Sí...

13 dic. 2008


--¿Cómo estás?


--No estoy mal. Y nada más haberlo dicho, me percaté de ese "no" maléfico y reiterativo que aparecía en cada una de mis frases. Pensé que podría haber dicho "pues estoy bien" o... o... o... ¡demonios todas las frases me salían en negativo!

Fui al baño, me miré en el espejo y descubrí lo malos que habían sido estos dos últimos meses. Me agaché, eché un vistazo por si veía los pies de alguien, y cuando estuve segura de que no había moros en la costa, lo hice.

Empecé a bailar, como si fuera Gene Kelly en "Cantando bajo la lluvia". Ta-ra-ra ta-ra ta-ra... Pero no había mirado bien en todos los baños, es más, no debía de haber mirado bien el cartel del baño indicador de señoras y caballeros. Allí mismo, a mi lado, se encontraba un hombre, de brazos cruzados, mirándome fijamente. Era calvo, llevaba la corbata torcida y su chaqueta mostraba signos de sudor.

--¿Esto es algún tipo de broma para la televisión, señorita?

--Aaahh, noooo, no es eso... He debido equivocarme al entrar, eso es todo...

--¿Y el bailecito salido de "Alguien voló sobre el nido del cuco"?

¡Ouch! Eso dolió, ya lo creo. Levanté la barbilla, cogí aire, y salí de allí todo lo dignamente que me permitieron los 15 segundos de aire retenidos en mi pecho.

Y ahora se estarán preguntando: ¿Y esta chica suele hacer muy a menudo este tipo de cosas? Pues depende, lo de bailar sí, lo de meterme en el servicio de caballeros, solo cuando no llevo las gafas.

Por otra parte, de no haber sido así, no le hubiera conocido a él.

Estaba acodada en una columna, esperando conseguir un baile con algún apuesto caballero, cuando él se me acercó. No fue como en los anuncios de colonia... pero se me acercó.

--Perdone que la moleste, pero, ¿es usted la misma que estaba bailando hace un momento en el servicio de caballeros?

--¿También estaba usted dentro?

El movió con afirmativa pesadumbre la cabeza.

--Vaya, pues deben ustedes de poner los pies encima de la taza, porque no vi ninguno..

--Ohhh, es que se olvidó de mirar en los urinarios. Están a la vuelta...

--Ajá... ¿Y cuántos de ustedes había?

--Los suficientes...

--¿Los suficientes para qué?

--Para que debamos salir de aquí ahora mismo, sino quiere ser el hazmerreir de la sala.

¿Qué podía hacer sino seguirle! Cogió galantemente mi abrigo del guardarropa, me lo colocó encima de los hombros y me abrió la puerta de salida. ¡Sí que era raro!

Cuando salimos por la puerta giratoria, estaba lloviendo. Se adelantó y abrió un inmenso paraguas blanco. Me ofreció su brazo.

--¿No ha venido usted en coche?

--No, me gusta andar. ¿Quiere que le pare un taxi?

--No, no, no se moleste. Era sólo una pregunta. Estoy bien.

El me sonrió y comenzó a silbar. Me sentí bien, por ridículo que parezca, aquel desconocido me hacía sentir cómoda.

Le miré de reojo y él me pilló in fraganti. Me eché a reír.

--¿Quiere que bailemos?

--¿Aquí? ¿Ahora?

--No tengo mucho tiempo, sabe...

Me quedé muda. Aquel tipo era más extraño que yo. ¿Bailar en plena noche de invierno bajo la lluvia?

--¡Ni tan siquiera sé su nombre!

--No creo que sea condición indispensable para bailar...

No supe que decir, eso era irrebatible. Antes de que me diera cuenta, él había cerrado el paraguas y comenzado a bailar como si fuera Fred Astaire. Lo peor es que yo oía la música de fondo. ¿Qué demonios había bebido aquella noche?

Me ofreció su mano, pero no se la cogí. Me quedé parada en medio de la calle, mirándole con ojos como platos. El hizo una mueca graciosa de fastidio.

--¡Vamos! ¡En el baño lo hizo muy bien!

--Já.

Estaba a punto de darme la vuelta cuando el portero vestido de librea del edificio contiguo, se puso a cantar. Mi acompañante se fue hasta él, y se subió a una farola cercana ejecutando una grácil pirueta. Me pellizqué, por si me había quedado dormida encima de la mesa.

Ahora los dos venían hacia mí, cantando y bailando. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Ponerle un "No" a mi vida? Dejé que me izarán por los aires y aterricé con un lindo saltito. Lo curioso de todo esto, es que los viandantes no se paraban a mirarnos y señalarnos con el dedo. No. Al contrario, se unieron a nosotros y terminamos ocupando toda la calle. Para no haber ensayado, no nos estaba quedando nada mal. Ahí supe que me había quedado dormida. ¿Pero dónde?

Dejé que todos siguieran su "West Side Story" y me aparté a un lado para mirar. En ese momento, estallaron en el cielo fuegos artificiales, y a lo lejos una noria comenzó a girar lentamente.

--¿Está cansada? ¿Quiere que paremos?

--No quiero despertar.

--Oh, no creo que pueda...

--Y también quiero dejar de emplear la palabra "no".

El me miró fijamente, acercó sus labios a los míos y me besó.

--¿Cómo está?

--¡Muy bien! Y volvió a besarme una vez más y otra, y otra...

El camarero tocó mi hombro suavemente. Tenía entre sus manos mi abrigo. Me había quedado dormida encima de la mesa. La fiesta había acabado.

--¿Quiere que le llame a un taxi?

Negué con la cabeza. Me puse yo sola el abrigo, me abrí yo misma la puerta y salí al frío seco y sin lluvia de la madrugada. Iba a marcharme, cuando oí una voz a mis espaldas.

--¡Señorita! ¡Se deja su paraguas!

--¿Mi paraguas? Yo no he traído ningún...

Y de pronto me encontré con un inmenso paraguas blanco entre las manos.

--¿Es suyo?

Por un momento estuve a punto de decir "no", pero dije: ¡Sí, claro, lo había olvidado, muchísimas gracias!

Salí a la noche caminando sobre mi paraguas blanco. Al final de la calle abrí mi paraguas mientras sonreía al cielo como una "Mary Poppins" cualquiera...

No cerré los ojos...

8 dic. 2008

Fotografías de Paco de Alcaudete


Parecía un borracho. Y aunque en realidad aún no lo estaba, era cuestión de media hora más. En una mano sujetaba la botella de whisky metida en una bolsa de papel, y del brazo le colgaba el abrigo hasta el suelo. La otra mano estaba ocupada en intentar abrir la puerta de su habitación.

La habitacion olía a humedad, a algún tipo de desinfectante, y a un ambientador peor que el rastro de humanidad pegada a la moqueta.

Había tomado una de esas decisiones pasadas de moda, fruto de sus lecturas de novela negra: si la inspiración se había esfumado, bastaba con encerrarse en una habitación con una cantidad de alcohol nada despreciable y esperar a las musas.

Rídiculo.

Miró la mesa y movió de un lado a otro la cabeza, al fijarse en la Underwood polvorienta, que le había arrancado a su editor. Nada de ordenadores. Teclas duras, con historia, en las que hiciera falta la fuerza de los dedos y del alma para arrancarles una buena historia.

Ahora se arrepentía, vaya que si lo hacía.

Se tumbó en la cama de golpe y contempló, entre las cortinas medio echadas, las luces chillonas de un anuncio de neón. ¿Cómo había creído que conseguiría inspiración de esa manera? Abrió la botella y echó un trago largo. Tampoco le supo bien.

Exhaló un suspiro de rendición. No escribiría nada en aquel tugurio de mala muerte. Lo mejor sería emborracharse, dormir la mona, y a la mañana siguiente salir pitando de aquel antro.

No supo cuánto había dormido cuándo le despertó el "click" del retorno de carro al alcanzar el final de línea. Levantó la cabeza bruscamente pero no encontró a nadie sentado ante la máquina. ¿Entonces... había soñado ese sonido?

Se levantó despacio, tambaleante, y se acercó a la mesa. La máquina estaba frente al típico espejo de motel: viejo y gastado de tantas caras que en él se habían reflejado. Evito mirarse porque lo que vió de refilón consiguió deprimirle.

Allí estaba la máquina. Y tenía un folio dentro. El carrete en el extremo de la línea. Pero sin nada escrito. No recordaba haber puesto ninguna hoja. ¿Lo había hecho? Un retortijón le hizo agarrarse el estómago. Intento pensar qué había cenado.

Era hipocondriaco. Muy hipocondriaco. Sin pensárselo dos veces, salió disparado hacia recepción. Tenía que saber si había un médico cerca, por si se ponía peor. Podía pasar la noche en urgencias en previsión. En realidad, tampoco tenía otra cosa mejor que hacer.

Decidió seguir las indicaciones del recepcionista y dirigirse al pueblo más cercano. El frío le golpeó como un chicle que le hubiera explotado en medio de la cara. Justo cuando iba a entrar en el coche, vió de refilón luz en su habitación. ¿Se había dejado la luz encendida?

Por un momento dudó. Decidió volver a la habitación y apagar la luz. Entró despacio, como si algún tipo de sexto sentido le estuviera avisando. La primera impresión al abrir la puerta es que un hombre estaba sentado a la mesa y tecleaba frenéticamente sobre la máquina de escribir.

Pero eso fue la primera impresión. Porque en la segunda lo único que vió fue su chaqueta colgando del respaldo de la silla, y la hoja de papel aún en la máquina. ¿Cuánto whisky había bebido? Negó con la cabeza y se quedó allí en medio, con la mano en el pomo de la puerta, mientras se escapaba el calor de la habitación.

Sin darle la espalda a la habitación, cerró lentamente la puerta. Se quedó allí parado, dejándose azotar por el viento helado y copos de nieve duros y malintencionados. A grandes pasos se dirigió al coche y se metió rápidamente en él.

Tenía la mano en la llave de contacto cuando se le ocurrió mirar por el retrovisor. Y allí estaba: una mujer de ojos negros con una máquina de escribir sobre sus piernas, mirándole fijamente. El grito que dió le asustó a él mismo. Dio un respingo, se protegió la cara con las manos, y se quedó inmóvil esperando lo peor.

Cuando volvió a mirar por el espejo --fue incapaz de darse la vuelta en el asiento-- allí no había nadie. Notó el asiento húmedo. Dejó caer la cabeza sobre el volante y comenzó a llorar quedo. ¿Qué estaba pasando?

Sacó la llave de contacto y salió del coche. El motel estaba a un lado de la carretera comarcal. Se quedó allí de pie, mirando a un lado y otro, como si el silencio de la noche pudiera resolver sus dudas. En frente de él crecía un bosque oscuro. Oyó un ruido de ramas, sobresaltado aguzó la vista, pero no logró ver nada. No hasta que estuvo frente a él, inmóvil en medio de la carretera.

El ciervo era hermoso, con una cornamenta que apenas había sufrido los embates de ninguna pelea. Parecía una estatua, un sueño, un mensaje indescifrable. Se acercó despacio a él, y vió que tenía en un costado tatuadas unas letras: "Despierta". El claxón del camión le salvó la vida, tuvo el tiempo justo de echarse precipitadamente a un lado. Estaba seguro de que el animal no había tenido tiempo de huir. Pero cuando el camión hubo pasado no había rastro de él.

Agotado, dirigió sus pasos de nuevo hacia el motel. La recepción estaba vacía, avanzó hacia la cafetería. Allí tampoco vió a nadie en un primer momento. Cogió una silla que estaba encima de una mesa y se sentó frente a la ventana. El cristal estaba velado. Y así se quedó hasta el amanecer: mirando por una ventana ciega al universo.

Mientras, apoyado en la barra, un camarero octogenario tecleaba lentamente en una máquina de escribir la palabra: "Despierta".

Allí estaré...

21 nov. 2008

El tiempo se agota. Las horas corren como minutos. Los minutos como segundos, y los segundos desechos antes de ser.

La mujer camina de un lado al otro de la calle, evita pisar las rayas de las baldosas, andando casi de puntillas, a modo de pequeños y ridículos saltitos.

Al llegar a su altura la gente traza una curva para esquivarla. La miran de reojo al pasar por su lado, como si de un momento a otro pudiera echarse encima de ellos.

Es pequeña. Tiene las manos enfundadas en unos guantes de lana con diminutos rotos. Junta las manos a la altura del pecho, y con la cabeza gacha, masculla una letanía de inconexas palabras a modo de oración.

El rostro está congestionado: manchas rojas en las mejillas, ojeras pronunciadas, la nariz húmeda a causa de las lágrimas. Llora despacito, como si no fuera consciente de hacerlo. Llora a la par que sorbe por la nariz los mocos que no se suena.

Parece pequeña pero no lo es.

Sus pies están embutidos en unas deslumbrantes zapatillas nuevas de estar por casa. La lluvia que hace rato cae perseverante, ha calado la suela. Sus calcetines mojados se encargan de llevar el frío a sus piernas, y de allí a su corazón.

El se lo había prometido. Le había dicho: "a las cinco iré a por ti". Y ella le había creído. No tenía motivos para no hacerlo.

Pero ahora que el reloj de la torre marcaba las cinco y media, ahora que el miedo y el frío la habían convertido en estatua de sal, empezó a hacerse preguntas.

Y todas ellas comenzaron a tejer una tela de araña, negra y viscosa a su alrededor. Se pegaron a sus ojos como una sucia venda, que se intentó quitar entre gritos, dejando su rostro surcado de arañazos.

Cayó al suelo, rendida. Volvió a caer. Cayó, y no pudo ya levantarse más.

Una suave presión en sus hombros la izó. Una mano fuerte pero delicada apartó los restos de telaraña pegados a su pelo. Unos ojos la obligaron a mirarlos y la trajeron de vuelta. Despacio.

En silencio la condujo a un banco, se arrodilló, y le quitó las húmedas zapatillas. Cogió entre sus manos los menudos pies y los frotó, para hacerles entrar en calor. Sacó de una bolsa unos zapatos y calcetines, y se los puso con delicadeza.

Cenicienta y el Príncipe, en una grotesca versión del cuento.

--¿Nos vamos a casa?

Ella por respuesta se abrazó a su cuerpo y enterró la cabeza en él.

--Creí que no vendrías.

--¿Cuando he dejado de venir? Y la sonrió.

Pero su semblante estaba serio. Quizá un día no podría encontrarla. Y entonces... ¿qué?

La mujer se deshizo del abrazo y echó a correr por la avenida. Dobló una esquina y se adentró en una calle sin salida.

El la siguió sin prisas. Ella le esperaba agitada, en medio del callejón, expectante.

Cuando llegó a su altura, la sonrió. Asintió con un gesto, y ella, dejando salir una risa limpia, armónica y afinada, que retumbó en las paredes de su pecho, echó atrás la cabeza.

Entonces se irguió y echó a volar.

El hombre se apresuró a coger rápidamente el hilo, y condujo su cometa a casa.

Viaje con nosotros...

15 nov. 2008


Si hubiera tenido dinero se habría embarcado en el primer avión rumbo a un destino desconocido. Como no era el caso, se montó en el circular, y estuvo dando vueltas duranté más de cuatro horas por todo Madrid. El conductor la miraba mal, pero en su caso, seguramente ella también hubiera hecho lo mismo.

Había llamado al trabajo diciendo que no se encontraba bien, y en parte era verdad. Cada día enfermaba un poco más, como en el juego del ahorcado, sólo que marcha atrás: cada día se despertaba con una parte menos de su alma. Si lo pensaba seriamente era divertido.

Le gustaría afirmar que no le importaba lo que pensara la gente de ella, pero del dicho al hecho hay mucho más que un trecho. Así que intentó colocarse al fondo, en una esquina, y pasar desapercibida. Y casi lo consiguió.

El hombre mayor se había montado hacia unos diez minutos, se había quedado de pie aunque le habían ofrecido asiento, y no paraba de lanzarle miradas de reojo. Ella pensó: "¡ya está, un viejo verde!" Se sintió como si el universo entero conspirara en su contra. Sólo quería un poquito de paz.

Recordó uno de esos libros que el título rezaba algo así como "tu tienes el poder" o "despierta al niño que hay en ti" y decidió que lo único que deseaba despertar era al cinturón negro que tendría que haber sido y no fue. Al final ocurrió lo que se temía. El señor se fue aproximando hasta sentarse a su lado.

--¿La molesto, señorita?

--Pues ahora que lo menciona: sí. Y mucho.

El hombre calló, y movió asertivamente la cabeza como para darle a demostrar que entendía perfectamente como se sentía. Aquello sólo consiguió alarmarla y enfadarla mucho más.

--Deseo estar sola.

--¿Desea? ¡Qué forma más divertida de hablar! Parece usted de otro siglo, señorita. Vamos, como yo.

Le fulminó con la mirada, pero nada. Hizo intentos de querer salir, pero el viejo no se dió por aludido y siguió en su asiento, con las dos manos firmemente aferradas al asiento delantero.

--¿Suele usted hacer largos viajes en autobús?

La mujer le miró completamente anonadada. Y no sólo ella, dos jovenes que escucharon la conversación se giraron curiosos para observarles.

--¿Le pone nerviosa que nos miren, joven?

--No soy joven, abuelo. O quizás sí, comparada con usted, claro. Oigame, sólo quiero estar sóla, déjeme tranquila y búsquese una señora de su edad. ¿Quiere?

--No veo que lleve ningún equipaje para un viaje de estas características. He de decirle que me parece poco prudente.

Suspiró. Ya está. Le había tocado el chalado de turno. No podía ser de otra forma. En ese mismo instante pensó que ese era el castigo divino por faltar al trabajo. Creía en los dioses, sí, ya lo creo que sí. Cuando se trataba de fastidiarla, todo un elenco de dioses hacia su aparición en el monte Sinaí de sus desgracias. Incluía también a los alienígenas. Encuentros en la tercera fase la marcó profundamente.

--¿Y qué clase de viaje cree que es ese?

--Su muerte, por supuesto.

No le dió tiempo a contestarle. El conductor no vió al motorista.Frenó, derrapó, y volcaron. Cuando recuperó la consciencia, el único que podía verla era el viejo.

--¡Joder! ¿Será verdad que he muerto?

--Sí, hija, creo que sí.

--¡Y ahora se enterarán en el trabajo que mentí! ¡Mierda!

--Lo peor es que no lleva usted ninguna muda. Espero que no le hagan esperar mucho antes de darle el paso al Otro Lado.

--Conociendo mi suerte seguro que me hago vieja allí, cosa que no he conseguido aquí... ¿Se refiere usted al Purgatorio, no?

--Bueno, sí. Aunque a mí me recuerda a las colas del ministerio de Hacienda.

--Ya... ¿y también admiten sobornos?

--Así en el Cielo como en la Tierra, querida mía...

La mujer suspiró y miró a su alrededor. Sirenas, ambulancias, el tráfico paralizado, una mujer sosteniendo en alto a un niño. Un hombre intentaba ponerse en pie por sus propios medios.

--¿Soy la única que ha muerto en el accidente?

--Sí, sólo usted.

--Si no fuera tan triste me daría por reír.

--Si lo hace seguro que la miran mal.

--¡Pero si estoy muerta! ¡A quién le va a importar!

--Hija, no está usted sóla en el Otro Lado. Ya se lo he dicho antes: Así en el Cielo como en la Tierra.

La mujer se quedó en silencio durante unos instantes. Luego se volvió triunfal hacia el anciano y le dijo:

--Viejo ¡esfúmate! Soy atea.

--¡También formo parte del Komintern!

La quimera de los sueños


¿Sin luz pueden cumplirse los sueños?

De pequeña creía que los monstruos amenazaban tras la puerta del armario, debajo de la cama, al final del pasillo. Siempre cuando estaba a oscuras.

Hoy sé que mis mejores sueños despliegan su purpurina cuando la luna alcanza el cielo.

Mis demonios son inmunes a la luz. Mis fantasmas me atacan a diario, ataviados de mezquindad, absurdo, desaliento y Muerte.

¿Puede el silencio conjurar la magia necesaria para hacer hablar al corazón?

Hubo un tiempo en el que creí que a través de las palabras podía llegar a entender y hacerme entender por los demás. Espantapájaros de cálidas letras, sílabas, vocablos que ahuyentarían la soledad.

Por el contrario, cada una de ellas se enredó con la anterior, angostas y afiladas, cercenaron brazos y piernas de mi espantapájaros.

Creí que viajando, cambiando de ciudad, también lo haría mi vida. Pensé que el movimiento llevaba implícita la transformación.

Sin embargo, con cada kilómetro recorrido se agrandaba la brecha, esa que partía en dos el espejo en el cual me contemplaba.

Una noche apreté muy fuerte los ojos y me tapé los oídos. El cielo estrellado desplegó su alfombra roja. Mis sueños, abrazados, bajaron de dos en dos los escalones, e incluso algún atrevido se deslizó por la barandilla dorada de latón.

Cada uno de ellos desprendía un perfume inconfundible, un bouquet de olores: "arena-atardecer-playa-helado", "feria de atracciones-fuegos artificiales-verano", "navidades-mazapán-villancicos", "ojos de perro-resina de pino-brisa en el embalse". El olor de los sueños.

Siempre a oscuras y en silencio. Si enciendo la luz el castillo de naipes se derrumba.

Padre

27 oct. 2008



Mi padre murió el 8 de octubre a las nueve de la mañana...Gracias por todo, padre.

Cuando las fuerzas de ocupación entraron en la ciudad, yo ya había muerto. Desecha mi alma en migajas sucias, mojada por la lluvia, ni los pájaros la querían comer. Asemejaba a un borracho ciego, al que su perro lazarillo se le hubiera muerto a los pies.

Hay veces, muchas más veces de las que confesamos a los demás, que desearíamos estar muertos. Y sin embargo, por alguna absurda razón, seguimos en pie, sufriendo.

Hay gente para todo, incluso para salir a recibir a un ejército que acababa de destruir una ciudad a golpe de misil. Algunos, aquel día, se encerraron en lo que quedaba de sus casas, apostillaron las ventanas, y se reunieron en silencio en torno a la mesa del salón. Mientras, las botas de los soldados, pisoteaban con furia mucho más que el asfalto.

Deseaba estar lejos de ese carnaval militar. Formaba parte de los vencidos, como siempre a lo largo de mi vida. ¿Donde refugiarse en una ciudad que ha sido azotada por la guerra? Caminé hasta el cementerio, las verjas estaban destruidas. Nunca fue más fácil entrar en el reino de los muertos aquí en la Tierra. Los pájaros, posados en las ramas de los cipreses, agitaban las ramas convertidos en un viento con plumas. Y mientras, el verdadero viento, exhalaba un trémulo suspiro entre lápida y lápida profanada.

Me senté sobre la piedra fría, con el dedo índice repasé las letras esculpidas del nombre de mi padre. El enemigo a las puertas de la ciudad, y él decidió que era un buen momento para morir. ¿Quién se lo discutiría? Su muerte me despojó de todo el miedo acumulado durante el asedio. Me arrancó de cuajo angustias y cobardías. Me dejó desnudo, con mi tristeza de huérfano vencido.

Padre era un hombre triste, encolerizado con la vida, decepcionado, como si alguien le hubiera engañado para nacer. Por eso su muerte me produjo tanta pena. Lágrimas que arrastraban un lodazal de compasión que prometía enterrarme con él.

Con el paso de los años dejé de oírle reír. Las enfermedades esculpieron su rostro, convirtiéndolo en piedra. Parkinson, demencia, corazón, cataratas, depresión... Cuando murió me esforcé por traer a mi cabeza su risa, en un intento por conservar lo mejor de él, lo mejor de mí.

Me enseñó a leer el reloj, a jugar al fútbol, a nadar, a bailar, a montar en bicicleta aunque él no sabía. Me llevaba los fines de semana fuera de la ciudad, para que conociera algo más que aquella sórdida urbe de cemento. Preparábamos juntos el belén y el árbol en navidad. Cargaba conmigo a cuestas en pleno verano, por un camino de tierra, para llevarme a una pequeña piscina.

Luego nos distanciamos. Peleamos, nos herimos, e intentamos curarnos. Hay palabras que nunca tendrían que ser dichas, que ningún padre o hijo tendría que escuchar.

Me dejó solo muchas veces. Se tapó los oídos para no escucharme, me mostró falsos caminos que se empeñaba en que siguiera, haciendo oídos sordos a mis sueños.

Apareció a mi lado cuando menos lo esperaba, espantó mis miedos ocultándome los suyos, calló para que la verdad no me doliera.

Aquel día, el de la ocupación, supe que mi pena era tan negra porque una parte de mi, se reconocía en aquel hombre. Me sabía como él, y pensaba que mi vida podría convertirse, si no lo había hecho ya, en la suya. Autocompasión.

La muerte de un padre o una madre es como una enfermedad infecciosa. Algo de ella se nos contagia, se convierte en moho creciendo en una esquina de nuestra alma. Se llevan consigo lo mejor que pudimos ser, y lo peor que fuimos.

Me torturé pensando en todo aquello que no debería y sí debería haber dicho o hecho. Mi pena estaba hecha de tópicos, pero eso no le restaba dolor.

El ejército enemigo entró en la ciudad, Padre salió de mi vida. Quizá antes de morir ya lo había hecho, atrincherado en su silencio, en su derrota, dándose antes de tiempo por vencido.

Fue en ese instante cuando sentí un arma apuntándome en la nuca. Fue entonces cuando pensé que morir ante la tumba de mi padre era una amarga ironía. Y pensé que quizá al morir podría volver a verle. Y pensé que la muerte no le habría cambiado la forma de ser, sino lo consiguió la Vida.

Me volví, miré el cañón que me apuntaba y sonreí.

¿Qué puedo decir?

1 sept. 2008

Elbereth entra en casa, deja caer el bolso en la entrada y se asoma al salón, como si en su ausencia alguien pudiera haber entrado y tomado posesión de su hogar. Involuntariamente aguza el oído en busca de ruidos: graves retumbando en las paredes o televisores emitiendo el peor concurso de la tarde.

Después de unos segundos paranoicos, deja escapar un suspiro de alivio. Bueno, casi de alivio. Su pesimismo la obliga a pensar: ¡a ver cuánto dura!.

El calor es un ser vivo, una araña que repta por paredes y techos. Las patas peludas recorren sinuosas su piel, impregnándose de su sudor. Su mordedura contiene el veneno del abatimiento. Elbereth maldice contra el verano estéril que convierte los barrios, los pueblos y las ciudades en desiertos sin un alma que se atreva a cruzarlos.

Elbereth mira de soslayo al pasar delante del espejo. Evita encontrarse consigo misma, esquiva las preguntas sin respuesta que sus ojos reclaman. Enciende el ordenador pero se siente incapaz de escribir. Lee lo que otros han escrito, y se siente una torpe voyeur. Coloca los dedos sobre el teclado y se imagina como una pianista ante una partitura borrada por el agua. No tiene nada que decir.

Se lleva los dedos a la frente, justo entre las cejas, y se imagina abriendose paso con ellos a traves de su piel, de sus huesos, ensuciándose las manos con su sangre, hasta llegar a algún punto que le haga caer inconsciente y quizá no despertar.

Pero rápidamente se arrepiente de pensar así, de forma que agita su cabeza con fuerza, con las dos manos, para colocar todas las ideas absurdas que vagan por ella. Se imagina su cerebro como uno de esos juegos en los que tienes que conseguir que unas bolitas pequeñas encajen en unos huecos diminutos, y que cuando has logrado que una o dos entren, conseguir la tercera significa perder las dos primeras. Y así, una y otra vez.

Concluye --con un suspiro-- que debe tener un fallo genético por pensar tales cosas, algo heredado y no deseado, una deuda que sus padres le hubieran dejado al morir.

De pronto escucha una respiración a sus espaldas, incluso siente que el aire ha rozado su piel y movido uno de sus cabellos. Apenas hay un metro de separación entre esa presencia y ella. Todo su cuerpo se tensa, fijo en la pantalla del ordenador, intentando tomar una decisión más allá de la adrenalina. ¿Acaso no había mirado bien en toda la casa al entrar? ¿Dónde se habían escondido? ¿Se olvidó de mirar debajo de la cama!

Lentamente se gira, segundos en los que es imposible bloquear las imágenes de todos los monstruos que ha conocido a lo largo de su vida. Y allí está, frente a ella, sin moverse, con la cabeza girada a un lado mirándola atentamente. Y piensa: ¿tengo que hablar yo primero, o lo hará ella?

Quedan mirándose durante mucho tiempo, o quizá muy poco, en silencio. La habitación comienza a dar vueltas, el espacio parece haberse doblado sobre sí mismo haciendo perder el norte a todas las brujúlas del universo.

Elbereth tiende una mano para tocar el rostro pálido, encerado, que la mira desde el otro lado. Las lágrimas se han congelado en sus mejillas, o quizá se hayan esculpido sobre su piel hace milenios.

Abre la boca para decir algo, pero vuelve a cerrarla porque... ¿qué decir que no haya dicho ya cien, mil, un millón de veces? Las palabras de su alma están desgastadas, son como papel mojado en una taza de té: la "p" cojea sin su palito, la "s" se desdibuja en su curva para quedar partida en dos. Y así una a una todas las letras del alfabeto se han convertido en ruinas. Una ráfaga de sólida pena la sacude y provoca un escalofrío. Deja caer las manos sobre su regazo, sin apartar la mirada de la otra.

De súbito, la mujer se levanta --una escultura tomando vida-- y se acerca a ella, tomándola entre sus brazos con fuerza. Por unos segundos cree que va a asfixiarla, pero después comprende que sólo prentende abrazarla; no, sostenerla. La mujer la obliga a levantarse mientras sigue sujetándola contra su pecho. Elbereth se queda quieta, con los brazos colgando inertes a los lados, y para su asombro emite un gemido de dolor como si le estuvieran clavando un cuchillo oxidado y sin filo en el pecho.

Inventarse así misma para sostenerse, para no caer. Crear un cuerpo con parte de su alma para que haga lo que ella no puede. Estar frente a frente consigo misma, hablarse como si fuera otra para entender, para resistir.

Elbereth se desprende del abrazo de piedra de la mujer. Delante de sus ojos empequeñece rápidamente hasta convertirse en una pequeña figura que coge entre sus manos. Sin dudarlo, pero sin saber porqué acerca la mujer a su oído, y ésta escala por él con cuidado. Siente sus pequeñas pisadas por su conducto auditivo hasta llegar al timpano. Después retumban sus pasos por el martillo y el yunque hasta llegar al estribo, y una vez allí recorre la cóclea en forma de caracol. La mujer grita su nombre, y Elbereth sabe que se está despidiendo, se va a internar en su cerebro.

Se sienta de nuevo ante el ordenador y escribe sobre lo que la mujer le cuenta desde dentro de su cabeza.


Por un tiempo...

23 jun. 2008


Sólo por un tiempo. No dos, ni tres, sino sólo " un tiempo", estaré un poco menos cerca de vosotros. Hoy, apenas encuentro una palabra para compartir con vosotros, pero sobre ella no hay sombra alguna: GRACIAS.


" Hay que decir adiós a quien siempre se despidió, porque se pasó la vida despidiéndose. Nunca lo hizo de un modo sentimental, apenas dolorosamente; se despedía siempre con la exactitud de un cronista que atrapa el pasado, porque quiere la realidad presente, el germen del futuro. Esta búsqueda del tiempo perdido que ha sido siempre una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente. "

Hermann Broch Adiós a Musil (fragmento)

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16 jun. 2008


Estaba caída en el suelo, desmadejado su cuerpo, apenas con vida, cuando una fuerza ajena a ella la obligó abrir los ojos en contra de su voluntad. Apoyó una mano en el suelo mientras se erguía muy despacio, tambaleante: una torre de marfil a punto de caer.

Una punzada en el abdomen la hizo doblarse sobre sí misma. Posó su mano sobre el dolor, como si así pudiera contenerlo. Y echó a andar.

El corsé de flejes de acero le cortaba la respiración, la pesada falda de damasco negra y su estructura de aros de hierro le impedían andar con soltura. La gorguera alrededor del cuello, era como un manojo de dedos blancos apretando su garganta.

Miró a su alrededor y contempló la ciudad que antaño había sido su hogar. La luz naranja del atardecer caía sobre sus muros de piedra, mostrándole su decrepitud, su ruina. Las calles estaban vacías, las puertas de las casas y los postigos de la ventanas abiertos, golpeados sin piedad por el viento. No se veía un alma viviente.

Alzó la cabeza, y en lo alto de la colina distinguió el majestuoso palacio, con su templete de blancas columnas mirando al mar. Desde allí parecía intacto, una ilusión más.

Una sombra negra pasó veloz detrás de ella, alborotándole el cabello. El dolor se hizo más agudo, y la Dama apretó con más fuerza la herida. Un hilillo de sangre brotó entre sus dedos, y manchó su vestido en su recorrido hasta el suelo. La tierra reseca lo absorbió, como si de agua de lluvia se tratase.

Un cuervo sobrevoló la ciudad por encima de su cabeza, otro se posó cerca de un carromato tirado, y la siguió con la mirada mientras andaba. El más grande se acercó volando, de frente, hacia ella. Al verle, la mujer se quedó quieta, y en el último momento quitó su mano ensangrentada de la herida, y extendió el brazo, ordenándole parar. El animal chilló de rabia, pero retrocedió, y todos los demás levantaron el vuelo para seguirle.

Estuvo a punto de caer, de abandonar el ascenso hasta el palacio, pero distinguió una silueta aguardándola en la entrada, y se obligó a continuar como fuera.

Las majestuosas puertas estaban abiertas de par en par dejando ver el suelo, que era como un inmenso tablero de ajedrez. Brillante, sin mácula, como si la destrucción de la ciudad no le hubiera alcanzado. La mujer se descalzó, y pisó con sus pies desnudos los fríos escaques. La sangre que manaba de su costado manchaba los blancos, se camuflaba en los negros.

El inmenso salón estaba vacío. Podía oír el eco de sus latidos escapando de su pecho, chocando contra las paredes, rebotando contra los espejos rotos, alcanzando la cúpula para descender en picado y volver a su corazón. Al fondo, el trono, acogía una oscura figura.

Llegó a su altura y sus rodillas le fallaron. Se dejó caer, sin fuerzas. Una especie de reverencia.

Un hombre salió de entre las sombras para sostenerla. Otros, dieron varios pasos al frente apareciéndose como espectros, y formaron sendas columnas a los lados del trono.

Rostros serios, macilentos, heridos. Unos tenían cosidos los ojos, otros la boca, otros los oídos.

--Creí que nunca lo conseguirías. Creí que nunca te volveríamos a ver.

--¿Qué pasó con la ciudad? ¿A dónde han ido todos?

--Al estómago de los buitres, allí están todos.

--¿No pudisteis hacer nada por evitarlo?

--Resistimos. ¿Aún te parece poco?

La mujer se acercó a la Dama. Con un gesto imperceptible, mandó apartarse al hombre, la cogió por la cintura, y la ayudó a subir al trono.

--Puedes quitarte la mano de la herida. Ya no sangrará.

La Dama obedeció sin pensárselo, y miró sin asombro como la herida se cerraba.

--¿Qué nos venció, Madre?

--La Ira. El Miedo. La Tristeza. El Rencor.

--¿Qué les pasó a tus caballeros?

--Me pidieron que les mutilara. De esa forma, no pudieron oír las infamias, ni herir con palabras, ni ver la maldad en los rostros y en los espejos.

La Dama miró compasiva a los hombres que la rodeaban.

--¿Y ahora qué?

Los hombres se alejaron hacia los ventanales, y descorrieron los espesos cortinajes que los cubrían. El sol del atardecer bañó tibiamente el salón. El viento trajo consigo el olor de los bosques ancianos, vislumbró el mar a lo lejos, con gaviotas llegando a puerto.

--Ahora, has vuelto al hogar.

¿Cuándo volveremos a casa?

9 jun. 2008

Estaba en su habitación jugando, sentada en el suelo rodeada de sus muñecos de peluche, leyéndoles un cuento. La puerta estaba cerrada, aún así, oía la televisión en el salón: algún concurso mantenía hipnotizados a sus padres.

Se levantó y miró a través de la ventana. Se agotaban las horas de vida de la tarde. Un viento alado había arrastrado consigo cúmulos de nubes hasta cubrir el cielo, amenazando a lluvia. Desde allí podía distinguir, al fondo de la avenida, el zoológico, a punto de cerrar sus puertas a las visitas. Era el momento perfecto.

Con gesto serio, se puso su chubasquero chillón y sus botas de agua. Fue a la cocina e improvisó un bocadillo de pan bimbo y nocilla. Dejó el cuchillo manchado sobre la encimera, pero el bote lo tapó con cuidado y lo colocó en la alacena. Fue hasta la entrada casi de puntillas y desde allí, gritó:

--¡Mamá, voy a la tienda a comprar palomitas!

La madre no contestó hasta que el concursante no dio una respuesta.

--¡Vale, pero no tardes mucho! ¡Y sólo hasta la tienda!

La niña bajó por las escaleras contando uno a uno los escalones. Al llegar al portal se preguntó que pasaría si un día el número no coincidiera. Se encogió de hombros y se dirigió con pasos rápidos al semáforo de la avenida, en dirección contraria a la tienda de palomitas.

Justo cuando iba a cruzar el semáforo cambio de rojo a verde para los coches. Todos los que estaban a su alrededor cruzaron, pero ella se quedó al borde de la acera, muy quieta, sola. Se sintió triste, y se maldijo por ser tan miedosa y no haber cruzado corriendo como los demás. No tenía mucho tiempo, y la espera la ponía nerviosa. No sintió la sombra que la observaba, justo detrás de ella.

Mientras esperaba, finas y tímidas gotas de lluvia comenzaron a mojar su chubasquero. Cuando finalmente pudo cruzar lo hizo casi a la carrera, y no paró hasta llegar a la puerta del zoológico. En ningún momento durante aquel camino fue sola, aunque ella no se dio cuenta. El guardia de la entrada la miró de reojo, pero no le dijo nada. Quizá pensó que sus padres estaban ya dentro, o quizá pensó que iban detrás.

Caminó sin titubeos hasta llegar al recinto de los gorilas. Las nubes habían espantado a los pocos visitantes que aún quedaban rondando, y no tuvo problemas para sentarse en un banco frente a ellos, y contemplarles en silencio.

--¿Cuándo nos iremos a casa? Les preguntó en voz baja. Uno de ellos, el más grande y viejo, se giró para mirarla, como si la hubiera escuchado, como si la hubiera entendido.

En ese momento alguien se sentó a su lado. La niña se envaró, atreviéndose sólo a mirar de reojo.

--¿Vienes mucho por aquí?

La niña no respondió, siguió mirando al frente, haciendo caso omiso de la pregunta.

--Yo vengo a veces. Te he visto más de una vez. ¿Nunca vienes con tus padres?

La niña miró los zapatos sucios de barro, e hizo una mueca de desagrado.

--Llevas los zapatos manchados.

El niño se echó a reír, contento porque ella se hubiera decidido a hablar.

--¡Demasiados charcos en el camino! Los tuyos en cambio están muy limpios...

La niña asintió, mientras sacaba su bocadillo de nocilla del bolsillo.

--Mi madre me regañaría si me los ensuciara. Tengo cuidado.

El niño asintió comprensivo, los dos se quedaron en silencio mirando a los gorilas.

--No me gustan los zoos.

La niña le miró muy seria y asintió.

--A mí tampoco.

--¿Y porqué vienes entonces?

--¿Y tú?

--Yo sólo vengo porque vienes tu.

La niña agrandó los ojos sorprendida. Con gesto torpe le ofreció la mitad de su bocadillo. El niño al cogerlo rozó con sus dedos, por un instante, su frágil manita.

--Me siento menos sola con ellos que en casa.

La confesión le pilló con la boca llena, y no pudo contestarla. La niña le miró y se echó a reír.

--¡Tienes la boca manchada!

El chico se sonrojó y se limpió con la manga. La niña se levantó y le preguntó:

--¿Quieres verles de cerca?

--Lo que tú quieras.

Llegaron hasta la barandilla y los contemplaron durante un buen rato, callados. Cuando se es pequeño no hace falta rellenar con palabras el silencio. Comenzó a llover más fuerte. Él se quitó la chaqueta del colegio, y la utilizó como paraguas por encima de sus cabezas.

--Tengo que irme, es muy tarde.

El chico asintió, miró al cielo y vio los nubarrones de tormenta.

--Será mejor que corramos o nos mojaremos.

Y en algún momento de aquella fugaz carrera, las manos de los dos niños se encontraron y no se soltaron hasta llegar a la salida.

El muchacho la acompaño a casa, y todos los semáforos del camino los encontraron abiertos, aguardándoles. Una vez en el portal, no supieron que decirse. El muchacho miró la punta de sus zapatos, y la niña como corría el agua por su pelo mojado.

--¿Te veré mañana?

El chico levantó la cabeza con una sonrisa.

--Me verás siempre que quieras.

Y sin saber cómo, se acercaron tanto, tanto, que sus labios se besaron. Ella echó a correr precipitadamente por las escaleras, y él se quedó en el portal hasta que oyó como cerraba la puerta.

En el zoo, el gorila más grande y viejo, se sentó en medio de su jaula y dejó que la lluvia lo empapará. Soñó que había vuelto a casa.

La aguja...

4 jun. 2008


Bajó las persianas de golpe, impidiendo que entrara un sólo rayo de luz de luna. Apagó la luz de la mesilla y se arropó, hasta casi taparse la cabeza. Dio unas cuántas vueltas, mientras esperaba que llegara el sueño, y fue en una de aquellas vueltas cuando notó el pinchazo en la pierna.

Al principio no le dio importancia. Se palpó la piel, sin hallar nada. Dio otro giró y se puso bocarriba. El sueño le esquivaba esa noche. Paciencia.

Diferentes imágenes del día se sucedieron en su mente, como una película a más velocidad de la debida. Y entonces, lo vio. Allí estaba. Su madre de visita en casa. Colocándole la ropa, descubriendo una camisa sin botón, sentándose en la cama para coserlo de nuevo.

Vio la lengua de su madre humedecer el hilo para hilvanar la aguja, las puntadas enérgicas y rápidas, las vueltas finales entorno al botón, los dientes rompiendo el hilo. ¿Y la aguja? ¿Qué había hecho con la aguja?

De un salto se incorporó en la cama. Encendió todas las luces de la habitación y apartó bruscamente las sábanas. Linterna en mano, comenzó a buscar la aguja.

Mientras buscaba minuciosamente, el corazón comenzó a golpearle el pecho como boxeador furioso contra su saco de entrenamiento. Sintió una sofocante oleada de calor. Tuvo que levantar la persiana y abrir la ventana.

Al poco, estaba helado. Se puso un jersey y siguió buscando. A ratos sudando, a ratos tiritando.

Sólo después de haber mirado hasta en los dobleces de la almohada, se tranquilizó. Bebió un vaso de agua y se metió de nuevo en la cama.

A punto estaba de dormirse, cuando un pinchazo en la rodilla lo despertó.

De un brinco encendió la luz, y se miró atentamente. Nada, no vio nada. Y entonces lo supo.

La aguja se había clavado en su piel y, en aquellos mismos instantes, recorría su torrente sanguíneo. Era cuestión de minutos que llegara a su corazón y lo matara. Comenzó el ataque de ansiedad.

Solo, en casa, de madrugada. Si salía corriendo hacia el médico precipitaría su final. Tenía que permanecer quieto. Y llamar por teléfono. Y hacerse un torniquete en la pierna. ¡Eso!

El teléfono de urgencias comunicaba.

Se tumbó en la cama con cuidado, sosteniendo la pierna muy tiesa. Marcaba una y otra vez el teléfono del médico. Gemía, lloraba, pero de eso ni se dio cuenta.

Luego vino lo peor. Sintió un pinchazo en la otra pierna. Su grito de angustia despertó al vecino, que golpeó la pared enfurecido.

¿Y ahora qué? ¿Dos agujas? ¡Imposible! ¿Podría haberse ido de una pierna a la otra?

Sollozó. Las lágrimas le nublaron la vista, los mocos le mancharon la camisa. Iba a morir.

--¿Que hago, que hago, que hago?

Se aferró en vano al teléfono. Saltó un contestador que le sugirió que permaneciera a la espera. El estómago se le contrajo en un pinchazo. ¡Tenía que hacer algo!

Se calzó. Se puso el abrigo encima del pijama y salió corriendo, en medio de la madrugada, mientras el abdomen le daba otro pinchazo. Entonces supo que no llegaría a tiempo.

Se dejó caer en la sala de urgencias con la mano en el pecho, mientras intentaba recuperar el aliento. El corazón sufrió uno, dos, tres pinchazos. Perdió el conocimiento.

Al despertar, una enfermera se colocó a su lado y le tomó el pulso. Sin dirigirle la palabra salió de la habitación. Al poco volvió a entrar acompañada de un médico circunspecto.

--¿Me encontraron la aguja?

--No. No hallamos en la exploración ningún cuerpo que le produjera esos pinchazos.

--¿He sufrido un ataque al corazón?

--Tampoco. Su corazón resistió.

--¿Entonces, que hago aquí? ¿No pensarán que estoy loco?

--No. No lo pensamos.

El silencio se adueñó de la habitación. La enfermera le pinchó en el brazo y la oscuridad se hizo de nuevo.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza. La venda seguía en su pierna, haciendo de torniquete. La alarma del reloj sonó. Hora de ir a trabajar.

Quizá la aguja se había atascado en alguna vena y había salvado la vida.

¿Cuántas veces?

30 may. 2008

Rojo y Negro

Cerró los ojos, adormecida por el rítmico vaivén del carruaje. Su cuerpo se dejaba llevar de un lado a otro, amoldándose a las sacudidas producidas por los accidentes del camino: pequeñas piedras, leves hondonadas, charcos, y los tirones de los caballos causados por el látigo del cochero.

Se quitó el sombrero que adornaba su cabeza y lo posó sobre sus piernas. Mientras, dejó exhalar un tenue suspiro. Las meriendas a la hora del té en casa de las vecinas eran agotadoras. Intentaba concentrarse en su charla, monótona, sobre hijos, maridos, visillos y encajes. Imposible. Sus ojos terminaban desviándose --inevitablemente-- a la estantería, donde se hallaban los únicos libros de la casa. Achicaba los ojos para descifrar las letras doradas que brillaban en sus lomos. Libros olvidados, cubiertos discretamente de polvo. Un recurso decorativo y de ostentación más.

Una vez tuvo el desatino de interrumpir una conversación para preguntar si alguna había leído a Stendhal. El silencio fue más elocuente que cualquier respuesta. La anfitriona se quedó con la tetera a medio camino de la taza, su hija se ruborizó ante el descaro e inoportunidad de la pregunta, y a su espalda escucho risitas mal disimuladas.

Nunca más volvió a preguntar. Su papel en esas reuniones se redujo a llevar el peor plumcake que ninguna hubiera probado jamás. Permanecía durante una hora o dos, absorta, mirando por la ventana, ajena a sus parloteos. Lejos, muy lejos de allí.

Cualquier detalle la salvaba del hastío. Los niños jugando al escondite entre las sábanas tendidas, los pájaros agitando las copas de los árboles centenarios, una pequeña abeja revoloteando sobre una flor. Todo valía para mantenerse despierta.

Ahora --a solas en el carruaje-- se preguntaba desde cuando había empezado a sentirse tan perdida. ¿Cuánto hacía que había dejado de reconocer su propia voz cuando se dirigía a los demás? ¿Desde cuando el espejo le devolvía el rostro de una desconocida?

Llegó a casa cansada, avergonzada por su laxitud nacida de la indolencia, de la aceptación pasiva a llevar una vida que despreciaba. Dejó caer su capa en la entrada, y se asomó tímidamente al salón.

Su madre se había quedado dormida en la mecedora, con la costura en el regazo. La casa estaba impregnada por el olor acre de la madera, el pastel de carne en el horno, y un tibio perfume a lavanda. El hogar.

Se sentó en silencio frente a su madre, e intentó imaginarse cómo sería a su edad. Levantó la mano a la altura de sus ojos, y contempló cómo se marcaban las venas, la transparencia de su piel. "Soy un fantasma", pensó. Tuvo la certeza de que podría desvanecerse allí mismo, sin dejar tan siquiera, una mancha en la alfombra. ¿Cuántas veces había hecho ese mismo gesto y había pensado exactamente lo mismo? ¿Qué tipo de rueda malévola la obligaba a vivir de esa forma?

La cena se produjo de la forma habitual, cada una de las mujeres ocupando un extremo de la mesa. ¿Cuántas cucharadas de sopa se podían tomar en completo silencio? ¿Cuantos vasos de agua?

Al término de la cena, despidió a su madre en la escalera con un casto beso de buenas noches. Por un momento, se quedó allí quieta, sin saber muy bien qué hacer. Y ese momento se estiró, transformándose en largos minutos, mientras contemplaba absorta su rostro en el espejo. La sacó de su ensimismamiento la criada, que confusa y sorprendida, la encontró allí parada, sin hacer nada.

Se ruborizó sensiblemente, y salió apresuradamente al jardín.

Se había levantado un viento frío que parecía querer arrastrar con él todas las estrellas del firmamento. Se sintió vulnerable, como cáscara de nuez a la deriva en un riachuelo. Flotando sólo por estar hueca.

Echó a andar unos pasos, y se volvió para contemplar, con cierta distancia, la casa.

La ventana de su madre se hallaba a oscuras, en la cocina se vislumbraba una tenúe luz. Desde las cuadras le llegó el relinchar lejano de su yegua.

¿Qué es lo que esperaba de su vida?

De pronto, oyó un ruido a sus espaldas. Ramas que crujían, hojas secas aplastadas, unos pasos veloces que corrían hacia ella. Resbaló y cayó al suelo.

Y después, la nada.


Una oportunidad...

18 may. 2008

James Jean

A veces la Vida se cruza abruptamente con nuestra pequeña vida diaria. Es entonces cuando tenemos la oportunidad de cambiar las cosas, o de seguir dejándolas como estaban. Eso es lo que ocurrió aquella tarde, o eso es lo que quiero creer.

Era viernes, por fin. Todos salían del trabajo como si fueran presos fugados. Me vi expuesto a empujones, pisotones, y quejas por mi ritmo lento. No me importó.

Un hombre ciego intentaba buscar la salida, mientras, tres o cuatro personas le esquivaban y le adelantaban corriendo. Todos los días igual. Corredores sin podium, en una febril carrera para alcanzar un tren, un metro, un autobús. Un hombre casi se cae por las escaleras, tropezó con sus propios pies, como un bailarín demasiado viejo para llevar el paso. Una madre casi arrastraba a su hija de la mano, obligándola a ir más deprisa de lo que sus menudas piernas podían. Los ojos de la pequeña tenían las pupilas dilatadas, metía los pies para adentro al andar, y su pequeña mochila estaba a punto de descolgarse de sus hombros.

Ninguno era consciente de que nuestra vida se quedaba atrás mientras corríamos.

El tren estaba en el andén, aguardando: una bestia con la boca abierta, engullendo personas. No me apresuré, podía esperar al próximo. Sonó el pitido de aviso, las puertas iban a cerrarse. Pero no lo hicieron. Y me encontré delante de ellas, dudando sobre si subir o no.

Aquel instante marcó la diferencia. Un segundo después, adelanté mi pie derecho y entré en el vagón junto con el resto. Inmediatamente después, las puertas se cerraron. Entré por mi propia voluntad.

El vagón estaba hasta arriba. El maletín pesaba, había sido un error traerlo conmigo, pero ahora no tenía sentido lamentarse.

Un hombre mayor iba de pie, sujeto a una de las barras, ya nadie cedía el asiento. La mujer y la niña que me habían adelantado un momento antes, estaban en un rincón, rodeadas de gente. La pequeña se agarraba a las piernas de su madre. Cerré los ojos e intente controlar mi respiración. El olor a sudor, a colonia barata, el aliento de un hombre sobre mi nuca, la tos de la mujer con los labios pintados de rojo, la conversación interminable de dos adolescentes sobre ropa, la música saliendo de los auriculares de un oficinista de traje aparente y zapatos baratos. Todo hacía de aquel vagón una trampa sin salida.

De pronto, el tren frenó en seco. Las luces parpadearon, volvieron a lucir, para un segundo después apagarse definitivamente. Las voces se silenciaron de golpe, como si alguien hubiera puesto una mano sobre todas las bocas. Después, alguien gritó, y a ese grito le sucedieron todo tipo de exclamaciones y preguntas retóricas. El pánico se adueño de esos pocos metros cuadrados, sacudiendo de punta a punta el vagón.

Las luces de emergencia se encendieron, una luz mortecina iluminó los rostros asustados, deformados por la misma mueca de horror e incomprensión.

Un grupo de jóvenes tiró de la alarma, otros intentaron romper los cristales y abrir las ventanas. Yo permanecí quieto, mirando todo lo que ocurría a mi alrededor, como si se tratara de una escena de teatro, irreal, onírica, una pesadilla en color sepia.

Y entonces ocurrió. El hombre mayor se desplomó a mis pies. No sé como, pero todos consiguieron apartarse en un instante y el hombre cayó al suelo. Nos quedamos mirándole: muy quietos, sin movernos, temiendo tocarle. Una mujer se arrodilló a su lado e intento tomarle el pulso. Estaba a la altura de mis rodillas, y entonces lo vio: mi maletín.

—¿Usted es médico? ¡Su maletín, ahí pone que lo es!

Miré el maletín horrorizado. Negué con la cabeza lentamente, incapaz de articular palabra.

—¡Pero que le pasa? ¡Tiene que ayudarle! ¿No va a hacer nada?

Me arrodillé junto al hombre, cogí su muñeca entre mis dedos y le tomé el pulso.

—Vive.

—¿No puede hacer algo? ¡Usted es médico!

Todos me miraron con reproche, sentí una ansiedad aplastante oprimiéndome el pecho. Tuve ganas de llorar, pero lo que hice fue abrir el maletín y sacar el estetoscopio. Escuché el débil corazón del hombre latir. ¿Y ahora qué? El hombre abrió los ojos muy despacio. Estaba pálido y un sudor frío le recorría la frente.

—¿Cómo se encuentra?

El hombre me miró, apenas pudo balbucear una respuesta.

Sentí sobre mi nuca un cosquilleo, las miradas de todos esperando mi diagnóstico.

—Es sólo un mareo, una bajada de tensión. No tiene de que preocuparse.

Eché un vistazo al maletín y saqué una pastilla pequeña.

—Póngala debajo de la lengua. En pocos minutos se encontrará bien, se lo aseguro.

El olor agrio del miedo envolvía al vagón, ajadas vendas que cubrían el rostro de una momia. Miré a los que me rodeaban y supe lo que tenía que hacer. Me levanté, cogí aire y lo exhalé con lentitud. Con gesto sobrio, elevé la voz para que pudieran oírme.

—Por favor, escúchenme, soy médico. Necesito que dejen sentarse a los mayores, las mujeres embarazadas y a los niños. Los demás intenten colocarse de forma ordenada, sin estorbarse unos a otros. Necesito líquido para este hombre, cualquier bebida me servirá. Dos o tres de nosotros, se encargarán de ir abriendo las ventanas de emergencia. Intenten contactar con el exterior a través de sus móviles, si conseguimos noticias, estaremos más tranquilos.

Y me hicieron caso, me escucharon y obedecieron. Si hubiera dicho que era electricista o vendedor de seguros todos hubieran puesto en tela de juicio mis palabras. Pero era médico, un hombre que salva vidas. Necesitaban que alguien les salvara.

Una chica me acercó una botella de agua que dimos de beber al hombre. Le incorporé con cuidado, y la tomó a pequeños sorbos. El hombre me sonrió, agradecido.

—He tenido mucha suerte. ¡Un médico en mi vagón!

Le quitamos la chaqueta y le desabrochamos la camisa. El resto del vagón se había colocado tal y como les dije. Alguien consiguió contactar con el exterior y nos dijo que los bomberos estaban de camino, no había de que preocuparse. La gente sacó comida y botellas de agua que llevaban. Sentaron a los más débiles, y entre los demás se hacían turnos para permanecer de pie. Se escuchó a alguien hacer una broma y todos rieron. Nerviosos pero rieron.

Pasó una hora y cuarto hasta que nos sacaron de allí. Había sanitarios esperando en los andenes. Al primero que atendieron fue al hombre mayor. Me escabullí en silencio, aprovechando la confusión. Oí a mis espaldas cómo me llamaban, pero apresuré el paso y me marché a toda prisa de allí.

Llegué a casa y antes de meter la llave en la cerradura, mi mujer abrió la puerta.

—¡Estaba tan asustada! ¿Dónde has estado? ¿Qué te ha pasado?

Pasé por su lado y me quedé mirando la pantalla del televisor. Emitían en directo desde la estación de metro. Estaban entrevistando al hombre mayor. Decía que un médico le había salvado la vida. Todos hablaban de mí.

—¿Me haces un favor, querida? Guarda el maletín de mi padre.

—¿Te lo has traído contigo al final?

—Le traía demasiados recuerdos a mi madre. Esta tarde me pasé a recogerlo, por eso me he entretenido. Mi madre se puso a hablar de él, ya sabes.

Mi mujer se llevó el maletín y yo me dejé caer en el sofá delante del televisor. Mi padre había muerto hacía dos semanas. Siempre quiso que fuera médico, como él. Por una hora y cuarto lo fui.

Ha pasado un año desde aquel incidente. Ahora, la vida me espera cada vez que corro para llegar a la universidad de medicina desde el trabajo.

Dentro de mí misma...

10 may. 2008

Castillo de la Orden Calatrava-Teruel

No sé que tendría que haber hecho o dicho aquella noche para que nada de aquello hubiera sucedido. Quizá hubiera dado igual, quizá era algo que estaba escrito con cincel en el alma pedregosa de la Vida.

La noche se me echó encima mientras conducía. Llamé al hotel, pero la cobertura iba y venía, y todos mis intentos fueron en vano. A veces parecía que descolgaban, pero la electricidad estática se adueñaba de las ondas y nunca pude hablar con ellos. Paré varias veces en el arcén de la carretera para mirar el mapa, la luz interna del coche se fundió y terminé leyendo la guía con una linterna.

Se levantó un viento huraño, que zarandeaba el coche si superaba los cien kilómetros por hora. Apagué la radio, aferré el volante con las dos manos, y puse el teléfono en manos libres. Estaba segura que me llamarían en cuánto vieran que me retrasaba.

Nadie llamó. Quizá tampoco tenían línea. A lo lejos empecé a ver los relámpagos de una tormenta. Los truenos todavía no se oían, eso era buena señal.

Al doblar una curva estuve a punto de morir. Un perro se cruzó en mi camino y giré el volante bruscamente para no atropellarle. Afortunadamente, un quitamiedos me evitó caer por una pronunciada pendiente. Me baje del coche para ver los daños: un lateral abollado y un faro roto. Estaba agachada, cuando oí su respiración. Lentamente levanté la cabeza, y apenas a medio metro, estaba el animal. Me miraba desde unos ojos negros, profundos, tristes. Tan tristes que de pronto —como si se tratara de un repentino estornudo— tuve ganas de llorar. Y lloré.

Lo achaqué al accidente, a los nervios por haberme perdido, a la noche y su tormenta.

Alargué mi mano para acariciarle, y se acercó unos pasos, con cautela. Me olisqueó tímidamente, y decidió que podía fiarse. Terminé abrazándole y rascándole detrás de las orejas.

—De buena te has librado, amigo. He estado a punto de atropellarte. ¿De dónde sales tú?

No vi el relámpago, el trueno me sobresaltó, e hizo huir al perro a la carrera sin darme tiempo a sujetarle. Empezó a llover, gotas gordas cayendo furiosas unas sobre otras. Estuve llamando al perro durante un rato, pero no volvió. Tomé la decisión de seguir adelante. Sabría cuidarse, seguramente mejor que yo.

Cuando, finalmente, atisbé las luces del hotel, exhalé en un suspiro el aire que había estado conteniendo durante horas.

Saqué la maleta, subí por las escaleras de piedra mojada que conducían al Castillo de la Orden Calatrava, y entré en la recepción dejando un rastro de agua a mi paso.

—Buenas noches, tengo una reserva. Y me están esperando.

El recepcionista ni me miró, cogió mi documento de identidad, y comenzó a teclear rápidamente en el ordenador. Mientras tanto, me alejé del mostrador y vi a través de unos cristales la cafetería del hotel. Allí, de espaldas, hablando animadamente estaban los míos. Sonreí al verles e iba a encaminarme hacia ellos cuando escuché la voz del hombre detrás de mí.

—No hay ninguna reserva a su nombre, señora.

En un primer momento no supe qué decir. Fruncí el ceño, y sentí como mi corazón tardaba dos segundos de más en dar el siguiente latido.

—Eso es una equivocación. Mis familiares están en la cafetería, los acabo de ver. Por favor, vuelva a mirar. Yo iré a avisarles y todo quedará aclarado.

—Ya lo he comprobado, más de una vez. Le ruego que no intente entrar en la cafetería, es sólo para clientes alojados en el hotel, y no es su caso.

—¡Le digo que tengo una reserva, y que esos de ahí son mis familiares! Voy a llamar ahora mismo por teléfono, y quiero hablar con su superior.

El recepcionista se encogió de hombros y salió por una puerta trasera. Comencé a rebuscar nerviosa en mi bolso, hasta dar con el teléfono móvil. Cuando lo encontré, me quedé mirando la pantalla durante unos segundos. No tenía ninguna llamada perdida, ningún mensaje. Nadie había intentado ponerse en contacto conmigo. ¿No era extraño? Me había retrasado dos horas en una noche fría, lluviosa, y con tormenta. Sin embargo, nadie había intentado localizarme para saber si me encontraba bien.

Mi corazón nuevamente se detuvo. Puede que ahora fueran más de dos segundos, quizá tres, los que tardó en volver a latir.

Marqué el número en el teléfono, dio señal y suspiré de alivio. Un tono, dos tonos, tres, cuatro… saltó el contestador automático. No era posible. Volví a intentarlo. Mi corazón se había desbocado. La incertidumbre anterior se había transformado en pánico, los latidos se atropellaban unos a otros, bombeando demasiada sangre.

Un ruido a mis espaldas me obligó a girarme con el teléfono todavía pegado a la oreja. El recepcionista estaba acompañado de dos hombres más. Uno era un guardia de seguridad que tenía mi maleta en la mano.

-¡Qué demonios están haciendo! ¡Suelte mi equipaje ahora mismo!

El más mayor se dirigió a mí, con fingido aire de tranquilidad y mucha suficiencia.

—Señora, cálmese por favor. Debe haber cometido usted un error. No tenemos ninguna reserva a su nombre. Además, ante su insistencia, he hecho que nuestro recepcionista entrara en la cafetería y preguntase si había algún familiar de usted, o si alguno de los presentes la conocía. No ha sido así.

Miré al recepcionista que me había atendido, me sonrió. Tuve ganas de pegarle un puñetazo en la cara. ¿Cómo era posible que nadie me conociera? ¡Yo misma los acababa de ver en la cafetería! ¿Me habría equivocado? Me giré hacia la cafetería, pero el guardia de seguridad fue más rápido.

—Insisto, señora, si nos crea problemas llamaremos a la policía. Nadie la conoce en este hotel, y no tiene ninguna reserva. Quizá se haya equivocado de hotel. El vigilante la acompañará a la salida. No deseamos ningún escándalo.

Dio media vuelta, el recepcionista le siguió. Me quedé allí, a solas con el hombretón de seguridad. No entendía nada.

Bajé las escaleras, como sonámbula. El hombre me acompañó hasta el coche, dejando la maleta a mi lado.

—¿Se encuentra bien?

No. No me encontraba bien, por supuesto que no. Me eché a llorar delante de él, creando una situación embarazosa.

—¿Tiene algún lugar a donde ir? Si lo desea puedo recomendarle otros hoteles cercanos donde, quizá, puedan alojarla…

Negué con la cabeza. Le di las gracias, y me metí en el coche a oscuras. ¿Qué estaba pasando? Sentí una presión aplastante en el pecho, aún tenía el móvil en la mano. Volví a marcar: un tono, dos tonos…

—¿Sí, dígame?

¡Por fin!

—¡Eres tú! ¡Dios mío porqué no cogías el teléfono! ¿Dónde te habías metido? ¡Oh, creí que me había vuelto loca! Estoy fuera del hotel, metida en el coche, no me dejan entrar…

—Disculpe, ¿con quién estoy hablando?

Silencio. Ahora sí, ahora mi corazón se paró.

—Soy yo…

—Creo que se ha equivocado, señora.

Clic. La comunicación se cortó. Me quedé mirando la pantalla, absorta, hasta que una lágrima cayó sobre el teclado y pensé —ridículamente— que el agua podría estropear el teléfono. Salí del coche y dirigí mis pasos hacia la parte trasera del hotel, al aparcamiento de clientes. Estaba buscando su coche.

Entonces lo vi: el perro de la carretera. Estaba junto a un hombre mayor, de barba gris y larga. Parecía un vagabundo. Los dos me miraban fijamente, y tuve la certeza de que me estaban aguardando.

Al llegar a su altura, el hombre vino hacia mí y me abrazó. Rompí a llorar como si fuera una niña en su primer día de colegio. Cerré los ojos, y a mi mente acudieron todo tipo de imágenes desconocidas que parecían recuerdos. Recuerdos que nunca había vivido: habitaciones vestidas con estanterías de libros viejos, una pipa de fumar, un sillón de orejas gastado, madera ardiendo en la chimenea, paseos al atardecer, cuentos leídos en voz baja antes de dormir. Vi un hogar, me vi sonreír, no era yo, pero quisiera haberlo sido.

El anciano me susurró quedo al oído:

—Tienes que volver…

—¿A donde?

—Dentro de ti. Coge las escaleras que conducen allá abajo. Y baja, baja, baja. Hasta que llegues, hasta que te encuentres.

El hombre se desprendió de mi abrazo, y se marchó. Quedamos el perro y yo.

Y entonces lo hice. Me metí dentro de mi misma, como una tortuga en su caparazón. Busqué entre mis pulmones, el corazón, y el cerebro. Allí estaba, así que bajé aquella escalera de caracol que rodeaba mis costillas.

Frente a frente..

26 abr. 2008


El hombre está sentado sobre la copa pelada de un árbol muerto, a cientos de metros de altura. Está rodeado por las estrechas paredes de un cañón de arenisca rojiza. Tiene el torso desnudo, brillante, expuesto al sol que se alza sobre el desierto sin vida.

En frente de él, en otro árbol, está la bestia. Los ojos inyectados en sangre, la lengua colgando a un lado, salivando sobre el rostro de ella. Su aliento apesta, sus colmillos están amarillentos y entre sus otros dientes asoman pequeños trozos de carne de su última presa. Ella yace inconsciente, doblado el cuerpo sobre el tronco blanco.

El tiempo los ha congelado en esta escena. Esculturas de piedra caliza, atrapadas en un instante de vida, de muerte. El sol no calienta, el viento no gime, el silencio no suena. Decorado de cartón piedra.

El hombre está inmóvil, alrededor de su cuello cuelgan larguísimos collares de semillas que llegan hasta el suelo. Sin que mueva un sólo músculo de su cuerpo, los collares se alzan de las profundidades en una espiral silenciosa, obedeciendo una llamada atávica.

Buscan a la bestia. La ascensión es rápida y silenciosa. Cuando llegan a la altura de su rostro, levitan sinuosos, como serpientes alrededor de su presa.

El monstruo levanta los ojos de la mujer y les mira de frente. Se enroscan alrededor de su cuello y le ahogan. Después le arrastran al vacío y dejan caer su cuerpo, que revienta contra el suelo.

El hombre llama a sus collares con un pequeño y suave silbido. Estos se giran, penden en el aire, rodean la cintura de la mujer, y la llevan volando hasta depositarla en sus brazos.

El hombre, delicadamente, apoya su frente sobre la de la mujer. Sus labios rodean el contorno de su boca, antes de regalarle su aliento. El beso llena de aire sus pulmones y la despierta. El tiempo vuelve a detenerse, convirtiéndolos en estatuas de cera.

Con mis propias manos...

25 abr. 2008


Comienzo a cavar. Hundo la pala en la tierra seca, apoyo el pie en el canto, y empujo. El esfuerzo apenas da resultados.


Aún así, continuo.

Una y otra vez empuño la pala como cuchillo para hendir la tierra.

Mi determinación es mi única salida.

El graznido de un cuervo me interrumpe. Levanto la cabeza, y sigo su vuelo. Viene directo hacia mí, surcando el páramo helado. Pasa rozandome el pelo.

A mis espaldas, un árbol proyecta una sombra famélica. De tronco reseco y ramas frágiles, a punto de troncharse, último baluarte de la vida.

El cuervo se posa sobre él. Y después, un segundo. Y un tercero. Y el resto de la bandada viste de negro el árbol.

Me miran fijamente, con movimientos espasmódicos de la cabeza. Decido sacar un pañuelo y vendarme los ojos.

A ciegas sigo cavando. La pala resbala de mis manos a causa del sudor. Me seco en los pantalones. Y sigo. Sigo. Sigo.

No hay sol, tampoco luna, que me diga en que momento del día o la noche estoy. Sólo la bruma reptando a pocos centímetros del suelo.

De pronto, la pala golpea algo. Paro, me quito la venda y miro aquella tumba que he cavado.

Con mis propias manos aparto los últimos montículos de tierra. Allí está. Es mi cara, mirándome con los ojos abiertos.

Estoy muerta y enterrada. Sujeto mi propia cabeza entre las manos. ¿Cómo he llegado hasta ahí?

—¿Necesitas ayuda?

Miro hacia arriba y veo a un hombre con mi pala en la mano.

—¿Quién eres?

—El desenterrador.

—Llegas demasiado tarde.

—Yo creo que no.

—Mira, acabo de hacer tu trabajo.

—Pequeña, mi trabajo eres tú.

Es cosa de dos...

22 abr. 2008

Las luces de la feria compiten jubilosas contra el brillo de las estrellas de verano. Es su primera cita.

En vano se esfuerzan por disimular su inquietud. Esquivan los silencios como si fueran estocadas de un acero mortal. Ambos tropiezan una y otra vez con las palabras: interrumpiéndose, comenzando a hablar al unísono, excusándose con carcajadas nerviosas.

—Tu primero.

—No, tú, por favor.

Y de nuevo se atropellan, se miran y ríen avergonzados.

El chico compra unos helados. Recorren la feria lentamente, esquivando con cuidado a los niños y sus padres. Él la mira a hurtadillas. Intenta controlar los latidos desbocados de su corazón. Teme decepcionarla. Su orgullo le impide demostrarse demasiado solícito. O quizás sea su miedo. Sus ojos y su voz le perturban.

Ella ha dejado caer todas sus preocupaciones cuando dobló la esquina y le encontró esperándola. No son sólo las mariposas en el estomago, ni las pupilas dilatadas, ni la voz que a veces le tiembla. No. Es esa sonrisa bobalicona que se ha adueñado de su labios nada más verlo.

La noria se alza por encima del resto de atracciones. Los dos se quedan mirándola en silencio.

—¿Te dan miedo las alturas?

El chico se encoge de hombros.

—¿A ti te gustan?

Ella sonríe y asiente. A él le traiciona un suspiro que no puede reprimir a tiempo.

—Vamos entonces.

Pero ella se queda quieta, mirándole fijamente.

—¿No querías montar?

—Pero tú no. ¿Cierto?

El levanta la cabeza y se queda mirando las bombillas de colores que adornan la rueda gigante. Los gritos de los niños tienen más de excitación que de miedo. No sabe que decir.

—Es cosa de dos.

El frunce el ceño sin comprender.

—¿Montar en la noria?

—No, dar vueltas en la vida.

Sin esperar su respuesta se da la vuelta y se sienta en un banco próximo. Él sigue sus pasos y se coloca peligrosamente cerca. Permanecen callados, a punto de malograr la magia surgida. Su dulce perfume le llega junto con el olor de las palomitas y el algodón de azúcar. Se siente desnudo, le invade el miedo a quedar sin defensas ante ella, sin coraza, sin posibilidad de marcha atrás.

Ella se gira y se queda mirando su perfil durante segundos que se le hacen eternos. Luego le pregunta:

—¿Quieres que nos marchemos?

Sí, si quiere. Y no, no quiere.

Antes de poder contestar, explotan en el aire unos modestos fuegos artificiales. Ella se echa a reír, ilusionada, igual que una niña pequeña: con la boca entreabierta y las palmas de las manos muy juntas, como si de un momento a otro fuera a aplaudir.

El se levanta y le tiende la mano.

—La noria nos espera.

Entrelazan sus dedos y el mundo cesa de tambalearse.

Uno nunca aprende...

21 abr. 2008

Dos hombres en una habitación sin ventanas, con una sola puerta, y está desvencijada.

—Nunca podría hacerlo.

—¿Por qué no?

—No soy así.

—¿Y crees que yo sí?

El más joven se encoge de hombros, el mayor entiende que es una forma ambigua de afirmación.

—Eres tan cobarde que ni me miras a los ojos.

—No vas a provocarme con eso.

—No lo pretendía.

Silencio. Están sentados frente a frente, les separa una mesa de madera: sobre ella un fusil.

—Debes pensar que disfruto con ello.

El joven niega lentamente con la cabeza.

—No te juzgo. Pero no quiero ser como tú.

—¿Y como soy, hijo?

—Como los demás.

—¿Y eso es tan malo?

Una mosca se posa encima de la mesa y el padre la aplasta de un manotazo. Luego mira al joven directamente a los ojos.

—¿Tú la habrías dejado vivir?

—Creo que no… No lo sé.

—Pero no es más que una mosca… Es eso lo que piensas… ¿no es cierto? ¿Qué es lo que te frena?

—Las personas no son moscas, padre.

—Es cierto. Las moscas no me causan ningún daño, solo son una molestia.

El hijo se levanta y recorre la habitación como un león enjaulado.

—¿Crees que sabría cuando parar, padre? ¿Crees que una vez apretado el gatillo, sería capaz de matar sólo por necesidad, por supervivencia?

El padre se mira las manos, estropeadas a causa del duro trabajo. La única bombilla de la habitación parpadea y, por unos segundos, deja a oscuras a los dos hombres. El padre coge el fusil, lo apoya entre sus piernas, y se mete el cañón en la boca.

El disparo deja sordo al hijo. El cuerpo del padre se sostiene por unos instantes, luego cae desmadejado sobre el suelo.

—Lo ves padre. Uno nunca aprende cuando parar.