Por un tiempo...

23 jun. 2008


Sólo por un tiempo. No dos, ni tres, sino sólo " un tiempo", estaré un poco menos cerca de vosotros. Hoy, apenas encuentro una palabra para compartir con vosotros, pero sobre ella no hay sombra alguna: GRACIAS.


" Hay que decir adiós a quien siempre se despidió, porque se pasó la vida despidiéndose. Nunca lo hizo de un modo sentimental, apenas dolorosamente; se despedía siempre con la exactitud de un cronista que atrapa el pasado, porque quiere la realidad presente, el germen del futuro. Esta búsqueda del tiempo perdido que ha sido siempre una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente. "

Hermann Broch Adiós a Musil (fragmento)

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16 jun. 2008


Estaba caída en el suelo, desmadejado su cuerpo, apenas con vida, cuando una fuerza ajena a ella la obligó abrir los ojos en contra de su voluntad. Apoyó una mano en el suelo mientras se erguía muy despacio, tambaleante: una torre de marfil a punto de caer.

Una punzada en el abdomen la hizo doblarse sobre sí misma. Posó su mano sobre el dolor, como si así pudiera contenerlo. Y echó a andar.

El corsé de flejes de acero le cortaba la respiración, la pesada falda de damasco negra y su estructura de aros de hierro le impedían andar con soltura. La gorguera alrededor del cuello, era como un manojo de dedos blancos apretando su garganta.

Miró a su alrededor y contempló la ciudad que antaño había sido su hogar. La luz naranja del atardecer caía sobre sus muros de piedra, mostrándole su decrepitud, su ruina. Las calles estaban vacías, las puertas de las casas y los postigos de la ventanas abiertos, golpeados sin piedad por el viento. No se veía un alma viviente.

Alzó la cabeza, y en lo alto de la colina distinguió el majestuoso palacio, con su templete de blancas columnas mirando al mar. Desde allí parecía intacto, una ilusión más.

Una sombra negra pasó veloz detrás de ella, alborotándole el cabello. El dolor se hizo más agudo, y la Dama apretó con más fuerza la herida. Un hilillo de sangre brotó entre sus dedos, y manchó su vestido en su recorrido hasta el suelo. La tierra reseca lo absorbió, como si de agua de lluvia se tratase.

Un cuervo sobrevoló la ciudad por encima de su cabeza, otro se posó cerca de un carromato tirado, y la siguió con la mirada mientras andaba. El más grande se acercó volando, de frente, hacia ella. Al verle, la mujer se quedó quieta, y en el último momento quitó su mano ensangrentada de la herida, y extendió el brazo, ordenándole parar. El animal chilló de rabia, pero retrocedió, y todos los demás levantaron el vuelo para seguirle.

Estuvo a punto de caer, de abandonar el ascenso hasta el palacio, pero distinguió una silueta aguardándola en la entrada, y se obligó a continuar como fuera.

Las majestuosas puertas estaban abiertas de par en par dejando ver el suelo, que era como un inmenso tablero de ajedrez. Brillante, sin mácula, como si la destrucción de la ciudad no le hubiera alcanzado. La mujer se descalzó, y pisó con sus pies desnudos los fríos escaques. La sangre que manaba de su costado manchaba los blancos, se camuflaba en los negros.

El inmenso salón estaba vacío. Podía oír el eco de sus latidos escapando de su pecho, chocando contra las paredes, rebotando contra los espejos rotos, alcanzando la cúpula para descender en picado y volver a su corazón. Al fondo, el trono, acogía una oscura figura.

Llegó a su altura y sus rodillas le fallaron. Se dejó caer, sin fuerzas. Una especie de reverencia.

Un hombre salió de entre las sombras para sostenerla. Otros, dieron varios pasos al frente apareciéndose como espectros, y formaron sendas columnas a los lados del trono.

Rostros serios, macilentos, heridos. Unos tenían cosidos los ojos, otros la boca, otros los oídos.

--Creí que nunca lo conseguirías. Creí que nunca te volveríamos a ver.

--¿Qué pasó con la ciudad? ¿A dónde han ido todos?

--Al estómago de los buitres, allí están todos.

--¿No pudisteis hacer nada por evitarlo?

--Resistimos. ¿Aún te parece poco?

La mujer se acercó a la Dama. Con un gesto imperceptible, mandó apartarse al hombre, la cogió por la cintura, y la ayudó a subir al trono.

--Puedes quitarte la mano de la herida. Ya no sangrará.

La Dama obedeció sin pensárselo, y miró sin asombro como la herida se cerraba.

--¿Qué nos venció, Madre?

--La Ira. El Miedo. La Tristeza. El Rencor.

--¿Qué les pasó a tus caballeros?

--Me pidieron que les mutilara. De esa forma, no pudieron oír las infamias, ni herir con palabras, ni ver la maldad en los rostros y en los espejos.

La Dama miró compasiva a los hombres que la rodeaban.

--¿Y ahora qué?

Los hombres se alejaron hacia los ventanales, y descorrieron los espesos cortinajes que los cubrían. El sol del atardecer bañó tibiamente el salón. El viento trajo consigo el olor de los bosques ancianos, vislumbró el mar a lo lejos, con gaviotas llegando a puerto.

--Ahora, has vuelto al hogar.

¿Cuándo volveremos a casa?

9 jun. 2008

Estaba en su habitación jugando, sentada en el suelo rodeada de sus muñecos de peluche, leyéndoles un cuento. La puerta estaba cerrada, aún así, oía la televisión en el salón: algún concurso mantenía hipnotizados a sus padres.

Se levantó y miró a través de la ventana. Se agotaban las horas de vida de la tarde. Un viento alado había arrastrado consigo cúmulos de nubes hasta cubrir el cielo, amenazando a lluvia. Desde allí podía distinguir, al fondo de la avenida, el zoológico, a punto de cerrar sus puertas a las visitas. Era el momento perfecto.

Con gesto serio, se puso su chubasquero chillón y sus botas de agua. Fue a la cocina e improvisó un bocadillo de pan bimbo y nocilla. Dejó el cuchillo manchado sobre la encimera, pero el bote lo tapó con cuidado y lo colocó en la alacena. Fue hasta la entrada casi de puntillas y desde allí, gritó:

--¡Mamá, voy a la tienda a comprar palomitas!

La madre no contestó hasta que el concursante no dio una respuesta.

--¡Vale, pero no tardes mucho! ¡Y sólo hasta la tienda!

La niña bajó por las escaleras contando uno a uno los escalones. Al llegar al portal se preguntó que pasaría si un día el número no coincidiera. Se encogió de hombros y se dirigió con pasos rápidos al semáforo de la avenida, en dirección contraria a la tienda de palomitas.

Justo cuando iba a cruzar el semáforo cambio de rojo a verde para los coches. Todos los que estaban a su alrededor cruzaron, pero ella se quedó al borde de la acera, muy quieta, sola. Se sintió triste, y se maldijo por ser tan miedosa y no haber cruzado corriendo como los demás. No tenía mucho tiempo, y la espera la ponía nerviosa. No sintió la sombra que la observaba, justo detrás de ella.

Mientras esperaba, finas y tímidas gotas de lluvia comenzaron a mojar su chubasquero. Cuando finalmente pudo cruzar lo hizo casi a la carrera, y no paró hasta llegar a la puerta del zoológico. En ningún momento durante aquel camino fue sola, aunque ella no se dio cuenta. El guardia de la entrada la miró de reojo, pero no le dijo nada. Quizá pensó que sus padres estaban ya dentro, o quizá pensó que iban detrás.

Caminó sin titubeos hasta llegar al recinto de los gorilas. Las nubes habían espantado a los pocos visitantes que aún quedaban rondando, y no tuvo problemas para sentarse en un banco frente a ellos, y contemplarles en silencio.

--¿Cuándo nos iremos a casa? Les preguntó en voz baja. Uno de ellos, el más grande y viejo, se giró para mirarla, como si la hubiera escuchado, como si la hubiera entendido.

En ese momento alguien se sentó a su lado. La niña se envaró, atreviéndose sólo a mirar de reojo.

--¿Vienes mucho por aquí?

La niña no respondió, siguió mirando al frente, haciendo caso omiso de la pregunta.

--Yo vengo a veces. Te he visto más de una vez. ¿Nunca vienes con tus padres?

La niña miró los zapatos sucios de barro, e hizo una mueca de desagrado.

--Llevas los zapatos manchados.

El niño se echó a reír, contento porque ella se hubiera decidido a hablar.

--¡Demasiados charcos en el camino! Los tuyos en cambio están muy limpios...

La niña asintió, mientras sacaba su bocadillo de nocilla del bolsillo.

--Mi madre me regañaría si me los ensuciara. Tengo cuidado.

El niño asintió comprensivo, los dos se quedaron en silencio mirando a los gorilas.

--No me gustan los zoos.

La niña le miró muy seria y asintió.

--A mí tampoco.

--¿Y porqué vienes entonces?

--¿Y tú?

--Yo sólo vengo porque vienes tu.

La niña agrandó los ojos sorprendida. Con gesto torpe le ofreció la mitad de su bocadillo. El niño al cogerlo rozó con sus dedos, por un instante, su frágil manita.

--Me siento menos sola con ellos que en casa.

La confesión le pilló con la boca llena, y no pudo contestarla. La niña le miró y se echó a reír.

--¡Tienes la boca manchada!

El chico se sonrojó y se limpió con la manga. La niña se levantó y le preguntó:

--¿Quieres verles de cerca?

--Lo que tú quieras.

Llegaron hasta la barandilla y los contemplaron durante un buen rato, callados. Cuando se es pequeño no hace falta rellenar con palabras el silencio. Comenzó a llover más fuerte. Él se quitó la chaqueta del colegio, y la utilizó como paraguas por encima de sus cabezas.

--Tengo que irme, es muy tarde.

El chico asintió, miró al cielo y vio los nubarrones de tormenta.

--Será mejor que corramos o nos mojaremos.

Y en algún momento de aquella fugaz carrera, las manos de los dos niños se encontraron y no se soltaron hasta llegar a la salida.

El muchacho la acompaño a casa, y todos los semáforos del camino los encontraron abiertos, aguardándoles. Una vez en el portal, no supieron que decirse. El muchacho miró la punta de sus zapatos, y la niña como corría el agua por su pelo mojado.

--¿Te veré mañana?

El chico levantó la cabeza con una sonrisa.

--Me verás siempre que quieras.

Y sin saber cómo, se acercaron tanto, tanto, que sus labios se besaron. Ella echó a correr precipitadamente por las escaleras, y él se quedó en el portal hasta que oyó como cerraba la puerta.

En el zoo, el gorila más grande y viejo, se sentó en medio de su jaula y dejó que la lluvia lo empapará. Soñó que había vuelto a casa.

La aguja...

4 jun. 2008


Bajó las persianas de golpe, impidiendo que entrara un sólo rayo de luz de luna. Apagó la luz de la mesilla y se arropó, hasta casi taparse la cabeza. Dio unas cuántas vueltas, mientras esperaba que llegara el sueño, y fue en una de aquellas vueltas cuando notó el pinchazo en la pierna.

Al principio no le dio importancia. Se palpó la piel, sin hallar nada. Dio otro giró y se puso bocarriba. El sueño le esquivaba esa noche. Paciencia.

Diferentes imágenes del día se sucedieron en su mente, como una película a más velocidad de la debida. Y entonces, lo vio. Allí estaba. Su madre de visita en casa. Colocándole la ropa, descubriendo una camisa sin botón, sentándose en la cama para coserlo de nuevo.

Vio la lengua de su madre humedecer el hilo para hilvanar la aguja, las puntadas enérgicas y rápidas, las vueltas finales entorno al botón, los dientes rompiendo el hilo. ¿Y la aguja? ¿Qué había hecho con la aguja?

De un salto se incorporó en la cama. Encendió todas las luces de la habitación y apartó bruscamente las sábanas. Linterna en mano, comenzó a buscar la aguja.

Mientras buscaba minuciosamente, el corazón comenzó a golpearle el pecho como boxeador furioso contra su saco de entrenamiento. Sintió una sofocante oleada de calor. Tuvo que levantar la persiana y abrir la ventana.

Al poco, estaba helado. Se puso un jersey y siguió buscando. A ratos sudando, a ratos tiritando.

Sólo después de haber mirado hasta en los dobleces de la almohada, se tranquilizó. Bebió un vaso de agua y se metió de nuevo en la cama.

A punto estaba de dormirse, cuando un pinchazo en la rodilla lo despertó.

De un brinco encendió la luz, y se miró atentamente. Nada, no vio nada. Y entonces lo supo.

La aguja se había clavado en su piel y, en aquellos mismos instantes, recorría su torrente sanguíneo. Era cuestión de minutos que llegara a su corazón y lo matara. Comenzó el ataque de ansiedad.

Solo, en casa, de madrugada. Si salía corriendo hacia el médico precipitaría su final. Tenía que permanecer quieto. Y llamar por teléfono. Y hacerse un torniquete en la pierna. ¡Eso!

El teléfono de urgencias comunicaba.

Se tumbó en la cama con cuidado, sosteniendo la pierna muy tiesa. Marcaba una y otra vez el teléfono del médico. Gemía, lloraba, pero de eso ni se dio cuenta.

Luego vino lo peor. Sintió un pinchazo en la otra pierna. Su grito de angustia despertó al vecino, que golpeó la pared enfurecido.

¿Y ahora qué? ¿Dos agujas? ¡Imposible! ¿Podría haberse ido de una pierna a la otra?

Sollozó. Las lágrimas le nublaron la vista, los mocos le mancharon la camisa. Iba a morir.

--¿Que hago, que hago, que hago?

Se aferró en vano al teléfono. Saltó un contestador que le sugirió que permaneciera a la espera. El estómago se le contrajo en un pinchazo. ¡Tenía que hacer algo!

Se calzó. Se puso el abrigo encima del pijama y salió corriendo, en medio de la madrugada, mientras el abdomen le daba otro pinchazo. Entonces supo que no llegaría a tiempo.

Se dejó caer en la sala de urgencias con la mano en el pecho, mientras intentaba recuperar el aliento. El corazón sufrió uno, dos, tres pinchazos. Perdió el conocimiento.

Al despertar, una enfermera se colocó a su lado y le tomó el pulso. Sin dirigirle la palabra salió de la habitación. Al poco volvió a entrar acompañada de un médico circunspecto.

--¿Me encontraron la aguja?

--No. No hallamos en la exploración ningún cuerpo que le produjera esos pinchazos.

--¿He sufrido un ataque al corazón?

--Tampoco. Su corazón resistió.

--¿Entonces, que hago aquí? ¿No pensarán que estoy loco?

--No. No lo pensamos.

El silencio se adueñó de la habitación. La enfermera le pinchó en el brazo y la oscuridad se hizo de nuevo.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza. La venda seguía en su pierna, haciendo de torniquete. La alarma del reloj sonó. Hora de ir a trabajar.

Quizá la aguja se había atascado en alguna vena y había salvado la vida.