan mandarín”, bolas terráqueas, y plumiers de madera.

Avenida de almendros cabezotas, empeñados en seguir en flor una vez pasada la primavera.

Aspiro hondo y tengo que contener las risas que salen por mi boca, risas de pies pequeños y saltarines, de corazón abierto y fe desbocada.

Soy capaz de hacer cualquier número de magia. Puedo desplegar mis diminutas alas, y en pleno vuelo, convertirme de gorrión en fénix. Y volar y regresar. Porque no hay mayor viaje que el que nos conduce al centro de la tierra sobre la que está plantada nuestra alma.

Mis ojos encontrándose con mi mirada, y enamorándose cual narcisos recién nacidos.

Los viajes que cuentan son aquellos en lo que no se huye de nada, ni de nadie. En los que las maletas se llevan vacías pero regresan llenas y con las ruedas quejandose del peso. Souvenirs de abrazos, fotografías de besos frente al espejo, vídeos con nuestras voces, con nuestras risas, con bailes exóticos y macedonia de palabras inventadas.

Dádiva de alguna olvidada diosa en su bosque de robles, que me convence de que nadie como yo para hacerme feliz.



¿Múltiplo de 50?

13 sept. 2007


No me gusta sacar dinero de los cajeros, no con un gnomo al lado.

Me lo crucé en un semáforo. El tipo se puso a mi lado y me guiño un ojo. Estuve a punto de caer muerta de la vergüenza. Hice como que no lo había visto, al fin y al cabo a duras penas me llegaba a la rodilla. ¡Ni por esas!

Llevaba el típico atuendo gnómico, que digo yo que después de tantos siglos ya les podía haber dado por cambiarlo, y si no miren Iberia con sus azafatas. Pues no, estos tipos son muy conservadores. Sombrerito de cucurucho de vivos colores, pantalones bombachos y zapatos acabados en punta que miran al cielo.

Se agarró de mi chaqueta y me dio un tirón brusco. Le solté, discretamente, una patadita de lado y un manotazo, aderezado con un improperio mascullado por lo bajini. ¡Nada de nada! ¡Ahí seguía! Agarrado al bolso como si fuera un atracador.

--¿Qué demonios quieres?

--¿Estás soltera?

--¡Y eso a ti que coño te importa! ¡Suelta mi bolso, enano!

--No soy un enano, soy un gnomo. Hay una gran diferencia

--Buf… tampoco creo que me vaya la vida en ello.

--¿Puedes decirme si estás soltera, por favor?

--¡No, no lo estoy! Casada en terceras nupcias con dos hijas y una hijastra. ¿Te vale?

--¡Qué genio! Debes ser una bruja, de oficio quiero decir.

--¿Y tu madre, guapo?

--¿Me ves guapo?

--¡Ayyyy!

Aquí el semáforo se puso en verde. Salí cual rayo hacia el cajero automático. Arrastrando conmigo al gnomo, a pesar de los puñetazos que le propinaba.

La gente se iba apartando a mi paso y entonces recordé que las personas “normales” no pueden ver a los gnomos. Me estiré todo lo que pude y seguí caminando a trompicones con ese bulto a cuestas: eso sí, muy digna yo.

Gracias a dios no había cola en el cajero. Metí la tarjeta y me pidió mi número. Un escalofrío me recorrió la espalda. Siempre dudo de mi clave secreta, la cambio tantas veces que soy incapaz de recordarla. Pero esta vez acerté a la primera.

Una pantalla sucia, rayada, e invisible por la luz del día me preguntó que deseaba. Hice sombra con mis manos y pulsé con energía al botón de “sacar dinero”. Iba bien. ¿Cantidad? Veinte euros. “La cantidad solicitada debe ser múltiplo de cincuenta”. ¡Me cago en todo! Dejo escapar un gemido y dudo.

--¿Vas a tardar mucho?--. El puñetero gnomo otra vez.

--¡Tardaré lo que me dé la gana! ¿Está claro?

--¡Que mal carácter tienes! Dudo de que encuentres marido.

Lancé una patada furibunda pero llego tarde, el muy canalla la esquivó. ¡Céntrate, céntrate! ¿Múltiplos de 50? ¡Venga un billete de 50 y se acabó!

La pantalla me dice que mi solicitud se está cursando. Me quedé hipnotizada ante el avance de unos puntitos que iban de menos a más. Por fin, otra pantalla. ¿Desea comprobante de su operación? ¡Joder, lo que deseo es mi dinero! ¡No, no quiero un justificante! Aguanté la respiración hasta que la ranura escupió mi tarjeta.

¡Al fin mi tarjeta y mi dinero!

Tirón del bolso.

--¿Me das mi parte?

--¿Qué parte, gnomo? ¡No te conozco de nada!

--Ah, pero eso es por la borrachera que cogiste el otro día en el garito de Pulgarcito. Perdiste jugando al póquer con la pareja de trolls. Yo te presté dinero.

Una bruma espesa comenzaba a levantarse de mi memoria.

--¡Dios mío! ¿Y el elfo?

--Con ese perdiste toda tu ropa. Pero eso no es asunto mío, aunque me gusto mirar…

--¡Ayyyy!

--¿Me das mi dinero o qué?

--¿Cuánto te debo?

--300 euros.

--¿Eso es múltiplo de 50?

La llamada

11 sept. 2007


Lea echa la cabeza hacia atrás y la apoya en la ventana del vagón. Es el último metro de esa noche. Un vagabundo, oliendo a meados, se aferra a una botella de vino, dos jóvenes se devoran las bocas, un grupo de chicos vestidos de “malos” se columpian de las barras, gritan, se insultan, escupen al suelo, se empujan unos a otros.

Por un momento Lea desearía ser Kyrian y partirles el cuello con un movimiento. Sacude la cabeza para apartar de sí esa espesa telaraña. Le pedirán cuentas por ese pensamiento.

El metro frena bruscamente en medio del tunel, las luces parpadean para después apagarse. Una luz roja de emergencia se destaca en medio de la oscuridad.

El grupo de chicos se excita, el volumen de sus gritos aumenta. Uno de ellos mira a Lea durante unos segundos y se acerca.

--¿Quieres compañía, nena?

Lea no responde. Siente algo que no le gusta y está intentando controlarlo.

El chaval se envalentona con su silencio, se gira para gritar una obscenidad a sus colegas y pone una mano encima de la pierna de Lea, presionandola.

Error.

Lea le propina un codazo en el estomago que le obliga a doblarse sin respiración. Después le coge por detrás del pelo y le rompe la nariz con un puñetazo. 40 segundos.

Las luces se enciende de nuevo. Lea se levanta y se coloca delante de las puertas. El vagabundo la mira y se ríe. La parejita se encoge y se abrazan más fuerte. Los otros todavía no se han dado cuenta.

El corazón de Lea no ha aumentado sus pulsaciones, pero su pecho se ha ensanchado de satisfacción. Algo va mal. Muy mal.

Cuando se abren las puertas se dirige despacio a la salida. Mientras asciende por las escaleras mecanicas, le llega el olor de la lluvia, tampoco consigue limpiar su alma.

Arriba el frío viento le hace la corte a sus ropas, a su pelo, a su blanca piel. Necesita tiempo, no puede permitirse que la sorprendan en ese estado de confusión. En medio de la noche húmeda, Lea escucha las dos llamadas. Y por primera vez en su existencia ignora a una de ellas.

El cuerpo de Lea muta. Lo primero que su mente siente es que está a cuatro patas, después los colmillos y la lengua larga fuera de su boca, lo último la sed y el hambre: el ansia.

Echa a correr. Sus patas traseras coordinan cada galopada con las delanteras, sus musculos transformando el mínimo trabajo en máxima velocidad, el pelo duro y gris se eriza en su lomo, sus oreja echadas hacia atrás. Todo su cuerpo al servicio de la aerodinámica.

Su cuello se estira y de su garganta sale un ronco aullido. No lo pretendía.

En una calle no muy lejana, Kyrian levanta de golpe la cabeza y olfatea el aire. Sujeta entre sus manos a un hombre a punto de morir. Un hombre a punto de ser asesinado.

No puede creer lo que ha escuchado. Tiene que ser un error, pero él nunca se equivoca. Suelta de golpe el cuerpo del hombre. El aparcamiento está desierto, huele a aceite, neumaticos quemados, humedad. Sin embargo, aparta todo eso y solo la huele a ella.

Un grito atávico de respuesta rebota en las columnas de cemento. Sus ojos se achican y se dirige hacia la entrada. La puerta automatica se levanta lentamente.

Al otro lado, Lea.

La loba gruñe, levanta los labios y deja al descubierto sus colmillos. Kyrian se agacha despacio, su cuerpo empapado de sudor, tiende una mano hacia ella.

--Shsssss.

El animal deja de gruñir y ofrece su cabeza para que la acaricien.

--¿Qué ha pasado, Lea?

El sonido de unos cristales rotos, unas pisadas huyendo, la sirena de un coche policía. Les alertan.

--No podemos seguir aquí. Te tienen que estar buscando. Pero antes tengo que terminar algo ahí abajo.

La loba se interpone en su camino, vuelve a gruñir. Kyrian intenta esquivarla con cuidado, pero la loba sigue cada uno de sus pasos. Parece el juego del espejo al que juegan los niños.

--No puedes pedirme que no le mate. ¿Pero puedes impedírmelo?

Silencio. Kyrian se rinde.

--Esto lo vamos a pagar caro los dos.

Echa a correr, la loba galopa a su lado. La mira de reojo, no sabe cuánto queda de Lea en ella.

Siguen corriendo hasta llegar a un bosquecillo a las afueras, desde él se divisa la ciudad. Miles de luces encendidas espantando las tinieblas.

Kyrian se sienta en el suelo y se recuesta sobre un árbol. La loba está tumbada con la cabeza apoyada sobre las patas delanteras, parece cansada, se le cierran los ojos.

El la llama, pero no hay respuesta.

--Has sido tu quien ha venido a mí, no deberías mostrarte tan digna. Antes o después tendras que abandonar esa forma, sabes que si pasas mucho tiempo en ese cuerpo no podrás regresar.

La loba emite un sordo gruñido.

--¿Quieres morir, Lea?

La carrera le ha agotado, cierra los ojos, cuando está a punto de dormirse una voz le susurra al oído.

--No antes de haber matado, Kyrian.


Nudos

10 sept. 2007

Me dijeron que el cordón umbilical lo cortaban al nacer, pero no es cierto, el mio no al menos.

Escondo mi cordón en los entresijos de mi alma y con el tiempo se va llenando de nudos como la corteza de un árbol viejo. Aparecen sin que me dé cuenta, por arte de magia negra, un ligero descuido basta.

Los nudos marineros son simples lazadas ante los de mi cordón umbilical. Los míos están tejidos por las manos de Soledad, Decepción, Desesperación, Desolación y otro montón más de manos cuyos nombres suelen empezar por “Des”. La originalidad no es su fuerte.

Por las noches, bajo las estrellas, saco mi cordón y me dedicó a desatarlos. Tarea ardua, porque estos se anudan arriba y abajo sin dejar ver el principio ni el final.

Mi cordón ha ido creciendo a la par que yo. Hiedra trepadora que sube hasta el corazón y comienza a enredarse en torno a él. En ocasiones ha llegado a apretar tanto que casi le estrangula. En una ocasión tuve que correr a meterme en un baño y abrir mi pecho, agarrar con fuerza del cordón, tirar de él, y arrancarle para que lo dejara bombear. ¡Corazón coraje!

Para deshacer los nudos tengo que tener paciencia, y voluntad. He conocido personas que no querían desatarlos, que se aferraban a ellos como si estos fueran a evitar que resbalaran. Al final, su cordón se convirtió en una única bola enmarañada que se les atrancó en la garganta, como una espina de pescado, y dejaron de respirar.

Para acabar con un nudo no hay que dejar pasar mucho tiempo. Con el paso de los días, al igual que garrapatas, se amarran con mayor fuerza y más cuesta deshacerlos.

Yo hago mantenimiento todos los días. De esa forma, las personas que me han causado esos nudos, cada día desaparecen. Lo importante es impedir que dejen impronta en el cordón con su presencia.

Desato el nudo con los ojos abiertos, asumiendo mentiras que iluminan verdades. Aceptando equivocaciones que se tornan experiencia. Conociendo que ciertas pérdidas son ganancias a la larga, porque deshacerse de aquello que nos hace daño es un regalo.

Y por supuesto, tengo ayuda. La mano amiga que codo con codo se pone a la tarea de deslazar. Juntos tiramos de un lado, luego de otro, hasta con los dientes si hace falta.

En los nudos están las palabras, los silencios, y los encuentros que nunca tuvieron que sucederse. Deshacer el nudo, estirar amorosamente entre las manos el cordón hasta dejarlo liso, ese es mi acto de vida diario.



Seguiré sonriendo...

9 sept. 2007


Cuando voy en el metro abarrotado, cuando espero en el andén a que venga el tren, cuando monto a las ocho en el ascensor del trabajo, deseo muchas veces coger los carrillos de los que me rodean y --al igual que se hace a los bebés-- subirles las comisuras de los labios hacia arriba, en una sonrisa.

Todos --es triste pero “todos” aquí es terriblemente preciso-- tienen ese rictus en la boca, de payaso triste y desconsolado, como si un sábado en la noche el circo estuviera vacío y el clown en medio de la pista, con un foco iluminando su fracaso.

Es entonces cuando busco mi propia imagen en el reflejo de una ventanilla para comprobar si yo también tengo esa expresión en mi cara. Me asomo a hurtadillas porque tengo pánico de comprobar que mis labios han perdido esperanza.

Y ahí estoy, con los labios aún sonrientes, quizá la mirada esté un poquito triste, incluso a veces asustada, pero todavía vivos y risueños.

Deseo compartir, deseo contagiar algo de mi ilusión a esos hombres y mujeres tan a la deriva, tan encolerizados con el mundo y consigo mismos.

Y les sonrío. Y me miran. Y se asustan.

¿Terrible no? Cuando les pido paso, les sonrío y les doy las gracias, el resultado es que desconfían, se apartan más deprisa que si les hubiera dado un empujón o un codazo.

Entonces me siento como un payaso mostrando una margarita que salpica agua, ansiando provocar, arrancar una sonrisa, y sólo encontrara el llanto incontrolado de un niño.

Cualquiera puede provocar dolor y lagrimas en otro. Cualquiera puede herir, rebajar, menospreciar, insultar. No tiene mérito. Pero conseguir que una mirada sonría de nuevo, que alguien deje escapar con un suspiro sus preocupaciones, que el miedo se vuelva pequeño e insignificante… eso, eso no lo sabe hacer cualquiera.

Desearía abrazar y llevarme conmigo tanta desolación. Un anciano de cataratas agarradas a sus ojos acuosos, que apenas puede ver, que le empujan de un lado a otro y le pasan por delante cuando viene el tren. Un vagabundo sentado en un banco cualquiera, esquivado por todas las miradas, quizá perdido en sí mismo. Un niño jugando solo con su cochecito de plástico, mientras sus padres discuten acaloradamente delante suyo. Una muchacha que le habla a su madre, que le pregunta, mientras ésta, muda, tiene la mirada perdida en el frente, cansada, rendida. Un matrimonio caminando uno al lado del otro, separados, sin hablarse, sin tocarse. Una mujer caminando con la cabeza baja, sin levantar la vista del suelo.

Así, uno tras otro, vagando, amnésicos de sueños, cáscaras azotadas por la monotonía, la rabia y el desaliento.

Seguiré sonriendo. Emocionándome. Creyendo. Confiando. Luchando. Aprendiendo. Seguiré viviendo.

Tendré días muy malos, malos, regulares, buenos y muy buenos, pero serán míos, seré dueña y señora de ésta, mi única vida.



Camino por ti..

6 sept. 2007


Cuando estoy contenta muevo los pies, bueno, se mueven solos. Tienen un bailecillo de derecha a izquierda, de arriba abajo, peculiar. Me gustan mis pies, y no porque sean bonitos, sino porque son míos --¡qué demonios!-- y me sostienen.

He intentado no maltratarles nunca con tacones o punteras, les tengo en alta estima y soportar mis huesos no debe ser tarea fácil. Juntos hemos visto de todo, más de lo que hubiéramos querido o sospechado.

Cuando estuve a punto de desfallecer ellos me sostuvieron, sin dar un solo paso en falso. Parecían querer decir: venga, a mí la tropa, alégrenme el día si se atreven, que no pensamos retroceder.

Otras, cuando me acurrucaba asustada debajo de las sábanas, ellos subían por mis piernas y me acariciaban.

Cuando te conocí se enamoraron perdidamente. Nadie antes les había acariciado como tú, nadie se había fijado en su movimiento pendular, en la vida que les animaba.

Se te entregaron en cuerpo y alma, y es por eso que cada vez que te ven, corren presurosos a tu encuentro, no hay forma de que caminen despacio si te han visto.

Me han llegado a confesar que si tú no estuvieras ellos no caminarían más. Les he recordado que son mis pies, y que me deben lealtad, pero creo que es en vano. Caminan por ti. Caminan para encontrarte cada día al final de la jornada. Caminan porque tú les desnudas cada noche y les mimas.

Caminan porque tus pies van justo un paso detrás suyo, guardando sus tobillos, o a veces abriendo camino. Morirían gangrenados por el frío sin tus manos.

Tengo la impresión de que me has robado mis pies y camino de prestado.


X-Files

5 sept. 2007



Siete menos cinco de la mañana. Miro al cielo y casi distingo más aviones que estrellas.

Tras el estreno de Encuentros en la tercera fase, cada vez que vislumbraba unas luces en el cielo, cruzaba los dedos para que fuera un ovni. Eso de pequeñita.

Ahora mis ilusiones se han visto cumplidas. Cada día me topo con más marcianos. La apariencia es humana pero cuando abren la boca o se mueven ¡zas!, les cazo al instante.

Y no son amigables, casi nunca, no señor. Mi idea de un extraterrestre estaba más cercana a E.T. que a Alien. ¡Pues me equivocaba!

¡Pedazo colmillos tienen los marcianos estos!

Claro que, tengo que confesar, veo tantos marcianos de estos que llegué a pensar que la “rara” era yo.

Fue una época muy dura para mí, una crisis existencial en toda regla. Me pasaba el día buscando alguna cápsula en el sótano de casa, donde pudiera haber llegado desde el espacio exterior, y que mis padres se hubieran encargado de esconderla.
Tampoco encontré ningún traje de vivos colores --con capa o sin ella--.

Llegué a tener una charla en el salón de casa con mis progenitores, diciéndoles que estaba preparada para asumir mis orígenes, y que podían confiar en mi discreción –mientras les guiñaba un ojo e intentaba separar los dedos de la mano dos a dos--. Después de eso me costó mucho convencerles de que no era necesario mi ingreso en ninguna clínica mental. Parece que mis argumentos acerca de que estaba ensayando mi papel en una obra de teatro no les convencieron del todo. No puedo culparles.

Incluso llegué a hacerme examinar por un médico por si encontraba a alguna anomalía física. ¡Ni por esas!

Al final asumí que habíamos sido invadidos. Algo así como el final del Planeta de los Simios.

A partir de ahí contacté con otras personas como yo. Nos dejábamos señales en las ventanas que todo el barrio comprendía menos nosotros mismos. Somos pocos, más tarados que otra cosa y sin ninguna gana de alzarnos ni de resistir, pero humanos al fin y al cabo.

A los Otros les reconocemos por su olor: cada vez que abren la boca, apestan.


El regreso...

4 sept. 2007


Quiero ser la 8


Soy una bola de billar zarandeada. Mi único deseo es ser la 8, la que nadie se atreve a golpear.

Cada vez que me aciertan y en el fondo de un agujero caigo, siempre hay un tipo ruidoso que se pavonea y saca pecho ante sus amigos y rivales.

Mareada estoy, y dolorida también. Pánico tengo al taco azulado y malencarado, que disfruta atizando. De morado tantos golpes me han coloreado.

Sueño con el día en el que el verde tapete se rasgue y la mesa coja ande.

Un descanso, por favor. Sólo a un ser humano se le ocurriría pensar que esto es un juego recreativo más.


Conmigo o en mi contra

3 sept. 2007

Gregory Colbert

Lea ha vuelto a casa. Abre la puerta y, nada más entrar, sabe que sucede algo raro. Tristán no ha venido a recibirla. Le busca por el salón y le encuentra tumbado en el sofá con la respiración agitada. Mueve un poco la cola, pero no consigue moverse del sitio.

Cuando los acontecimientos se tuercen existe una presencia aciaga, adherida a nuestro oído, que nos susurra mentiras y nos provoca pánico. Es en ese momento cuando hay que parar y dejar de escuchar.

Lea tira al suelo las bolsas que lleva en la mano y se precipita hacia él. De rodillas le acaricia, le habla, toca su hocico: está seco. Sale al pasillo y llama al Coronel.

--¿Qué pasa niña?

--Es Tristán, está enfermo.

No le pregunta “¿Quieres que te ayude?” No, sin más preámbulos se ha puesto la chaqueta y ha ido tras ella. Esas son las personas en las que puedes confiar.

Entre los dos consiguen incorporarlo, le sostienen para que no caiga. Lea sale a por el coche, mientras el Coronel y Tristán la esperan en el portal.

El atardecer se muestra ruidoso, ajeno al dolor. La indiferencia natural con la que el mundo gira absorto en su movimiento, en su rotación mecánica, es escalofriante.

--Somos un par de viejos, amigo.

Tristán cierra los ojos y se deja proteger por la mano del Coronel en su cabeza.

Lea vuelve rápidamente y entre los dos consiguen colocar a Tristán en el asiento trasero, respira con dificultad.

Está tensa. Sus rasgos tirantes, aferrándose al volante como si este pudiera darle una seguridad que no siente. No levanta el pie del acelerador, parece que hubiera sacado un látigo y amedrentado sus lágrimas obligándolas a retroceder. El Coronel la mira de reojo y piensa que es una insólita mujer. Cuando cree que nada puede alterarla, parece a punto de perder el control, por un simple perro. Y cuando está seguro de que va a caer, se pone en pie y sonríe. No hay forma de seguirla.

Lea aparca de cualquier modo y sale disparada con Tristán hacia la clínica veterinaria.

Cuando entra toda la atención de los presentes se centra en ella. El Coronel no sabe como lo hace, es pequeña, discreta, no levanta la voz, no hace ruido, sus gestos son contenidos. Pero ahí está, todos levantan la cabeza para mirarla y escuchar, a su pesar, en su contra.

Se dirige a la enfermera y le explica escuetamente lo que ocurre, y cuando la otra comienza una tanda de preguntas de trámite, Lea levanta suavemente una mano y la interrumpe:

--Estaré fuera esperando a que me llamen. Todo eso se lo contaré al veterinario, sino le molesta. Gracias.

¡Por supuesto que le molesta!, piensa el Coronel. Esa autoridad que emana es irritante pero insoslayable, y más cuando no hay esfuerzo alguno por parte suya.

Lea coge a Tristán y cruzan al parque. Hace frío, no lleva más que un fino jersey, pero la angustia calienta su cuerpo. El miedo es un organismo vivo, cientos de patas reptan desde su estómago a la garganta. Se le vienen a la cabeza las peores imágenes.

Lea se ha sentado en un banco y mira a Tristán caminar de un árbol a otro, inseguro. A veces se queda quieto y cierra los ojos, parece estar pensando si merece la pena seguir en pie. Se levanta y camina hacia él, el perro la mira y mueve el rabo.

Se siente culpable por sentir más pena y dolor por él que por cualquier ser humano. Cree que eso no dice mucho a su favor. O simplemente dice que las personas han perdido el vínculo que las enlazaba como especie. Enemigos de todos: de los suyos, de sí mismos.

Hace tiempo que intenta no juzgar a los seres humanos, se esfuerza por llevar a cabo su tarea sin pensar si son merecedores de su ayuda.

¿Por qué no pueden ser las personas como los animales? Estos no aparentan, muestran sus deseos de forma limpia, no hay enmascaramiento, ni retorcidas formas de entender la vida. La lucha por la supervivencia no es más que eso, supervivencia, reducida a un momento concreto, a una necesidad vital.

Los seres humanos arrastran consigo el germen de la descomposición, una y otra vez destruyen todo lo que encuentran a su paso. Ocupan su vida con el vacío.

Paladines de verdades vendidas en ferias ambulantes. Verdades que les obligan a mentir, robar, violar, matar… Conmigo o en mi contra.

Hombres encallados en un río de aguas estancadas, atrapados en las arenas movedizas de su irracionalidad.

Especie a la que le apesta el aliento a causa de la podredumbre de su alma colectiva. Narcisistas enamorados de su voz, contemplándose en la superficie de un espejo de piedra.

Oscurece. Tristán la saca de su ensimismamiento con un ladrido. Lea se ayuda de un suspiro para expulsar todos esos pensamientos. A veces es mejor no entender, hacerlo significaría hallarse al borde la locura. El hipo de sus incertidumbres ha pasado.

Al mirar a Tristán sabe que él no está preocupado. A pesar del dolor tiene la capacidad de seguir percibiendo el olor de la tierra, la humedad de la hierba, el calor de sus caricias. Cuando llegue la muerte no será más que un paso más en su cuerda existencia.

El Coronel la llama. Es su turno. Lea le sonríe, nada queda de la congoja.

--¿Más tranquila?

--Sí, coronel, gracias.

--Todo irá bien, ya verás.

--¿Sabe que creo, Coronel? Que la vida es como beber agua de las manos, unos pocos sorbos tienen que bastar para calmar la sed.

--¿Eso no es conformismo?

--Yo diría que equilibrio. ¿Me equivoco?

--¿Y a quién le importa?

--¡También es verdad!


Otro mundo...

1 sept. 2007



Cuando caes enfermo, y te hospitalizan, sales del mundo real de una patada, para penetrar en otro: onírico, blanco, con olor a suero, desinfectante y miedo. Son mundos paralelos. Los separa una puerta de cristal nada más, pero cuando entras, las reglas cambian.

Te despojan de tu ropa, tu primera piel, la segunda la llevas debajo, a cubierto. El reloj se lo llevan tus familiares, o lo guardas en la mesilla. Total, allí el tiempo no marca ninguna hora que antes no haya permitido el dolor.

Aunque te laven todos los días, te sientes sucio. El pelo se queda grasiento, y si no eres capaz de bañarte por ti mismo, tienes que evitar a toda costa llevarte los dedos a la cabeza para no ensuciártelos.

La peor parte es cuando no puedes moverte de la cama para ir al baño. Está ese infame aparato llamado cuña, que te ponen debajo de las sábanas, debajo del culo. Allí, a la vista de todos: de la tía de la enferma de la izquierda, del hijo de la de la derecha. Todos intentando mirar para otra parte para no avergonzarte más.

Conseguir que venga una enfermera de noche es toda una victoria. A veces me he quedado dormida con el pulsador en la mano y la cuña debajo, esperando que vinieran a quitármelo. Y lo peor es que cuando al fin alguien viene, sólo tienes fuerzas para darle las gracias. La enfermedad es muy avariciosa, se queda con casi todo de uno, incluida la rabia.

La visita del médico, acompañado de sus estudiantes, es lo más vejatorio que te puede ocurrir. Te pregunta muy educadamente que si no te importa, y claro, tirada en la cama, con el peor aspecto que pueda recordar: sin bragas, y un camisón prestado, consigo incluso sonreír y decir que no. Al fin y al cabo, los chicos tienen que aprender de algún modo.

Su mirada me recuerda a la que yo misma usaba cuando estudiaba ciencias y teníamos clase en el laboratorio. Me imagino como una rana a punto de ser diseccionada. Ahora ya sé lo que se siente.

Las visitas. El primer día que te ingresan aparecen por allí familiares y amigos. Los hospitales en ese sentido son muy útiles, sirven de reencuentro a primos, tíos, sobrinos e incluso hermanos que no se hablaban desde hace años. Lo que menos pasa es que te hagan caso. Llegan, te miran con cara de “espero que esto no sea contagioso”, te sonríen como si fueras inspector de Hacienda, y se salen a hablar entre ellos al pasillo o se van a la cafetería. Algunos se acuerdan de volver y despedirse, otros si se acuerdan deciden que no es fundamental, otros se olvidan sin más.

El segundo día el número de visitas desciende bruscamente. Algún que otro despistado y los incondicionales de la primera línea sanguínea, si tienes suerte.

El tercer día te dan por saco. No viene ni dios. Mi madre dice que tiene hacer la compra, y limpiar la casa que hace tres días que está todo manga por hombro. Yo le digo que claro, que no se preocupe, que estoy bien, solo pierdo la consciencia durante unas horas, pero que quitando eso, todo está perfecto.

Es entonces cuando me quedo mirando durante horas la ventana de la habitación. Si he tenido suerte, la habitación está en un piso superior, da a la calle y no a las cocinas o a la puerta del depósito. La enferma de al lado --me niego a llamarla compañera--, duerme o se la han llevado a alguna prueba misteriosa de la que nunca se si regresará. Y allí tumbadita, sola, agradezco que un pájaro, o incluso una paloma, se pose en el alfeizar y haga de las suyas.

Contemplo como La Tierra se mueve. Las sombras se desplazan suavemente, y quizá me he quedado dormida sin darme cuenta, porque de pronto me despierta un ruido de bandejas metálicas, eso significa que es la hora de la comida.

La comida de hospital. El dolor quita el hambre, podrían ponerme el plato más exquisito que sólo el olor me revolvería las tripas, pero cuando te vas curando y tienes que comer aquello… en fin… Lo único bueno que le veo a un hospital es que sales más delgadito. Cuando la auxiliar vuelve para llevarse la bandeja y ve que está intacta, es como volver al parvulario. Me deshago en disculpas, casi como si me hubiera meado encima. ¡Mala leche que se gastan!

Luego está la noche. Si estás muy jodido no te enteras de nada, pero cuando te empiezas a recuperar conciliar el sueño es casi imposible. Pasan las horas y estoy ahí tumbada: mirando al techo, moviendo los dedos de los pies, sin apenas poder cambiar de postura por el goteo y conteniendo las ganas de llorar por la mierda de pena que me doy a mí misma. En un hospital no puedes dormir boca abajo, escondida del mundo, tapada por los sueños. No, ahí me tengo que quedar boca arriba, con los brazos a los lados. Vamos, como si me hubieran metido ya en el féretro.

Solo hay tres formas de salir de un hospital. Curado y encantado de la vida --hasta le sonríes a las enfermeras cuando te vas--, parcheado y con una invitación a corto plazo, o muerto.

Morir en un hospital, es morir lejos de casa. Como si hubieras emprendido un viaje en barco, y en medio del océano, una tormenta te arrastrara al fondo del mar. Ni el cuerpo es recuperado para los familiares.

Lo que ocurre es que ahora ya no es como hace años. Nadie quiere que se le muera un familiar en su cama.

Siempre tengo la idea, absurda, de que el día que me ingresen sin un parte de alta preparado; tendré la suficiente fuerza, para ponerme el abrigo, salir de puntillas por la puerta trasera y dejarme morir en el banco de un parque, al sol.