¿Vida?

28 ene. 2008



La vida carece de sentido de justicia. Al final de su vida un hombre se encuentra despojado de su razón, vagando por laberintos en los que, con cada nuevo amanecer, se apaga una luz más en su mente.

Porque la demencia no suele ser benévola. No presenta una cara amable, en la que el enfermo crea que sus sueños se han visto cumplidos.

No. La demencia le arrastra por caminos enlodados, donde todos sus temores, viejos rencores, miedos del pasado, se alzan sobre él, y le obligan a dar vueltas sobre sí mismo: ciego y sordo.

Y son los más cercanos el blanco de sus iras, los perpetradores de sus conspiraciones, los culpables de su desolación. El hombre se siente sólo, traicionado, desconfiando de todos: de los que más quiere, de los que más le quieren.

Todo lo vivido se pierde, en ese laberinto de neuronas que se apagan para siempre. Las risas, los besos, un libro, una película, una pieza bailada en un salón de arañas brillantes, se convierten en cenizas sobre sus manos temblorosas.

Al principio, hay momentos de cordura en los que el hombre es capaz de darse cuenta de lo que está ocurriendo, pero sólo al principio, solo momentos. Y la parte más feroz de la supervivencia, se niega a afrontar el hecho de que su alma está siendo borrada a brochazos.

¿Cómo hablar con la locura? ¿Qué argumento se puede utilizar con ella? ¿Qué palabras serían necesarias pronunciar para traer de vuelta a ese náufrago con los pulmones encharcados?

Ese hombre apenas es el que conocí, se vuelve ajeno: para sí, para mí.

Aquel que me enseñó a leer el reloj, a no hundirme y nadar. Aquel que compartió conmigo su pasión por el cine y la música. El que me mostró sus valores e intento inculcármelos... aquel hombre también yo lo estoy perdiendo de mi memoria, confundido con éste de ahora, el usurpador.

Y si la vida carece de justicia, al menos --me digo a mí misma -- nos debe algo de dignidad. Pero pensar que la vida nos debe algo es muy pretencioso por mi parte. La demencia forma parte del hecho de estar vivos, como la muerte.

Algún día

19 ene. 2008

A veces, cuando estoy delante del espejo, mi imagen reflejada no hace lo mismo que yo. A veces, mientras sigo peinándome o lavándome los dientes, ella --o sea yo-- se echa a llorar. Entonces dejo lo que estoy haciendo, y la sonrío --me sonrío--, extiendo los brazos y atravieso el espejo. La traigo hacía mi y la abrazo. Dejo que llore sobre mi hombro, que se aferre a mi cintura, pero pasado un rato, le digo que es hora de erguirse, que nada es tan importante ni infranqueable, ni tan siquiera un espejo.

La seco las lágrimas con los dedos de mis manos y la coloco el flequillo. Cuando consigo arrancarle una sonrisa me siento bien conmigo misma --o sea con ella--, pero a veces se me hace un nudo en la garganta mientras camina hacia atrás para entrar en el espejo de nuevo. Tengo que mantener a raya la autocompasión: es muy destructiva.

De nuevo una a cada lado, suspiramos a la vez y asentimos con la cabeza. Hay que seguir... Y entonces leo un poema como el de Kavanaugh, y mi mente vuela lejos.

Algún día yo me iré
Y seré libre
Y dejaré tras de mí a los estériles
A su segura esterilidad
Me iré sin decir dónde voy
Y caminaré a través de un campo baldío
Para allí dejar el mundo
Y alejarme luego despreocupado
Como un Atlas sin empleo.

Jame Kavanaugh Algún día, (Some Day)

Estoy en medio de un camino, agacho la cabeza y doy permiso a mis ojos para llorar. Las lágrimas que he ido tragando salen de mis ojos, primero tímidamente, luego más deprisa, hasta terminar atropellándose unas a otras, nublándome la vista.

Las recogo amorosamente en el cuenco de mis manos, y las dejo caer sobre la tierra, y las olvido.

Continuo andando, y llamo a voces a mi sonrisa. Muy despacio, mis labios van curvandose hasta formar una media luna rosada. Un poco más y comienzo a silbar. Y sin darme cuenta viene la risa y me siento agradecida.

No hay más.

Es más que suficiente.

Lo mejor para la tristeza

17 ene. 2008



"Lo mejor para la tristeza --contestó Merlín, empezando a soplar y resoplar-- es aprender algo. Es lo único que no falla nunca. Puedes envejecer y sentir toda tu anatomía temblorosa; puedes permanecer durante horas por la noche escuchando el desorden de tus venas; puedes echar de menos a tu único amor; puedes ver al mundo a tu alrededor devastado por locos perversos; o saber que tu honor es pisoteado por las cloacas de inteligencias inferiores. Entonces sólo hay una cosa posible: aprender. Aprender por qué se mueve el mundo y lo que hace que se mueva. Es lo único que la inteligencia no puede agotar, ni alienar, que nunca la tortura, que nunca le inspirará miedo ni desconfianza y que nunca soñará con lamentar, de la que nunca se arrepentirá.

Aprender es lo que te conviene.

Mira la cantidad de cosas que puedes aprender: la ciencia pura, la única pureza que existe. Entonces puedes aprender astronomía en el espacio de una vida, historia natural en tres, literatura en seis.

Y entonces después de haber agotado un millón de vidas en biología y medicina y teología y geografía e historia y economía, pues, entonces puedes empezar a hacer una rueda de carreta con la madera apropiada, o pasar cincuenta años aprendiendo a empezar a vencer a tu contrincante en esgrima. Y después de eso, puedes empezar de nuevo con las matemáticas hasta que sea tiempo de aprender a arar la tierra."

Terence White, The Once and Future King, Putnam's Sons, Nueva York.

Entre los Polos

16 ene. 2008



Estoy a la orilla de un lago en el que el cielo se refleja, suavemente alterado por las ondas del agua. Un bosque frondoso le rodea, cual anillo de enamorado, árboles imponentes, silenciosos, custodios de mi sueño.

Voy saltando a la pata coja sobre el agua: ora la derecha, ora la izquierda; como si bajo mis pies hubiera tierra firme. Tarareo una canción, mientras la brisa me peina el flequillo y me besa la cara.

Peces de colores levantan sus ojos a mi paso y niegan con la cabeza. ¡Aquí está de nuevo Elbereth, jugando con su tiza invisible y sus chinas!

Llego al centro y me yergo. Dejo caer la cabeza hacia atrás, para mirar el cielo, y le saco un poco la lengua mientras el sol me guiña un ojo y me espera.

Me elevo de puntillas, extiendo los brazos, y comienzo a girar de derecha a izquierda, al compás de la Tierra. Cada vez más rápido, cada vez más alto. Y cuando estoy en medio del oscuro universo, como una peonza libre de remordimientos, comienzo a descender de nuevo.

Cada vez más rápido, cada vez más bajo, hasta que atravieso las frías aguas del lago y horado la tierra y salgo en el polo opuesto.

¡Qué suerte la mía!

15 ene. 2008


¡Qué bonita suerte la mía el haberte conocido! El haber cruzado contigo la mirada, y llevar años contemplándola.

Dulce suerte la mía, que tengo tus besos por la noche, por el día.

Cuando hablo tengo tus oídos siempre abiertos, rendidos a mis palabras, da igual que sean tonterías o aciertos, tu corazón escucha atento.

Mis bromas las ríes, y cuando canto, consigues permanecer serio: ¡que prueba de amor la tuya!

Suerte increíble, la que se sentó a nuestro lado un día, y nos permitió ser cómplices, amantes, amigos incondicionales.

Allá donde esté, si apoyo la cabeza en tu pecho, es como tumbarme sobre la hierba fresca, estirar los brazos y las piernas, reír con los ojos entornados mientras tu corazón se convierte en segundero de mi reloj de mano.

Suerte grande la mía, que mi frágil corazón te encontró, y volvió a reencontrarte, y no te soltó.

Y medir el amor que manejamos dará error en la ecuación, porque no hay unidad de medida para el infinito, no se puede dividir: sólo sumar y multiplicar.

Soy pequeña pero poseo en medio del pecho un sombrero de mago: te tengo metido dentro, desde los pies a las manos.

Noche de sábado...

14 ene. 2008


Todo empieza con una llamada de teléfono. El sonido familiar se torna amenazador, irrumpe en la tranquilidad del atardecer, como una cerilla que prendiera en los planes de esa tarde. La conversación es breve, apresurada, preguntas que quedan sin contestar, respuestas que nadie ha pedido. En unos minutos nos vestimos apresuradamente, salimos de casa con la sensación de que nos olvidamos de algo, a pesar del reconocimiento rápido: llaves, móvil, cartera.

En el recorrido del portal al coche, el frío se adhiere a la suela de los zapatos, añadiendo plomo a las pisadas, obligando al cuerpo a realizar un esfuerzo extra. Decenas de pensamientos se pisotean en la cabeza, las ideas surgen para ser abandonadas a los pocos segundos por otras y así sucesivamente.

El camino hasta el hospital está minado por la incertidumbre. Cada palabra, cada silencio, hacen que la realidad se espese, con cada kilómetro se deforma hasta convertirse en un muñeco de barro sin boca.

La sala de espera está abarrotada. Hay carteles pegados en las máquinas expendedoras que piden silencio, pero los familiares de los enfermos o no saben leer, o están sordos, o no creen que el silencio tenga sentido en un hospital.

La iluminación es pobre. La mitad de la sala queda en sombras, lo que, por una parte, ayuda a dar una cabezada en medio de la madrugada y concede cierto grado de intimidad, pero también lo hace más sórdido e irreal.

Los niños se amontonan delante de las máquinas de comida, pegando la nariz al cristal, aburridos de la espera, ajenos a los ceños fruncidos de los mayores. ¡Dichosos ellos, que tal experiencia la convierten en aventura!

Hay dos tipos de pacientes: los enfermos y los que esperan con los enfermos. También ellos "pacientes", impotentes ante el dolor, mudos repentinos que no hallan palabras de consuelo. Sólo uno de ellos puede pasar con el enfermo, recorrer el pasillo iluminado siguiendo la línea azul del suelo, pasando al otro lado, donde las reglas conocidas se desdibujan ante el dolor y el miedo.

El personal médico se mueve por los pasillos con una venda de esparto en los ojos. Esquivando preguntas y quejas, con la mirada vagando por un horizonte ficticio. Los enfermos les siguen, con ojos ávidos, suplicantes, mendigos de salud. El acompañante, furioso, moviéndose incesantemente en el asiento, balanceando un pie de forma frenética, consultando el móvil de continuo. Uno suspirando, el otro resoplando.

La megafonía restalla con el nombre de un paciente, por unos segundos todos se tensan, el dolor en suspenso. Sólo uno es el elegido, los demás se vuelven en sus asientos, siguiéndole con la mirada vidriada, cargada de envidia.

Por los pasillos hay camas con enfermos, dejados allí como barcos fantasma a la deriva, a la espera de un rescate, esquivados como arrecifes en un mar embravecido.

La necesidad de salir de allí es apremiante. Se tiene la sensación de que si permaneces por más tiempo, la enfermedad te atrapará de algún modo, y quedarás allí encerrado para siempre.

Y cuando ya se ha perdido toda orientación temporal, viene el final. Siempre hay uno. Quizá no el que deseáramos, pero siempre hay un fundido en negro, esperándonos.

A las puertas...

9 ene. 2008

Abro una puerta, camino recto, con la cabeza gacha, siguiendo a mis pies, dejandome arrastar por ellos, sin fuerza para frenarles, para preguntarles hacia dónde caminan y porqué.
Me deslizo por un pasillo custodiado por gigantes de piedra, con legañas de moho en los ojos, y grietas en las mejillas a causa de las lágrimas heladas.

Levanto la cabeza despacio hacia el cielo --no hay techo--. El viento me retira el pelo de la frente y las nubes, celosas, se abalanzan unas sobre otras para mirarme. Se arremolinan para robar la atención del espíritu que las mueve, y llevárselo con ellas de vuelta.

Las estrellas apenas parpadean, cansadas de brillar para un universo tan viejo.

Ante mí, una niña juega arrodillada sobre el frío mármol. Decenas de canicas ruedan estrepitosas por las baldosas, negras y blancas, como un tablero gigante de ajedrez. Sus ojos negros sonríen al verme, y con una mano me indica la puerta que tengo delante.

Y detrás de esa hay otra, y detrás otra más, y otra, así hasta el infinito. Todas las puertas alineadas, medioabiertas, con una niña que va creciendo en cada una de ellas. Hasta vislumbrar en las últimas a una anciana sentada en una mecedora.

Por un momento estoy a punto de ceder al impulso de echar a correr y salvar la distancia de todas esas puertas. Pero siento un cosquilleo en el pie, y al bajar la vista, veo una tortuga enorme a mi lado, con sus diminutos ojos me habla, quiere que la siga.

Ajusto mi paso al suyo, y al cabo de un tiempo me doy cuenta de que también he ajustado mi respiración. La niña ha dejado sus canicas y me ha tomado de la mano. Me hace preguntas y nada más contestarlas olvido su respuesta. Quizá por eso sienta que nunca salgo de la misma habitación.

--Espera, por favor.

La tortuga parece sonreírme a través de su piel de roca. La niña suelta mi mano y se agacha junto a ella, apoyando su cara contra el caparazón.

Me paro delante de la puerta y, como la imagen de un espejo en otro, vislumbro mis futuros. En ese momento todas las niñas, todas las mujeres se alzan y me miran. Y al unísono, tomamos los pomos de las puertas y las cerramos.

Un golpe sordo hace temblar el silencio. Regreso junto a la tortuga y la niña.

--Ahora ya podemos seguir avanzando, amigas.

Silencio

7 ene. 2008

Foto by Efebo



9:16 de la mañana, me aferro con las dos manos a mi taza de café, mientras disfruto de esta tregua que parecen habernos dado al silencio y a mi. Dentro de poco irán despertando, moverán muebles, pondrán música, encenderán televisores, darán portazos, tendrán conversaciones de habitación en habitación, pero hasta que llegue esa profanación del silencio, gozaré de él.

Amo el silencio, ese en el cual anidan los sonidos tenues de la Naturaleza. Un gorrión pía timidamente, el viento incansable subiendo a las copas de los árboles para terminar tumbando las briznas de hierba, mi respiración, el roce de mi mano sobre la piel de mi frente, buscando el ceño fruncido y acariciándolo, el latido desigual de mi corazón.

Quizá las personas necesitan hacer ruido porque temen escuchar el silencio, lo que este puede decirles --o por el contrario-- el vacío que pueden hallar en él como respuesta.

O simplemente son pesados... Pero para mi es extraño, porque necesito del silencio, tanto como del agua o la comida o el sueño. El ruido constante es como un martillo golpeando mi sien, una ejecución a golpes.

El silencio es el auténtico espejo del alma. En él, nuestros pensamientos crecen como hiedra, y los sentimientos que les suceden no admiten sobornos ni chantajes. El cuerpo se ve a merced de ellos, para lo bueno y para lo malo.

La vida se asemeja a un baile de máscaras. Salones con música, donde nadie puede hacerse escuchar y sólo les resta bailar. El centro iluminado por una gigante araña de luz, y las esquinas en sombra, con ojos que siguen a los bailarines en espera de algún tropiezo, un paso desacompasado, o la caída, víctimas del cansancio.

Hombres y mujeres vistiendo sus oropeles, barrocas telas de seda, terciopelo y damasco, falsas perlas y brillantes. Las caras empolvadas, las sonrisas pintadas.

Mientras suene la música creerán que están a salvo. Así que bailarán frenéticamente día y noche, escondiendo sus rostros tras esas máscaras de purpurina, frágiles y absurdas.

Pero un día la orquesta dejará de sonar. Y el bailarín verá como su pareja le suelta la mano, le da la espalda y sigue bailando. La orquesta no tocará para él.

El silencio interpretará su partitura en blanco y le habrá despojado de su antifaz. Una sombra gris saldrá del fondo en penumbra, y le mostrará un rostro que apenas reconocerá: el suyo propio.

Los hay que siguen a su sombra, los hay que pelean y chillan, los hay que se desploman sobre el suelo de mármol rosa.

Es hora de bailar con el silencio, un tango apasionado.

Grandes, muy grandes...

4 ene. 2008

Cierro los ojos...y escucho...

Ya sabéis de mi pasión por la música de los 60`s... Hoy os dejo con las magníficas "Supremes".






Y la extraordinaria Billie Holiday



Pensamientos inconexos

3 ene. 2008




Hipocondria es la enfermedad psicológica que siempre sufren los "demás"; cuando nosotros nos "preocupamos" por un malestar, siempre es debido a una causa real.
...
Mirando desde mi ventana...
Desnudas las ramas de los árboles, como pequeños brazos a los que les hubieran despojado de cálidos abrazos.

...

El aire se ceba en las ramas que aún conservan alguna hoja superviviente, como matón de barrio despojando a los niños de sus caramelos. Detrás de las ventanas no puedo escucharle, pero le veo recorrer las calles, agazapado en las esquinas, envalentonado en avenidas, pagado de sí en los parques.
...

Troncos rugosos, sobrios y olvidados centinelas de una naturaleza relegada al ostracismo, más allá del abandono, condenada a la aniquilación.
...

Los paraguas son setas de colores, las bocas de metro fauces calientes de un depredador, los automoviles hormigas incesantes en su ir y venir.
...

Y la lluvia jugando al escondite: ahora chispeo, ahora no, ahora arrecio, ahora no. La ropa huele a mojado, los corazones se enrollan en bufandas, y cubren sus tristezas con guantes de lana.
...

Pero el momento presente: este, y este otro, y este más... ES. Soy.

Desvaríos

2 ene. 2008

Pánico a la hoja en blanco. Ausencia de musas. Sequía creativa. Repetición de ideas, metáforas, recursos estilísticos.

La vida es así: cíclica --no me gusta la palabra repetitiva--. La Naturaleza no se cansa de sus partos primaverales, ni de invernar, no existe para ella la rutina o la monotonía.

Suena el despertador a las seis, despegando con sus números digitales y rojos los párpados de mis ojos --esta es una rima no buscada--, no me gusta... tengo que cambiarla... un momento... "A las seis suena el despertador, y sus exactos números rojos, digitales y asépticos, me abren los párpados a un nuevo día!" ¡Sí, mucho mejor así!

Mientras introduzco mis piececillos en las zapatillas tendría que producirse un estallido de bienestar, colorido, y una fanfarria de trompetas de plata. ¡Es un nuevo día y estoy viva!... Pero me temo que no es eso lo que suele ocurrir, ¿verdad? La mayoría de las veces mascullamos una serie de imprecaciones, gruñidos dignos del mejor ogro, y nos dirigimos como sónambulos a la ducha...

Sentimos el peso de una vida que no nos ha pedido que la tomemos sobre nuestra espalda. Somos mártires voluntarios de nuestra tristeza.

Lo tengo claro: mi peor enemigo soy yo misma. ¿Cómo se lucha contra uno mismo? Con paciencia --imagino--, y tesón y Humor...

Entre el sueño de que una familia de dulces, verdes y graciosos gnomos me despierten todos los días con un masaje en la espalda, y la realidad de que las toses --más que preocupantes-- de mi vecino me den los buenos días, tiene que haber un punto intermedio satisfactorio... ¿no?

Estoy desvariando lo sé... pero no me he tomado ninguna pastilla mezcla de hierbas medicinales y condimento de canela... No veo elefantes rosas --al menos, no por ahora-- y tampoco siento amor por toda la especie humana. Lo mío es congénito, lo que no sé si lo hace más o menos grave...

Ciertos personajes se toman muy en serio a sí mismos. Los espejos en los que se miran están hechos a medida, y sólo reflejan una imagen brillante y cegadora, que les impide ver más alla.

Hoy amaneció lloviendo, pero ahora está saliendo el sol... Bueno, en realidad el sol ya estaba ahí, solo que cubierto por las nubes. ¡Esto es un soliloquio mental de aupa...! Es como si hubiera abierto mi cerebro, y dejara que las ideas que bullen dentro asaltaran el blog por su cuenta, liberadas de mis reservas.

Y luego está Kenia... durante todos estos días he estado escuchando la noticia con los labios muy apretados, y negaciones sútiles de cabeza. Ante esto, todos mis intentos de positivismo se ríen en mi cara. Casi 300 muertos, los últimos han sido quemados vivos en una Iglesia... Vivos... mujeres y niños... Vivos... Vivos... Pertenecían a la tribu del presidente Mwai Kibaki, acusado de fraude electoral y golpe de estado civil por parte de Raila Odinga, en la oposición. Y Kenia estaba considerada como una de las "democracias" más estables de Africa...

Y esto es TODO...

P.D Que nadie intente encontrar una relación entre el texto y la foto, porque no la tiene. Descubrí a este fotógrafo, me gustó, y pensé que no tenía que tener un motivo para publicar su trabajo. Os recomiendo su página.

El texto de Sábato, enlaza con el principio de la entrada de hoy. Mi mente es así...

Ernesto Sabato. Abbadon el Exterminador, Querido y remoto muchacho...

"Que no seas capaz, como me decís, de escribir sobre "cualquier tema" es un buen indicio, no un motivo de desaliento. No creas en los que escriben sobre cualquier cosa. Las obsesiones tienen sus raíces muy profundas, y cuanto más profundas menos numerosas son. Y la más profunda de todas es quizá la más oscura pero la también la única y todopoderosa raíz de las demás, la que reaparece a lo largo de todas las obras de un creador verdadero: porque no te estoy hablando de los fabricantes de historias, de los "fecundos" fabricantes de teleteatros o de best-sellers a medida, esas prostitutas del arte. Ellos sí pueden elegir el tema. Cuando se escribe en serio, es al revés: es el tema el que lo elige a uno. Y no debes escribir una sola línea que no sea sobre la obsesión que te acosa, que te persigue desde las más oscuras regiones, a veces durante años. Resistí, esperá, poné a prueba esa tentación; no vaya a ser una tentación de la facilidad, la más peligrosa de todas las que deberás rechazar.

Cuidado con ceder. Escribí cuando no soportés más, cuando comprendas que te podés volver loco. Y entonces volvé a escribir "lo mismo" , quiero decir volvé a indagar, por otro camino, con recursos más poderosos, con mayor experiencia y desesperación, en lo mismo de siempre. Porque como decía Proust, la obra de arte es un amor desdichado que fatalmente presagia otros.

Y no te preocupés por lo que te puedan decir los astutos, los que se pasan de inteligentes: que siempre escribís sobre lo mismo. ¡Claro que sí! Es lo que hicieron Van Gogh y Kafka y todos los que deben importar, los severos (pero cariñosos) padres que te cuidan el alma."


Edward Hopper y Artie Shaw

1 ene. 2008

Me gusta Edward Hopper. Disfruto con sus cuadros. Nunca me he parado a leer críticas sobre su obra, sólo sé que cuando contemplo su pintura, es como dar un paso adelante y adentrarse sin titubeos en ese mundo que nos muestra.

Este montaje además cuenta con la música de Artie Shaw, elección más que acertada, ya que perfila los cuadros, los hace aún más valiosos, si eso pudiera ser.

Me gusta la luz que emplea en sus cuadros. Los paisajes con sus faros, las casas canadienses típicas americanas, escenas cotidianas, algunas con el espíritu que más adelante tendría la fotografía.

No me sé explicar, o quizás encuentre absurda la idea de hablar sobre arte. Simplemente con sentirlo basta.

He disfrutado de la combinación de pintura y música.

Deseaba compartirlo.


¿Prosperidad....?



La jornada de doce horas ha acabado. Las sirenas de las fábricas compiten unas entre otras, lanzando rabiosos aullidos al cielo plomizo, contaminado.

Dicen que la Revolución Industrial ha traído la prosperidad a Inglaterra, pero esa dama escoge cuidadosamente los portales a los que llama y los hombros que roza.

Jhon tiene nueve años, trabaja doce horas al día en una empresa textil. Ninguna de las leyes que hasta ahora han intentado reducir la jornada laboral para los niños ha tenido éxito. Los empresarios trabajan con tesón para que eso nunca ocurra. Los deditos de Jhon manejan hábilmente la maquinaria, están negros a causa del aceite y sus mejillas pálidas, demacradas, ocultas bajo manchones de grasa.

Viene del sur, de un pueblecito anónimo, pertenece --perteneció-- a una familia numerosa de agricultores venidos a menos. No recuerda como ha acabado allí. Todas las noches se dirige al puente cerca del río, con otros niños. Es su hogar. Han amontonado cartones, periódicos, y cualquier desecho que les protega del frío, de la lluvia, de la humedad.

Duerme vestido, pero descalzo. Las botas se las ata al cuello y le caen sobre el pecho, así puede sujetarlas firmemente contra él mientras duerme. Si se queda sin botas, se queda sin trabajo, se queda sin comida, se queda sin vida.

Los más mayores acosan a los pequeños si han encontrado algo de valor, se acercan fanfarrones, amenazantes y se lo quitan a la fuerza si es necesario. Esconder las provisiones y comerlas a escondidas es un reto diario.

Está tan cansado que no se ha comido su trozo de pan, ha recostado la cabeza contra el muro de piedra mohoso, se ha calado la gorra hasta las orejas y se ha cubierto con unos cartones que le ha dado el capataz. A su lado Williams le tiende una botella pequeña y aplanada de algún licor fuerte y mal destilado. Jhon niega con la cabeza y se deja adormecer por las llamas del fuego que han encendido unos hombres. No puede sacar de su cabeza el sonido de las máquinas de vapor.

Empieza a llover, y el viento arrastra ráfagas de agua hasta el puente. Los niños se arriman unos contra otros y se dan calor. Un viejo destroza una canción, mientras fuma una colilla que ha encontrado tirada en el suelo.

No hay pensamientos que cruzen por la mente del pequeño Jhon. Sólo existe el cansancio, el frío constante metido en los huesos, el agujero en la boca del estómago, el sueño que le hace cabecear mientras manipula la maquinaria.

Muchos niños se han quedado tullidos, otros han muerto. Bajo el puente no hay sumas, solo restas. Menos niños, menos comida, menos fuerzas.

Pero siempre encuentran niños, por cada uno que muere, tres están pidiendo ocupar su lugar. Las chimeneas de las fábricas son las flautas de un siniestro Hamelín, empresario de sonrisa con diente de oro, un puro en la boca y un abrigo con cuello de piel.

Lilly recuesta su pequeña cabeza de cabellos sucios y enmarañados sobre Jhon. El niño la acoge entre su cuello y su hombro. Sin decir palabra se duermen, de madrugada la sirena los despertará.