Sí...

13 dic. 2008


--¿Cómo estás?


--No estoy mal. Y nada más haberlo dicho, me percaté de ese "no" maléfico y reiterativo que aparecía en cada una de mis frases. Pensé que podría haber dicho "pues estoy bien" o... o... o... ¡demonios todas las frases me salían en negativo!

Fui al baño, me miré en el espejo y descubrí lo malos que habían sido estos dos últimos meses. Me agaché, eché un vistazo por si veía los pies de alguien, y cuando estuve segura de que no había moros en la costa, lo hice.

Empecé a bailar, como si fuera Gene Kelly en "Cantando bajo la lluvia". Ta-ra-ra ta-ra ta-ra... Pero no había mirado bien en todos los baños, es más, no debía de haber mirado bien el cartel del baño indicador de señoras y caballeros. Allí mismo, a mi lado, se encontraba un hombre, de brazos cruzados, mirándome fijamente. Era calvo, llevaba la corbata torcida y su chaqueta mostraba signos de sudor.

--¿Esto es algún tipo de broma para la televisión, señorita?

--Aaahh, noooo, no es eso... He debido equivocarme al entrar, eso es todo...

--¿Y el bailecito salido de "Alguien voló sobre el nido del cuco"?

¡Ouch! Eso dolió, ya lo creo. Levanté la barbilla, cogí aire, y salí de allí todo lo dignamente que me permitieron los 15 segundos de aire retenidos en mi pecho.

Y ahora se estarán preguntando: ¿Y esta chica suele hacer muy a menudo este tipo de cosas? Pues depende, lo de bailar sí, lo de meterme en el servicio de caballeros, solo cuando no llevo las gafas.

Por otra parte, de no haber sido así, no le hubiera conocido a él.

Estaba acodada en una columna, esperando conseguir un baile con algún apuesto caballero, cuando él se me acercó. No fue como en los anuncios de colonia... pero se me acercó.

--Perdone que la moleste, pero, ¿es usted la misma que estaba bailando hace un momento en el servicio de caballeros?

--¿También estaba usted dentro?

El movió con afirmativa pesadumbre la cabeza.

--Vaya, pues deben ustedes de poner los pies encima de la taza, porque no vi ninguno..

--Ohhh, es que se olvidó de mirar en los urinarios. Están a la vuelta...

--Ajá... ¿Y cuántos de ustedes había?

--Los suficientes...

--¿Los suficientes para qué?

--Para que debamos salir de aquí ahora mismo, sino quiere ser el hazmerreir de la sala.

¿Qué podía hacer sino seguirle! Cogió galantemente mi abrigo del guardarropa, me lo colocó encima de los hombros y me abrió la puerta de salida. ¡Sí que era raro!

Cuando salimos por la puerta giratoria, estaba lloviendo. Se adelantó y abrió un inmenso paraguas blanco. Me ofreció su brazo.

--¿No ha venido usted en coche?

--No, me gusta andar. ¿Quiere que le pare un taxi?

--No, no, no se moleste. Era sólo una pregunta. Estoy bien.

El me sonrió y comenzó a silbar. Me sentí bien, por ridículo que parezca, aquel desconocido me hacía sentir cómoda.

Le miré de reojo y él me pilló in fraganti. Me eché a reír.

--¿Quiere que bailemos?

--¿Aquí? ¿Ahora?

--No tengo mucho tiempo, sabe...

Me quedé muda. Aquel tipo era más extraño que yo. ¿Bailar en plena noche de invierno bajo la lluvia?

--¡Ni tan siquiera sé su nombre!

--No creo que sea condición indispensable para bailar...

No supe que decir, eso era irrebatible. Antes de que me diera cuenta, él había cerrado el paraguas y comenzado a bailar como si fuera Fred Astaire. Lo peor es que yo oía la música de fondo. ¿Qué demonios había bebido aquella noche?

Me ofreció su mano, pero no se la cogí. Me quedé parada en medio de la calle, mirándole con ojos como platos. El hizo una mueca graciosa de fastidio.

--¡Vamos! ¡En el baño lo hizo muy bien!

--Já.

Estaba a punto de darme la vuelta cuando el portero vestido de librea del edificio contiguo, se puso a cantar. Mi acompañante se fue hasta él, y se subió a una farola cercana ejecutando una grácil pirueta. Me pellizqué, por si me había quedado dormida encima de la mesa.

Ahora los dos venían hacia mí, cantando y bailando. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Ponerle un "No" a mi vida? Dejé que me izarán por los aires y aterricé con un lindo saltito. Lo curioso de todo esto, es que los viandantes no se paraban a mirarnos y señalarnos con el dedo. No. Al contrario, se unieron a nosotros y terminamos ocupando toda la calle. Para no haber ensayado, no nos estaba quedando nada mal. Ahí supe que me había quedado dormida. ¿Pero dónde?

Dejé que todos siguieran su "West Side Story" y me aparté a un lado para mirar. En ese momento, estallaron en el cielo fuegos artificiales, y a lo lejos una noria comenzó a girar lentamente.

--¿Está cansada? ¿Quiere que paremos?

--No quiero despertar.

--Oh, no creo que pueda...

--Y también quiero dejar de emplear la palabra "no".

El me miró fijamente, acercó sus labios a los míos y me besó.

--¿Cómo está?

--¡Muy bien! Y volvió a besarme una vez más y otra, y otra...

El camarero tocó mi hombro suavemente. Tenía entre sus manos mi abrigo. Me había quedado dormida encima de la mesa. La fiesta había acabado.

--¿Quiere que le llame a un taxi?

Negué con la cabeza. Me puse yo sola el abrigo, me abrí yo misma la puerta y salí al frío seco y sin lluvia de la madrugada. Iba a marcharme, cuando oí una voz a mis espaldas.

--¡Señorita! ¡Se deja su paraguas!

--¿Mi paraguas? Yo no he traído ningún...

Y de pronto me encontré con un inmenso paraguas blanco entre las manos.

--¿Es suyo?

Por un momento estuve a punto de decir "no", pero dije: ¡Sí, claro, lo había olvidado, muchísimas gracias!

Salí a la noche caminando sobre mi paraguas blanco. Al final de la calle abrí mi paraguas mientras sonreía al cielo como una "Mary Poppins" cualquiera...

No cerré los ojos...

8 dic. 2008

Fotografías de Paco de Alcaudete


Parecía un borracho. Y aunque en realidad aún no lo estaba, era cuestión de media hora más. En una mano sujetaba la botella de whisky metida en una bolsa de papel, y del brazo le colgaba el abrigo hasta el suelo. La otra mano estaba ocupada en intentar abrir la puerta de su habitación.

La habitacion olía a humedad, a algún tipo de desinfectante, y a un ambientador peor que el rastro de humanidad pegada a la moqueta.

Había tomado una de esas decisiones pasadas de moda, fruto de sus lecturas de novela negra: si la inspiración se había esfumado, bastaba con encerrarse en una habitación con una cantidad de alcohol nada despreciable y esperar a las musas.

Rídiculo.

Miró la mesa y movió de un lado a otro la cabeza, al fijarse en la Underwood polvorienta, que le había arrancado a su editor. Nada de ordenadores. Teclas duras, con historia, en las que hiciera falta la fuerza de los dedos y del alma para arrancarles una buena historia.

Ahora se arrepentía, vaya que si lo hacía.

Se tumbó en la cama de golpe y contempló, entre las cortinas medio echadas, las luces chillonas de un anuncio de neón. ¿Cómo había creído que conseguiría inspiración de esa manera? Abrió la botella y echó un trago largo. Tampoco le supo bien.

Exhaló un suspiro de rendición. No escribiría nada en aquel tugurio de mala muerte. Lo mejor sería emborracharse, dormir la mona, y a la mañana siguiente salir pitando de aquel antro.

No supo cuánto había dormido cuándo le despertó el "click" del retorno de carro al alcanzar el final de línea. Levantó la cabeza bruscamente pero no encontró a nadie sentado ante la máquina. ¿Entonces... había soñado ese sonido?

Se levantó despacio, tambaleante, y se acercó a la mesa. La máquina estaba frente al típico espejo de motel: viejo y gastado de tantas caras que en él se habían reflejado. Evito mirarse porque lo que vió de refilón consiguió deprimirle.

Allí estaba la máquina. Y tenía un folio dentro. El carrete en el extremo de la línea. Pero sin nada escrito. No recordaba haber puesto ninguna hoja. ¿Lo había hecho? Un retortijón le hizo agarrarse el estómago. Intento pensar qué había cenado.

Era hipocondriaco. Muy hipocondriaco. Sin pensárselo dos veces, salió disparado hacia recepción. Tenía que saber si había un médico cerca, por si se ponía peor. Podía pasar la noche en urgencias en previsión. En realidad, tampoco tenía otra cosa mejor que hacer.

Decidió seguir las indicaciones del recepcionista y dirigirse al pueblo más cercano. El frío le golpeó como un chicle que le hubiera explotado en medio de la cara. Justo cuando iba a entrar en el coche, vió de refilón luz en su habitación. ¿Se había dejado la luz encendida?

Por un momento dudó. Decidió volver a la habitación y apagar la luz. Entró despacio, como si algún tipo de sexto sentido le estuviera avisando. La primera impresión al abrir la puerta es que un hombre estaba sentado a la mesa y tecleaba frenéticamente sobre la máquina de escribir.

Pero eso fue la primera impresión. Porque en la segunda lo único que vió fue su chaqueta colgando del respaldo de la silla, y la hoja de papel aún en la máquina. ¿Cuánto whisky había bebido? Negó con la cabeza y se quedó allí en medio, con la mano en el pomo de la puerta, mientras se escapaba el calor de la habitación.

Sin darle la espalda a la habitación, cerró lentamente la puerta. Se quedó allí parado, dejándose azotar por el viento helado y copos de nieve duros y malintencionados. A grandes pasos se dirigió al coche y se metió rápidamente en él.

Tenía la mano en la llave de contacto cuando se le ocurrió mirar por el retrovisor. Y allí estaba: una mujer de ojos negros con una máquina de escribir sobre sus piernas, mirándole fijamente. El grito que dió le asustó a él mismo. Dio un respingo, se protegió la cara con las manos, y se quedó inmóvil esperando lo peor.

Cuando volvió a mirar por el espejo --fue incapaz de darse la vuelta en el asiento-- allí no había nadie. Notó el asiento húmedo. Dejó caer la cabeza sobre el volante y comenzó a llorar quedo. ¿Qué estaba pasando?

Sacó la llave de contacto y salió del coche. El motel estaba a un lado de la carretera comarcal. Se quedó allí de pie, mirando a un lado y otro, como si el silencio de la noche pudiera resolver sus dudas. En frente de él crecía un bosque oscuro. Oyó un ruido de ramas, sobresaltado aguzó la vista, pero no logró ver nada. No hasta que estuvo frente a él, inmóvil en medio de la carretera.

El ciervo era hermoso, con una cornamenta que apenas había sufrido los embates de ninguna pelea. Parecía una estatua, un sueño, un mensaje indescifrable. Se acercó despacio a él, y vió que tenía en un costado tatuadas unas letras: "Despierta". El claxón del camión le salvó la vida, tuvo el tiempo justo de echarse precipitadamente a un lado. Estaba seguro de que el animal no había tenido tiempo de huir. Pero cuando el camión hubo pasado no había rastro de él.

Agotado, dirigió sus pasos de nuevo hacia el motel. La recepción estaba vacía, avanzó hacia la cafetería. Allí tampoco vió a nadie en un primer momento. Cogió una silla que estaba encima de una mesa y se sentó frente a la ventana. El cristal estaba velado. Y así se quedó hasta el amanecer: mirando por una ventana ciega al universo.

Mientras, apoyado en la barra, un camarero octogenario tecleaba lentamente en una máquina de escribir la palabra: "Despierta".