¿Cuántas veces?

30 may. 2008

Rojo y Negro

Cerró los ojos, adormecida por el rítmico vaivén del carruaje. Su cuerpo se dejaba llevar de un lado a otro, amoldándose a las sacudidas producidas por los accidentes del camino: pequeñas piedras, leves hondonadas, charcos, y los tirones de los caballos causados por el látigo del cochero.

Se quitó el sombrero que adornaba su cabeza y lo posó sobre sus piernas. Mientras, dejó exhalar un tenue suspiro. Las meriendas a la hora del té en casa de las vecinas eran agotadoras. Intentaba concentrarse en su charla, monótona, sobre hijos, maridos, visillos y encajes. Imposible. Sus ojos terminaban desviándose --inevitablemente-- a la estantería, donde se hallaban los únicos libros de la casa. Achicaba los ojos para descifrar las letras doradas que brillaban en sus lomos. Libros olvidados, cubiertos discretamente de polvo. Un recurso decorativo y de ostentación más.

Una vez tuvo el desatino de interrumpir una conversación para preguntar si alguna había leído a Stendhal. El silencio fue más elocuente que cualquier respuesta. La anfitriona se quedó con la tetera a medio camino de la taza, su hija se ruborizó ante el descaro e inoportunidad de la pregunta, y a su espalda escucho risitas mal disimuladas.

Nunca más volvió a preguntar. Su papel en esas reuniones se redujo a llevar el peor plumcake que ninguna hubiera probado jamás. Permanecía durante una hora o dos, absorta, mirando por la ventana, ajena a sus parloteos. Lejos, muy lejos de allí.

Cualquier detalle la salvaba del hastío. Los niños jugando al escondite entre las sábanas tendidas, los pájaros agitando las copas de los árboles centenarios, una pequeña abeja revoloteando sobre una flor. Todo valía para mantenerse despierta.

Ahora --a solas en el carruaje-- se preguntaba desde cuando había empezado a sentirse tan perdida. ¿Cuánto hacía que había dejado de reconocer su propia voz cuando se dirigía a los demás? ¿Desde cuando el espejo le devolvía el rostro de una desconocida?

Llegó a casa cansada, avergonzada por su laxitud nacida de la indolencia, de la aceptación pasiva a llevar una vida que despreciaba. Dejó caer su capa en la entrada, y se asomó tímidamente al salón.

Su madre se había quedado dormida en la mecedora, con la costura en el regazo. La casa estaba impregnada por el olor acre de la madera, el pastel de carne en el horno, y un tibio perfume a lavanda. El hogar.

Se sentó en silencio frente a su madre, e intentó imaginarse cómo sería a su edad. Levantó la mano a la altura de sus ojos, y contempló cómo se marcaban las venas, la transparencia de su piel. "Soy un fantasma", pensó. Tuvo la certeza de que podría desvanecerse allí mismo, sin dejar tan siquiera, una mancha en la alfombra. ¿Cuántas veces había hecho ese mismo gesto y había pensado exactamente lo mismo? ¿Qué tipo de rueda malévola la obligaba a vivir de esa forma?

La cena se produjo de la forma habitual, cada una de las mujeres ocupando un extremo de la mesa. ¿Cuántas cucharadas de sopa se podían tomar en completo silencio? ¿Cuantos vasos de agua?

Al término de la cena, despidió a su madre en la escalera con un casto beso de buenas noches. Por un momento, se quedó allí quieta, sin saber muy bien qué hacer. Y ese momento se estiró, transformándose en largos minutos, mientras contemplaba absorta su rostro en el espejo. La sacó de su ensimismamiento la criada, que confusa y sorprendida, la encontró allí parada, sin hacer nada.

Se ruborizó sensiblemente, y salió apresuradamente al jardín.

Se había levantado un viento frío que parecía querer arrastrar con él todas las estrellas del firmamento. Se sintió vulnerable, como cáscara de nuez a la deriva en un riachuelo. Flotando sólo por estar hueca.

Echó a andar unos pasos, y se volvió para contemplar, con cierta distancia, la casa.

La ventana de su madre se hallaba a oscuras, en la cocina se vislumbraba una tenúe luz. Desde las cuadras le llegó el relinchar lejano de su yegua.

¿Qué es lo que esperaba de su vida?

De pronto, oyó un ruido a sus espaldas. Ramas que crujían, hojas secas aplastadas, unos pasos veloces que corrían hacia ella. Resbaló y cayó al suelo.

Y después, la nada.


Una oportunidad...

18 may. 2008

James Jean

A veces la Vida se cruza abruptamente con nuestra pequeña vida diaria. Es entonces cuando tenemos la oportunidad de cambiar las cosas, o de seguir dejándolas como estaban. Eso es lo que ocurrió aquella tarde, o eso es lo que quiero creer.

Era viernes, por fin. Todos salían del trabajo como si fueran presos fugados. Me vi expuesto a empujones, pisotones, y quejas por mi ritmo lento. No me importó.

Un hombre ciego intentaba buscar la salida, mientras, tres o cuatro personas le esquivaban y le adelantaban corriendo. Todos los días igual. Corredores sin podium, en una febril carrera para alcanzar un tren, un metro, un autobús. Un hombre casi se cae por las escaleras, tropezó con sus propios pies, como un bailarín demasiado viejo para llevar el paso. Una madre casi arrastraba a su hija de la mano, obligándola a ir más deprisa de lo que sus menudas piernas podían. Los ojos de la pequeña tenían las pupilas dilatadas, metía los pies para adentro al andar, y su pequeña mochila estaba a punto de descolgarse de sus hombros.

Ninguno era consciente de que nuestra vida se quedaba atrás mientras corríamos.

El tren estaba en el andén, aguardando: una bestia con la boca abierta, engullendo personas. No me apresuré, podía esperar al próximo. Sonó el pitido de aviso, las puertas iban a cerrarse. Pero no lo hicieron. Y me encontré delante de ellas, dudando sobre si subir o no.

Aquel instante marcó la diferencia. Un segundo después, adelanté mi pie derecho y entré en el vagón junto con el resto. Inmediatamente después, las puertas se cerraron. Entré por mi propia voluntad.

El vagón estaba hasta arriba. El maletín pesaba, había sido un error traerlo conmigo, pero ahora no tenía sentido lamentarse.

Un hombre mayor iba de pie, sujeto a una de las barras, ya nadie cedía el asiento. La mujer y la niña que me habían adelantado un momento antes, estaban en un rincón, rodeadas de gente. La pequeña se agarraba a las piernas de su madre. Cerré los ojos e intente controlar mi respiración. El olor a sudor, a colonia barata, el aliento de un hombre sobre mi nuca, la tos de la mujer con los labios pintados de rojo, la conversación interminable de dos adolescentes sobre ropa, la música saliendo de los auriculares de un oficinista de traje aparente y zapatos baratos. Todo hacía de aquel vagón una trampa sin salida.

De pronto, el tren frenó en seco. Las luces parpadearon, volvieron a lucir, para un segundo después apagarse definitivamente. Las voces se silenciaron de golpe, como si alguien hubiera puesto una mano sobre todas las bocas. Después, alguien gritó, y a ese grito le sucedieron todo tipo de exclamaciones y preguntas retóricas. El pánico se adueño de esos pocos metros cuadrados, sacudiendo de punta a punta el vagón.

Las luces de emergencia se encendieron, una luz mortecina iluminó los rostros asustados, deformados por la misma mueca de horror e incomprensión.

Un grupo de jóvenes tiró de la alarma, otros intentaron romper los cristales y abrir las ventanas. Yo permanecí quieto, mirando todo lo que ocurría a mi alrededor, como si se tratara de una escena de teatro, irreal, onírica, una pesadilla en color sepia.

Y entonces ocurrió. El hombre mayor se desplomó a mis pies. No sé como, pero todos consiguieron apartarse en un instante y el hombre cayó al suelo. Nos quedamos mirándole: muy quietos, sin movernos, temiendo tocarle. Una mujer se arrodilló a su lado e intento tomarle el pulso. Estaba a la altura de mis rodillas, y entonces lo vio: mi maletín.

—¿Usted es médico? ¡Su maletín, ahí pone que lo es!

Miré el maletín horrorizado. Negué con la cabeza lentamente, incapaz de articular palabra.

—¡Pero que le pasa? ¡Tiene que ayudarle! ¿No va a hacer nada?

Me arrodillé junto al hombre, cogí su muñeca entre mis dedos y le tomé el pulso.

—Vive.

—¿No puede hacer algo? ¡Usted es médico!

Todos me miraron con reproche, sentí una ansiedad aplastante oprimiéndome el pecho. Tuve ganas de llorar, pero lo que hice fue abrir el maletín y sacar el estetoscopio. Escuché el débil corazón del hombre latir. ¿Y ahora qué? El hombre abrió los ojos muy despacio. Estaba pálido y un sudor frío le recorría la frente.

—¿Cómo se encuentra?

El hombre me miró, apenas pudo balbucear una respuesta.

Sentí sobre mi nuca un cosquilleo, las miradas de todos esperando mi diagnóstico.

—Es sólo un mareo, una bajada de tensión. No tiene de que preocuparse.

Eché un vistazo al maletín y saqué una pastilla pequeña.

—Póngala debajo de la lengua. En pocos minutos se encontrará bien, se lo aseguro.

El olor agrio del miedo envolvía al vagón, ajadas vendas que cubrían el rostro de una momia. Miré a los que me rodeaban y supe lo que tenía que hacer. Me levanté, cogí aire y lo exhalé con lentitud. Con gesto sobrio, elevé la voz para que pudieran oírme.

—Por favor, escúchenme, soy médico. Necesito que dejen sentarse a los mayores, las mujeres embarazadas y a los niños. Los demás intenten colocarse de forma ordenada, sin estorbarse unos a otros. Necesito líquido para este hombre, cualquier bebida me servirá. Dos o tres de nosotros, se encargarán de ir abriendo las ventanas de emergencia. Intenten contactar con el exterior a través de sus móviles, si conseguimos noticias, estaremos más tranquilos.

Y me hicieron caso, me escucharon y obedecieron. Si hubiera dicho que era electricista o vendedor de seguros todos hubieran puesto en tela de juicio mis palabras. Pero era médico, un hombre que salva vidas. Necesitaban que alguien les salvara.

Una chica me acercó una botella de agua que dimos de beber al hombre. Le incorporé con cuidado, y la tomó a pequeños sorbos. El hombre me sonrió, agradecido.

—He tenido mucha suerte. ¡Un médico en mi vagón!

Le quitamos la chaqueta y le desabrochamos la camisa. El resto del vagón se había colocado tal y como les dije. Alguien consiguió contactar con el exterior y nos dijo que los bomberos estaban de camino, no había de que preocuparse. La gente sacó comida y botellas de agua que llevaban. Sentaron a los más débiles, y entre los demás se hacían turnos para permanecer de pie. Se escuchó a alguien hacer una broma y todos rieron. Nerviosos pero rieron.

Pasó una hora y cuarto hasta que nos sacaron de allí. Había sanitarios esperando en los andenes. Al primero que atendieron fue al hombre mayor. Me escabullí en silencio, aprovechando la confusión. Oí a mis espaldas cómo me llamaban, pero apresuré el paso y me marché a toda prisa de allí.

Llegué a casa y antes de meter la llave en la cerradura, mi mujer abrió la puerta.

—¡Estaba tan asustada! ¿Dónde has estado? ¿Qué te ha pasado?

Pasé por su lado y me quedé mirando la pantalla del televisor. Emitían en directo desde la estación de metro. Estaban entrevistando al hombre mayor. Decía que un médico le había salvado la vida. Todos hablaban de mí.

—¿Me haces un favor, querida? Guarda el maletín de mi padre.

—¿Te lo has traído contigo al final?

—Le traía demasiados recuerdos a mi madre. Esta tarde me pasé a recogerlo, por eso me he entretenido. Mi madre se puso a hablar de él, ya sabes.

Mi mujer se llevó el maletín y yo me dejé caer en el sofá delante del televisor. Mi padre había muerto hacía dos semanas. Siempre quiso que fuera médico, como él. Por una hora y cuarto lo fui.

Ha pasado un año desde aquel incidente. Ahora, la vida me espera cada vez que corro para llegar a la universidad de medicina desde el trabajo.

Dentro de mí misma...

10 may. 2008

Castillo de la Orden Calatrava-Teruel

No sé que tendría que haber hecho o dicho aquella noche para que nada de aquello hubiera sucedido. Quizá hubiera dado igual, quizá era algo que estaba escrito con cincel en el alma pedregosa de la Vida.

La noche se me echó encima mientras conducía. Llamé al hotel, pero la cobertura iba y venía, y todos mis intentos fueron en vano. A veces parecía que descolgaban, pero la electricidad estática se adueñaba de las ondas y nunca pude hablar con ellos. Paré varias veces en el arcén de la carretera para mirar el mapa, la luz interna del coche se fundió y terminé leyendo la guía con una linterna.

Se levantó un viento huraño, que zarandeaba el coche si superaba los cien kilómetros por hora. Apagué la radio, aferré el volante con las dos manos, y puse el teléfono en manos libres. Estaba segura que me llamarían en cuánto vieran que me retrasaba.

Nadie llamó. Quizá tampoco tenían línea. A lo lejos empecé a ver los relámpagos de una tormenta. Los truenos todavía no se oían, eso era buena señal.

Al doblar una curva estuve a punto de morir. Un perro se cruzó en mi camino y giré el volante bruscamente para no atropellarle. Afortunadamente, un quitamiedos me evitó caer por una pronunciada pendiente. Me baje del coche para ver los daños: un lateral abollado y un faro roto. Estaba agachada, cuando oí su respiración. Lentamente levanté la cabeza, y apenas a medio metro, estaba el animal. Me miraba desde unos ojos negros, profundos, tristes. Tan tristes que de pronto —como si se tratara de un repentino estornudo— tuve ganas de llorar. Y lloré.

Lo achaqué al accidente, a los nervios por haberme perdido, a la noche y su tormenta.

Alargué mi mano para acariciarle, y se acercó unos pasos, con cautela. Me olisqueó tímidamente, y decidió que podía fiarse. Terminé abrazándole y rascándole detrás de las orejas.

—De buena te has librado, amigo. He estado a punto de atropellarte. ¿De dónde sales tú?

No vi el relámpago, el trueno me sobresaltó, e hizo huir al perro a la carrera sin darme tiempo a sujetarle. Empezó a llover, gotas gordas cayendo furiosas unas sobre otras. Estuve llamando al perro durante un rato, pero no volvió. Tomé la decisión de seguir adelante. Sabría cuidarse, seguramente mejor que yo.

Cuando, finalmente, atisbé las luces del hotel, exhalé en un suspiro el aire que había estado conteniendo durante horas.

Saqué la maleta, subí por las escaleras de piedra mojada que conducían al Castillo de la Orden Calatrava, y entré en la recepción dejando un rastro de agua a mi paso.

—Buenas noches, tengo una reserva. Y me están esperando.

El recepcionista ni me miró, cogió mi documento de identidad, y comenzó a teclear rápidamente en el ordenador. Mientras tanto, me alejé del mostrador y vi a través de unos cristales la cafetería del hotel. Allí, de espaldas, hablando animadamente estaban los míos. Sonreí al verles e iba a encaminarme hacia ellos cuando escuché la voz del hombre detrás de mí.

—No hay ninguna reserva a su nombre, señora.

En un primer momento no supe qué decir. Fruncí el ceño, y sentí como mi corazón tardaba dos segundos de más en dar el siguiente latido.

—Eso es una equivocación. Mis familiares están en la cafetería, los acabo de ver. Por favor, vuelva a mirar. Yo iré a avisarles y todo quedará aclarado.

—Ya lo he comprobado, más de una vez. Le ruego que no intente entrar en la cafetería, es sólo para clientes alojados en el hotel, y no es su caso.

—¡Le digo que tengo una reserva, y que esos de ahí son mis familiares! Voy a llamar ahora mismo por teléfono, y quiero hablar con su superior.

El recepcionista se encogió de hombros y salió por una puerta trasera. Comencé a rebuscar nerviosa en mi bolso, hasta dar con el teléfono móvil. Cuando lo encontré, me quedé mirando la pantalla durante unos segundos. No tenía ninguna llamada perdida, ningún mensaje. Nadie había intentado ponerse en contacto conmigo. ¿No era extraño? Me había retrasado dos horas en una noche fría, lluviosa, y con tormenta. Sin embargo, nadie había intentado localizarme para saber si me encontraba bien.

Mi corazón nuevamente se detuvo. Puede que ahora fueran más de dos segundos, quizá tres, los que tardó en volver a latir.

Marqué el número en el teléfono, dio señal y suspiré de alivio. Un tono, dos tonos, tres, cuatro… saltó el contestador automático. No era posible. Volví a intentarlo. Mi corazón se había desbocado. La incertidumbre anterior se había transformado en pánico, los latidos se atropellaban unos a otros, bombeando demasiada sangre.

Un ruido a mis espaldas me obligó a girarme con el teléfono todavía pegado a la oreja. El recepcionista estaba acompañado de dos hombres más. Uno era un guardia de seguridad que tenía mi maleta en la mano.

-¡Qué demonios están haciendo! ¡Suelte mi equipaje ahora mismo!

El más mayor se dirigió a mí, con fingido aire de tranquilidad y mucha suficiencia.

—Señora, cálmese por favor. Debe haber cometido usted un error. No tenemos ninguna reserva a su nombre. Además, ante su insistencia, he hecho que nuestro recepcionista entrara en la cafetería y preguntase si había algún familiar de usted, o si alguno de los presentes la conocía. No ha sido así.

Miré al recepcionista que me había atendido, me sonrió. Tuve ganas de pegarle un puñetazo en la cara. ¿Cómo era posible que nadie me conociera? ¡Yo misma los acababa de ver en la cafetería! ¿Me habría equivocado? Me giré hacia la cafetería, pero el guardia de seguridad fue más rápido.

—Insisto, señora, si nos crea problemas llamaremos a la policía. Nadie la conoce en este hotel, y no tiene ninguna reserva. Quizá se haya equivocado de hotel. El vigilante la acompañará a la salida. No deseamos ningún escándalo.

Dio media vuelta, el recepcionista le siguió. Me quedé allí, a solas con el hombretón de seguridad. No entendía nada.

Bajé las escaleras, como sonámbula. El hombre me acompañó hasta el coche, dejando la maleta a mi lado.

—¿Se encuentra bien?

No. No me encontraba bien, por supuesto que no. Me eché a llorar delante de él, creando una situación embarazosa.

—¿Tiene algún lugar a donde ir? Si lo desea puedo recomendarle otros hoteles cercanos donde, quizá, puedan alojarla…

Negué con la cabeza. Le di las gracias, y me metí en el coche a oscuras. ¿Qué estaba pasando? Sentí una presión aplastante en el pecho, aún tenía el móvil en la mano. Volví a marcar: un tono, dos tonos…

—¿Sí, dígame?

¡Por fin!

—¡Eres tú! ¡Dios mío porqué no cogías el teléfono! ¿Dónde te habías metido? ¡Oh, creí que me había vuelto loca! Estoy fuera del hotel, metida en el coche, no me dejan entrar…

—Disculpe, ¿con quién estoy hablando?

Silencio. Ahora sí, ahora mi corazón se paró.

—Soy yo…

—Creo que se ha equivocado, señora.

Clic. La comunicación se cortó. Me quedé mirando la pantalla, absorta, hasta que una lágrima cayó sobre el teclado y pensé —ridículamente— que el agua podría estropear el teléfono. Salí del coche y dirigí mis pasos hacia la parte trasera del hotel, al aparcamiento de clientes. Estaba buscando su coche.

Entonces lo vi: el perro de la carretera. Estaba junto a un hombre mayor, de barba gris y larga. Parecía un vagabundo. Los dos me miraban fijamente, y tuve la certeza de que me estaban aguardando.

Al llegar a su altura, el hombre vino hacia mí y me abrazó. Rompí a llorar como si fuera una niña en su primer día de colegio. Cerré los ojos, y a mi mente acudieron todo tipo de imágenes desconocidas que parecían recuerdos. Recuerdos que nunca había vivido: habitaciones vestidas con estanterías de libros viejos, una pipa de fumar, un sillón de orejas gastado, madera ardiendo en la chimenea, paseos al atardecer, cuentos leídos en voz baja antes de dormir. Vi un hogar, me vi sonreír, no era yo, pero quisiera haberlo sido.

El anciano me susurró quedo al oído:

—Tienes que volver…

—¿A donde?

—Dentro de ti. Coge las escaleras que conducen allá abajo. Y baja, baja, baja. Hasta que llegues, hasta que te encuentres.

El hombre se desprendió de mi abrazo, y se marchó. Quedamos el perro y yo.

Y entonces lo hice. Me metí dentro de mi misma, como una tortuga en su caparazón. Busqué entre mis pulmones, el corazón, y el cerebro. Allí estaba, así que bajé aquella escalera de caracol que rodeaba mis costillas.