Más de lo mismo...

29 feb. 2008




Nota aclaratoria: ....mejor no aclaro nada...

Me canso de mí misma, de mi universo pequeño, del otro también, del infinito inasible que veo cuando salgo de casa.

Tanto hablar de mí me está dejando en los huesos, hueca por dentro, con la piel de cascara de huevo.

Lo peor no es eso, no. Lo peor es que me siento flotando en un mar de espeso aceite negro, rodeada de tapones de corcho a la deriva. De vez en cuando, uno de ellos se hunde, y después de uno o dos intentos por salir a flote, desaparece irremediablemente. Cuando esto ocurre, suele verse una aleta de tiburón cerca. ¿Coincidencia?

Es como estar encerrada en un manicomio. Miro intensamente a mi alrededor para encontrar un rastro de cordura, pero los propios médicos y enfermeros tienen ticks cuando se miran al espejo. Los enfermos llaman locos a los cuerdos, y los barrotes de las ventanas son las propias palabras y los pensamientos que se guardan.

Y me da igual. Me siento en una esquina al sol, y allí me quedo. Como vulgar hierba que crece con un poco de agua y calor. Al más mínimo pisotón, ya estoy por tierra de nuevo. Y me veo de bruces contra el suelo, y echando un sueño. Si de pie no me dejan, tumbada me quedo.

Y esto me lo digo a mi misma. Bueno, se lo digo a mis piececitos, recostada en la cama, les cuento como me ha ido el día. Hablar con los pies quita mucho hierro a la vida, como que la trivializa y te ayuda a darle su justa medida. Sobre todo el dedo gordo del pie: es terriblemente sensato. El meñique habla menos, creo que se siente algo desplazado.

Y puesta a imaginar, imagino que cada persona tiene su parte del cuerpo con la que hablar. Habrá algunos que hablen con sus manos, y formarán para ellos sombras chinescas en la pared. Otros, con su barriga, acariciándola suavemente; otros con su pelo, enredando los dedos en él.

Y puesta a imaginar, hoy me toca echar a andar. Con los pies descalzos, por una senda de tierra y piedras, de horizonte plano. Con charcos de agua verde a los lados, y árboles guardianes apostados en los claros. Con un cielo azul con blancas nubes pintadas, bandadas de pájaros, y rimas fáciles de palabras con las que alambrar el alma.

Trucos de magia

28 feb. 2008

Anke Merzbach


La mujer se sienta al fondo de la sala vacía, a oscuras. El escenario está pobremente iluminado, un camarero se esconde en una esquina entre las sombras. Es mayor, encorvado, casi calvo, con ojos acuosos y manos temblorosas que esconde cruzándolas a la espalda.

Debajo del escenario dos hombres, ataviados con viejos esmoquines, tocan respectivamente el piano y el violín. Sólo para ella.

La mujer va vestida de blanco, un recatado vestido de gasa, el pelo negro cayéndole sobre los hombros. Tiene las piernas juntas, las manos sobre las rodillas, y se mantiene muy recta en la silla. Está esperando.

En silencio, un hombre cruza el escenario. Va vestido también con esmoquin, pero el suyo se ve reluciente. Lo adorna con una capa negra de forro rojo, un alto sombrero de copa y guantes blancos. Al llegar al escenario, se vuelve hacia la mujer, y le hace una ceremoniosa reverencia.

—Voy a necesitar un ayudante. ¿Le importaría ser usted?

Ella sonríe, y camina despacio hacia el escenario. El le tiende cortésmente una mano y la ayuda a subir. Inclina suavemente la cabeza, y ella hace una grácil reverencia.

—¿Qué tengo que hacer?

—Magia.

—Pensé que el prestidigitador era usted…

Por contestación, el mago vuelve a sonreír. Sus dientes son de madera, y cuando habla, suenan como ramas chocando movidas por el viento.

—Tengo estos dos trozos de cuerda y necesito unirlos. ¿Qué hacemos? Y tiende sus brazos hacia ella, sujetando en cada mano un cordón.

La mujer le mira de hito en hito.

—¿Han estado unidos alguna vez?

—Sí —contesta él.

—Entonces, quizá, podré volverlos a unir.

—¿Cómo?

—Lo recordarán. Removeré en su memoria, evocaré su pasado, aquel en el que formaban un sólo ente.

—Insisto… ¿Cómo?

—A través de las palabras.Cuando pronunciamos por primera vez una palabra en presencia de otra persona, la impregnamos con nuestra memoria, la hacemos nacer de nuevo sólo para nosotros. La primera vez que la utilizamos, su ADN muta, y se crea un significado único.

—Pensé que las palabras eran iguales para todos.

La mujer negó con la cabeza.

—¿No depende de quién la pronuncie?

—No —responde ella—, depende de con quién la utilices.

—¿Funcionará también con trozos de cuerda?

—Probemos…

Sobre la tristeza de las moscas...

27 feb. 2008


Hay veces... Sí, hay veces, que la tristeza es una mosca cojonera. Zumbando cerca de mis oídos, de mi alma, y yo emprendiéndola a manotazos con ella.

Hay veces que la aplasto a la primera. Y hay veces que me "arreo" bofetadas a mi misma, en el intento frustrado de acabar con ella, y termino en urgencias: con un ojo morado y muerta de vergüenza.

Hay veces que la mosca —es decir la tristeza—, se posa en el brazo o en la pierna, y yo me quedo contemplándola ensimismada: no llego a quedarme con la boca abierta, pero reconozco que su descaro me impresiona.

Hay veces que he agarrado un insecticida y me he ensañado con ella a fuerza de spray. ¡Ni por esas! Yo terminaba tosiendo, medio asfixiada, y ella huyendo durante un minuto, revoloteando por encima de mi cabeza, para volver a la carga mientras yo seguía mareada. No he visto mosca igual, quiero decir, tristeza igual.

Llegados a este punto, no sé si hablo de moscas o de tristezas. Eso sí, las dos tienen una misma cualidad: ¡lo que cuesta quitárselas de encima!

La decisión...

26 feb. 2008

Anke Merzbach


Llevaba rato despierto pero se había negado a abrir los ojos. Sentía el calor del cuerpo de su mujer muy cerca, la respiración sosegada: dormía. La luz del día caía sobre sus párpados, tirando de ellos, con la intención de despertarle, pero fue el sonido de la cisterna el que —con un suspiro— le obligó a levantarse.

Escuchó los pasos de sus hijos en el pasillo, los pies desnudos sobre la madera vieja. Y sonrío. Sabía lo que venía a continuación y, como un ventrílocuo, movió los labios sin emitir palabra:

—¿Papá? ¿Estás despierto? ¿Podemos bajar a desayunar?

—Estoy durmiendo, hijo —. Y río para sus adentros, sabiendo que el pequeño estaría pegado al otro lado de la puerta, con algún juguete en la mano, mientras el mayor estaría encendiendo el ordenador en su habitación.

—¿Y si estás dormido como es que puedes hablar?

—Te ha pillado, querido…

Y el hombre se echó a reír, ahora abiertamente, a la par que retiraba cuidadosamente el pelo de la cara de su mujer.

—Haré yo el desayuno, duerme un poco más, ¿de acuerdo?

—¡Ahhh, gracias! ¿Estás seguro?

Y por respuesta volvió a sonreírla, mientras abría la puerta y perseguía escaleras abajo al pequeño, en una parodia de grititos y exclamaciones.

La cocina estaba bañada por una luz temprana, limpia, clara, sin ruidos en el aire que mancharán su transparencia. Los visillos se balanceaban suavemente a causa de la brisa madrugadora. El pequeño se sentó en un taburete, mientras contemplaba a su padre en el ir y venir del café, las tostadas, los cereales, un ritual de fin de semana con sabor festivo.

Mientras untaba la mantequilla en el pan y depositaba con cuidado la rebanada en la sartén pensó: ¿Cómo lo hago? La mirada vacía, absorta en la cafetera, en los rayos de luz traspasando el vaso de zumo de naranja. ¿Con una soga? No, sería esperpéntico si tuviera una erección. ¿Con un cuchillo? Tampoco, demasiada sangre, muy sucio. ¿El gas? Podría venirse abajo toda la casa. Parecía que sólo quedaba el método tradicional: la escopeta.

Se quedó mirando como su hijo cogía la cuchara torpemente, y se la llevaba a la boca derramando parte del contenido por el camino. La muerte es un estorbo, tendría que haber mejor final que ese para una vida.

—¿Lo has decidido ya, papá?

—¿Decidido el qué?

—¿Cómo será el final?

El hombre le mira ceñudo, en el momento en el que va a contestarle al niño, se oye un grito de mujer:

—¡Pero que humo es este! ¡Las tostadas se están quemando!

El hombre y el niño se miran, el padre le hace un gesto de advertencia con la cabeza: silencio.

La mujer aparta la sartén rápidamente del fuego, y abre las ventanas de par en par. Los dos hombres la miran impresionados por su rapidez y eficacia. Ella se vuelve en jarras hacia ellos y, mirando a su marido, le espeta:

—¡De una vez por todas! ¿Cuál va a ser el final? ¡No puedes seguir quemando tostadas!

El niño asiente gravemente con la cabeza dándole la razón. El hombre se encoge de hombros.

—¿No os parece muy trillado un suicidio con escopeta? ¡Todas las novelas terminan igual!

—Nosotros, querido, sólo queremos desayunar. Decide pronto como muere tu personaje, o no te dejaré poner más los pies en la cocina, y eso, muy a mi pesar.

—Amén. Y tu enano, ¡no me mires con esa cara!

Abracadabra

25 feb. 2008

Sonia Benavent Muñoz

¿Cuántos abracadabras hacen falta para abrir mi pecho y dejar entrar los rayos del sol?

¡Ninguno!

¿Cómo?

Sencillo: nací con el corazón a pecho descubierto. Eso sí, como es algo tímido, ser el foco de las miradas le aceleraba las pulsaciones, así que se escondió detrás de las costillas todo lo que pudo para pasar desapercibido.

En el pasado, utilizaba corazas, pero son bastante incómodas, y no le dejaban ver bien el mundo. Las desechó.

Hoy por hoy, mi corazón es un músculo entrenado en los más variados
sufrimientos. Seguramente —si nos presentáramos—, ganáramos algún concurso de halterofilia cardíaca.

Por el momento late, pero me ha advertido de que no sabe cuánto tiempo seguirá haciéndolo. Y yo tampoco le he insistido. La presión no es buena
en estos casos.

Mi corazón duerme cada noche entre tus manos. Sin importarte la sangre, que en ocasiones se escapa a borbotones de mis arterias. Y cuando fibrilo, ahí estás tú: mi catéter, mi anticoagulante, mi betabloqueador, ablación
por radiofrecuencia… mi salvación.

Un mal presentimiento

23 feb. 2008




La mujer se quita las gafas, frota suavemente sus ojos, siguiendo con su dedo índice la arruga del ceño. Después, se echa hacia atrás en la silla y contempla la oficina vacía, deja escapar un suspiro de cansancio. Se suelta la coleta, y su pelo cae en cascada sobre los hombros. Busca con los pies sus zapatos —cuando todos se fueron se los había quitado—, y vuelve a calzarse y a subirse sobre esos rígidos tacones.

Deja el ordenador encendido, y cuando apaga la última luz, la pantalla parpadea con miles de datos procesándose. De camino a los ascensores pasa junto a la recepción vacía, muda, y puede percibir el tenue aroma de las flores que adornan la entrada. Ese olor se disuelve al entrar en contacto con la mullida moqueta y los sillones de cuero de las salas de reuniones.

Llama al ascensor, observa su progresión lenta, piso a piso, y mientras tanto, cierra los ojos. El "clink" de aviso la sobresalta ridículamente, las puertas se abren y, de golpe, retrocede un paso. Hay un hombre en el ascensor.

Se sonroja, avergonzada por su actitud, y entra decididamente. No entiende porque se ha asustado tanto, en el edificio todo son oficinas, y muchos ejecutivos se quedan trabajando hasta tarde, como ella misma. Aún así, el corazón le sigue latiendo con fuerza.

De reojo, mira al hombre: no lleva maletín, ni carpetas, ni ningún ordenador portátil. Las manos le caen en los bolsillos indolentemente, la espalda recostada en la pared y la cabeza echada un poco hacia atrás. Es atípico sin duda. No lleva corbata —quizá se la haya quitado y metido en el bolsillo de la chaqueta—, pero el corte de su traje es poco elegante: intenta aparentar lo que no es.

Se revuelve inquieta —parece que no vayan a salir nunca del ascensor—, paran en otra planta y recogen a una mujer de la limpieza. Las dos mujeres se saludan, pero el hombre no hace ningún gesto. Ella aprovecha para mirarle más detenidamente. Su afeitado no es de hoy, el corte de pelo está muy descuidado, intenta disimularlo con algo de gomina, sin resultado.

Los tres salen en la planta baja. La mujer de la limpieza se encamina hacia los lavabos y ellos dos se dirigen a la salida. Hay un guardia de seguridad en el control de entrada. Ella le saluda al pasar, y él la dirige un escueto movimiento de cabeza. La sigue de cerca el hombre del ascensor, le escucha dirigirle un tímido "buenas noches" al vigilante, y siente sus pasos aproximándose.

Cuando va a empujar la pesada puerta de cristal de salida, ve el reflejo de él en el cristal, apunto de alcanzarla. Se da más prisa para no tener que sujetarle la puerta.

No se para como otras veces en la acera para colocarse el abrigo y la bufanda. Esta vez echa a andar deprisa, inquieta por ese hombre, con un desasosiego provocado por malos presentimientos. Sus zapatos de tacón resuenan escandalosos sobre el asfalto.

Una fina nieve de pequeños copos blancos comienza a caer y se deshace casi ante de llegar al suelo. ¿La estará siguiendo? Decide parar en un semáforo y cruzar, así sabrá. Cuando el semáforo se pone en verde, atraviesa la calle deprisa, casi a saltitos, y pone todo su empeño en ver el reflejo del hombre en los cristales del escaparate de una tienda de moda.

El hombre no está. Suspirada aliviada. Relaja los hombros y el paso, que aunque sigue siendo rápido, carece de tensión.

Aún así no está segura. Decide que lo mejor sería coger un taxi. Se para en el borde de la acera y mira hacia atrás. En ese momento le ve: va caminando por la acera de enfrente, despacio, aún con las manos en los bolsillos, sin abrigo, sólo con el cuello de la chaqueta subido. La dirige una breve mirada de soslayo, y hace como si no la reconociera.

Ella se queda clavada en el suelo, sin poder moverse, el pretexto del taxi la permitirá ver hacia dónde se dirige el hombre. Pero el coge, en un giro brusco, una bocacalle y desaparece de su vista.

La calle desierta, los semáforos cambiando continuamente de color para coches fantasma. Los cables del tendido eléctrico sacudiéndose peligrosamente a causa del viento.

Intenta forzar la vista, pero la calle por la que se ha metido el hombre está casi a oscuras, y no puede distinguirlo. ¿Por qué habrá hecho eso? ¿No sabe que es peligroso en esta ciudad? ¿Y qué hace ella?

Decide volver a andar y cuando escuche el ruido de un coche, se girará para comprobar si es un taxi. No puede continuar allí de pie.

Ahora siente el peso del día caer sobre ella: las tensiones en el trabajo, el ritmo frenético, los plazos a los que nunca se llega, los beneficios de la empresa que sólo a ella benefician, el ingreso de su madre en el hospital, la depresión de su hermano a causa del divorcio, los resultados de su TAC que aún no se ha atrevido a recoger.

Pasa por delante de un vagabundo, tirado en el suelo, protegido por varias cajas de cartón y plásticos. Le echa en el vaso un billete, y suspira. El hombre ni se ha enterado, quizá este muerto a causa del frío, quizá si las temperaturas bajan mucho, muera esa misma noche.

Le queda poco para llegar. Decide que, en cuanto entre en casa, se va a meter en la cama. Sin más, sin ducha, ni cena, ni televisión. Sólo un sueño reparador, un sueño limpiador.

Hace rato que se ha olvidado del hombre del ascensor cuando, de pronto, escucha unos pasos tras ella. Se vuelve rápidamente y le ve detrás, a escasos metros.

Se queda paralizada, mirándole de frente, el corazón latiéndole violentamente, la respiración en aumento, y un sudor frío mojando sus ropas. El hombre llega hasta ella, le coge suavemente del codo, la sonríe, la llama por su nombre.

—¿Entramos ya en casa, querida?

—¿Quién eres tú?

—Tu marido, ¿recuerdas?

—Yo no tengo marido…

En ese momento se abre la puerta de su casa, y una luz cálida y acogedora inunda la calle. Un niño de ojos negros la mira fijamente a la cara, parece a punto de echarse a llorar, pero no cree que vaya a permitírselo. Ahora recuerda… su hijo.

Coge la mano del hombre que la sujetaba por el codo, y la entrelaza con la suya.

—¿Cuántas horas he estado fuera?

—No te preocupes por eso, estuve contigo todo el tiempo.

Hay días...

21 feb. 2008


Hay días en los que no puedo. Días caídos, como torres de naipes ante la patada de un desconocido.

Días en los que a pesar de tener cosas que decir, no tengo ganas de hacerlo.

Y con el anochecer, amanece la sinrazón más temida.

Y es como si tuviera que ir a una batalla cruenta y apocalíptica, ataviada con un cubo de arena de playa por casco y un rastrillo por espada. Ridículo y mortal.

Y me yergo sobre una explanada yerma, donde las estrellas y la luna han sido violadas, donde el viento es augurio nefasto de tristezas, donde el valor se encoge hasta rendirse sin condiciones a la cobardía maestra.

Y sé que muero sin derramar ni una gota de sangre, sólo lágrimas saladas que una tierra carnívora atrapa en sus sucias fauces.

Y despierto de mi pesadilla...

¿Pero ese es el final?

Una mujer...

16 feb. 2008


Intento conciliar el sueño. Tumbada de lado en la cama, cierro al fin los ojos, y pruebo a mantener a raya los demonios con mi espada de madera.

El aire de la habitación se espesa, hay un cambio sutil e impreciso en su olor --jazmines quizás--, y me revuelvo inquieta entre las sábanas...

Ante mis ojos cerrados aparece una mujer. Camina erguida de un lado a otro del salón: es alta, morena, lleva el pelo recogido sobriamente en un moño, dejando desnuda su blanca nuca. Está ataviada con un vestido rojo --rojo sangre--, de terciopelo, ceñido a la cintura, y una camisa que le cubre recatadamente el pecho. En el cuello y las muñecas encaje blanco sobresaliendo pulcramente del vestido. No lleva joyas, ni adornos.

Está delante de una chimenea, sola, aguardando. No está impaciente, pero sí alerta. El vestido cruje con sus movimientos, y lo que a primera vista me pareció terciopelo parece convertirse en seda.

A un lado hay una jaula de pájaro vacía, con barrotes pintados de blanco, y coronada en su cúpula por un delicado racimo de uvas.

La alfombra que pisa la mujer es lujosa, oriental, roja también, de dibujos intrincados y elegantes. Absorbe sus pasos, silenciándolos, creando electricidad estática a su alrededor. Se me ocurre en ese momento que bien podrían apuñalar a alguien en ese salón y nadie distinguiría la sangre en el suelo ni las manchas en su vestido.

Es como estar viéndola por el agujero de una cerradura. Oigo el suave tic-tac de un reloj de pared. La habitación no tiene luz, quizá es de noche, quizá un escenario de teatro.

Súbitamente, tengo la sensación de que la mujer sabe que la estoy mirando, de que está allí por mí, que es a mí a quien espera. Pero no sé como he llegado hasta ella y lo que es más importante: ¿por qué?

Me resulta extraña. Su presencia es penetrante, dura, seca, y a pesar de todo eso --sorprendentemente-- me calma, me cura. Cuando me doy cuenta del efecto que produce en mí, me relajo, y cuando lo hago, comienzo a perder su imagen.

Y después se va. Y después me duermo, y hasta el amanecer no despierto.

Instantes...

15 feb. 2008


De madrugada. El andén desierto. Suficiente frío para que la bufanda no estorbe, no tanto como para taparme con ella la boca y la nariz. Doy la espalda al aparcamiento, y contemplo las montañas peladas. El silencio húmedo del amanecer me relaja, y es por eso que me pilla con la guardia baja el extraño y chispeante instante de magia.

Una compuerta se me abre en el pecho, arrastrando el aire viciado y los sentimientos maltrechos. Son sólo segundos, pero me elevo. Lo hago --realmente-- y no sé cómo. Momentos en los que la conciencia conoce más de lo que sabe, en los que mi nombre es insignificante, y la energía vibra a través de mi cuerpo, electrizante. Desconozco el desencadenante.

Pero pasa, en cuestión de segundos la sensación se ha esfumado y, como perro de caza, persigo su rastro, pero a cada intento sólo me alejo.

De pronto, siento un temblor bajo mis pies: un tren de mercancías pasa raudo, ensordecedor, arrancando chispas de las vías; y de mi alma, esa grandeza fugaz.

¿Soy capaz de dar sin recibir?

Pequeña soy, pero dueña de momentos en los que la grandiosidad del Universo me regala su mirada.

Amar la risa

14 feb. 2008

El humor no es jarabe, ni pastilla, ni inyección; pero cura la negra sinrazón.

Reírme de mi misma, curvar las comisuras de los labios hacia arriba.

La risa ahuyenta el miedo, como el ajo a los vampiros.

La risa devuelve a cada uno a su lugar, uno universal, sin muros ni alambradas.

La risa comparte, solidaria, amiga.

La risa es la llave maestra contra la gravedad malentendida.

La risa es suave perdón, sin malicia.

La risa es dulce beso de acogida.

Mi risa es enfermedad, producida por el virus de la tuya.

¿Difícil?...puede...

13 feb. 2008

Así es como yo lo veo: es difícil cambiar, transformarse en poco tiempo de gusano en mariposa, de niña asustada a mujer sabia. De acuerdo, pues. Quizá no tenga que preocuparme tanto de mi ombligo, y mucho menos del de los demás. Quizá solo tenga que sonreír, para luego casi reir, para luego carcajear, para luego de la risa llorar.

Y así, sin darme cuenta, sin proponermelo, sutílmente, como un temblor de hojas al roce del viento, crezco. Nada espectacular, mis ojos siguen siendo marrones, mis manos pequeñas, y mis pies saltarines. Pero dentro de mí --vaya usted a saber dónde-- una raíz se ha fortalecido.

¿Como lo sé? Pues no lo sé. Sólo me doy cuenta de que cuando alguien ha pisado muy fuerte --casi encima-- de donde yo estaba, en vez de tumbarme, sigo en pie. Que cuando me hablan a la cara con palabras usadas y mentiras, no me lleno de ira, sólo frunzo el ceño y digo: ¡madre mía! Que cuando el sol sale, y todos los girasoles le miran, yo me quedo en mi barril de Diógenes. Probando --que no acertando-- a entender la vida.

Que de aquí a que me muera --quizá hoy, o mañana, quizá pasado--, apenas habré conseguido cambiarme un poquito. Mis defectos y virtudes serán los mismos, solo que un poco más viejos y achacosos, y quizá --con tesón y honestidad--, consiga quitarme o debilitar algún defecto insidioso, y aupar en hombros alguna virtud escondida.

Y por encima de todo: nada. Unos cuantos días viva en esta Vida no dan bula.

Y ponerse a llorar...

11 feb. 2008


Y ponerse a llorar. Sin más. No hagamos aspavientos, ni dramatizemos. Es un simple llorar, algo así como parpadear: involuntario y necesario.

Y caminar por la calle, esperar que un semáforo cambie de color. Y entre el rojo y el verde, llorar. Sí, ahí en medio de todos. Sin vergüenza ni exageración, un gesto automático, como el de colocarse el pelo.

Y una opresión en el pecho, y una lágrima que mancha el pañuelo. Sin más. Sin molestarse en limpiarse la cara, sin gestos que delaten el sollozo.

Por favor, que nadie se eche las manos a la cabeza, que nadie se apene, o acongoje: esto es la vida de cada día, a veces con un más, a veces con un menos, siempre con un final.

Y ya está, no es más que eso: un ponerse a llorar, y después terminar, que hay que trabajar.


Un deseo...

10 feb. 2008

Un deseo: quietud. ¿Nada más? ¡Nada menos!

No es sólo una sensación, una bonita metáfora. Realmente siento que tuviera que cruzar un río de piedra en piedra, cada día. Aguas embravecidas, remolinos insospechados, ocultas sombras bajo las aguas, vientos que tumban y arrastran hacia un fondo insondable.

Pero hay algo más. No sólo está el río. Están todos aquellos que lo cruzan.

Detrás de mí: empujando, maldiciendo, agarrándose a mi camisa cuando tropiezan, intentando pisar la misma piedra que yo para adelantarme.

Delante de mí: retrasando su paso para entorpecer el mío, quitando piedras por las que han pasado para que la próxima vez me vea obligada a dar un salto más grande, más difícil, más mortal.

¿Exagerado? Subjetivo más bien.

En Japón, los monjes envían a sus novicios a la estación de metro para que, en medio del caos, pongan a prueba su serenidad. Creo que deben saber que Madrid es mucho mejor campo de prácticas que Tokio, les voy a escribir.

Lo de saltar de piedra en piedra no funciona, no para mí. Pero en ese caso, ¿qué solución me queda? Echar a volar no creo que sea factible, me faltan las alas, no soy ave ni tampoco ángel. Entonces, ¿qué?

¿Y si me bajo de la piedras y pruebo a cruzar el río a pie? Me voy a mojar lo sé, pero estar seca por fuera me está secando por dentro. Lo más posible es que no alcance la otra orilla, pero me he dado cuenta de que, cuando estás subido en las piedras, en fila india, no se es capaz de atisbar el otro lado. Damos por sentado que está allí, que vamos a llegar, que hay un final, cuando en realidad no vemos nada. Sólo lo creemos.

Quizás solo haya río, y río, y más río por cruzar.

Lo más seguro es que me ahogue. Que una corriente me arrastre hasta el fondo, y nunca llegue a cruzar. Pero... ¿qué hay en la otra orilla para que yo quiera alcanzarla? ... ¿...?

Así pues, de un salto me bajo de la piedra y caigo sobre las aguas frías y revueltas del cauce. No hago pie, así que me pongo a nadar frenética, pero la corriente me arrastra rió abajo, alejándome de la fila de piedras, con un centenar de ojos mirándome asustados, algunos enfurecidos, otros satisfechos.

Entonces sé lo que tengo que hacer: dejarme llevar. Cierro los ojos y dejo que la espuma de los remolinos rodee mi cuerpo vistiéndolo de algas. Pasado el primer impulso de nadar contra corriente, ahora es fácil: sólo tengo que mantener la boca cerrada para que los pulmones no se encharquen...

Al cabo de un tiempo el río pierde bravura, convirtiéndose en una balsa tranquila. Noto que puedo hacer pie, así que me incorporo despacio, tanteando el fondo.

Silencio. A lo lejos el rumor de las aguas, por debajo un pájaro piando, incluso el roce de La Tierra girando.

Camino hacia la orilla, sin prisas. Por el camino el sol seca mi pelo. Piso tierra firme. ¿Y ahora qué?

Ahora, nada. De eso se trata.

Sé que cuando te llame

9 feb. 2008























http://www.nicolashenri.ch/index.php




LA VOZ A TI DEBIDA

Versos 494 a 521

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

Pedro Salinas, 1933

Tengo un corazón..

8 feb. 2008





Tengo un corazón agotado. Empujado a una de esas atracciones de feria en las que, dentro de un chillón habitáculo, das vueltas y vueltas, mientras todos a tu alrededor gritan, la música estridente del carrusel suena imparable, y las tripas suben y bajan a su ritmo.
Tengo un corazón acurrucado en una esquina. Con una linterna en la mano, enfocando con bruscos vaivenes las sombras, con la pueril intención de asustarlas y obligarlas a huir.

Tengo un corazón envejecido. De tanto luchar contra sí mismo, de ver su imagen fragmentada en trozos rotos de espejo, desagrándose en cada uno de ellos.

Tengo un corazón coraje. Que tira con fuerza del resto de corazones, obligándoles a levantarse del suelo, con voz firme y segura.

Tengo un corazón risueño. Que arranca a todos de su oscuridad, bromea con cada uno de ellos, riendose de sí y de los otros, actuando como un imán, uniéndoles gracias al sonido mágico y curativo de la risa.

Tengo un corazón bailarín. Al que le cosquillean los pies y baila al son de un rayo de sol, de un viento cálido, de una caricia suave, de un beso madrugador.

Tengo en el pecho escalera de corazones.