Indumarl

31 mar. 2008

Nunca olvido las colinas de Indumarl. Salimos de la ciudad al amanecer, en el camino me quedé dormida a causa del traqueteo del coche y el ronroneo del motor. Dulces sueños, en los que la mente y el cuerpo viajan a la vez.

Para cuando quise abrir los ojos cruzábamos un valle verde, revestido de árboles centenarios, sobrevolado por águilas majestuosas que aparecían y desaparecían tras las nubes. El sol brillaba limpio, y las sombras que arrojaba se movían ligeras a causa del viento. Apoyé el brazo en la
ventanilla, por un segundo sentí como si un animal me rozara. Un pinchazo, después un escozor, y en mi piel apareció una pequeña marca. Soplé para aliviar el picor y la olvidé.

Indumarl era un pequeño pueblo del valle, escondido y olvidado por todos. Cuando llegamos nadie se volvió para mirarnos. Los viejos, sentados al sol, siguieron con sus conversaciones; los niños con sus juegos de persecución, las mujeres tendiendo la ropa. Fue extraño, como si no fuéramos forasteros, a pesar de ser la primera vez que lo visitábamos.

La mujer nos condujo hasta la casa. Abriendo de par en par las ventanas, nos mostró donde teníamos las sábanas, los cacharros de cocina, y el hermoso jardín en la parte de atrás. Se despidió rápidamente, marchó en silencio con una sonrisa. Me quedé sola en la casa. Los demás se fueron a explorar, movidos por la excitación del primer día.

Estaba en la cocina cuando sentí que alguien pasaba por detrás de mi espalda. Un olor fuerte se extendió por la habitación. Tuve un escalofrío, pero un sexto sentido me impidió moverme del sitio. En un impulso abrí de par en par las ventanas, la sensación desapareció y la olvidé.

La siesta fue dulce, como una primera caricia. Me eché a dormir encima de las sábanas, con las persianas a medio levantar. Desde la cama se podía ver todo el valle, y el rumor del río llegaba a mis oídos. Nada más. Como si todos los habitantes del pueblo se hubieran puesto de acuerdo para irse a dormir. Los únicos sonidos eran los que nacían de la Naturaleza, asemejándose a una nana que me deslizó suavemente en los brazos de la inconsciencia. Antes de cerrar los ojos, oí que la puerta de la habitación chirriaba. Abrí despacio los ojos, pero no vi nada, y lo olvidé.

Cuando desperté estaba sóla. El atardecer estaba próximo, y el olor de la fruta colgando de los árboles entraba a ráfagas por la ventana, era imposible quedarse en la casa. Con el corazón palpitando por una extraña emoción, me calcé y salí en respuesta a una ancestral llamada.

Me crucé con personas que me saludaron afablemente para luego seguir con su quehacer, como si yo formara parte de sus vidas cotidianas. Los perros me seguían un rato, agasajados por mis caricias, y al poco se volvían a las puertas de sus casa. Custodios leales.

Ascendí la colina más alta de Indumarl y pude ver el sol cayendo despacio sobre los bosques, oí como esa estrella gigante se posaba sobre la copa de los árboles. Me senté allí arriba, respiré hondo y comprendí que había lugares intocables, espacios físicos donde el tiempo creaba una barrera para hacerlos impenetrables a la oscuridad. Refugios del alma cansada.

Entonces, una sombra cruzó por detrás de mí. Volví a notar su agrio olor, y escuche su jadeo. Me volví despacio y la vi. Una hiena me miraba desde lo alto de una roca, sonreía. ¿Pero acaso no han sonreído siempre las hienas?

—¿Qué quieres?

—Es la hora. Sígueme.

—Te equivocas, es tu hora, y ya me has seguido.

Y entonces le devolví la sonrisa.

Y con eso basta...

29 mar. 2008

Lawrence Alma Tadema



Hay veces que necesitamos muy poco para ser felices.

Basta quedarse sentado contra un muro, dejando que los primeros rayos de sol nos calienten.

Seguir el vuelo de un gorrión tras una cometa, y apostar cual volará más alto.

Comerse un helado antes de que se derrita y el cucurucho se ponga blando, beber las gotas que se deslizan en la punta. Y reír.

Sentarse en un parque con un libro, abrirlo despacio, y levantar la mirada al cielo para leerlo.

Comenzar a andar un camino solitario, y en medio de ninguna parte, encontrarse, cruzarse, y entender que nunca estamos solos.

Una llave bajo el felpudo, que nos hace saber que siempre podemos entrar en casa, en esa habitación del alma en la que las ventanas permanecen abiertas.

Acariciar un perro que pasa a mi lado, mirarle a los ojos y darle la razón, porque cualquiera que sea el sentido de esta vida, él lo conoce mejor que yo.

Tumbarse al atardecer en una playa, y saborear la sal pegada a nuestra piel.

No tener nada que olvidar, porque cada latido es una oportunidad para vivir.

Hay veces que le pedimos todo al universo para sentirnos bien. Y el universo nos regala una caricia, y con eso basta. Y gracias.


Cuéntame un cuento...

28 mar. 2008





Mi cuerpo. Tumbado. Encogido. Recogido sobre sí mismo, como un viejo periódico. Ocupando un lugar en el espacio, sin sitio en la memoria. Temblores a causa del frío, a causa de calor. Pensamientos que tiritan ante la locura.

—Cuéntame un cuento…

El la mira y suspira.

—Sabes que se me da muy mal eso de inventar…

—Por favor, un cuento pequeño. No tienes que inventarlo. Basta con que recuerdes uno antiguo: La Cenicienta, La Bella durmiente… o incluso, incluso esa versión de Caperucita que tú conocías.

Acaricia el cabello de ella, dulcemente, e impotente ve como las lágrimas la secan por dentro.

Y entonces ella comienza a contar un cuento. Uno de esos que sus padres nunca le leyeron en voz alta, uno de esos que ella devoraba, una y otra vez bajo la luz que se colaba por la ventana.

El piensa lo pequeña que es esa mujer de cuarenta años, su mujer. Se asusta ante tanta ternura escondida, asfixiada en un caparazón de falsa seguridad. Como un cachorro de gato, sacando sus pequeñas y blandas uñas, mostrando sus colmillos de leche.

—Y fueron felices y comieron perdices… Fin.

Ella cierra los ojos y se aferra a su linterna, espada de cartón piedra contra la oscuridad.

Y él comienza a hablar. Acerca la boca a su oído, y en susurros, le habla de una niña muy pequeña, a la que el miedo agarra por el cuello. Una niña que evita mirarse en los espejos por lo que pueda ver en ellos. Pero un día se enfrenta a uno de ellos, y el miedo salta para atraparla; pero la niña le esquiva, y el miedo cruza al otro lado para quedar allí atrapado. La niña tapa el espejo para siempre.

La mujer vuelve su rostro hacia él. Los ojos cansados de tanto llorar, ojerosos y llenos de un profundo agradecimiento. Y eso le duele, como una punzada en el corazón.

El beso es dulce y silencioso.

—Que descanses.

—Igualmente. ¿Estás bien?

Ella asiente. Él la atrae hacia sí, y la abraza. La luz de la linterna es un sol de medianoche sobre el desnudo firmamento de la pared.

Uno a uno...

26 mar. 2008

Nadie sabe que hacen allí. Se miran unos a otros con miedo, algunos se atreven a preguntar en voz alta, pero sus voces retumban en los capiteles, huyendo por la bóveda de cristal destrozada.

Yacen cadáveres a su alrededor. Algunos sujetan a sus mujeres en brazos, otros a sus hijos, otros se cogen los brazos y se balancean hacia delante y atrás, en un rezo desconocido.

—¿Cómo hemos llegado hasta aquí? —grita un hombre vestido con un traje, ahora destrozado, la camisa hecha jirones y la corbata colgándole ladeada. Se ha puesto en pie y se gira para ver si alguno de ellos le responde.

Todos esquivan su mirada. Una mujer de pelo blanco se mesa los cabellos, mientras sostiene sobre su regazo el cadáver de su marido. Pronuncia su nombre una y otra vez. Alguien la manda callar bruscamente, pero ella no cesa en su intento de despertarle.

Una niña está sentada en medio de varios cuerpos caídos. Agarra con fuerza una muñeca, y entre hipo e hipo, balbucea su nombre y pregunta por su madre. Nadie se acerca a ella.

Pasan las horas. El sol no se ha movido, es como si lo hubieran fijado con chinchetas a un cielo de cartulina. Un niño se entretiene tirando piedras a los cristales de las ventanas, estos caen hechos pedazos, y al instante se recomponen de nuevo, sin darle tiempo a romperlos.

—Debe ser lo único que no está destrozado —. Es la voz de un viejo, que apoya su espalda contra una columna agujereada, tose continuamente.

El niño le mira y se encoge de hombros. Sigue tirando piedras.

Los relojes han dejado de funcionar, los móviles no tiene cobertura. Hace tiempo que un grupo de hombres y mujeres salió en busca de ayuda. No han vuelto.

De vez en cuando se oyen golpes que retumban en todo el edificio. Cuando ocurre, el silencio se adueña de la sala. Todos aguantan la respiración, pero el latido de sus corazones atemorizados no puede ocultarse, y les delata. Detrás de esos golpes hay una presencia que olfatea su miedo, que lo saborea desde su madriguera, que acecha.

Se han puesto de acuerdo y hacen turnos para dormir. Sin agua, sin comida, no durarán más de dos días. Aún así, se organizan. Nadie habla de los que se fueron en busca de ayuda, nadie se ha vuelto a ofrecer para salir de allí.

Detrás de una de las gruesas columnas han puesto abrigos, pañuelos, han hecho un apartado. Allí hacen sus necesidades. El hedor del orín, los vómitos y las diarreas que algunos sufren, ha comenzado a ser insoportable. Poco a poco, se han ido trasladando a la esquina contraria. Sólos los muertos no se han movido.

Y de pronto: luz en el agua. Viento agitándoles el pelo. Olor a leña quemada, a tierra mojada. Risas de niños cruzando un río, nubes jugando a la gallinita ciega con el sol de primavera. Pájaros bailando sobre la pista del cielo, izquierda, derecha, y vuelta.

Y la mujer.

Allí está. De pie, con sus ojos avellana mirando de hito en hito a todos. Comienza a andar por la marea humana que reposa en el suelo. A su paso va llamando a cada uno por su nombre, tendiéndoles la mano y ayudándoles a levantarse, sin pararse, lo justo para ponerles en pie.

Después les pide que cierren los ojos y sonrían.

Cuando vuelven a abrirlos, unas inmensas puertas de madera están abiertas de par en par ante ellos. El viento les azota la ropa, y el mar obliga a abrir los dedos a ese puño que tenía sus corazones encogidos.

Sin mirar atrás, van saliendo de uno en uno, de dos en dos. Abrazados, cogidos de la mano, con la cabeza erguida y un trasplante de vida.

La mujer queda allí de pie, con los muertos. Uno a uno les cierra a todos los ojos.

Ialysko

24 mar. 2008

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Hay veces que uno se echa de menos a sí mismo. A lo que pudo ser, a aquello en lo que creyó se podría convertir. Luego, pasan los años, al principio muy despacio, como cuando se es chiquita y las vacaciones de navidad, o las de verano, parecen enormes islotes en el mar.

Luego atropelladamente, en la adolescencia, confundiendo el norte con el sur, el este con el oeste. Demasiado despacio porque quería ser mayor, demasiado deprisa, borrando todo privilegio de la niñez.

Y después, la arena del reloj pareció volverse en contra mía. Todos los sueños se quedaban mancos o cojos, o les faltaba oxígeno en el cerebro. Como en una mala racha al póquer, los iba perdiendo uno a uno, mientras mi mano agarraba con desesperación una última ficha de color.

Todos los jugadores se retiran a tiempo, todos menos yo. Y al final, me quedo sola en esa mesa de juego, habiéndolo apostado todo por nada.

Un hombre vestido de chaqué se me acerca, y me ofrece una pistola sobre un pañuelo blanco.

—No manche la alfombra, por favor.

—¿Quién le ha dicho que necesito pegarme un tiro? ¡Hace tiempo que me desangro y ninguno se ha fijado!

Pero el hombre ya me ha dado la espalda, dejo caer la pistola al suelo y me llevo la mano al pecho. Allí donde tengo mi agujero.

De pronto caigo al suelo, una mano invisible me ha tirado de la silla. A la altura de mi cara veo moverse unos zapatos negros brillantes, y unas manos blancas hacen unas lazadas simétricas con los cordones que a los lados cuelgan. Deja caer sobre mi cuerpo una sábana blanca, yo diría que recién lavada, y entonces grito: "¡No estoy muerta!"

—Para nosotros sí —contestan.

Me enrollan en la sábana y me cargan al hombro. Luego me meten en el maletero de un coche. Durante un rato siento que estamos subiendo por una carretera llena de curvas. Frenan en seco. De nuevo me cogen, como un peso muerto, pero ahora ya no me llevan a hombros. Ahora me arrastran por los pies y la tierra se mete por mi nariz.

Escucho como las olas rompen contra el acantilado. Unos brazos me levantan en vilo, y me lanzan al vacío. La sabana se separa de mi cuerpo y sale volando como una cometa en medio de la noche. Mi cuerpo se golpea contra el agua, mis brazos inertes no responden, por mi boca abierta entra el agua encharcando mis pulmones. Mis ojos abiertos ven como me ahogo, mientras los peces me rodean.

Y entonces tu llegas. Ialysko. Me sacas del agua, y me dejas en cubierta.

—Lo he perdido todo, en aquella mesa.

—Yo acabo de ganarlo, con esta ola.

—No soy de valor…

—Lo mismo dicen del agua salada. Pero yo vivo de ella.

Sin nombre...

21 mar. 2008

Cuadro sin nombre de Elbereth




Ninguno de los cuadros--me siento ridícula llamándolos cuadros-- que he pintado tiene título. Aquí os dejo con uno de ellos.

Tengo una de mis recaídas, pequeña espero.

Cuidaros mucho. Todos. Y gracias.

Un poquito de pan...

19 mar. 2008

—¿Le importa que me siente?

La chica le mira atentamente y, tras pensárselo unos momentos, se encoge de hombros y niega con la cabeza.

El chico se sienta al otro extremo del banco, con mucho cuidado, lo más alejado de ella.

—Si no tienes cuidado te terminarás cayendo.

El chico la sonríe tímidamente, se pone colorado, y se aleja un poco del borde.

El parque está casi desierto. Las primeras farolas se han encendido y parpadean nerviosas, aquí y allá se ve a algún hombre o mujer paseando a su perro, algún rezagado del footing trotando, y poco más.

Los dos jóvenes están sentados delante de un lago, solos, cada uno perdido en sus pensamientos. De fondo se escucha el zumbido de la autopista, que pasa por detrás del parque. De pronto, el muchacho, sin poder evitarlo, deja escapar un sollozo acongojado.

—¿Te encuentras bien? ¿Necesitas algo?

El niega con la cabeza, ella saca de su bolso un pañuelo de papel y se lo tiende. El alarga la mano y se suena ruidosamente con él, luego levanta los ojos y la mira fijamente. Entonces ella sabe que le va a contar toda la historia, aunque no se lo pida. Suspira resignada, y le sonríe.

—Mi novia me ha dejado…

—¿Eso es todo?

El chico se yergue de pronto, y cuando va a contestar, no sabe que decir.

—¡Llevábamos cinco años juntos! ¡Habíamos, habíamos dado la entrada para un piso…! ¡Estábamos mirando los restaurantes dónde celebraríamos la boda!

—¿Y?

El muchacho endurece la mirada, ya no llora, ahora siente ira. ¡Qué mujer más desagradable! Decide levantarse e irse.

—Gracias por el pañuelo.

—No hay de qué.

Echa a andar, pero se lo piensa mejor y da media vuelta. Siente que le tiene que decir algo, eso no se puede quedar así. Se queda de pie delante de ella, retorciendo el pañuelo entre sus manos.

—¿Qué clase de persona eres?

La mujer hace un mohín con los labios, ladea la cabeza, y luego mira al hombre.

—De las que aguantan a desconocidos en un parque. ¿Y tú?

El hombre tartamudea una disculpa, visiblemente avergonzado, se deja caer de nuevo en el banco y vuelve a llorar.

—Lo siento… yo… no sé que me pasó… siento tanta rabia por dentro…

—Ya… ¿Ves las luces del edificio del fondo? Las del otro lado de la autopista…

—Sí. ¿Qué ocurre?

—Es el Tanatorio. Desde aquí veo como los coches fúnebres entran y salen durante todo el día. Me digo a mi misma que un día, quizá mañana, quizá hoy, quizá dentro de unos meses, iré tumbada en una de esas horribles cajas de pino barnizadas. Eso acaba con mi ira.

—No es un pensamiento muy alentador…

—Seguramente para ti no. A mí me ofrece un punto fijo en esta noria sin freno. ¿Qué habéis hecho con la entrada del piso?

—Aún no lo hemos decidido… ¡No es eso lo que me importa ahora!

La mujer le mira los hombros caídos, el pelo revuelto, y suspira.

—Me estoy muriendo, tengo una enfermedad degenerativa, es cuestión de tiempo, de poco, creo.

El chico levanta la cabeza y la mira sorprendido. No sabe qué decir. Se produce un silencio embarazoso, se mueve nervioso en el banco, parece buscar a alguien con la mirada.

—Lo siento mucho. Será mejor que me marche, se me ha hecho tarde y te he estado molestando. Gracias por todo.

Se levanta precipitada y torpemente, esboza una medio sonrisa y con la cabeza hace un ademán de despedida. No vuelve la mirada atrás.

—¿Con quién hablabas?

—Con un muchacho al que le ha dejado la novia…

—¡Pobre! ¿No le habrás dicho que te vas a morir?

La chica mira al anciano muy seria, y ladea la cabeza en un ademán de reprobación.

—¿Has traído la bolsa con el pan?

El hombre asiente y le tiende unos mendrugos.

—¿De verdad le has dicho que te ibas a morir?

—¡Ahhh, mira que pasamos buenos ratos echando pan a los patos, abuelo!

—Unos más que otros, de eso no me cabe duda, niña.

Sin vuelta atrás

18 mar. 2008

HDR

La primera noche que pasaron en aquella isla perdida, Iria sintió frío, aunque hacía calor. Las estrellas lucían desnudas en ese firmamento de constelaciones desconocidas, los olores le cosquilleaban en la nariz, los sonidos le provocaban sobresaltos a cada momento.

No pudo dormir. Dio una vuelta a un lado, luego al otro, boca abajo, boca arriba, contó todas las estrellas que sus ojos veían. Sin resultado.

Cuando se incorporó buscó a Nelson. No estaba. Por un momento le sobrevino un ataque de pánico, pero luego, de forma instintiva, supo que él nunca se marcharía sin ella. Caminó por la playa hasta el barco encallado. Allí estaba, sentado sobre la proa, fumando, cabizbajo.

La vió venir y la siguió imperturbable con la mirada. ¡Qué pequeña se la veía! Dejo que subiera por ella misma a la nave, torpemente, y con alguna maldición por lo bajo.

Cuando llegó a su altura se sentó a su lado, encogida, rodeando las rodillas con sus brazos.

—¿Tienes frío?

Ella asintió, y se dejó cubrir por la chaqueta que él tendió sobre sus hombros.

—¿Eres un poco debilucha, verdad?

¡Error! Al instante de que dichas palabras surgiesen de su boca, supo que había metido la pata de palo que no tenía en un charco muy, muy hondo. Se preparó para la peor de las tormentas. Pero no vino. Eso le desconcertó. Intento buscar sus ojos en esa noche tan oscura.

—¿Porqué me miras así? Es cierto, soy poca cosa. Tu por el contrario pareces un lobo marino.

Nelson se echó a reír.

—¿De que te ríes?

—¡Qué cursi eres mujer! No has debido conocer a muchos marineros…

—A ninguno, para ser exactos. ¿Qué hacías en la Estación Central?

Silencio. Nelson gira la cabeza y escudriña el mar. Hoy no vendrá. Luego se decide y mira a Iria con tristeza.

—¿Quieres volver?

Silencio. Iria tiene un escalofrío, y se encoge aún más dentro de la chaqueta.

—En mi mundo, la cordura está atada con correas a una cama de manicomio. Las personas me dan miedo, tanto que me muestro exageradamente educada porque no sé de que otra forma comportarme con ellos. No, no quiero volver.

—Este mundo no es mejor. Miedo no les tengo, pero es como si les hubieran vaciado el alma, y tan sólo les quedara la cáscara del cuerpo.

—Yo estoy muerta. Tu mismo recogiste mi cuerpo sin vida.

Nelson la mira despacio y sonríe.

—¿Y entonces cómo crees que puedes estar aquí hablando conmigo?

—¡Ah, eso es sencillo! Tú también estás muerto.

—Para estar muerto, mujer, me late el corazón muy aprisa.

Demasiado tarde...

16 mar. 2008

HDR

Un ruido seco le despierta. Levanta la cabeza bruscamente, se ha quedado dormido en el sofá, delante del televisor. El desorden de la habitación se hace aún más evidente con la luz del mediodía entrando por las ventanas. El cómic que estaba leyendo tirado en el suelo, unos soldaditos esparcidos aquí y allá debajo de la mesa, un vaso de leche vacío en el suelo y unas gotas manchando la moqueta.

¿Qué le ha despertado? Salvo la música estridente del concurso en la televisión, y los gritos del presentador, no se oye nada en la casa.

--¿Mamá? --. No hay respuesta.

Se incorpora despacio, algo no marcha bien. No oye el parloteo incesante de su hermana pequeña. A través de las ventanas sólo ve el columpio que papá les hizo el verano pasado, cuelga del árbol centenario de la abuela. Parece que estuviera jugando el solo con el viento, se mece como si una presencia invisible lo acunara.

Al llegar a la entrada mira hacia arriba por el hueco de la escalera, y vuelve a llamar a su madre. Silencio. Dirige sus pasos hacia la cocina, a la altura del paragüero coge el bastón del abuelo, un acto reflejo.

¿Cuanto tiempo ha estado durmiendo? El reloj que cuelga de la pared marca las tres y diez. Es un reloj barato, le tocó a su madre en algún sorteo del supermercado. El mantel de plástico está sobre la mesa. Hay un plato con comida intacto, una cerveza sin abrir, y una servilleta caída en el suelo. Junto a ella, el cadáver de su padre desangrándose con la cabeza abierta.

Su madre está de pie. Lleva puesto el vestido que su padre le regaló por su cumpleaños. Antes era blanco, ahora rojo. Empuña tan fuerte el cuchillo de cocina que los nudillos se le han puesto blancos. El pelo revuelto, la cara sucia, salpicada de sangre y lágrimas. Mira a los lados buscando a su hermana. Está allí, muy quieta, de pie en el parquecito, agarrándose a los barrotes.

--Suelta el cuchillo, mamá, por favor.

--Suelta el bastón, hijo. No voy hacerte daño.

El chico la mira fijamente a los ojos, y ve su determinación. Tiene que llegar a su hermana como sea. Da un paso a un lado, y la madre se interpone.

--No dejaré que la cojas, Austin. Se lleva una mano al pelo y un coágulo lo tiñe de rojo.

La sirena de un coche de policía irrumpe en el camino de entrada. A su vez, el teléfono empieza a sonar, monótono y estridente.

--Has llegado demasiado tarde, hijo.

...

La habitación del hospital huele a desinfectante. Es del estado, así que no se han molestado en pintar las paredes de un color bonito y relajante, o colgar cuadros en tonos pastel. Todas las ventanas tienen gruesas rejas, y de los lados de las camas cuelgan correas para sujetar a los enfermos. El suelo de linóleo tiene quemaduras de cigarrillos, y está rajado en algunos sitios. Las sábanas están lavadas tantas veces, que en algunos sitios se transparentan, a punto de romperse.

La madre y el hijo están sentados frente a frente. Ella mira absorta sus manos, quietas sobre el regazo. Él contempla el paisaje más allá de la ventana.

--¿Yo hice eso?

--Sí.

--¿Cuánto tiempo me van a tener aquí?

--No lo sé, Austin. No depende de mí.

La mujer se levanta. Coge entre sus manos la cabeza de su hijo, y le besa. Luego le abraza, sollozando. El tiene los brazos caídos a los lados, inertes.

--No me acuerdo de nada, mamá.

--Lo sé.

--Nunca le hubiera hecho daño a Elia.

--Claro que no, hijo, claro que no.

La ve marcharse con su hermana en brazos. El luto la sienta mal, le acentúa las ojeras. Ella tiene razón, llegó demasiado tarde, pero es que ella llegó demasiado pronto de casa de la abuela.

Escaleras...

14 mar. 2008


¿De qué materia está hecha el alma? Suponiendo que esta exista, porque, de otra forma, este texto moriría aquí…



Mi alma…está llena de escaleras que se cruzan, como un cuadro de Escher. A veces subo tan deprisa, que me quedo sin aliento, y una taquicardia agorera se agarra a mi corazón maltrecho.

Otras, mientras bajo de dos en dos los escalones, tropiezo; y el bacatazo es tal que el alma se me sale del cuerpo y rueda veloz, más rápido que yo.

Hay noches en las que no puedo dormir. Descalza, en camisón, me siento sobre los fríos escalones de mármol blanco. Sus vetas azules son frágiles venas a punto de estallar. Me miro las muñecas, y pienso en cuánto tiempo tardaría en desangrarme, cuánto tiempo me mantendría consciente viendo como se desliza la espesa sangre, gota tras gota, por esos inmaculados peldaños.

Hay tardes en las que las escaleras tienen ventanas abiertas de par en par, y el sol convierte el mármol en cálida madera. Esos días me tumbo en los descansillos, me descalzo y leo un libro. De vez en cuando, la primavera me regala un poco de brisa, con olor a tierra mojada. Entonces cierro los ojos, y leo en braille.

Hay amaneceres en los que una espesa niebla se retuerce y sube por una escalera de caracol. Mi piel se encoge y me parece que voy a quedar en carne viva, como el maniquí que se utilizaba en las clases de anatomía. Siempre quise ver de cerca mi esternocleidomastoideo.

En mi escalera hay puertas que aparecen y desaparecen. Están ahí, te das la vuelta y, ¡pufff! se han esfumado. A veces las reemplaza un espejo, a veces un pozo sin fondo, otras un muro gris de cemento.

Hay días en los que el tiempo se desdibuja, y yo subo airada arriba y abajo, sin encontrar la azotea, ni la puerta de salida.

Hay días, en los que me subo a la barandilla, de pulcra madera encerada, y me deslizo por ella riendo a carcajadas. A pesar de los años hay cosas que nunca cambian.

Hubo un día en el que me quedé dormida allí sentada, apoyada la cabeza en mi mano, mi brazo en la rodilla. Al abrir los ojos descubrí que lo único que quedaba de mi mundo de escaleras eran, uno, dos o tres peldaños. Me puse en pie y grité. Silencio. Alguien me había robado la voz. Una mano surgió de la oscuridad, me agarró del pecho y me arrastró al vacío consigo. No sé si estoy cayendo o ascendiendo.

Todavía no...

12 mar. 2008

Nelson la vio desplomarse sobre el suelo, sin vida. Las puertas de cristal se hicieron añicos, cayendo al piso como granizo. No lo dudó. De una sola zancada pasó al otro lado y la cogió en brazos.

Se sorprendió de lo poco que pesaba. Nelson recordaba aquella otra noche en la que también tuvo que coger en sus brazos un cuerpo sin vida, y el recuerdo era completamente distinto.

Avanzo a través del incendio del puerto de Turumak sin que nadie se percatara de su presencia. Todos estaban demasiado ocupados en apagar el fuego de las velas, en impedir que las chispas prendieran la madera y echaran a perder todo el material que había en las bodegas.

Pero yo sí. Yo ví como la depositaba dulcemente sobre la cubierta, e izaba las velas, para adentrarse en la tormenta más cruel que el siglo —mi siglo— recuerda. En aquel momento supe que iba a morir.

Mientras la lluvia los engullía y borraba todo rastro de ellos, creí ver una sombra en el cielo. Un ave majestuosa, de plumas blancas y negras, que les seguía.

Hubo un momento en el que Nelson miró el timón, manchado con la sangre de sus manos, y a punto estuvo de soltarlo y claudicar. Pero volvió su vista hacia ella y, a pesar del dolor que sentía, volvió a tomar el mando.

Hacia rato que había visto la sombra en el cielo, y sabía lo que significaba. En menos de un parpadeo, el ave cayó en picado hacia la nave, bajó hasta la proa y se petrificó, convirtiéndose en el mascarón del barco. El animal se transformó en una mujer desafiante, portadora de una espada. Nelson supo que fue ella la que cargó contra las olas, la que hendió con su acero el cielo encapotado de negro, conduciéndoles hasta la desierta playa.

Nelson no supo cuánto tiempo estuvo allí sentado, con las piernas cruzadas, mirando el rostro de la mujer. Había depositado su cuerpo orilla adentro, con las manos le había hecho una almohada de arena, y con miedo le había apartado mechones de pelo que le cubrían el rostro. Intentó adivinar su nombre, y decidió llamarla Iria, en recuerdo de aquella otra.

No estaba muerta. Al menos no por el momento. O quizás había muerto en ese otro mundo al que la marea oscura le había arrastrado.

Cuando Iria abrió los ojos, le pilló desprevenido, se asustó y dio un pequeño brinco atrás.

—¿Por qué estoy aquí?

Nelson abrió la boca para explicárselo, pero acto seguido se lo pensó mejor.

—¿Esa es tu forma de darme las gracias por salvarte la vida?

—¿Te pedí que lo hicieras?

—¡Demonios, mujer, he conocido a hembras con mal despertar, pero tú las ganas a todas!

Iria no se molestó en contestarle, se puso en pie y miro a su alrededor.

—¿Dónde estamos?

Nelson sintió que en su interior algo se encogía —como cuando su madre le sorprendía en una mentira—, pero decidió guardarse su miedo.

—¿Tengo aspecto de saberlo, mujer?

Iria se volvió rápidamente, y se le quedó mirando a los ojos. Luego se echó a reír y el resto de nubes que quedaban en el cielo huyeron amedrentadas. El Sol se posó sobre su pelo enmarañado y brilló.

—¿Les recuerdas a todos con los que hablas su sexo?

Nelson se encogió de hombros, le dio la espalda y echó a andar. Iria seguía riendo, no podía verle la cara, pero él también reía.

Resistir, resistir, resistir

10 mar. 2008


Está feo.

Desnudar aquí mi tristeza, en medio de todos, dejando tiritar mi corazón en cueros.

Es impúdico.

Que hable de dolor, cuando una de vosotros está andando a tientas por el túnel de la aflicción. (Pequeña Enredada)

No es eso lo que me enseñaron.

Mi mente es un desván con pesados muebles olvidados. A pesar de las sábanas que les protegen, el polvo ha encontrado la manera de adherirse a ellos. Las termitas son invisibles, pero las escucho comer día y noche, devorando mis pequeños sueños.

Hay una sóla ventana, y está en el techo: cerrada. Me subo a una silla y, de puntillas, intento abrirla; pero resbalo y caigo, haciendo crujir los huesos de mi espalda.

Me incorporo, y allí sentada, en medio de mi mente: bufo, aprieto los puños, y estallo de rabia. Pero mi ira es de corto alcance, al poco se escuchan las interferencias de la pena, y las lágrimas emiten en vivo y en directo.

No me engaño: con esta tristeza no voy a ningún lado.

El cruel paso del tiempo se ha encargado de despojar de todo decoro a mi humilde pena. Y allí, en medio de la sala de espera del médico, me encuentro llorando. En lugar de disimular ante el resto de pacientes acongojados, me encojo de hombros, sorbo por la nariz, y con el dorso de la mano enjuago mis lágrimas. Después, muy dignamente levanto la mirada y digo:

—¡Qué horror de hilo musical! ¿No lo podrían quitar?

En estas ocasiones practico el elitismo más exacerbado: soy la primera en ser expulsada del club del buen juicio, y también —porqué no—, del buen gusto.

Sólo tengo una posibilidad: resistir, resistir, resistir. Mantenerme en pie. A pesar de ser una muñeca de trapo con un ojo de plástico colgando; o un espantapájaros en el ojo de un huracán, sin maizales que custodiar, o grajos que espantar.

Tengo que refrenar mis deseos ciegos de huir. ¿De qué? De mi misma. De mis miedos cobardes, de mis miserias mezquinas, de mis diminutas grandezas, de mis vacíos con palabras decorados, de mis vanidades escondidas.

¿Se puede avanzar a ciegas?

Creo que no os he contado que cuando las tinieblas absorben la luz, Elbereth continua andando en la oscuridad sin tropezar.

No soy nadie. No me importa, ¿porqué tendría que hacerlo?

Por un momento...

7 mar. 2008


Aquel día sus pies le fallaron, a causa de ellos, perdió su oportunidad.

Se había vestido con sus mejores galas, eso significaba unas finas medias de nylon y una blusa de delicada gasa. La bufanda la había desechado, y las botas habían sido sustituidas por unos zapatos abiertos de tacón.

Llegó antes de la hora a su cita --así podría reconocer el terreno como lo haría un soldado--, y se tomó un café, sentada en un esquina, escondida. En medio del bullicio de la estación se sentía cómoda, anónima, y protegida.

Levantó la cabeza hacia la cúpula acristalada, las nubes corrían apremiadas por el viento, el cual apenas las dejaba tiempo para mirar curiosas a través de la imponente ventana. La mujer suspiró y miró su reloj. Se retrasaba.

Decidió coger un periódico que alguien había dejado abandonado en una mesa, así distraería su mente. Pero las noticias sangrientas y absurdas del día no conseguían apartar el cosquilleo en el estómago. ¿Y si no viene?

Una madre con su hijo se sentaron cerca de ella. La mujer no paraba de hablar por teléfono, mientras, el niño jugaba entre las mesas. Errante, arrancando a todos una sonrisa, menos a su madre.

Ella le sonrió, y el pequeño correspondió con timidez. Se le escapó un suspiro de impaciencia, el niño lo notó, y su semblante se puso serio en un momento. Ella desvió la mirada para no enfrentar su preocupación.

Las horas pasaron lentas, contando con los dedos de las manos los sesenta segundos de cada minuto. Su reloj se volvió pesado, le tiraba del brazo. ¡Hubiera deseado tanto quitárselo!

Al principio pensó que su teléfono podía estar estropeado, que la habría intentado llamar en vano para avisarla. Le llamó, y dio señal, pero no lo cogió. ¿Estaría bien? Escribió un mensaje y lo envió, no obtuvo respuesta.

¿Cuánto tiempo tenía que esperarle?

Paseó por la estación, tomo más café, se aprendió de memoria los precios de los escaparates, se descalzó en la sala de espera. La estación se vació. La única señal de vida eran las pantallas luminosas de llegadas y salidas: "delayed" parpadeaba en rojo.

Se quedó dormida en un banco. Cuando despertó, no había más que un hombre enfrente de ella. La miraba fijamente, como si no tuviera nada más que hacer. No, más bien como si lo que tuviera que hacer fuera esperar a que ella abriera los ojos.

Vio su propio reflejo en la puerta de cristal: maquillaje deshecho, ojeras profundas, las comisuras de los labios curvadas hacia abajo. Un brutal golpe de pena le alcanzó en el pecho, y lloró en silencio.

--No vendrá, ¿verdad?

El hombre frunció el ceño, extrañado.

--¿A quién esperas?

Ella no supo que contestar. ¿A quién estaba esperando?

--Creo que he olvidado porqué estoy aquí.

--A veces pasa, pero la razón no importa. Ahora estás aquí, y eso es lo que cuenta.

La mujer negó con la cabeza, y siguió llorando. El hombre se acercó para sentarse a su lado, a una distancia prudente. Su mirada de compasión la hirió. Hizo ademán de levantarse pero se tambaleó sobre los absurdos zapatos de tacón. Él la sonrió, y le tendió su mano.

--¿Quieres venir conmigo?

--No. Quiero volver a casa, pero gracias --. Y consiguió esbozar una sonrisa educada. Se colocó un poco el pelo, y estiró su falda. ¿Pero quién era ese hombre?

--Te llevaré entonces.

--No, no, no es necesario. Cogeré un taxi.

El hombre abrió mucho los ojos, y frunció el ceño después.

--¿Qué es un taxi?

Ella abrió la boca para contestarle, pero en ese momento vio, a través de las puertas, algo que la dejó boquiabierta.

Ante sus ojos se extendía un puerto marítimo, con decenas de barcos de vela anclados. Se volvió bruscamente hacia el hombre para asegurarse de que él veía lo mismo que ella.

--Perooo... pero... ¿Qué es eso?

--¿Eso? Es el puerto de Turumak.

El hombre abrió las puertas de cristal de la sala de espera, y el aire del mar les acarició la cara, rociándoles los párpados de los ojos con su olor a sal y especias.

Se quedó petrificada. Como si le hubieran echado cemento en los pies, le costaba respirar. Echó la mirada atrás, vio un revisor, un hombre con una máquina encerando el suelo, y un vigilante fumando un cigarrillo a escondidas. Giró de nuevo la cabeza, y contempló el mar al fondo, y el hombre aguardándola. Levantó la mirada al techo, y la luna, que momentos antes asomaba por la cúpula de la estación, ahora se posaba sobre el mástil de una nave.

--No puedo ir...

--¿Por qué?

--No tengo barco...

--Eso no importa aquí...

Las puertas comenzaron a cerrarse. La mujer no se movió, y el hombre la miró angustiado. Extendió la mano para impedir que las puertas les separaran, pero no llegó a tiempo. Vio impotente, a través de los cristales, como la mujer se desplomaba sobre el suelo.

Un relámpago sacudió el mar, seguido de un furioso trueno. Una chispa prendió en un barco, y comenzó el incendio. La Estación Central sufrió un apagón, y se sumió en las tinieblas.

Gracias...

6 mar. 2008

James Christensen

Ayer Enredada me hizo un regalo, y prometí corresponder a mi manera. Este es mi presente para todos vosotros:

Enredada en vuestros blogs, en vuestras palabras, descubro que estoy Buscando mi lugar en el mundo. En ocasiones, la vida me obliga a caminar sobre el Filo de una Espada, a veces escucho los Cánticos del Infierno, y con frecuencia me dan "Jaque Mate" en el ajedrez de la vida.

Pero con Alex, Xidrina y Kabralex, todo se puede llegar a entender. Con los clavos de las palabras, asomando a través del alma.

El burlador de mitos me obliga a reflexionar, La Casa de los espirítus es mi hogar, Preludios y Nocturnos que me hacen soñar, y me dan el poder para exclamar: ¡Llueve revolución!

La Mala de la película es en realidad muy buena, y ni el frío ni el calor afectan con 38 grados. El Acido Clorhídrico tiene encanto, e inventamos Chincoladas, imaginando viajes Redeyes, Congo y yo.

Necesito muy poco: Sí, sólo música para bailar.

Y gracias a todos y cada uno de vosotros...

Es la hora...

5 mar. 2008

Best Mountain

La sombra de los barrotes repta por la pared de la habitación.

Así que, guarda la sospecha de que además de ser una enferma, es una enferma prisionera. Claro que esa es una idea tan obvia que se le hace ridícula: todos los enfermos lo son, todos son cautivos, alejados de su salud por tiempo indefinido.

Recuesta la cabeza en la almohada y cierra los ojos. Le molesta que las sábanas estén tan meticulosamente planchadas, que las enfermeras tengan un horario tan estricto de comidas, y que los médicos --invariablemente-- no contesten ninguna de sus preguntas. Parece que lo tuvieran todo bajo control cuando es, obviamente, mentira.

La luz entra a regañadientes por la ventana. El motor de un coche acelerando llega hasta sus oídos, e intenta imaginar que tipo de persona irá conduciendo. Pero desiste, lo que ocurre en el exterior forma parte de otro universo.

Es hora de irse.

Cuando vuelve a abrir los ojos está sentada en un pequeño pupitre de madera. A su alrededor, colocados en filas de a uno, hay un buen número de ellos: todos vacíos. Siente un escalofrío y mira sus pies. Están desnudos, de puntillas para no tocar la nieve. Está sola, en medio de un valle custodiado por montañas nevadas.

El fino camisón la obliga a frotarse los brazos con firmeza. Comienza a tiritar, y por más que mira a su alrededor no ve ningún lugar donde refugiarse. ¿Cómo ha llegado hasta allí?

Levanta los pies del suelo y los pone sobre la silla. Se agarra las rodillas e intenta contener la respiración, el aire que inhala va creando estalactitas en su pecho.

Observa, de pronto, que enfrente suya cuelga del vacío una gran pizarra. ¿Estaba allí desde el principio? Se esfuerza por leer desde su asiento las palabras escritas en ella. Imposible, no desde esa distancia, quizá tenga que levantarse y leerlas. Pero la sola idea de andar descalza por esa nieve tan afilada la hace desistir a la primera.

A sus espaldas oye un ruido, alguien está partiendo la nieve con cada pisada de sus pesadas botas. Alguien que se aproxima hacia ella en silencio, sin llamarla.

El hombre que pasa junto a ella, rozándole el hombro, lleva un arpón en la mano; parece un marinero, pero allí no se ve ningún barco. Sin dirigirle una sola mirada, se sienta dos o tres pupitres delante de ella. ¡Se le ve tan grande allí sentado! Sus rodillas dan con la madera y termina por colocarse de lado. Es entonces cuando la mira.

--¿Sabes qué hacemos aquí, mujer?

Ella niega con la cabeza, sin dejar de tiritar. Sus labios están tornándose morados, y el color de su tez más pálida que la nieve blanca.

--Habrá que esperar... ¿Cómo te llamas, mujer?

--¿Esperar a qué?

--¿Cuál es tu nombre?

La mujer niega lentamente con la cabeza, ha olvidado como se llama, quizá venga escrito en la pizarra.

--¿Puede leer lo que hay escrito en la pizarra? Quizá ese sea mi nombre, no lo sé.

--No sé leer. Mi nombre es Nelson, nací a orillas del Turumak. ¿Lo conoces?

--No existe la orilla de ese río, eso sí que lo sé. No me pregunte cómo, pero lo sé, no es real.

--¿Y esto sí lo es? El ademán del hombre abarca todo el paisaje.

--Yo, tengo frío... mucho frío.

--Yo, sin embargo, no --replica el marino--. Y sé mi nombre, y de dónde vengo.

--Creo que he muerto...

--Pues yo estoy vivo...

La mujer exhala un resignado suspiro. Es hora de irse.

Cuando vuelve a abrir los ojos se encuentra tumbada en la cama del hospital. El hombre se acerca a ella y pasa los dedos suavemente por su pelo, con el dorso de la mano le acaricia la cara y la besa.

--¡Estás helada!

--Eso me temo...

Después de aquella noche...

3 mar. 2008


A la orilla del río Turumak empezó el viaje de Nelson, y acabó su vida.

Se embarcó un amanecer, de puntillas, con la gorra calada hasta las cejas, y las provisiones justas. Tenía la conciencia culpable, pero el corazón libre por primera vez en muchos años. Sólo las gaviotas fueron testigo de su huida, aunque a él le gustaba decir que fueron su cortejo de despedida.

No sé que fue de él en aquellos primeros meses en los que navegó sin rumbo fijo, acercándose a los puertos sólo para comprar víveres, siempre en medio de la noche, como un proscrito.

Se dejó crecer la barba, y su piel se endureció y quemó por la brisa y la sal. Sus arrugas se hicieron más profundas y enigmáticas. Él me contaba que sufrió de tanta soledad, que casi se olvidó de hablar, y llegó un momento en que se entendía mejor con delfines y ballenas, en las noches de luna llena, que con las personas. Y no lo lamentaba, de veras que no.

Cuando le conocí era un hombre a la deriva, que ni tan siquiera sabía en que día ni mes vivía. Trocamos comida por unos arreglos en mi barco, y fue ahí donde bajó la guardia y me narró todo lo ocurrido. Creo que no lo hubiera hecho de no haber sido por todos los meses pasados a solas con la mar y sus pensamientos.

Aquella noche, la taberna estaba vacía. En el puerto había pocas naves atracadas, y los marineros habían vuelto ya a sus barcos, a dormir la borrachera en sus camarotes. Nelson daba vueltas a su jarra de cerveza, me ofrecí a llenársela de nuevo, pero me rechazó.

—¿Crees en los fantasmas?

Yo me encogí de hombros, igual que hubiera hecho si me hubieran preguntado si quería casarme con la tabernera, o si creía que el país tenía que ser una república. Tanto más me daba: el mar era mi tierra. No necesitaba conocer más.

—Yo no creía, no antes al menos. Pero después de aquella noche…

Se remangó la camisa, y me mostró una cicatriz: morada y profunda, que le rodeaba la muñeca.

—Quiso atraparme… y a punto estuvo de conseguirlo, sino llega a ser por ella…

La tabernera apagó poco a poco todas las luces. Después, se nos quedó mirando en silencio, tras la barra, mientras secaba con un trapo viejo una de las jarras.

—Debemos marcharnos, Nelson…

Salimos a la húmeda madrugada. El suelo estaba resbaladizo, y de cada dos farolas de gas, sólo una alumbraba. Subí el cuello de mi chaqueta, y saqué la pipa del bolsillo. No tenía intención de preguntarle más, pero él siguió hablando: tuve la sensación de que se había olvidado de mí.

—Tenía el brazo cogido por sus fauces, la sangre había empezado a manar de mi muñeca y recuerdo que pensé con claridad: ¡estás muerto, amigo! Forcejeé. Mejor manco que muerto. Pero aquel maldito monstruo tenía demasiada fuerza. Entonces me rendí, recuerdo que dije: ¡de acuerdo, es el final! ¡Y en ese momento, la ví!

Se volvió con los ojos muy abiertos hacia mí, y me agarró del brazo. No sentí miedo, sólo pensé: ¡pobre loco!

—Aquel ave llegó volando del cielo y se posó sobre el agua como si no tuviera peso. Era hermosa, ¡oh sí!, ferozmente hermosa. Sus ojos parecían humanos, estaba vestida con plumas blancas y negras, medía más de un metro. ¡Nunca había visto nada igual! Se quedó allí, erguida en el agua, sin hundirse y clavó sus ojos sobre el monstruo. El tiempo se detuvo… y aquel bicho me soltó, para hundirse en las profundidades.

Calló; y quedó mirando a los barcos atracados en el puerto. Después se volvió hacia mí.

—¿No me crees verdad?

—¿Y eso te importa?

Nelson negó con la cabeza y siguió murmurando sus recuerdos.

—Ella levantó sus alas y se descendió delicadamente sobre la proa del barco. Me miró fijamente, ¡parecía tan triste! Y después, repentinamente, se marchó. Me desperté al día siguiente con el barco a la deriva y la muñeca ensangrentada.

—Te salvo…

—Creo que ella estaba allí, el día que partí de la orilla del Turumak… ¿Te he contado porqué me fui?

En un sólo lugar...

2 mar. 2008

Aparezco allí, en medio de la calle. Frente a mí está él, bajo un arco, con su chaqueta raída, su barba blanca, los brazos a los costados, inmóvil. Lo veo todo en blanco y negro, o quizá es que los muros, los adoquines, y las ventanas de las casas están tan desgastados por la desgracia que se han tornado todos grises.

Nos miramos, y sé que el anciano espera que le siga. Y eso es lo que hago, avanzar hacia él. Y en el momento en que me muevo, él también se pone en marcha. No me espera, va unos pasos siempre por delante de mí. Paso por debajo del arco y entro en su universo.

La ropa limpia cuelga de las ventanas, y hasta las sábanas son grises, como las plumas de los pájaros en sus jaulas. Hay un trasiego incesante de mujeres, hombres y niños en la calle: delante de los comercios, dentro de los cafés, jugando en la calle. Es difícil caminar con tantas personas cruzándose en mi camino, y por momentos pierdo al hombre, que ni una sola vez ha vuelto la cabeza para asegurarse de que le sigo.

Me cruzo con soldados que van en grupos de cinco, sus uniformes grises salpicados por motas rojas que también les manchan las manos.

No me ven, ninguno de ellos parece darse cuenta de que estoy allí. Cuando voy a pasar a su lado se apartan levemente sin mirar, lo justo para que pueda pasar sin rozarlos.

Sobre nuestras cabezas sobrevuelan aviones que me obligan a taparme los oídos, vuelan demasiado bajo, pero ninguno de ellos levanta la mirada para observarlos. Comienzo a cansarme, estoy a punto de desistir, cuando me doy cuenta de que una de aquellas vueltas nos lleva a un callejón solitario.

La entrada está coronada por un arco, atravieso un corto túnel y salgo a un patio de casas de piedra, y en el medio, un único árbol. Debajo de él, sentado, esperando: el anciano.

El árbol está en flor: pétalos de colores suaves revisten sus ramas, una luz cálida, naranja, rodea su perímetro. Unos gorriones están apoyados en el alféizar de una ventana, en silencio, como estatuas resquebrajadas. De pronto —como en respuesta a una ancestral llamada—, alzan el vuelo y se posan en una de las ramas. Comienzan a piar, a moverse en pequeños saltitos de un lado a otro, a picotearse y sacudirse, sus alas se colorean, sus ojos brillan.

Camino hacia el hombre, y sin cruzar palabra, me siento a su lado.

Allí dentro huele a primavera. La luz, el color, los tenues sonidos del atardecer se expanden en espiral fuera de nosotros, alcanzando el cielo.

—¿Seguirá estando gris allá fuera? —. Le pregunto al anciano.

—Quizás.

—¿Para qué me has hecho venir? ¿Qué sentido tiene?

—¡Y que importa eso! Estás aquí. ¿O preferirías estar allá fuera?

Niego con la cabeza. La echo hacia atrás recostándola sobre el tronco del árbol. Puedo ver el cielo azul a través de las ramas cargadas de flores blancas.

—No querría estar en ningún otro lugar.

Confía en mi...

1 mar. 2008

Ken Auster's



La tarde atraviesa la casa. Camuflada en la brisa fresca que arrastra el mar, escondida en los finos visillos. Ha comenzado la primavera, joven e indecisa aún, con rastros de invierno durante la noche.

El salón de la casa es sencillo: muebles elegantes y sobrios de madera, lo que corresponde a una casa de fin de semana en la playa. Hay un jarrón de cristal con un ramo de flores silvestres sobre una mesa, la mujer inhala su perfume desde el sillón. Necesita coger fuerzas antes de empezar.

Tiene los brazos apoyados en el pasamanos, y sin haber comenzado a hablar, ya se siente cansada por haberlo hecho. El tic-tac del reloj de pared suena rasposo y monótono.

--No quiero que esto se vuelva a repetir. Tienes que confiar en mí, ¿entiendes? Las cosas que estoy haciendo --aunque a ti no te lo parezcan--, son por tu bien.

--¡No puedes controlar mi vida! ¡No tienes ningún derecho!

--No permití tu acceso a la cuenta para que la vaciaras. Fue un voto de confianza. Un voto que has traicionado.

Silencio. Las dos se miran, saben que no llegarán a ningún acuerdo. Entonces, ¿para qué repetir la discusión? Se suceden una serie de acusaciones y reproches, gastados, que las dos llevan a cabo como un viejo ritual. Quisieran parar, pero no pueden.

--¿Salimos a dar un paseo?

La otra calla, y sigue sentada con un gesto de obstinación en los labios.

--¡Oh, vamos! ¡Soy yo la que tiene que sentirse enfadada, soy yo a la que has robado! Salgamos fuera de una vez. Y coge una chaqueta, o te resfriarás. La noche se echa deprisa en este tiempo.

Las dos mujeres se descalzan para andar por la playa. La más joven lleva un vestido suelto, de pequeñas flores y, mientras van andando, se recoge el pelo en un rápido y resuelto movimiento. La mujer más mayor la mira.

--Eres hermosa, más que yo cuando tenía tu edad.

La joven sonríe y se encoge de hombros. Van a hacia la orilla dejando que las tímidas olas toquen sus pies al caminar.

--Voy a tener que quitarte la tarjeta de crédito. Lo lamento de veras, pero no me dejas otra opción.

--Eres una mala hija.

--Y tu una madre con una compulsión incontrolable por las compras, y sin pensión, que vive gracias a mí.

--No pienso ir a vivir a una residencia de ancianos. ¡Que lo sepas!

--Y yo no pienso quedarme sin ahorros, eso también creo que debes saberlo.

La anciana bufa por lo bajo, y su hija le coloca protectoramente la chaqueta.

--Andemos un poco más, hoy hace una tarde preciosa.

--¿Tanto dinero te quite, hija?

--He pedido prestado para pagar la luz, madre.

Las dos suspiran a la vez, involuntariamente. Se dejan calentar por los tibios rayos de marzo.