Por un tiempo

26 nov. 2007

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Por razones de salud el blog permanecerá un tiempo "dormido". Felices sueños.


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19 nov. 2007

Preguntas y respuestas


Caminaba embutida en mi abrigo, con el cuello invisible, oculto entre las vueltas de la bufanda, las manos en los bolsillos. Contemplaba un paisaje gris: vías de tren, campos yermos, fabricas abandonadas. El abuelo iba a mi lado, con una chaqueta de tweed, una ligera bufanda, sombrero y guantes. Las manos a la espalda, creo que era incapaz de deshacerse de ese aire años cuarenta de su juventud.

Me miró de reojo, mientras caminábamos, y al cabo de un rato preguntó:

--¿Qué piensas, niña?

-- En nada... en todo.

--¿Y en concreto?

--En la empatía, o mejor dicho, en la falta de ella.

--Le das muchas vueltas a un mundo que ya por si sólo se encarga de girar constantemente.

--¿Es malo pensar?

--No, yo no he dicho tal cosa. Pero esa clase de reflexiones --por llamarlas de alguna manera--, sólo conducen a habitaciones vacías, sin puerta de salida.

--Quizá pensar sobre ellas abra puertas, abuelo.

--No lo creo, Elbereth. La condición humana es idéntica desde que tenemos memoria.

--¡Eso es muy negativo! ¿No hemos avanzado en nada?

--No lo sé, tú me lo estás preguntando, no afirmando...¿Tienes dudas?

--Contestamos una pregunta con otra...

--Quizá sean las únicas respuestas honestas que se puedan encontrar, aquellas que son una interrogación, pequeña.

--No soy capaz de sentir amor por el ser humano, abuelo, pero tampoco indiferencia. Sólo albergo sentimientos negativos, y sé que estos me rebotan en la cara.

Nos paramos, y el viejo miró al horizonte nublado, plomizo, cargado con una promesa de lluvia para el atardecer. Movió negativamente la cabeza a un lado y a otro, y clavó la punta de su paraguas en la tierra haciendo un pequeño agujero.

--¿Por qué necesitas respuestas, Elbereth?

--¿Tú puedes vivir sin ellas, abuelo?

--Yo sólo vivo con preguntas. Me facilita más la vida.

Callé, entendí lo que decía, pero era desolador para mí.

--Siempre has querido que los acontecimientos tengan sentido, pero independientemente de que lo tengan o no, esperarlo es poco inteligente.

Asentí, con la cabeza gacha, y esbocé una sonrisa cargada de lágrimas.

--No me gustan las lágrimas, nos hacen débiles, pequeña.

--Demasiada dureza es fragilidad, abuelo.

--¡Menuda estupidez! ¿Budista o algo así, me equivoco? Las religiones y filosofías están llenas de palabras bonitas, ninguna empírica las sustenta. Hay que estar hecho de un material muy duro para ver la muerte de tu familia por hambre o SIDA en África, para ver cómo secuestran a tus hijos y les ponen armas en las manos mientras te disparan. Para aguantar la tortura de cárceles invisibles, la represión de regímenes totalitarios, el miedo diario a un atentado, a morir en una explosión en medio de un mercado. Muy dura para seguir adelante cuando decenas de soldados te han violado delante de tu marido e hijos, muy dura cuando te casan a los once años con un viejo, cuando te mutilan, te castran y dejas de sentir placer para convertirte en una mula de carga... ¿Sigo?

--No estaba pensando en esos casos, abuelo.

--¿Y entonces en qué? ¿Crees que tu flexibilidad les habría ayudado a sobrevivir..? ¡Te quejas de vicio, niña! Soís una generación de egoístas, nadando en la complacencia y autocompasión.

Mi silencio le dio la razón.

--Nadie te pide que ames al ser humano, ni que mueras por él, sólo que no jodas a los que viven a tu lado. Con eso bastaría para arreglar este puto mundo.

--¡Dos tacos! ¡Eso es mucha empatía con el mundo!

--Eso es que me tienes harto y aburrido, nada más.

-¡Ni nada menos, viejo!

Once

17 nov. 2007

Soy una pésima crítica de cine. Sólo puedo decir que he visto Once y me ha gustado mucho. En el enlace está todo lo referente a la película que os servirá mucho mejor que mis palabras. Todas las canciones me han gustado, pero estas dos me parecieron increíbles.

Es sobria, sincera, honesta, con las palmas de la mano hacia arriba. Sin artificios consigue emocionar en cada escena, desde la primera hasta la última. Ya me contareis. Espero que os decidáis a verla, creo que no os defraudará.

If You Want Me



Falling Slowly



Pelea, pelea, pelea


Me hundí en el sillón de orejas del abuelo, aspiré el olor del cuero, mezclado con el de los libros y la pipa. Estaba en casa. El sueño me vencía, el cansancio más bien, sólo deseaba cerrar los ojos y dormir.

--¿Muy cansada, niña? Te he preparado azúcar quemada, tómatela.

--¡Uff! Muy dulce abuelo.

--Sí, es posible que tengas una reacción alérgica a la dulzura, teniendo en cuenta ese carácter tuyo, pero creo que deberías arriesgarte, por el bien de tu salud.

--¡Qué mala leche tienes! Estoy enferma, deberías compadecerte una migajita de mí.

--No es mi estilo, niña, ya lo sabes. Sin embargo, reconozco que es la vez que peor te he visto; quizá debiéramos hablar de tu testamento. ¿Lo tienes hecho, hija?

Abrí mucho los ojos, pero no conseguí incorporarme ni un poquito. El cuerpo no respondía.

--¿Y tu has elegido tu ataúd, abuelo? Me resultaría insoportable meterte en una cajita de madera que no sea de tu gusto, me quitaría el sueño por las noches.

El abuelo achicó los ojos e hizo una mueca torcida con los labios, creo que quería ser una sonrisa. Me señaló con su dedo índice.

--Niña, con esas formas no conseguirás una buena reencarnación. No es forma de tratar a tu pobre abuelo.

-¡Pero si tu eres ateo!

--¡Ya, pero tú no! ¡Tomate esa maldita azúcar quemada de una vez, pesada!

--Abuelooooo.

--Elbereth, no hagas eso, lo detesto.

Callé y bebí.

--¿En qué piensas, pequeña?

--¿Sabes que creo que sólo para ti sigo siendo pequeña?

--¿Y eso es malo?

--No, todo lo contrario, es un alivio. Cuando creces, cuando te haces mayor, nadie te permite volver a ser pequeño. Los viejos son como niños pequeños, pero repudiados, ¿no crees? Todo el mundo ríe y disculpa la tiranía de los niños, pero con los viejos nos volvemos intransigentes. Somos crueles.

El abuelo sonrió, esta vez sinceramente.

--Es fácil identificarse con los pequeños, tienen futuro, pero los viejos sólo tenemos pasado. Y hoy en día, el pasado es algo que no interesa a nadie.

--Es una forma más de ignorancia. Cuando los viejos nos molestan los metemos en una de esas residencias y los olvidamos. ¿Tienes miedo de que te ocurra eso, abuelo?

--¿Tú lo tendrías, Elbereth?

Callé, imaginé la situación. Hijos que no encuentran la forma de cuidar a la madre o el padre, que no hallan el espacio donde puedan convivir juntos.

--Yo lo tendría, sí. ¿Es cierto que los esquimales se deshacían de sus ancianos cuando se convertían en una carga?

--Quizá eran ellos los que tomaban la decisión y no los hijos. No lo sé, niña.

Se produjo un silencio profundo, cada uno de nosotros perdido en sus cavilaciones. Dirigí la mirada a la ventana y ví cómo los árboles se mecían huyendo del viento, a un lado y a otro.

--Tiene que ser duro verte reprendido por tus hijos, perder su respeto, convertirte en una carga. Creemos que nada tenemos que aprender de nuestros abuelos. ¡Lástima!

--Así es, no lo vas a cambiar. Olvídalo.

--¡Parece que la vieja sea yo! Nunca pareces tener miedo de nada, abuelo.

--El miedo es inútil, y lo que es peor inutiliza el resto de los pensamientos. Es un parásito.

--Cuando sea mayor quiero ser como tú.

--Hija, ya eres mayor, y me temo que nunca podrás ser como yo. Triste, cosa de genética imagino.

--¡Abuelo!

--¿Qué?

--Nada...

Moví la cabeza negando y cerré los ojos. El abuelo clavó en mí su mirada.

--Realmente estás enferma pequeña, no encuentras las palabras para maldecirme.

--Quizá no quiera utilizarlas, viejo.

--Elbereth: pelea, pelea, pelea. Se trata de sentirte vivo hasta el último día. No pienses tanto, actúa sin más.

--Mejor vivir de traumas que no de frustraciones...

--Vivir, niña, vivir sin más...

--¿El whisky será malo para la bronquitis, abuelo?

--Prueba a ver...

¿Todo o nada?

16 nov. 2007

Era uno de mis grupos preferidos: Small Faces, no paraba de poner el disco una y otra vez; la aguja debió de rallarlo... El vídeo me gusta, me arrancan una ingenua sonrisa esos chicos caminando tan seguros de sí mismos.

El título: Todo o nada. Quizá con el tiempo uno disfrute con un poquito, e incluso sea feliz. Pero eso es ahora, entonces tenía que ser así: todo o nada.





Magníficos Spencer Davis Group, decir que esto es música "viva" es una obviedad. Espero que la disfrutéis, tanto como yo. Keep On Running y su letra...





Es el Destino...

14 nov. 2007


Lea camina despacio, adormecida por sonidos oscuros, paridos durante la noche preñada de pesadillas, fantasmas y vampiros. Asesinos y violadores. Polícias y niños ricos sin alarma en el despertador.

Sube a una de las escaleras mécanicas del metro. Se deja llevar, imperturbable, las manos en los bolsillos, la espada oculta por el largo abrigo negro, la capucha cubriéndole el rostro. Nada delata su tensión salvo la dilatada púpila de sus ojos.

Dos escalones antes del final, salta al andén vacío. Unos fluorescentes parpadean, creando un escenario de sombras chinescas, los extractores de aire junto con un altavoz acoplado y chisporroteante son las únicas voces en el subterraneo.

Gemidos ahogados de una pelea llegan desde la boca del túnel.

--¿Vas a intervenir?

Lea gira lentamente la cabeza, dejando sólo parte de su perfil a la luz. Sonríe con los ojos, ve al warg sentado sobre sus patas traseras, la cabeza echada hacia delante, olfateando su cuerpo.

--¿Crees que debería, Eihwaz?

--¿Por unos humanos? No, por supuesto que no. Tu costumbre de intervenir en sus asuntos es más que censurable.

--Para ser una bestia hablas con una correción exquisita.

--Para ser humana pareces noble. Deber ser por tu parte no humana, ¿no es cierto?

--No van ofenderme tus palabras, warg.

--No lo pretendía. Ofender es cosa de hombres, tú lo sabes muy bien.

--Hace tiempo que no sé nada, amigo. ¿No vas a acercarte para que te acaricie?

--¿Con esa espada colgando de tu cintura?

--Ja, ja, ja--. Lea abre su abrigo y deja al descubierto una espada corta, afilada y brillante, con una luz blanca parpadeante recorriendo unas sútiles runas. La empuñadura es de cuero negro salpicada de manchas oscuras, quizá de sangre.

--¡Criatura, que obsoleta eres! Todavía llevas eso. ¿No has pensado en algo más acorde a estos tiempos? Como un arma de fuego, de esas que escupen al mismísimo demonio por la boca. Sería más efectiva.

--No hay nobleza en esas armas.

--Da igual como mates, te corrompe de la misma manera. Mírame, mis colmillos no han cesado de desgarrar carne vil, pero eso no me ha hecho mejor.

Lea levantó la cabeza y miró a la muchacha que estaba detrás del warg, unos pasos más atrás.

--¿Quién es ella?

Eihwaz sonrío. Lea sabía que aquella mueca en la quijada y el movimiento de los colmillos era una sonrisa.

--¿Te resulta familiar?

--No debería estar aquí. Lo sabes.

Lea hizo un gesto suave con la cabeza y la chica se acercó lentamente, con timidez... No. Con respeto, pensó. Al llegar a su altura hizo una leve inclinación de cabeza y miró después al warg, en espera de alguna orden que no llegó.

--¿Por qué las has traído?

--Para que aprenda. No me queda mucho tiempo.

--No creo que sea la indicada para continuar con tu trabajo.

--No entiendes, es el Destino.

--Esto está fuera de su mundo.

El warg se lamío una pata, con intencionada lentitud. Era su forma de hacerle saber que poco le importaba lo que ella opinara.

--¿No estarás pensando en atacar los tres a la vez?

--Lea, Elbereth se encargará...

Silencio. Lea apretó la mandíbula con fiereza.

--No lo consentiré, warg...

--Ya es tarde... mira a tu espalda, estás perdiendo facultades amiga.

Lea se giró bruscamente y vió como la muchacha, con cada paso que daba hacia la boca del túnel, abría la puerta --las mil puertas--, al Otro Lado. En ningún momento dudó, llevaba una espada --¿era su espada?-- desenvainada y atravesó con ella la Oscuridad.

Cuando hubo acabado con los hombres, se volvió hacia ellos. No había sed en su mirada, ni triunfo, ni pasión, sólo una seriedad desconcertante, imposible de juzgar.

--Te lo dije, Lea. Es la indicada.

--¿Donde la conociste?

--Se cruzó en mi camino...

--Já... ¿En este o en el otro mundo?

--Deberías dejar de discutir. Tenemos trabajo qué hacer.

El warg miró a Lea y se dío la vuelta airosamente. Lea juraría que había hecho un gesto parecido a: ¡ahí tienes eso!.

Miró su cintura y vió la espada colgando de ella. ¿Alguna vez había estado fuera de su sitio?

Vida enferma

13 nov. 2007

La enfermedad es una escalera empinada, sinuosa, y resbaladiza; que en ocasiones --muchas-- conduce a la muerte. Cuando somos jóvenes es fácil subir intrépidamente los escalones de dos en dos, o mejor aún bajarlos a saltos, riendo alocadamente mientras estamos en el aire.

Pero el tiempo, presente aunque invisible en cada proceso de la vida, nos enseña que la enfermedad es una dama rencorosa, con halitosis y mueca torcida en los labios. Cuando caemos abatidos por cualquier enfermedad, el mundo frena en seco al instante. Quedan en suspenso --sin gravedad, colgando en el vacio-- proyectos, viajes, risas, comidas... Nuestra mente gira compulsivamente entorno al dolor. Cada gesto, movimiento, palabra tiene como meta acabar con el padecimiento, evitarlo, rodearlo, olvidarlo cual amarga pesadilla.

El sufrimiento físico, conlleva un deterioro psíquico. La mente se encoge ante los estímulos del dolor, queda arrinconada esperando el próximo latigazo iracundo que la deje maltrecha pero superviviente.

De una enfermedad larga y grave nadie llega a recuperarse del todo. El miedo al dolor queda impreso como marca de agua en nuestro cerebro.

Es por eso que los viejos siempre piden salud primero. En estos casos se me viene a la cabeza enfermos de la talla de Frida Khalo, creciendo erguida y desafiante ante su enfermedad, arrancando pinceladas de color insultante al gris sucio de su enfermedad. ¡Alma valiente, alma coraje!

No es mi caso.

Cada día crecen los instantes en los que miro la vida desde fuera: al otro lado del muro, de pie, con los brazos a los costados, quietos, agotada de participar febrilmente, repetitivamente. ¿No os habéis descubierto nunca hablando con otros y sintiendo que vuestras palabras y las de ellos estaban manoseadas, prostituidas por la más profunda de las banalidades? Yo sí.

Hay veces que desearía volverme sorda. Y enmudecer, y no ver, y perder el olfato, y que solo me quedaran las manos para agarrarme fuerte a las tuyas y abandonarme al roce de tus caricias.