Frente a frente..

26 abr. 2008


El hombre está sentado sobre la copa pelada de un árbol muerto, a cientos de metros de altura. Está rodeado por las estrechas paredes de un cañón de arenisca rojiza. Tiene el torso desnudo, brillante, expuesto al sol que se alza sobre el desierto sin vida.

En frente de él, en otro árbol, está la bestia. Los ojos inyectados en sangre, la lengua colgando a un lado, salivando sobre el rostro de ella. Su aliento apesta, sus colmillos están amarillentos y entre sus otros dientes asoman pequeños trozos de carne de su última presa. Ella yace inconsciente, doblado el cuerpo sobre el tronco blanco.

El tiempo los ha congelado en esta escena. Esculturas de piedra caliza, atrapadas en un instante de vida, de muerte. El sol no calienta, el viento no gime, el silencio no suena. Decorado de cartón piedra.

El hombre está inmóvil, alrededor de su cuello cuelgan larguísimos collares de semillas que llegan hasta el suelo. Sin que mueva un sólo músculo de su cuerpo, los collares se alzan de las profundidades en una espiral silenciosa, obedeciendo una llamada atávica.

Buscan a la bestia. La ascensión es rápida y silenciosa. Cuando llegan a la altura de su rostro, levitan sinuosos, como serpientes alrededor de su presa.

El monstruo levanta los ojos de la mujer y les mira de frente. Se enroscan alrededor de su cuello y le ahogan. Después le arrastran al vacío y dejan caer su cuerpo, que revienta contra el suelo.

El hombre llama a sus collares con un pequeño y suave silbido. Estos se giran, penden en el aire, rodean la cintura de la mujer, y la llevan volando hasta depositarla en sus brazos.

El hombre, delicadamente, apoya su frente sobre la de la mujer. Sus labios rodean el contorno de su boca, antes de regalarle su aliento. El beso llena de aire sus pulmones y la despierta. El tiempo vuelve a detenerse, convirtiéndolos en estatuas de cera.

Con mis propias manos...

25 abr. 2008


Comienzo a cavar. Hundo la pala en la tierra seca, apoyo el pie en el canto, y empujo. El esfuerzo apenas da resultados.


Aún así, continuo.

Una y otra vez empuño la pala como cuchillo para hendir la tierra.

Mi determinación es mi única salida.

El graznido de un cuervo me interrumpe. Levanto la cabeza, y sigo su vuelo. Viene directo hacia mí, surcando el páramo helado. Pasa rozandome el pelo.

A mis espaldas, un árbol proyecta una sombra famélica. De tronco reseco y ramas frágiles, a punto de troncharse, último baluarte de la vida.

El cuervo se posa sobre él. Y después, un segundo. Y un tercero. Y el resto de la bandada viste de negro el árbol.

Me miran fijamente, con movimientos espasmódicos de la cabeza. Decido sacar un pañuelo y vendarme los ojos.

A ciegas sigo cavando. La pala resbala de mis manos a causa del sudor. Me seco en los pantalones. Y sigo. Sigo. Sigo.

No hay sol, tampoco luna, que me diga en que momento del día o la noche estoy. Sólo la bruma reptando a pocos centímetros del suelo.

De pronto, la pala golpea algo. Paro, me quito la venda y miro aquella tumba que he cavado.

Con mis propias manos aparto los últimos montículos de tierra. Allí está. Es mi cara, mirándome con los ojos abiertos.

Estoy muerta y enterrada. Sujeto mi propia cabeza entre las manos. ¿Cómo he llegado hasta ahí?

—¿Necesitas ayuda?

Miro hacia arriba y veo a un hombre con mi pala en la mano.

—¿Quién eres?

—El desenterrador.

—Llegas demasiado tarde.

—Yo creo que no.

—Mira, acabo de hacer tu trabajo.

—Pequeña, mi trabajo eres tú.

Es cosa de dos...

22 abr. 2008

Las luces de la feria compiten jubilosas contra el brillo de las estrellas de verano. Es su primera cita.

En vano se esfuerzan por disimular su inquietud. Esquivan los silencios como si fueran estocadas de un acero mortal. Ambos tropiezan una y otra vez con las palabras: interrumpiéndose, comenzando a hablar al unísono, excusándose con carcajadas nerviosas.

—Tu primero.

—No, tú, por favor.

Y de nuevo se atropellan, se miran y ríen avergonzados.

El chico compra unos helados. Recorren la feria lentamente, esquivando con cuidado a los niños y sus padres. Él la mira a hurtadillas. Intenta controlar los latidos desbocados de su corazón. Teme decepcionarla. Su orgullo le impide demostrarse demasiado solícito. O quizás sea su miedo. Sus ojos y su voz le perturban.

Ella ha dejado caer todas sus preocupaciones cuando dobló la esquina y le encontró esperándola. No son sólo las mariposas en el estomago, ni las pupilas dilatadas, ni la voz que a veces le tiembla. No. Es esa sonrisa bobalicona que se ha adueñado de su labios nada más verlo.

La noria se alza por encima del resto de atracciones. Los dos se quedan mirándola en silencio.

—¿Te dan miedo las alturas?

El chico se encoge de hombros.

—¿A ti te gustan?

Ella sonríe y asiente. A él le traiciona un suspiro que no puede reprimir a tiempo.

—Vamos entonces.

Pero ella se queda quieta, mirándole fijamente.

—¿No querías montar?

—Pero tú no. ¿Cierto?

El levanta la cabeza y se queda mirando las bombillas de colores que adornan la rueda gigante. Los gritos de los niños tienen más de excitación que de miedo. No sabe que decir.

—Es cosa de dos.

El frunce el ceño sin comprender.

—¿Montar en la noria?

—No, dar vueltas en la vida.

Sin esperar su respuesta se da la vuelta y se sienta en un banco próximo. Él sigue sus pasos y se coloca peligrosamente cerca. Permanecen callados, a punto de malograr la magia surgida. Su dulce perfume le llega junto con el olor de las palomitas y el algodón de azúcar. Se siente desnudo, le invade el miedo a quedar sin defensas ante ella, sin coraza, sin posibilidad de marcha atrás.

Ella se gira y se queda mirando su perfil durante segundos que se le hacen eternos. Luego le pregunta:

—¿Quieres que nos marchemos?

Sí, si quiere. Y no, no quiere.

Antes de poder contestar, explotan en el aire unos modestos fuegos artificiales. Ella se echa a reír, ilusionada, igual que una niña pequeña: con la boca entreabierta y las palmas de las manos muy juntas, como si de un momento a otro fuera a aplaudir.

El se levanta y le tiende la mano.

—La noria nos espera.

Entrelazan sus dedos y el mundo cesa de tambalearse.

Uno nunca aprende...

21 abr. 2008

Dos hombres en una habitación sin ventanas, con una sola puerta, y está desvencijada.

—Nunca podría hacerlo.

—¿Por qué no?

—No soy así.

—¿Y crees que yo sí?

El más joven se encoge de hombros, el mayor entiende que es una forma ambigua de afirmación.

—Eres tan cobarde que ni me miras a los ojos.

—No vas a provocarme con eso.

—No lo pretendía.

Silencio. Están sentados frente a frente, les separa una mesa de madera: sobre ella un fusil.

—Debes pensar que disfruto con ello.

El joven niega lentamente con la cabeza.

—No te juzgo. Pero no quiero ser como tú.

—¿Y como soy, hijo?

—Como los demás.

—¿Y eso es tan malo?

Una mosca se posa encima de la mesa y el padre la aplasta de un manotazo. Luego mira al joven directamente a los ojos.

—¿Tú la habrías dejado vivir?

—Creo que no… No lo sé.

—Pero no es más que una mosca… Es eso lo que piensas… ¿no es cierto? ¿Qué es lo que te frena?

—Las personas no son moscas, padre.

—Es cierto. Las moscas no me causan ningún daño, solo son una molestia.

El hijo se levanta y recorre la habitación como un león enjaulado.

—¿Crees que sabría cuando parar, padre? ¿Crees que una vez apretado el gatillo, sería capaz de matar sólo por necesidad, por supervivencia?

El padre se mira las manos, estropeadas a causa del duro trabajo. La única bombilla de la habitación parpadea y, por unos segundos, deja a oscuras a los dos hombres. El padre coge el fusil, lo apoya entre sus piernas, y se mete el cañón en la boca.

El disparo deja sordo al hijo. El cuerpo del padre se sostiene por unos instantes, luego cae desmadejado sobre el suelo.

—Lo ves padre. Uno nunca aprende cuando parar.

Un capitán de barco inglés (segunda parte)

19 abr. 2008



Como el de un banshee, se alza desde la bruma el graznido de una gaviota. En la distancia, el corazón de la mujer se para.

Con un gesto rápido se echa el chal por los hombros y sale corriendo de la casa. El corazón, que hace apenas unos instantes había enmudecido, comienza a golpear violentamente las paredes de su pecho.

Durante el camino comienza a llover, con furia. El cielo se ha propuesto desbordar el mar con el agua de las nubes. Las calles quedan en un momento desiertas. Los gorriones callan, los niños miran boquiabiertos a través de las ventanas.

El vestido de la mujer está empapado, recoge sus faldas para poder ir más deprisa.

Corre cuesta abajo, sin apenas aliento, por la pendiente adoquinada que lleva al puerto. Un relámpago cae sobre el mar e ilumina el barco.

El mar rechaza una y otra vez la nave, impidiéndole atracar. La mujer espera en silencio, erguida, azotada por el viento, su pelo serpenteando sobre su cabeza como el de una furia. Sus ojos siguen los esfuerzos de los marinos por entrar en el puerto. Al timón, una figura solitaria, obliga a retroceder al mar con su sola voluntad.

El hombre salta del barco y va a su encuentro. Nuevamente el atardecer es testigo de su encuentro. Frente a frente, en silencio, se recorren con la mirada, buscando una palabra.

--¿Encontraste lo que buscabas?

El hombre calla, le tiende su cuaderno de bitácora.

La mujer lo coge, delicadamente, y lo estrecha contra su pecho.

--¿Cuando volverás a partir?

--Tú no lo sabes, pero nunca me fui.

Cae el telón. Los aplausos resuenan emocionados desde los palcos. Los actores saludan desde el escenario. Las candilejas iluminan los ojos de las señoras, los caballeros les tienden discretamente sus pañuelos.


Campos de trigo negro

18 abr. 2008


Era una senda custodiada por campos de trigo negros.

Con cada paso que daba el camino se estrechaba, hasta desaparecer por completo. Invadido por flores, hierbas, plantas: grises unas, negras otras. No quise volverme para mirar atrás. No quería ver que había a mis espaldas. Cogí aire, y me adentré en aquella tierra agrietada.

El trigo era de piedra, a veces de acero. Cuando conseguía avanzar un paso, las espigas se arremolinaban detrás mío impidiéndome volver atrás. Las sentía duras, como lanzas clavadas en el suelo esperando mi caída.

La noche cayó sobre mi como un velo tosco. Vislumbré un árbol sobre un claro. Tenía que alcanzarlo. Si caía, rendida por el sueño, moriría empalada por espigas de trigo negro.

Cuando subí la pequeña y desnuda colina, las piernas me sangraban a causa de los cortes. Apenas podía moverme a causa de los hematomas que me habían provocado los campos.

Me dejé caer a los pies del árbol, apoyé la cabeza en su tronco y cerré los ojos. No había estrellas en el firmamento, no había luna, no había viento, sólo los campos de trigo creciendo.

Por unos instantes perdí la consciencia, quizá fueron horas, ¿quién sabe? Cuando desperté mi pelo y espalda estaban húmedos. Pensé que era sudor: la angustia habría escapado por cada uno de mis poros y habría mojado mi piel. Me equivocaba. Pasé mis manos por la nuca para secarme, pero aquello no era sudor. Era espeso, caliente, pegajoso: era sangre.

Me incorporé bruscamente palpándome en busca de cualquier herida. Fue en vano, nada tenía. En medio de aquella oscuridad densa y sofocante, miré el árbol donde momentos antes había reposado. De hojas carmesí, de ramas como venas hinchadas a punto de estallar. De su tronco manaba la sangre. Cientos de hilillos, como cataratas en miniatura, precipitándose al vacío.

Miré los campos de trigo negro y escuché como reían.

Levanté un muro a mi alrededor. Me encogí allí dentro esperando que se hiciera de día. Fue inútil. Un puño gigante se había propuesto derribarlo y enterrarme viva. Golpeaba sin cesar: pum, pum... pum, pum. Pensé en cortarme las orejas.

Los campos negros se habían extendido hasta cercar mi muralla. Cerré los ojos y escuché. Era yo la que hablaba. Y no sé quien soy.

De una patada, rompí las paredes y salí de allí. Me encaminé hacia el árbol, y me abrazé a él. Dejé que me manchara la cara, las manos, el pecho. Mezcle mis lágrimas con su sangre. La hemofilia del árbol se curó, mis heridas cicatrizaron.

Los campos de trigo se giraron y me miraron.

--Sé que no vais a dejar que amanezca, pero no voy a quedarme aquí quieta.

Me adentré una vez más en ellos, con la oscuridad a cuestas. No miré al cielo, por eso no la vi. Una estrella sobre mi cabeza.

Es la hora...

12 abr. 2008




El circo aclama a su próximo gladiador. La arena dorada se oscurece a causa de los coágulos de sangre. El sol cae sobre ellos, iluminándolos.

Estoy sentada en la primera fila. La luz del atardecer ciega mis ojos y me obliga a parpadear. Gotas de sangre y sudor salpican mis pies descalzos. El ruido es ensordecedor, aunque la arena estuviera vacía seguirían gritando. Un hombre se me acerca y me señala. Quiere que salga a luchar. Niego con la cabeza. Apoya con fuerza la punta de su espada sobre mi pecho. Una única y espesa gota carmesí brota y comienza a deslizarse sobre mi piel. Le miro a los ojos, comprende que no tengo nada que perder. Me pongo en pie, lentamente, cojo su espada entre mis manos, y la aparto de mí.

El silencio se propaga como un sordo eco por las gradas de piedra.

Salgo sin mirar atrás. A mis oídos llega el lamento del "Choros" en el escenario: Antígona y Hemón yacen juntos. El público aplaude exaltado por su muerte.

Me están esperando. El abuelo está sentado en el porche, con Dana a sus pies. A pesar de los años, su vista es mucho mejor que la mía. Levanta la mano, en un gesto indolente a modo de saludo. Dana echa a correr hacia a mí.

A su lado está Elbereth, sentada sobre la barandilla, y Lea tumbada en una hamaca con un libro sobre el regazo. Los tres me miran en silencio hasta que llego a su altura.

--Te estábamos esperando.

--Lo sé, abuelo.

--¿Estás preparada? La mirada de Lea es tan compasiva que me obliga a ser dura: con ella, conmigo misma.

--¿Y quién lo está?

Elbereth sonríe, de un salto baja de la barandilla y entra dentro de la casa, la siguen los demás. Me retraso un momento, quiero fijar en mi memoria ese horizonte, el dulce olor del aire, las hojas caídas sobre la tierra, las golondrinas y sus piruetas. El hocico húmedo de Dana acaricia la palma de mi mano.

--Lo sé, es la hora.

Con un suspiro doy la vuelta y entro en la casa. Una, dos, tres vueltas a la cerradura.

Elbereth está cerrando las ventanas y echando las contraventanas de madera. Lea coloca toallas en los resquicios de las puertas, el abuelo tapa los espejos con sábanas. Dana y yo subimos al piso de arriba.

La habitación está vacía. No hay ventanas. Marcas en la pared de antiguos cuadros, una carta amarillenta por el suelo, olvidada en alguna mudanza. Polvo, mucho polvo.

--Estás a tiempo, niña.

Niego con la cabeza.

--El tiempo se me agotó hace mucho, abuelo. Sólo estoy usando los mismo minutos una y otra vez, andando en círculos, mordiéndome el rabo.

Lea cierra la puerta de la habitación: una, dos, tres vueltas a la cerradura. La habitación se estrecha y alarga de forma inconcebible. Nos giramos y enfrentamos la puerta que se perfila en el muro del fondo. Echo a andar con Dana y el abuelo a mi lado. Elbereth y Lea van detrás de nosotros. Ninguno hablamos.

Llegamos al final. Los cuatro nos colocamos en fila, frente a la entrada.

--Yo la abriré.

--Por supuesto, niña. Ninguno lo dudábamos.

--Estaremos bien, abuelo. Confía en mí.

Cojo a Dana en brazos para cruzar. Echo una última mirada atrás. Agarro el pomo con fuerza, empujo hacia dentro, y la puerta se abre. Allí está.

--¿Unas últimas palabras, pequeña? Al abuelo le cuesta hablar, por el nudo en la garganta.

--Un placer haber coincidido en esta vida.

Los tres me sonríen.

--Hija, busca una compañía de teatro, seguro que necesitan alguna actriz melodramática.

--¿Te reservo el papel de villano, abuelo?

Los dos sonreímos, y callamos. Dejo a Dana en el suelo, y echa a correr. El abuelo me mira y asiente. La puerta se cierra a mis espalda. Llamó a Dana para que no se aleje y la sigo.

Perdona...pero...

10 abr. 2008

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—Recuerdame como me llamo, por favor.

—¿Lo olvidaste?

—No lo sé.

—O has olvidado como te llamas, o no.

—Bueno… puede ser que crea que sé como me llamo, y no sea cierto.

—¡Hija, que plomo eres! No tengo yo las mallas verdes para perderlas en estas cosas.

—Pensé que los gnomos estaban para este tipo de situaciones.

-¡Já! Te informaste mal, cielo. Vuelve a llamar al sindicato.

—No me llames cielo, por favor.

—Disculpa, cariño.

—No me llames cariño, por favor.

El pie del gnomo empezó a oscilar, con inusitada rapidez, de adelante a atrás. Como ocurre a los afectados por el mal de las piernas inquietas.

—En fin… ¿nos decidimos?

—¿Pero tanta prisa tienes, demonios?

—Demonios no, guapa: gnomo. Soy un gnomo. Y ahora mismo me espera un grupito de lo más fashion de elfos, duendes y hadas, para ir a surfear.

—¿Has dicho hadas? Yo tuve un hada madrina. ¡Tenía un carácter! ¡Ufff!…

—Sí, la conozco. Ella tampoco tiene buen concepto de ti.

—La vida es muy dura, gnomo.

—Dímelo a mí, que tengo que ir por la vida vestido con estas mallas verdes y un gorro puntiagudo. ¡Lo que cuesta que me tomen en serio!

—Sí, ha de ser muy denigrante tener ese aspecto.

El gnomo me clava su mirada más furibunda, en vano.

—Psss… Estoy acostumbrado. Decídete, o me voy.

—Pues vete. Yo me quedo un ratito.

—Bonita, no puedes pasarte el día en una nube. Es hora de bajar. ¡Vamos!

—¡Pero quién se va a enterar?

El gnomo ignora la queja. Se pone en pie, con los brazos en jarras durante unos instantes. Luego, estira la mano, haciendo bailar tres dedos delante de mí.

—Voy a contar hasta tres… después me iré, guapa.

—¡Pero como voy a recodar mi nombre, si no paras de referirme con todo tipo de adjetivos absurdos!

—Uno…

—¡No pienso moverme!

—Dos…

—¿Qué tiene de malo estar en una nube?

—Tres.

—Valeeeee. ¿Puedo irme a surfear contigo?

—Perdona… bonita, pero el elfo es mío.

—Yo estaba pensando en el duende…

—¡Qué aberración!

No hay otra forma...

8 abr. 2008

La Casa Giratoria

Algo va mal. La mujer se incorpora de un salto en la cama. Tiene la camiseta y el pelo mojados a causa del sudor. Por unos segundos se queda inmóvil, aguzando el oído. Nada, ni un sonido. Eso es lo que la ha despertado: la ausencia de ruido. Se tira de la cama y baja corriendo las escaleras. Entra en el salón como un torbellino, pero frena en seco cuando ve a la otra mujer.

Está sentada en una mecedora, tiene un libro sobre las piernas, y mira fijamente a través de la ventana.

--¿Dónde están?

--Se han ido.

--¿Por qué las has dejado marchar? Te dije que me avisaras si intentaban irse. ¡Te lo dije!

La mujer se encoge de hombros, aprieta los labios con amargura, y da un pequeño impulso con el cuerpo a la mecedora.

--Estabas durmiendo.

Sale corriendo de la casa dando un furioso portazo. Delante del porche duda por unos instantes: izquierda o derecha. Niega con la cabeza: no, colina abajo, habrán ido hacia el mar.

Echa a correr precipitadamente levantando la cabeza hacia el cielo. Nubes de tormenta se acercan por el este, piensa: "Dios mío, se van a empapar".

La mayor lleva a la pequeña de la mano. Tira de ella con fuerza, y a ratos la ha cogido en brazos, pero pesa demasiado. La niña lleva agarrado un oso viejo de peluche. Tiene las mejillas coloradas por el esfuerzo y chorretones de lágrimas le manchan la cara.

--Quiero parar, por favor.

--No podemos. Si lo hacemos nos alcanzará, ¿no lo entiendes?

--¿Por qué quieres dejarla sola?

--No hay otra forma. No la hay.

Se agacha para limpiarle la cara con las mangas de su camiseta, pero se frena en seco cuando ve a la mujer venir hacia ellas corriendo.

--¡Aprisa, ya está aquí!

Las dos niñas se agarran de la mano y se lanzan a ciegas por la colina. Suaves gotas de lluvia comienzan a caer sobre la tierra. La pequeña resbala pero la mayor la sujeta con mano firme, levantándola en vilo, impidiendo que caiga.

En el horizonte, el mar las espera en la playa.

La mujer grita sus nombres en vano. El viento arrastra su voz muy lejos, y la lluvia la ahoga en su repiqueteo.

La playa está vacía. Les resulta fácil caminar sobre la arena mojada. Las niñas se paran a tomar aliento, y miran hacia atrás.

--¿Es necesario que nos metamos en el agua?

La mayor la mira y sonríe. Aparta, suavemente, su flequillo mojado de la frente.

--No durará mucho. Confía en mí, te cogeré en brazos.

La mujer ve, desesperada, como se adentran en el mar. Sabe que no puede llegar a tiempo, y aún así, sigue corriendo en pos de ellas. El corazón le ha dejado de latir.

--¿Tengo que taparme la nariz?

--Será mejor que no lo hagas. ¿Tienes miedo?

La pequeña asiente con la cabeza y se agarra con fuerza a su cuello.

El mar las rodea, se enreda en sus piernas y tira hacia abajo de sus cuerpos, hundiéndolas.

Algo va mal. La mujer se incorpora de un salto en la cama. Tiene la camiseta y el pelo mojados a causa del sudor. La pequeña está sentada a los pies de su cama; la mayor de pie, mirando a través de la ventana. Se oyen pasos subiendo la escalera.

--Soñé que os perdía.

La pequeña balancea sus piernas adelante y atrás, en silencio. La mayor se gira y clava su mirada en ella.

--¿Por qué piensas que era un sueño?

--Porque estoy viva. Vosotras sois yo. Escapaba de mí misma.

--¿Por cuánto tiempo?

Para...

5 abr. 2008

In Der Mude

Duele. Duele. Sigue doliendo.

Sé que tengo que hacer algo, cualquier cosa, para frenar el dolor. Empiezo a contar los baldosines de la cocina, compulsivamente: uno, dos, diez, veinte, pero choco contra el armario. Hay muy pocos baldosines, no sirve.

Dolor. Angustia.

Me levanto y me preparo una manzanilla. Mi abuela se pasa el día tomando manzanillas, tiene que servir de algo. Un minuto en el microondas. Arriba y abajo paseo por la cocina, y sigo contando. Peldaños infinitos en un mundo perecedero, soy un animal con un código de barras en el que va grabada mi fecha de caducidad.

Miro a través de la ventana, son las seis de la tarde. Sol, calor, a las plantas les han brotado hojas nuevas. La primavera exultante está en mi terraza, me parece una ofensa. Gira el mundo sin detenerse ni un sólo segundo por nuestras penas. Imagino que está bien, imagino que por eso sobrevivimos. Es una mierda.

"Clink" avisa el microondas. Me he convertido en un grano de azúcar, alguien me ha tirado al agua, y ahora me remueve con furia, como hago yo con la cuchara. Me digo: para. Y paro. Es necesario que me obedezca.

La manzanilla quema, es lo que tiene el calentarla. Soplo, pero no se va la pena.

Voy a tender el dolor en unas cuerdas al Sol. Es sólo para que se sequen las lágrimas. No puedo dormir con las sábanas mojadas.

Me siento sola. Duele.

—Para.

Y paro.

—Ya paro, en serio.

—Pero no te quedes inmóvil.

Estoy cansada.

Uno, dos, diez, cuarenta. Años de vida.

Mi Dana

4 abr. 2008

Dana


Aquella noche ella me salvo. Estoy en deuda. Ahora es demasiado tarde para devolverle el favor.

Llegué a casa casi a ciegas, como un sonámbulo que se conoce de memoria el camino, pero que no sabe que pasos está dando. No recuerdo haber sacado la llave, ni meterla en la cerradura. A veces pienso que los ángeles --de existir--, serían como imanes que nos conducen a lugares seguros cuando hemos perdido todo rastro de voluntad.

Allí estaban todos esperándome. Llenos de buenas intenciones, de preguntas de las que creían obtendrían algún tipo de respuesta. Yo me senté al fondo de la cocina e intenté explicar lo que ni yo entendía. No pude.

Sus miradas mostraban tanto desasosiego, tanta impotencia. ¡Pobres padres, con una profesión en la que ser indefinido es más un peso que una bendición! Y yo muda, con la cabeza gacha, conteniendo las lágrimas a base de tragármelas. Pero una se escapa de mis ojos, sale veloz y recorre el puente de mi nariz, pendiendo allí por unos segundos: al borde del abismo, un suicidio. Luego cae, y se convierte en una prosaica gota de agua estrellada contra el suelo.

Y pienso: yo soy la siguiente.

Entonces ella entra en la cocina. Despacio, tímida. Clavando su mirada negra en cada uno de nosotros, probando a entender. Se para unos segundos y me mira. Yo le devuelvo la mirada, ahora empañada, cansada, atemorizada. Y sin dudarlo, se viene hacía mi y me besa. La abrazo con fuerza y entierro mi cara en su lomo, mientras ella se retuerce y me busca para mojarme el rostro con sus lametazos.

Y todo se ordena. El miedo se desploma, y al hacer contacto con el suelo se disuelve. ¡Desaparece! No sé como. Acaricio su cabeza una y otra vez, en silencio la agradezco, y ruego porque me entienda.

Es mi perra. Y hace magia.

Ahora está muerta. Pero yo no quiero que Dana muera.

La quiero, es mi perra, y la quiero.