¿Qué puedo decir?

1 sept. 2008

Elbereth entra en casa, deja caer el bolso en la entrada y se asoma al salón, como si en su ausencia alguien pudiera haber entrado y tomado posesión de su hogar. Involuntariamente aguza el oído en busca de ruidos: graves retumbando en las paredes o televisores emitiendo el peor concurso de la tarde.

Después de unos segundos paranoicos, deja escapar un suspiro de alivio. Bueno, casi de alivio. Su pesimismo la obliga a pensar: ¡a ver cuánto dura!.

El calor es un ser vivo, una araña que repta por paredes y techos. Las patas peludas recorren sinuosas su piel, impregnándose de su sudor. Su mordedura contiene el veneno del abatimiento. Elbereth maldice contra el verano estéril que convierte los barrios, los pueblos y las ciudades en desiertos sin un alma que se atreva a cruzarlos.

Elbereth mira de soslayo al pasar delante del espejo. Evita encontrarse consigo misma, esquiva las preguntas sin respuesta que sus ojos reclaman. Enciende el ordenador pero se siente incapaz de escribir. Lee lo que otros han escrito, y se siente una torpe voyeur. Coloca los dedos sobre el teclado y se imagina como una pianista ante una partitura borrada por el agua. No tiene nada que decir.

Se lleva los dedos a la frente, justo entre las cejas, y se imagina abriendose paso con ellos a traves de su piel, de sus huesos, ensuciándose las manos con su sangre, hasta llegar a algún punto que le haga caer inconsciente y quizá no despertar.

Pero rápidamente se arrepiente de pensar así, de forma que agita su cabeza con fuerza, con las dos manos, para colocar todas las ideas absurdas que vagan por ella. Se imagina su cerebro como uno de esos juegos en los que tienes que conseguir que unas bolitas pequeñas encajen en unos huecos diminutos, y que cuando has logrado que una o dos entren, conseguir la tercera significa perder las dos primeras. Y así, una y otra vez.

Concluye --con un suspiro-- que debe tener un fallo genético por pensar tales cosas, algo heredado y no deseado, una deuda que sus padres le hubieran dejado al morir.

De pronto escucha una respiración a sus espaldas, incluso siente que el aire ha rozado su piel y movido uno de sus cabellos. Apenas hay un metro de separación entre esa presencia y ella. Todo su cuerpo se tensa, fijo en la pantalla del ordenador, intentando tomar una decisión más allá de la adrenalina. ¿Acaso no había mirado bien en toda la casa al entrar? ¿Dónde se habían escondido? ¿Se olvidó de mirar debajo de la cama!

Lentamente se gira, segundos en los que es imposible bloquear las imágenes de todos los monstruos que ha conocido a lo largo de su vida. Y allí está, frente a ella, sin moverse, con la cabeza girada a un lado mirándola atentamente. Y piensa: ¿tengo que hablar yo primero, o lo hará ella?

Quedan mirándose durante mucho tiempo, o quizá muy poco, en silencio. La habitación comienza a dar vueltas, el espacio parece haberse doblado sobre sí mismo haciendo perder el norte a todas las brujúlas del universo.

Elbereth tiende una mano para tocar el rostro pálido, encerado, que la mira desde el otro lado. Las lágrimas se han congelado en sus mejillas, o quizá se hayan esculpido sobre su piel hace milenios.

Abre la boca para decir algo, pero vuelve a cerrarla porque... ¿qué decir que no haya dicho ya cien, mil, un millón de veces? Las palabras de su alma están desgastadas, son como papel mojado en una taza de té: la "p" cojea sin su palito, la "s" se desdibuja en su curva para quedar partida en dos. Y así una a una todas las letras del alfabeto se han convertido en ruinas. Una ráfaga de sólida pena la sacude y provoca un escalofrío. Deja caer las manos sobre su regazo, sin apartar la mirada de la otra.

De súbito, la mujer se levanta --una escultura tomando vida-- y se acerca a ella, tomándola entre sus brazos con fuerza. Por unos segundos cree que va a asfixiarla, pero después comprende que sólo prentende abrazarla; no, sostenerla. La mujer la obliga a levantarse mientras sigue sujetándola contra su pecho. Elbereth se queda quieta, con los brazos colgando inertes a los lados, y para su asombro emite un gemido de dolor como si le estuvieran clavando un cuchillo oxidado y sin filo en el pecho.

Inventarse así misma para sostenerse, para no caer. Crear un cuerpo con parte de su alma para que haga lo que ella no puede. Estar frente a frente consigo misma, hablarse como si fuera otra para entender, para resistir.

Elbereth se desprende del abrazo de piedra de la mujer. Delante de sus ojos empequeñece rápidamente hasta convertirse en una pequeña figura que coge entre sus manos. Sin dudarlo, pero sin saber porqué acerca la mujer a su oído, y ésta escala por él con cuidado. Siente sus pequeñas pisadas por su conducto auditivo hasta llegar al timpano. Después retumban sus pasos por el martillo y el yunque hasta llegar al estribo, y una vez allí recorre la cóclea en forma de caracol. La mujer grita su nombre, y Elbereth sabe que se está despidiendo, se va a internar en su cerebro.

Se sienta de nuevo ante el ordenador y escribe sobre lo que la mujer le cuenta desde dentro de su cabeza.