Un mal presentimiento

23 feb. 2008




La mujer se quita las gafas, frota suavemente sus ojos, siguiendo con su dedo índice la arruga del ceño. Después, se echa hacia atrás en la silla y contempla la oficina vacía, deja escapar un suspiro de cansancio. Se suelta la coleta, y su pelo cae en cascada sobre los hombros. Busca con los pies sus zapatos —cuando todos se fueron se los había quitado—, y vuelve a calzarse y a subirse sobre esos rígidos tacones.

Deja el ordenador encendido, y cuando apaga la última luz, la pantalla parpadea con miles de datos procesándose. De camino a los ascensores pasa junto a la recepción vacía, muda, y puede percibir el tenue aroma de las flores que adornan la entrada. Ese olor se disuelve al entrar en contacto con la mullida moqueta y los sillones de cuero de las salas de reuniones.

Llama al ascensor, observa su progresión lenta, piso a piso, y mientras tanto, cierra los ojos. El "clink" de aviso la sobresalta ridículamente, las puertas se abren y, de golpe, retrocede un paso. Hay un hombre en el ascensor.

Se sonroja, avergonzada por su actitud, y entra decididamente. No entiende porque se ha asustado tanto, en el edificio todo son oficinas, y muchos ejecutivos se quedan trabajando hasta tarde, como ella misma. Aún así, el corazón le sigue latiendo con fuerza.

De reojo, mira al hombre: no lleva maletín, ni carpetas, ni ningún ordenador portátil. Las manos le caen en los bolsillos indolentemente, la espalda recostada en la pared y la cabeza echada un poco hacia atrás. Es atípico sin duda. No lleva corbata —quizá se la haya quitado y metido en el bolsillo de la chaqueta—, pero el corte de su traje es poco elegante: intenta aparentar lo que no es.

Se revuelve inquieta —parece que no vayan a salir nunca del ascensor—, paran en otra planta y recogen a una mujer de la limpieza. Las dos mujeres se saludan, pero el hombre no hace ningún gesto. Ella aprovecha para mirarle más detenidamente. Su afeitado no es de hoy, el corte de pelo está muy descuidado, intenta disimularlo con algo de gomina, sin resultado.

Los tres salen en la planta baja. La mujer de la limpieza se encamina hacia los lavabos y ellos dos se dirigen a la salida. Hay un guardia de seguridad en el control de entrada. Ella le saluda al pasar, y él la dirige un escueto movimiento de cabeza. La sigue de cerca el hombre del ascensor, le escucha dirigirle un tímido "buenas noches" al vigilante, y siente sus pasos aproximándose.

Cuando va a empujar la pesada puerta de cristal de salida, ve el reflejo de él en el cristal, apunto de alcanzarla. Se da más prisa para no tener que sujetarle la puerta.

No se para como otras veces en la acera para colocarse el abrigo y la bufanda. Esta vez echa a andar deprisa, inquieta por ese hombre, con un desasosiego provocado por malos presentimientos. Sus zapatos de tacón resuenan escandalosos sobre el asfalto.

Una fina nieve de pequeños copos blancos comienza a caer y se deshace casi ante de llegar al suelo. ¿La estará siguiendo? Decide parar en un semáforo y cruzar, así sabrá. Cuando el semáforo se pone en verde, atraviesa la calle deprisa, casi a saltitos, y pone todo su empeño en ver el reflejo del hombre en los cristales del escaparate de una tienda de moda.

El hombre no está. Suspirada aliviada. Relaja los hombros y el paso, que aunque sigue siendo rápido, carece de tensión.

Aún así no está segura. Decide que lo mejor sería coger un taxi. Se para en el borde de la acera y mira hacia atrás. En ese momento le ve: va caminando por la acera de enfrente, despacio, aún con las manos en los bolsillos, sin abrigo, sólo con el cuello de la chaqueta subido. La dirige una breve mirada de soslayo, y hace como si no la reconociera.

Ella se queda clavada en el suelo, sin poder moverse, el pretexto del taxi la permitirá ver hacia dónde se dirige el hombre. Pero el coge, en un giro brusco, una bocacalle y desaparece de su vista.

La calle desierta, los semáforos cambiando continuamente de color para coches fantasma. Los cables del tendido eléctrico sacudiéndose peligrosamente a causa del viento.

Intenta forzar la vista, pero la calle por la que se ha metido el hombre está casi a oscuras, y no puede distinguirlo. ¿Por qué habrá hecho eso? ¿No sabe que es peligroso en esta ciudad? ¿Y qué hace ella?

Decide volver a andar y cuando escuche el ruido de un coche, se girará para comprobar si es un taxi. No puede continuar allí de pie.

Ahora siente el peso del día caer sobre ella: las tensiones en el trabajo, el ritmo frenético, los plazos a los que nunca se llega, los beneficios de la empresa que sólo a ella benefician, el ingreso de su madre en el hospital, la depresión de su hermano a causa del divorcio, los resultados de su TAC que aún no se ha atrevido a recoger.

Pasa por delante de un vagabundo, tirado en el suelo, protegido por varias cajas de cartón y plásticos. Le echa en el vaso un billete, y suspira. El hombre ni se ha enterado, quizá este muerto a causa del frío, quizá si las temperaturas bajan mucho, muera esa misma noche.

Le queda poco para llegar. Decide que, en cuanto entre en casa, se va a meter en la cama. Sin más, sin ducha, ni cena, ni televisión. Sólo un sueño reparador, un sueño limpiador.

Hace rato que se ha olvidado del hombre del ascensor cuando, de pronto, escucha unos pasos tras ella. Se vuelve rápidamente y le ve detrás, a escasos metros.

Se queda paralizada, mirándole de frente, el corazón latiéndole violentamente, la respiración en aumento, y un sudor frío mojando sus ropas. El hombre llega hasta ella, le coge suavemente del codo, la sonríe, la llama por su nombre.

—¿Entramos ya en casa, querida?

—¿Quién eres tú?

—Tu marido, ¿recuerdas?

—Yo no tengo marido…

En ese momento se abre la puerta de su casa, y una luz cálida y acogedora inunda la calle. Un niño de ojos negros la mira fijamente a la cara, parece a punto de echarse a llorar, pero no cree que vaya a permitírselo. Ahora recuerda… su hijo.

Coge la mano del hombre que la sujetaba por el codo, y la entrelaza con la suya.

—¿Cuántas horas he estado fuera?

—No te preocupes por eso, estuve contigo todo el tiempo.

8 comentarios:

Enredada dijo...

que bueno..que bueno que buenooooooo!!!!
Te cuento que leer esto me llevó a reocrdar a un relato de Clarice Lispector, se llama AMOR, y es loquísimo.
El tiempo, el reconocerse, el no hacerlo, el saber exactamente quien es uno mismo y perderse en la vida.
Realmente estoy fascinada, me encanta, me enloquece esto!!! me encantaría que nos comuniquemos por correo, me gustaría llevar este relato a la Universidad para que lo estudien las chicas de Literatura (soy adscripta en semiotica y en crítica literaria, y estaría genial para las dos materias)
Besotes

by Alex dijo...

Que buena eres hermanita...que bien escribes...
Sabes....al principio del relato pensaba en una mujer paranoica...no me imaginaba ese final..
Te confieso que no me gustan los post tan largos.....pero el tuyo me "enganchó"....tiene acción...es entretenido de leer...
Muy bueno, chiquilla.
Besos variados.

Maribel dijo...

"—¿Cuántas horas he estado fuera?"

Debe ser muy duro tomar conciencia de que el futuro matará los recuerdos.

Un abrazo :)

Elbereth dijo...

Lo primero de todo, Enredada... gracias...porque es una pasada tu comentario y me hace sentir, muy, muy bien. Así que gracias por levantarme el ánimo y el orgullo por supuesto.

:)

Sobre lo de escribirnos, cuando quieras, mi correo electrónico está en el perfil. Será un placer hablar contigo.

Y por supuesto puedes llevarte el relato, ojala sirva para lo que esperas.

Cuidate mucho y un fuerte abrazo.

Elbereth dijo...

Hola hermano mío... ¿Estás serio hoy Alex? ¿O te ha puesto serio el relato? ¡No era esa mi intención!

Gracias por tu sinceridad. Comencé a escribirlo sin tener ni idea de que iba a escribir, y poco a poco las palabras fueron adquiriendo fuerza por ellas mismas. Y el resultado fue este...:)

¿Cuántos universos pueden existir dentro de mi cabeza? ¡Y eso sin haber fumado nada! jajajajajaj

Un beso y abrazo fuertes.

Elbereth dijo...

Maribel, me alegra mucho verte de nuevo Que el futuro te pueda robar el pasado, es una de esas injusticias que me revuelven las tripas del cerebro. :)

De por sí, el Tiempo se encarga de la peor manera del pasado, pero cuando hay terceros interviniendo... ahhh, entonces es una batalla, y una guerra perdidas.

Claro que hay la posibilidad de negarse ir a la guerra y dejar caer el fusil. Hagamos el amor y no la guerra: en presente, carpe diem.

Un fuerte abrazo.

Isaac González Toribio dijo...

Descubrí tu blog a partir de tu comentario en el de Aldabra. Y vaya sorpresa!!! Un relato resuelto magistralmente. Tiene mucha fuerza y ritmo. Te seguiré leyendo con mucha atención. Saludos

Elbereth dijo...

Hola IsaacMuchas gracias, será un placer volver a verte.
Un saludo.