Allí estaré...

21 nov. 2008

El tiempo se agota. Las horas corren como minutos. Los minutos como segundos, y los segundos desechos antes de ser.

La mujer camina de un lado al otro de la calle, evita pisar las rayas de las baldosas, andando casi de puntillas, a modo de pequeños y ridículos saltitos.

Al llegar a su altura la gente traza una curva para esquivarla. La miran de reojo al pasar por su lado, como si de un momento a otro pudiera echarse encima de ellos.

Es pequeña. Tiene las manos enfundadas en unos guantes de lana con diminutos rotos. Junta las manos a la altura del pecho, y con la cabeza gacha, masculla una letanía de inconexas palabras a modo de oración.

El rostro está congestionado: manchas rojas en las mejillas, ojeras pronunciadas, la nariz húmeda a causa de las lágrimas. Llora despacito, como si no fuera consciente de hacerlo. Llora a la par que sorbe por la nariz los mocos que no se suena.

Parece pequeña pero no lo es.

Sus pies están embutidos en unas deslumbrantes zapatillas nuevas de estar por casa. La lluvia que hace rato cae perseverante, ha calado la suela. Sus calcetines mojados se encargan de llevar el frío a sus piernas, y de allí a su corazón.

El se lo había prometido. Le había dicho: "a las cinco iré a por ti". Y ella le había creído. No tenía motivos para no hacerlo.

Pero ahora que el reloj de la torre marcaba las cinco y media, ahora que el miedo y el frío la habían convertido en estatua de sal, empezó a hacerse preguntas.

Y todas ellas comenzaron a tejer una tela de araña, negra y viscosa a su alrededor. Se pegaron a sus ojos como una sucia venda, que se intentó quitar entre gritos, dejando su rostro surcado de arañazos.

Cayó al suelo, rendida. Volvió a caer. Cayó, y no pudo ya levantarse más.

Una suave presión en sus hombros la izó. Una mano fuerte pero delicada apartó los restos de telaraña pegados a su pelo. Unos ojos la obligaron a mirarlos y la trajeron de vuelta. Despacio.

En silencio la condujo a un banco, se arrodilló, y le quitó las húmedas zapatillas. Cogió entre sus manos los menudos pies y los frotó, para hacerles entrar en calor. Sacó de una bolsa unos zapatos y calcetines, y se los puso con delicadeza.

Cenicienta y el Príncipe, en una grotesca versión del cuento.

--¿Nos vamos a casa?

Ella por respuesta se abrazó a su cuerpo y enterró la cabeza en él.

--Creí que no vendrías.

--¿Cuando he dejado de venir? Y la sonrió.

Pero su semblante estaba serio. Quizá un día no podría encontrarla. Y entonces... ¿qué?

La mujer se deshizo del abrazo y echó a correr por la avenida. Dobló una esquina y se adentró en una calle sin salida.

El la siguió sin prisas. Ella le esperaba agitada, en medio del callejón, expectante.

Cuando llegó a su altura, la sonrió. Asintió con un gesto, y ella, dejando salir una risa limpia, armónica y afinada, que retumbó en las paredes de su pecho, echó atrás la cabeza.

Entonces se irguió y echó a volar.

El hombre se apresuró a coger rápidamente el hilo, y condujo su cometa a casa.

Viaje con nosotros...

15 nov. 2008


Si hubiera tenido dinero se habría embarcado en el primer avión rumbo a un destino desconocido. Como no era el caso, se montó en el circular, y estuvo dando vueltas duranté más de cuatro horas por todo Madrid. El conductor la miraba mal, pero en su caso, seguramente ella también hubiera hecho lo mismo.

Había llamado al trabajo diciendo que no se encontraba bien, y en parte era verdad. Cada día enfermaba un poco más, como en el juego del ahorcado, sólo que marcha atrás: cada día se despertaba con una parte menos de su alma. Si lo pensaba seriamente era divertido.

Le gustaría afirmar que no le importaba lo que pensara la gente de ella, pero del dicho al hecho hay mucho más que un trecho. Así que intentó colocarse al fondo, en una esquina, y pasar desapercibida. Y casi lo consiguió.

El hombre mayor se había montado hacia unos diez minutos, se había quedado de pie aunque le habían ofrecido asiento, y no paraba de lanzarle miradas de reojo. Ella pensó: "¡ya está, un viejo verde!" Se sintió como si el universo entero conspirara en su contra. Sólo quería un poquito de paz.

Recordó uno de esos libros que el título rezaba algo así como "tu tienes el poder" o "despierta al niño que hay en ti" y decidió que lo único que deseaba despertar era al cinturón negro que tendría que haber sido y no fue. Al final ocurrió lo que se temía. El señor se fue aproximando hasta sentarse a su lado.

--¿La molesto, señorita?

--Pues ahora que lo menciona: sí. Y mucho.

El hombre calló, y movió asertivamente la cabeza como para darle a demostrar que entendía perfectamente como se sentía. Aquello sólo consiguió alarmarla y enfadarla mucho más.

--Deseo estar sola.

--¿Desea? ¡Qué forma más divertida de hablar! Parece usted de otro siglo, señorita. Vamos, como yo.

Le fulminó con la mirada, pero nada. Hizo intentos de querer salir, pero el viejo no se dió por aludido y siguió en su asiento, con las dos manos firmemente aferradas al asiento delantero.

--¿Suele usted hacer largos viajes en autobús?

La mujer le miró completamente anonadada. Y no sólo ella, dos jovenes que escucharon la conversación se giraron curiosos para observarles.

--¿Le pone nerviosa que nos miren, joven?

--No soy joven, abuelo. O quizás sí, comparada con usted, claro. Oigame, sólo quiero estar sóla, déjeme tranquila y búsquese una señora de su edad. ¿Quiere?

--No veo que lleve ningún equipaje para un viaje de estas características. He de decirle que me parece poco prudente.

Suspiró. Ya está. Le había tocado el chalado de turno. No podía ser de otra forma. En ese mismo instante pensó que ese era el castigo divino por faltar al trabajo. Creía en los dioses, sí, ya lo creo que sí. Cuando se trataba de fastidiarla, todo un elenco de dioses hacia su aparición en el monte Sinaí de sus desgracias. Incluía también a los alienígenas. Encuentros en la tercera fase la marcó profundamente.

--¿Y qué clase de viaje cree que es ese?

--Su muerte, por supuesto.

No le dió tiempo a contestarle. El conductor no vió al motorista.Frenó, derrapó, y volcaron. Cuando recuperó la consciencia, el único que podía verla era el viejo.

--¡Joder! ¿Será verdad que he muerto?

--Sí, hija, creo que sí.

--¡Y ahora se enterarán en el trabajo que mentí! ¡Mierda!

--Lo peor es que no lleva usted ninguna muda. Espero que no le hagan esperar mucho antes de darle el paso al Otro Lado.

--Conociendo mi suerte seguro que me hago vieja allí, cosa que no he conseguido aquí... ¿Se refiere usted al Purgatorio, no?

--Bueno, sí. Aunque a mí me recuerda a las colas del ministerio de Hacienda.

--Ya... ¿y también admiten sobornos?

--Así en el Cielo como en la Tierra, querida mía...

La mujer suspiró y miró a su alrededor. Sirenas, ambulancias, el tráfico paralizado, una mujer sosteniendo en alto a un niño. Un hombre intentaba ponerse en pie por sus propios medios.

--¿Soy la única que ha muerto en el accidente?

--Sí, sólo usted.

--Si no fuera tan triste me daría por reír.

--Si lo hace seguro que la miran mal.

--¡Pero si estoy muerta! ¡A quién le va a importar!

--Hija, no está usted sóla en el Otro Lado. Ya se lo he dicho antes: Así en el Cielo como en la Tierra.

La mujer se quedó en silencio durante unos instantes. Luego se volvió triunfal hacia el anciano y le dijo:

--Viejo ¡esfúmate! Soy atea.

--¡También formo parte del Komintern!

La quimera de los sueños


¿Sin luz pueden cumplirse los sueños?

De pequeña creía que los monstruos amenazaban tras la puerta del armario, debajo de la cama, al final del pasillo. Siempre cuando estaba a oscuras.

Hoy sé que mis mejores sueños despliegan su purpurina cuando la luna alcanza el cielo.

Mis demonios son inmunes a la luz. Mis fantasmas me atacan a diario, ataviados de mezquindad, absurdo, desaliento y Muerte.

¿Puede el silencio conjurar la magia necesaria para hacer hablar al corazón?

Hubo un tiempo en el que creí que a través de las palabras podía llegar a entender y hacerme entender por los demás. Espantapájaros de cálidas letras, sílabas, vocablos que ahuyentarían la soledad.

Por el contrario, cada una de ellas se enredó con la anterior, angostas y afiladas, cercenaron brazos y piernas de mi espantapájaros.

Creí que viajando, cambiando de ciudad, también lo haría mi vida. Pensé que el movimiento llevaba implícita la transformación.

Sin embargo, con cada kilómetro recorrido se agrandaba la brecha, esa que partía en dos el espejo en el cual me contemplaba.

Una noche apreté muy fuerte los ojos y me tapé los oídos. El cielo estrellado desplegó su alfombra roja. Mis sueños, abrazados, bajaron de dos en dos los escalones, e incluso algún atrevido se deslizó por la barandilla dorada de latón.

Cada uno de ellos desprendía un perfume inconfundible, un bouquet de olores: "arena-atardecer-playa-helado", "feria de atracciones-fuegos artificiales-verano", "navidades-mazapán-villancicos", "ojos de perro-resina de pino-brisa en el embalse". El olor de los sueños.

Siempre a oscuras y en silencio. Si enciendo la luz el castillo de naipes se derrumba.